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Paula, de 89 años, encuentra por fin a su padre, fusilado tras la histórica fuga de presos del fuerte de San Cristóbal en 1938

El Instituto Navarro de la Memoria consigue identificar, gracias a la prueba de ADN, a Leoncio De la Fuente Ramos, uno de los 795 presos que protagonizó la fuga del fuerte de San Cristóbal en 1938. Otra mujer, de 92 años, resultó clave al revelar el emplazamiento de la fosa.

m.publico.es / Alejandro Torrús / 11-07-2020

“Me volví loca de alegría. Loca. Poder enterrar dignamente a mi padre, por fin, es lo más feliz que puede haber en este mundo”. Estas son las palabras de Paula De la Fuente, de 89 años, a Público a través de un audio de whatsapp. Paula recibió hace pocas semanas una noticia tan inesperada como maravillosa. El Instituto Navarro de la Memoria había conseguido identificar los restos de Leoncio De la Fuente Ramos. Su padre. La última vez que Paula y él convivieron bajo un mismo techo esta anciana tenía entre 4 y 5 años.  Después llegó la Guerra Civil, la prisión en el conocido como fuerte de San Cristóbal y su participación en la mayor fuga carcelaria de Europa.

795 presos, en su mayoría republicanos, de los 2487 encerrados en el fuerte, consiguieron escapar de uno de los edificios más seguros del país. Lo harían tras una operación planificada donde solo habría una víctima: el corneta del fuerte. Era el atardecer del 22 de mayo de 1938 cuando el plan surgió efecto y alguien gritó: “¡Las puertas están abiertas! ¡El que quiera que salga!” Era un preso republicano. 795 presos saldrían disparados en busca de su libertad. Sin embargo, solo tres llegarían hasta Francia. Para el resto fue una masacre. 206 fueron asesinados en el mismo momento de su captura en los alrededores del monte Ezkaba. Leoncio fue uno de ellos. Los otros fueron detenidos y devueltos al penal. Catorce de ellos serían fusilados tras un consejo de guerra como ‘cabecillas’ de la fuga y 46 murieron en el fuerte de enfermedad y malos tratos en los siguientes cinco años. Ahora, 83 años después, la familia de Leoncio podrá darle un entierro digno.

Vista aérea de la época del Fuerte de San Cristóbal, en Navarra

La recuperación de los restos de Leoncio hubiese sido imposible sin otra mujer de avanzada edad: Paulina, de 92 años. Hace tres primaveras Paulina decidió revelar por primera vez lo que había visto siendo apenas una niña. Señaló exactamente el lugar donde ella había visto con sus propios ojos cómo enterraban a cuatro hombres. “Cuando salía de la escuela nos dijeron que habían matado a cuatro de los fugados del fuerte y vinimos rápido. Estábamos dos chicas y los estaban enterrando. Los vi ‘entericos’. Dos boca abajo y dos boca arriba. Dos se confesaron y dos no. Era el mes de mayo de 1938. Mi padre estaba enterrándolos. Nunca lo he hablado con él. No me vio”, explica Paulina en un vídeo grabado por el Instituto Navarro de la Memoria.

El testimonio de Paulina permitió la exhumación de cuatro de los fugados. Aparecieron tal y como ella los había descrito. Pero en los restos no había ninguna pista sobre su identidad. Y aquí se dio el tercer elemento que ha permitido un final feliz en esta trágica historia. La bisnieta de Leoncio y nieta de Paula, Beatriz, de 32 años, había convencido a su abuela de ceder una muestra de su ADN al banco de datos del Instituto Navarro de la Memoria. Tenían pocas esperanzas de encontrar los restos de Leoncio, pero decidieron dar el paso. Un año después de que Paula diera su ADN apareció el cuerpo del hombre. Tres mujeres en su lucha por recuperar la memoria han conseguido lo que parecía imposible. “Estamos como en una nube. Nos cuesta creerlo. Ojalá muchos más sigan el ejemplo de Paulina y cuenten todo lo que saben sobre las fosas”, explica Beatriz.

¿Pero quién era Leoncio? Su bisnieta responde con la poca información que tiene. Se conoce que tenía 36 años en el momento de su ejecución, que era tejero de profesión, que estaba casado con Elena y que tenía seis hijos, de los que Paula era la menor y la única que continúa con vida. También que era natural de Fresno del Viejo, Valladolid, y que fue condenado a prisión por su defensa de la legalidad republicana tras el golpe de Estado del 18 de julio. Concretamente, por tratar de impedir que un camión con material de Falange y del Ejército golpista entrara en Valladolid. El altercado acabó sin heridos ni muertos, pero los republicanos fueron delatados y juzgados. Algunos acabarían fusilados y Leoncio, en el Fuerte de San Cristóbal.

A partir de ahí, la familia le perdió la pista. Llegaron todo tipo de rumores. Les dijeron, incluso, que Leoncio estaba en libertad y que había decidido no regresar con ellos. En 1943 recibieron otra pista desconcertante. Un juzgado había rebajado la pena a Leoncio aunque el documento señalaba que estaba en “paradero desconocido”.  Todo eran incógnitas. Dudas. Y miedo. Mucho miedo a remover el pasado. Hasta que Beatriz, la bisnieta, decidió ponerse manos a la obra. Comenzó buscando detalles en Google, después recurrió a asociaciones de víctimas y por último al Instituto Navarro de la Memoria. Pidió una muestra de ADN a su abuela. La primera respuesta fue dubitativa. El miedo estaba latente. Pero se consiguió. Y valió la pena.

El Instituto Navarro de la Memoria celebrará en las próximas semanas un acto en el que Paulina entregará los restos de Leoncio a su familia. 83 años después de su asesinato. El trabajo de este organismo público dependiente del Gobierno foral de Navarra ha sido crucial. César Layana es el jefe de la Sección de Documentación del organismo. “Ha sido un proceso largo y complejo, pero que ha concluido en un éxito que avala el trabajo que estamos haciendo con nuesta base de datos de ADN para identificar víctimas del franquismo. Necesitábamos ver que nuestro trabajo merecía la pena y esta ha sido la mejor noticia”, explica Layana.

Paulina junto a la fosa donde fue encontrado Leoncio.- INSTITUTO NAVARRO DE LA MEMORIA

El optimismo, no obstante, es moderado. Alrededor de 150 hombres de los 795 que emprendieron la mayor evasión carcelaria de la Historia de Europa todavía están desaparecidos. Los testimonios orales cuentan que requetés, falangistas y militares los ejecutaban allá donde los encontraban. A veces, incluso, se les prendía fuego. En estos años, de hecho, se han conseguido localizar 15 fosas con 54 cuerpos, uno de ellos era el de Leoncio. Los fugados dejaron en sus caminos un reguero de imágenescartas recuerdos que les habían acompañado en su larga estancia en prisión y que querían llevar consigo tras la fuga.

Los testimonios de los supervivientes son aterradores. Se escondían de día y caminaban de noche siguiendo la estrella polar, que les guiaba hacia el norte donde, en algún momento, tendría que aparecer Francia. Pero las autoridades franquistas reaccionaron rápido. Los fugados caían y eran fusilados o devueltos a la cárcel sin más criterio que la decisión personal del requeté, militar o guardia civil que lo capturaba. Las pérdidas fueron muchísimas. Eran hombres desnutridos, mal calzados y perdidos. Tal y como cuenta el investigador Fermín Ezkieta, autor de Los fugados del Fuerte de Ezbaka, en su inmensa mayoría “son trabajadores manuales, asalariados del campo o de la ciudad, vinculados a sindicatos o partidos de izquierda”.

Solo tres lograron el objetivo

De los 506 presos que emprendieron la fuga solo tres lograron su objetivo: cruzar la frontera francesa. Se trata de Jovino Fernández González, minero y albañil afiliado a la CNT; Valentín Lorenzo Bajo, jornalero y secretario local de UGT en Villar del Ciervo (Salamanca); y José Marinero, jornalero de la pedanía segoviana de Dehesa Mayor y miembro de la resistencia al golpe de 1936 desde la Casa del Pueblo de Bernardos.

Las historias de cómo consiguieron llegar a la frontera son dignas de película de Hollywood. Este es un fragmento de un relato que dejó Jovino: “En una ocasión permanecí más de dos horas metido en un río. Ladraban los perros rastreadores. ¡Pues este cabrón se ha metido aquí, y aquí lo hemos de encontrar’, decía un cura con fusil y canana. No sé cómo no me encontraron. Nos separaba la distancia de dos metros de maleza. Fue uno de los tramos más duros”.

Estado en el que se encuentra el Fuerte Ezkaba.

Jovino finalmente consiguió cruzar a Francia gracias a la desinteresada ayuda de un pastor del que nunca más volvió a saber. Como Valentín y José, decidió acudir al consulado español en Hendaya y tras un breve descanso regresaron a Barcelona para continuar luchando contra las fuerzas de FrancoHitler Mussolini. Jovino volvería a salir del país en febrero de 1939 con los restos de lo que había sido el Ejército republicano. Ahora tocaba una nueva etapa de sufrimiento en el campo francés de Angels Sur Mer. No regresaría a España hasta la muerte de Franco. 

El investigador Ezkieta sigue la pista de un posible cuarto caso. Se trata de un hombre que, ya anciano, paseó por la zona del Fuerte y comentó a los lugareños que él había sido uno de los fugados. Ezkieta sigue trabajando para tratar de resolver el enigma y recuperar la memoria de esta histórica fuga. Ahora, de hecho, ha impulsado el reconocimiento de la ruta GR-225, que recorre el probable camino que siguieron los tres presos para llegar a Francia.

Son pequeños pasos para ir recuperando la memoria de los fugados del Fuerte de San Cristóbal, 506 presos que decidieron atravesar la puerta y jugársela para encontrar la libertad y acabaron siendo ejecutados como liebres entre matorrales en un bosque que desconocían. 506 valientes que si hubiesen tenido otra nacionalidad o ideología ya tendrían decenas de películas y libros contando sus hazañas.

— Si usted también está buscando a un familiar que estuvo preso en el Fuerte de San Cristóbal puede dirigirse al correo electrónico inm@navarra.es o a la página web https://pazyconvivencia.navarra.es

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Fuente:https://m.publico.es/politica/3235692/paula-de-89-anos-encuentra-por-fin-a-su-padre-fusilado-tras-la-historica-fuga-de-presos-del-fuerte-de-san-cristobal-en-1938/amp?utm_source=twitter&utm_medium=social&utm_campaign=publico&__twitter_impression=true

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Genara descansa en Cirujales después de 80 años de olvido

La ARMH entrega los restos de la maestra fusilada en 1941

diariodeleon.es / Ana Gaitero / 11-07-2020

En la plaza que fue su escuela, por la que luchó durante diez años, Genara Fernández García, maestra de Cirujales, asesinada por el franquismo por arrojar unos En la plaza que fue su escuela, por la que luchó durante diez años, Genara Fernández García, maestra de Cirujales, asesinada por el franquismo por arrojar unos pasquines de propaganda ‘subversiva’, fueron entregados sus restos por la ARMH a la familia. Desde ayer y tras casi 80 años en el olvido, descansa en el cementerio de Cirujales (Riello) junto a sus familiares.

Los restos de la maestra fueron entregadas a la familia cuando se cumple un año y un mes de su exhumación en el cementerio de León en un acto de homenaje al que sumaron más de un centenar de personas. «Estamos satisfechos después de todo el camino recorrido, Genara ya está donde le corresponde, con su familia en el cementerio de Cirujales. Hay mucha gente que no ha podido recuperar a sus seres queridos, esto ha sido una injusticia total pero la historia es así, solo queríamos que ella descansara con los suyos», comentó momentos antes del acto Ana Fernández, sobrina-nieta de la maestra condenada a la pena de muerte en un consejo de guerra que se le abrió por arrojar propaganda antifranquista en la plaza de San Marcelo en diciembre de 1939.

El dolor de la ausencia

«Las familias de víctimas del franquismo no han podido despedirse, como en la pandemia»

«Es otro hito más pero queda todavía muchísimo por hacer», recalcó Marco González, vicepresidente de la ARMH. González destacó que gracias a Genara se han abierto más tumbas de represaliados en el cementerio de León, como la de José Almena Castro, en febrero y próximamente, la de Pablo Díez Álvarez, de Sotillos de Sabero, a petición de sus familias. «Son más de 100.000 víctimas del franquismo las que aún están desaparecidas en las fosas del franquismo, recordó Ana Cristina Rodríguez, directora de la exhumación de Genara, historiadora y voluntaria de la asociación.

Con la música de Isamil9, cantautora y poeta comprometida con la memoria histórica, y las palabras de Paz Martínez y Sol Gómez Arteaga, se selló el acto civil de homenaje a Genara y a todas las víctimas del franquismo en la comarca. Otro maestro de Cirujales, Juan Rubio, con plaza en Valdevimbre se libró del pelotón de fusilamiento tras serle conmutada la pena por 30 años de prisión, dijo Rodríguez. Paz Martínez enmarcó la figura de Genara en su tiempo y Sol Gómez Arteaga dijo que con el acto de ayer se salda una deuda histórica y, mirando al presente señaló que lo que han sentido las familias que no han podido despedirse de sus familiares durante la pandemia, es lo mismo que han vivido y aún viven las familias de las víctimas de la Guerra Civil.

Genara «representaba todo aquello que odiaba la dictadura que dio el golpe de Estado y aún queda mucha memoria por recuperar en este país y mucha dignidad por devolverle a las personas que quedan en las cunetas», señaló Luis Tudanca, secretario autonómico del PSOE, poco antes de comenzar el acto de homenaje. Genara,añadió, fue represaliada política por ser mujer, de izquierdas y maestra».

El alcalde de Riello, Manuel Rodríguez, señaló que actos como el de ayer en Cirujales deben servir para «acabar con el rencor». Por su parte, Carmen Mallo, alcaldesa de Murias de Paredes, resaltó que gracias a la labor de la ARMH y quienes rescatan la historia de las personas represaliadas «Genara, puedes descansar en paz después de 80 años».

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Fotografía destacada: La familia despidió a Genara en el cementerio de Cirujales con una ceremonia religiosa después del homenaje civil. JESÚS F. SALVADORES

Fuente:https://www.diariodeleon.es/articulo/sociedad/genara-descansa-cirujales-despues-80-anos-olvido/202007110132162029188.html?fbclid=IwAR3zPi6jcG7nlNim4FKl4HrNt8008eHRth_s-WMpqUoCkYj2jN-O81_VoE4

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La última lección de Genara en Omaña

La maestra represaliada y asesinada por el franquismo reposará junto a sus familiares en Cirujales

La ARMH entrega sus restos en un homenaje que se hace extensivo a todas las víctimas de la comarca

diariodeleon.es / Ana Gaitero / 09-07-2020

Genara Fernández García, la maestra de Cirujales depurada del Magisterio y asesinada por el franquismo tras ser condenada en un consejo de guerra por tirar unos panfletos contra el régimen, da mañana su última lección en Cirujales. Después de casi 80 años enterrada en el cementerio de León, tras su fusilamiento en el campo de tiro de Puente Castro el 4 de abril de 1941, reposará en el cementerio del pueblo donde nació junto a sus familiares.

La Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH) hace entrega de los restos de Genara a la familia en un acto homenaje que se hace extensivo a todas las víctimas del franquismo en la comarca, el primero que se hará en Omaña, a partir de mañana viernes a las 18.00 horas en la plaza de la antigua escuela del pueblo.

 

La que fue tildada por sus enemigos como Pasionaria es ahora un icono de la memoria histórica en León, por la repercusión mediática que ha tenido el caso, destapado por Diario de León en diciembre de 2019. Pero, sobre todo, porque su exhumación fue el hilo del que tiró la ARMH para hacer el estudio de las otras fosas individuales que ha permitido sacar a la luz los restos de José Almena Castro, en febrero y, próximamente, los de Pablo Díez Álvarez, de Sotillos de Sabero, pasado por las armas en diciembre de 1941, como señala Marco González, vicepresidente de la ARMH.

Genara Fernández García (Cirujales. 1903 – León. 1941) había aprobado el examen de maestra en León en 1924 y obtuvo el título dos años después. Tenía 25 años cuando fue destinada a la escuela de Rioseco de Tapia y, posteriormente a Orallo, en Laciana, Ponferrada y Soto de Valdeón, como interina, según consta en su hoja de servicios. En 1934 obtuvo la plaza definitiva en su pueblo, Cirujales, con un sueldo de 4.000 pesetas. Tan solo dos años duró el sueño de Genara de ser maestra en su pueblo. En 1936, al avanzar las tropas franquistas sobre la comarca, se fue a Asturias con su novio.

Inmediatamente, fue depurada por la comisión del partido judicial de Murias de Paredes. Varios informes apuntaron que era vocal del comité del Frente Popular del pueblo; el párroco y un padre señalaron que había consentido un mitin del Partido Comunista y otros acusaron a la maestra de hacer propaganda antipatriótica, no cumplir con su deber y de conducta moral «no coincidente», según consta en el borrador que conserva el Archivo del Instituto Padre Isla.

Tras intentar salir de España desde Gijón, en un barco apresado por el Cervera, regresó a León. Debía presentarse cada lunes ante las autoridades hasta que fue dispensada en marzo de 1938. En la capital vivía en la calle Fernández Cadórniga número 8 acogida por una prima carnal. Se ganaba la vida dando clases particulares y, desde la inauguración del cine Mary, en junio de 1939, también como taquillera del cine Mary.

El 17 de diciembre de ese año fue detenida en casa. Su nombre aparecía en un papel entre los pasquines con propaganda antifranquista que había depositado la noche anterior, sábado, frente a la iglesia de San Marcelo y en un banco de la plaza. Allí quedó escrito su final sin saberlo. De la comisaría a la cárcel provincial y de esta al consejo de guerra que la condena a muerte en febrero de 1940 por el delito de adhesión a la rebelión. Esos días también fue apartada definitivamente del magisterio.

Genara ha resultado ser uno de los personajes más interesantes con los que se ha topado la historiadora Ana Cristina Rodríguez, que dirigió la exhumación. «Concentra todos los tipos de represión que ejerció el franquismo» sobre las mujeres, incluido el extrañamiento. En octubre de 1940 fue trasladada a la prisión de Santa Cruz de Tenerife con la etiqueta de «mujer peligrosa» y devuelta a León en marzo de 1941, vía Valladolid, para su ejecución, el 4 de abril al amanecer. que fue abierta en junio de 2019. Los análisis de ADN no han sido concluyentes, pero el estudio antropológico y la disposición de las tumbas vecinas, todas coincidentes, certifican que es Genara Fernández García.

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Fotografía destacada: Genara, con Quiteria, su madre, e Higinio, el padre, en la foto que conserva su sobrino Evelio. JESÚS

Fuente:https://www.diariodeleon.es/articulo/sociedad/ultima-leccion-genara-omana/202007090132352028640.html

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Emilio Silva (ARMH): “No hace falta esperar a una ley para exhumar fosas de desaparecidos”

El presidente de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH), Emilio Silva, fue entrevistado en La Cafetera de radiocable.com, donde pidió al Estado «voluntad política» para realizar las exhumaciones de desaparecidos. «El Estado no necesita una ley»- dijo (entrevista a partir del minuto 27:35).

radiocable.com / 06-07-2020

Escucha”#LaCafeteraReAcción .- Análisis de actualidad y además memoria histórica con @Emilio_Silva_ ¿YA NOS ESCUCHAS? PARTICIPA CON EL HT” en Spreaker.

Silva defendió que «no hace falta esperar a ninguna ley» y puso el ejemplo del País Vasco, que «ha exhumado decenas de fosas comunes, entrevistado a cientos de supervivientes, ha hecho homenajes, y digitalizado documentos». Y, «ahora, después de llevar desde 2003 haciéndolo, están debatiendo si necesitan una ley». Porque, insistió: «Lo que han tenido es voluntad política».

Además, recordó que el gobierno ha abierto un buzón para recibir sugerencias para la ley: consultaleymemoria@mpr.es. E invitó «a la gente a escribir a ese correo y pedir que se empiece ya mismo a exhumar fosas comunes».

Silva tildó de «inhumano que alguien tenga la posibilidad de arreglarlo y no lo haga».

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Fotografía destacada: ARMH-Eloy Alonso

Fuente:http://www.radiocable.com/emilio-silva-armh-ley-memoria-historica-exhumaciones-fosas-desaparecidos.html

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“Mis tíos entregaron su vida con 20 años, duele que no tengamos ni sus huesos”

Selva García, hija de Pepín, uno de los hermanos de la Lejía

“El monumento es una manera de revertir lo que fue tan negativo”

laopinioncoruna.es / Marta Otero / 07-07-2020

Son dos años tratando de erigir este monumento. Un proceso que parece que va a culminar en breve. ¿Cómo ha sido?

Fue bastante largo y tedioso. Mi abuelo fue fundador del PSOE en A Coruña y en Ribadeo, y mi padre fue secretario de las Juventudes. Cuando mi padre vuelve a España al morir Franco, encontraba extraño al partido. No le gustaba Felipe González, creía que era un arribista. Yo al llegar no contacté con el PSOE para ese trámite porque quería guardar respeto a la ideología de mi padre, a su forma de pensar. Pensé que en este proceso me tenía que comportar como él lo habría hecho.

El respeto a su memoria es su motivación principal.

Exacto. Contacté con dos amigas, una de ellas del BNG. Cuando llegué en verano del 2018 para el memorial Hermanos de la Lejía en Guitiriz, el PSOE se enteró, igual que mi familia de aquí, por el periódico. Los conocí en el memorial. Me llamaron preguntando por qué estaba enfadada con el PSOE. Me dijeron que me iban a ayudar, y la verdad es que tuve mucha colaboración. La negociación la empecé con Marea Atlántica, pero hubo una serie de problemas. Me aprobaron el monumento, pero quedó paralizado.

Coincidió con el cambio de Gobierno.

Sí, luego se paró por la pandemia. Primero nos asignaron una rotonda en el paseo marítimo, pero ahora parece que estará en un lugar mejor, cerca de Os Rosales, en San Roque.

Su intención era la de colocar el monumento cerca del Campo da Rata, donde fueron fusilados sus tíos. ¿No es posible?

Sí, quería colocarlo donde ellos tienen su calle, Hermanos de la Lejía, pero me dijeron que ahí no podían hacer nada porque era patrimonio histórico, hay que pedir permiso para hacer algo en toda esa zona, un trámite que lleva mucho tiempo. Me dieron otro sitio en el Paseo Marítimo, van a llamarle plaza de la Memoria. Allí se podrán realizar actos y homenajes en recuerdo.

Cuatro hombres, los hermanos, y una bola del mundo. ¿Qué simboliza?

Los socialistas son mundialistas, vivimos en muchas partes. Yo no quería hacer algo alegórico al drama de la guerra para no crear división, unos iban a criticarlo mucho, tenía miedo de eso, de herir otras sensibilidades, y esto no puede herir. Son cuatro muchachos que no están en un campo de batalla ni vestidos de milicianos, es algo suave.

Es un monumento en positivo.

Sí, porque para mí esto fue muy doloroso desde que nací, fue el gran drama de mi vida. Me fue bien en todo, y siempre tuve este dolor, como mi padre. Es una manera de revertir lo que fue tan negativo, quería algo que fuese, en cierto modo, alegre y reparador.

¿Pondrá fin este acto de reparación al dolor que arrastra?

Creo que sí. El PSOE tendría que haber reparado antes. Mis tíos aún están en cunetas. Tengo un cenotafio en el cementerio de la Recoleta, en Buenos Aires, preparado para ellos. Duele que hayan entregado su vida con 20 años y que su familia no tengamos ni sus huesos. Ellos dieron su vida por ideas. Mi papá publicaba un periódico, Joven Socialista, que pagaba de su bolsillo. En la calle lo voceaban, igual que a mi abuelo. Eran militantes auténticos. Tengo que dar las gracias a mi primo Miguel Díaz García, que me ayudó mucho a llevar esto adelante desde aquí cuando tuve que regresar a Buenos Aires. El concejal de cultura, Chero Celemín, también nos alivió el camino.

¿Sirve también de homenaje a los exiliados y represaliados olvidados?

Sí. Yo era muy chica, tenía tres o cuatro años, y a mi casa llegaba permanentemente gente exiliada que emigraba. Mi casa era un vertedero de visitas, dormían en el piso, en el suelo, en la cocina? todos contaban dramas, a todos le habían matado a alguien. A mí me quedó muy grabado, era muy pequeña y me pareció muy doloroso. No me lo he podido sacar de encima, no puedo evitar llorar al recordarlo.

Le ha tocado a usted enmendar esto, de algún modo.

Sí, a mi padre le daba igual que lo enterraran en una caja de zapatos, no era nada pijo, era un tipo frugal. Y yo anduve mucho tiempo, antes de encontrar a Ramón Conde, buscando escultores que practicasen este método de bronce a la cera perdida, que es una técnica antigua, difícil y costosa, pero yo quería eso porque le da eternidad al monumento.

¿Qué hizo de Ramón Conde el escogido?

Yo me pregunté: ¿no habrá alguien en Galicia o en España que practique esto? Empecé a buscar en internet y encontré que él tiene varias figuras cerca de la Torre. Vi que estaba en Milladoiro, averigüé su número de teléfono, y contacté directamente con él, nos entendimos muy bien, hablamos mucho, le dije en qué mes iba a viajar y nos encontramos a los dos o tres días. De hecho, compré una plaza cerca de donde yo nací, en Uruguay, y ahí voy a hacer también un monumento celta. Voy a invitar a Conde para que me oriente a ver qué hacemos ahí y en el cementerio de la Recoleta.

Dedica esta etapa de su vida a reivindicar la memoria histórica.

Uno vive muy vertiginosamente. Cuando era joven, pensé que si seguía con esto no podría hacer nada de mi vida. Tuve que bajar el telón y olvidarme de todo, y lo hice muchos años, hasta que me topé con un foro de gallegos en Internet donde hablaban mal de los Hermanos de la Lejía. Me vino todo de vuelta. Ahí, en 2009, fue cuando decidí que tenía que hacer algo. Llevo más de 10 años con este tema, tuve que leerme toda la historia, contactar con unos, con otros. Soy muy amiga de Alfonso, el sacerdote de Guitiriz, de la asociación Xermolos. Vamos a reformar una casa de un poeta de Guitiriz, para dedicarle un salón y un monumento a los hermanos. Fue en Guitiriz donde los cogieron presos.

Tardó casi 80 años en viajar a A Coruña. ¿Sigue habiendo cierto miedo interiorizado?

Galicia para mí no representaba nada positivo. Es dolor, es muerte, es hambruna, es sufrimiento. En A Coruña, el centro sigue exactamente igual, la plaza de mi padre está ahí? hay muchos recuerdos y mucho dolor, todo junto. Mi padre se bañaba en el Orzán, jugaba en el Campo da Leña, sus cenizas están en San Amaro, en un panteón a los héroes de la libertad? Es duro para mí.

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Fotografía destacada: Selva García, en su anterior visita a A Coruña. // Víctor Echave

Fuente:https://www.laopinioncoruna.es/coruna/2020/07/07/tios-entregaron-vida-20-anos/1515908.html

 

 

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40 años de dolor en secreto junto a una camisa con agujeros y una foto montada

Una investigación de Paloma Aguilar, catedrática de Ciencia Política especializada en memoria, penetra en los rituales de duelo clandestino durante el franquismo en un pueblo de Badajoz ferozmente reprimido

Las familias, privadas de un entierro que diera “descanso eterno”, dejaban marcas discretas en las fosas, ponían a los nacidos el nombre de las víctimas y convertían fotos y posesiones en objetos de culto

Descendientes de los asesinados, liderados por una carnicera, formaron en Casas de Don Pedro una “comunidad de memoria” que permitió impulsar la primera exhumación de restos en Extremadura, en 1978

infolibre.es / Ángel Munárriz / 06-07-2020

“Siempre pensé que la mujer de la foto era mi madre. Lo daba por hecho, vamos. Y un día, una mujer que estaba mirando la fotografía, dice: ¡Qué guapa era Cecilia!”. Sí que lo era. Se observa en la fotografía que ilustra este artículo, utilizada con el permiso de Petra Mijarra, de 62 años, hija de la segunda esposa de Santiago Mijarra, cuya primera mujer, Cecilia, embarazada, fue asesinada en 1939 por los franquistas. De ahí la confusión. Petra siempre dio por hecho que la mujer de la foto era su madre, Granada. Pero no. Se tuvo que enterar casualmente. No son temas fáciles de hablar. Los vivos no recordaban a los muertos como querían, porque incluso el duelo estaba limitado y perseguido.

Paloma Aguilar, catedrática de Ciencia Política y destacada investigadora sobre memoria histórica, se ha sumergido en ese mundo, o submundo, de estrategias privadas y secretas de duelo, a menudo forjadas en una creatividad obligada por la necesidad. Aguilar ha puesto la lupa en el pueblo de Casas de Don Pedro, en Badajoz, el primero en el que fueron exhumados restos de republicanos en Extremadura, en 1978. ¿Como lo hicieron?, se preguntaba Aguilar. ¿Cómo lograron los deudos reunir la fuerza para, con una democracia aún tambaleante, emerger de la prisión interior en que habían sido confinados junto con sus recuerdos y forzar aquellas exhumaciones? ¿Cómo habían mantenido vivos los recuerdos, a pesar del castigo de silencio impuesto?

El resultado de la búsqueda de respuestas es el artículo Del luto cercenado al luto recuperado: Estrategias de homenaje y recuerdo de las familias de las víctimas de la represión franquista, publicado en la revista estadounidense Memory Studies [ver aquí en inglés]. Es una intrahistoria del dolor íntimo de los derrotados. También el negativo de la fotografía de las cunetas, porque estas historias funcionan como recuerdo de la injusticia radical que suponen las fosas aún sin excavar. Como recuerda Aguilar, “en la mayoría de los casos, la dictadura no permitió que los supervivientes enterraran a sus familiares en cementerios y menos aún que les rindieran homenaje fuera del hogar”.

Doble castigo

“El castigo impuesto a los familiares era doble: se les impedía hacer el duelo formalmente y se borraba el recuerdo de los muertos del espacio público, como si las víctimas no hubieran existido”, anota Aguilar. Se prohibió toda mención pública a enterrados en tumbas sin marcas. “Sus familias vivían con el tormento de que al no poder dar a sus seres queridos un entierro digno, no garantizaban su descanso eterno”, explica Aguilar. No es raro que los muertos adoptaran entonces, en unas mentes sacudidas por el dolor, “una forma espectral”.

Se producía un conflicto entre la “ley del Estado”, con sus humillantes restricciones al duelo de los enemigos vencidos, y la “ley del parentesco”, que mueve inevitablemente al tributo. Esa tensión se desbordaba en los estrechos márgenes de maniobra de las familias de los muertos. Ahí se manifestaban lo que Aguilar llama “mecanismos de duelo alternativos”, sustitutivos de las ceremonias funerarias convencionales. “El recuerdo de los ‘desaparecidos’ era cultivado en privado por sus familiares y, a veces, los lugares de las fosas comunes se marcaban con cruces, piedras u otros signos para evitar que fueran ocultados por la naturaleza y cayesen en el olvido. Esto fue de gran ayuda para localizarlos cuando, cuarenta años después de la guerra, comenzó la búsqueda de los restos de los ejecutados”, expone Aguilar.

Tres familias

La autora centra su investigación en las estrategias de duelo durante la dictadura de los familiares de seis asesinados: los hermanos Castejada López (Julián, de 19 años, y Alfonso, de 17), los hermanos Talaverano Soto (Petra, aunque todos la conocían como Eloísa, de 23, y Pedro, de 18) y los hermanos García Rubio (Cecilia, de 23 y embarazada, y Dionisio, de 25). Todos fueron asesinados en Casas de Don Pedro, excepto Dionisio, muerto a manos de los nazis en Francia en 1944. Cecilia y Eloísa fueron asesinadas porque sus respectivos maridos, Santiago Mijarra y Julián Arroba, se habían escapado de la ejecución y huyeron a las montañas, donde acabaron uniéndose a la guerrilla antifranquista. En venganza por esa fuga y para evitar que se reuniesen con sus maridos, las mujeres fueron sacadas de la capilla de la Virgen de los Remedios, donde estaban encarceladas, y fusiladas. Cecilia presentaba un embarazo avanzado.

Santiago Mijarra se entregó en el 41. Fue encarcelado, sentenciado a muerte y desterrado, pero no llegó a ser ejecutado. En el 44, volvió a casarse con otra mujer, Granada. Se instalaron en Casas de Don Pedro. Y cuando nació su primera hija, la llamaron Cecilia, como la primera esposa de Santiago, asesinada. Según la investigación de Aguilar, es un frecuente recurso de homenaje usar los nombres de los asesinados para mantener viva su memoria. Petra, la menor de los cuatro hermanos que acabaron teniendo, se muestra ahora fascinada por la discreta “generosidad” de su madre, también represaliada y que pasó cárcel. No sólo no quiso rivalizar con el recuerdo de Cecilia, sino que llegó a tejer una estrecha relación con la familia de esta, hasta formar parte de ella. Es lo que Aguilar identifica en el artículo como una “comunidad de memoria”, tejida entre susurros por los familiares de las víctimas. “Siendo niña, yo pensaba que todos éramos familia, claro. Manoli, la sobrina de Cecilia, llamaba a mi padre tito Santiago y a mi madre tita Granada. Íbamos a sus bodas, a sus bautizos…”, explica Petra. El vínculo era la memoria de Cecilia, la ausente.

Fotografías

La imagen de aquella mujer en la fotografía junto a su padre tardó tiempo en adquirir la identidad de Cecilia. Petra había oído toda la vida ese nombre, “Cecilia”, pero no le había asignado aquellos rasgos. Hasta que oyó aquel comentario al vuelo: “¡Qué guapa era Cecilia!”. “Se hablaba poco de ella en casa, supongo que para que yo no me hiciera cábalas raras. Se hablaba algo más de Gregorio, un hermano de mi padre que también fue asesinado. Yo me iba enterando de cosas, ya adolescente, por una hermana de mi padre que era muy parlanchina. Con nueve años me había ido con familia a Madrid. Procuraba no preguntar mucho. Más tarde, cuando me puse a currar, fui representante sindical de aprendizas. Tenía 16 años, siempre he sido muy precoz. No les decía nada a mis padres. Piensa que a mi padre le habían dicho: ‘Si te metes otra vez en política, vas al talego’. Nos habían inculcado a todos mucho miedo a hablar o a decir”.

Las historias de los familiares de víctimas de Casas de Don Pedro están hechas de mucha contención y silencio. Las exteriorizaciones del duelo adoptaban formas escuetas y doloridas. Aguilar detecta un frecuente uso de montajes fotográficos. “Una de las formas íntimas de rendir homenaje consistía en exponer sus fotografías en la casa. Esta manifestación de duelo privado, que ha sido investigada en detalle por [Jorge] Moreno [autor de El duelo revelado] en el caso de España, suele consistir en ‘collages fotográficos en los que los desaparecidos se insertan junto a los miembros de la familia en una composición imposible'”. Según Moreno, “la imagen no sólo opera como prueba evidente de la existencia de la persona, sino sobre todo como un lugar de memoria”. Añade Aguilar que las fotografías eran a menudo procesadas para que los muertos aparecieran bajo la luz más favorable posible (cuidadosamente arreglados, elegantemente vestidos, con expresiones seguras de sí mismos). “Una forma de borrar de la memoria el dolor que su muerte violenta debió causarles”, indica.

¿Quién no ha experimentado un punto de extrañeza en esas humildes casas de pueblo, donde habitan derrotados de la guerra, en cuyas paredes, de repente, emerge la fotografía de un hombre del que sabemos que vestía con la máxima sencillez y que se presenta vestido de traje y corbata? Petra duda que se padre se pusiera alguna vez una corbata como la que luce en la foto junto a su primera esposa. El duelo de los hermanos Talaverano Soto, Eloísa y Pedro, también está hecho parcialmente de fotografías. Ambos aparecen juntos en un montaje fotográfico en color que indignó a su madre, ya que el fotógrafo se tomó la libertad de poner un cigarro en los labios de Pedro, que nunca fumó. Parecen mayores de lo que eran cuando murieron, 23 y 18 años. “Es como si hubieran intentado representarlos a la edad que tendrían si la muerte no se los hubiera llevado tan pronto”, apunta Aguilar en su artículo. El fallido collage fue sustituido por otro más austero en blanco y negro, que servía como recuerdo de los ausentes.

Una camisa agujereada

Josefa Miranda, conocida como Juli, de 67 años, es nieta de aquella abuela que se indignó con la fotografía de su hijo fumando. También su vida está rodeada de víctimas y recuerdos. Su hermano se llamó Celestino, en recuerdo de su abuelo, asesinado. No es el único caso. La saga se extiende entre nombres repetidos, en memoria de los muertos. “Fíjate. Mi hermano se llama Celestino no por iniciativa de mi madre, sino de mi padre, que no lo llegó a conocer. Mi abuela, que murió con 100 años, empezó a perder la cabeza ya con noventa y tantos. Pero era oír el nombre de ‘Celestino’ y su memoria se ponía de repente en marcha y empezaba a hablar”, explica. Su abuela, la madre de la asesinada Eloísa, guardó toda su vida la camisa con la que murió su hija. Es una camisa con historia. Según un testimonio recabado por Aguilar, cuando mataron a las mujeres, las arrojaron a una zanja casi sin nada que las cubriera. “Los perros las desenterraron y se las comían”, según dicho testimonio. Un pastor se compadeció y puso tierra encima de ellas, en un gesto de humanidad. Luego asumió el riesgo de llevar la camisa de Eloísa, ensangrentada y agujereada, a su madre. “Mi abuela viajaba con la mortaja y llevaba siempre ahí la camisa”, recuerda ahora Juli. Cuando Escolástica, así se llamaba, falleció, vivido un siglo, la enterraron junto a la camisa de su hija.

Aguilar detecta en su artículo un “culto a los objetos de los seres queridos como forma de duelo, sobre todo si se les había arrebatado violentamente la vida en la plenitud de la juventud”. Un ejemplo es un patrón de colcha que Eloísa había diseñado y que sus hermanas y sobrinas reprodujeron en varias ocasiones a lo largo de los años, expone Aguilar. Su madre usó la que Eloísa misma había bordado para cubrir a sus hijos cuando estaban enfermos, “como si tuviera poderes protectores o incluso curativos”, y también la mostraron en la fiesta del pueblo en honor a la Virgen en agosto. “La forma sincera y respetuosa en que los familiares hablan de los objetos casi sugiere una especie de culto, porque les permite, en cierto modo, forjar una conexión con sus seres queridos”, explica la autora en su artículo, que por momentos corta el aliento. La familia también guardó un bordado de la asesinada, con el que envolvieron los huesos de Escolástica cuando abrieron su nicho en el cementerio para añadir el cuerpo de uno de sus hijos. Más dudas tiene ahora Juli, que se emociona mientras habla, sobre el paradero de un laúd con el que Eloísa, que sabía cantar y bailar, amenizaba los bailes.

“Mi madre y mi abuela, que eran uña y carne, nos lo tenían dicho: ‘Nada de llorar en la calle’. No se podía. Estábamos vigilados. Se hablaba poco. Porque cuando surgía el tema, ya se ponían a llorar. Y lo único que decíamos los hermanos era ‘ya está, no pasa nada, no se puede hacer nada’. Ahora me arrepiento de no haber preguntado más”, explica Juli, que recuerda cómo su madre y su abuela siempre evitaron que le pusiera cara a los nombres de victimarios que había escuchado. “Yo le decía a mi madre: ‘Cuando los veamos, señálamelos, por favor, quiero saber quiénes son’. Pero ella nunca lo hizo”.

Felisa Castejada

En el artículo de Aguilar emerge la imponente figura de Felisa Castejada, hermana de Julián, de 19 años, y Alfonso, de 17, ambos asesinados. En su familia “el trauma fue tan profundo que dejaron de celebrar los cumpleaños o cualquier otro tipo de fiesta como la Navidad, como si vivieran en una especie de duelo perpetuo, aunque estrictamente privado, ante la imposibilidad de hacerlo públicamente”, expone Aguilar. El padre, que tenía que pasar todos los días por la finca donde estaban enterrados de camino al trabajo, miraba siempre hacia el lugar y decía en voz baja: “Pensar que tenéis que estar ahí, enterrados como perros”. Felisa guarda los cables con los que cree que sus hermanos fueron atados para matarlos “como si fueran una especie de tesoro”, explica la autora. “Para ella, son una prueba evidente de los crímenes que se negaron en su momento y también un objeto muy querido porque, según ella, estuvieron en contacto con sus hermanos”, se lee en el artículo publicado en Memory Studies. Celedonio, hijo de Felisa, explica a Aguilar cómo se transmitía la importancia del lugar del enterramiento, aun sin el menor reconocimiento oficial de este: “Se nos inculcó a mis hermanos y a mí desde que éramos pequeños; y [mi madre] nos lo enseñaba siempre que salíamos al campo […]. Estaba grabado en su mente a sangre y fuego […]. Conocía la finca y cuando íbamos por ahí, siempre decía: ahí es donde mataron a mis hermanos”. Tres de los hermanos de Felisa dieron a uno de sus hijos el nombre de un hermano asesinado: o Julián o Alfonso.

Felisa fue la líder de esa “comunidad de memoria”, forjada clandestinamente, que afloró tras la muerte de Franco. Las víctimas pasan entonces de “fantasmas políticos” a “ciudadanos póstumos”, apunta Aguilar. Abandonan su “forma espectral” y comienzan a ser objeto de derechos, añade. En la Transición, la resistencia adquirida por las familias se convierte en acción cohesionada. Los herederos de las víctimas logran atención mediática, a través de la revista Interviú, e impulsan la recuperación de los restos. “Solicitaron los permisos necesarios. También recaudaron fondos para pagar una excavadora, comprar un terreno en el cementerio de la Iglesia, construir una bóveda y comprar flores”, señala Aguilar. La primera exhumación tuvo lugar en la finca de Casa La Boticaria el 13 de mayo de 1978. Después de vigilar los restos en el campo durante dos noches, se celebró un multitudinario funeral y los restos fueron colocados en el mausoleo colectivo del cementerio del pueblo, y en el lugar de la exhumación incluso fueron colocadas banderas republicanas, socialistas y comunistas. El reportaje publicado por Interviú también tuvo para las familias, observa la autora, la forma de un “homenaje póstumo”. “Los familiares pudieron trascender el ámbito local. Se avivó el deseo de acciones similares, mostrando a todo el país que estas iniciativas tan anheladas empezaban por fin a ser factibles”, añade.

No fue fácil. Felisa fue sometida a una fuerte presión por el gobernador civil durante todo el proceso, sobre todo cuando la reivindicación de reparación trascendió el ámbito del consuelo familiar y adoptó una forma más ideológica. Es una de las concreciones de esa “comunidad de memoria” fraguada durante la dictadura. Muchos familiares de los ejecutados mantuvieron un contacto regular entre sí, aunque ejerciendo la necesaria discreción y precaución, y esto se mantuvo así incluso cuando algunos emigraron a Madrid por razones económicas. Muchos de los miembros de las familias analizadas no sólo se vieron obligados a abandonar Casas de Don Pedro, sino que vivieron durante varios años en chabolas de las afueras de Madrid porque no podían pagar el alquiler. Más tarde se trasladaron a barrios populares como San Blas y Vallecas”, señala Aguilar. Estas “comunidades informales” ayudaron a facilitar la coordinación necesaria para que, una vez que la situación política cambió, “pudieran recuperar los restos de los muertos y rendirles homenaje”.

El logro y el precio

Las familias pagaron un precio. Celedonio, hijo de Felisa Casatejada, le cuenta a Aguilar: “Nos hicieron la vida prácticamente imposible […].. Después de todo eso con los restos […] fue una persecución”. José, un sobrino de Felisa que ya entonces vivía en Madrid, añade: ” Fue mi tía la que lo pasó peor […] porque fue ella la que se quedó en el pueblo”. Felisa era carnicera. Aparecieron pintadas que decían que tenía “huesos de rojos” para “hacer cocido”, como recuerda ahora Juli. No sabían que, a esas alturas, Felisa era ya indestructible. Había décadas de resistencia y de convicción a sus espaldas. Aún vive en Casas de Don Pedro, y Aguilar, que la ha entrevistado en dos ocasiones, se ha planteado en parte esta investigación como una forma de reconocimiento a aquellas mujeres, audaces y valientes como Felisa, que se atrevieron a llevar a cabo estas iniciativas de reparación y justicia nada más comenzar la Transición.

“Mi padre murió con 64 años, antes de la exhumación. Pero allí estuvo mi madre, Granada. Piensa que ella no tenía los restos de ningún familiar [directo]. Los que estaban enterrados eran la mujer de su marido y su cuñado. Pero ella estaba allí la primera. Es increíble lo de mi madre…”, cuenta Petra. También recuerda cómo fue el empeño de los más jóvenes el que llevó a poner las banderas, a pesar de que el ambiente en el pueblo se cortaba con un cuchillo. “Los mayores no querían, había mucho miedo, claro”. Juli, que fue la encargada de elaborar la primera lista de personas que se reunieron en Madrid para continuar la búsqueda de restos óseos, ya que en el verano de 1978 se produjo una segunda exhumación, relata cómo se paseaban por el pueblo los falangistas con sus camisas azules. “Sonaba por la calle el Cara al sol. En casa, mi padre cogió y puso La Internacional, lo recuerdo. Hace poco intenté poner la cinta cuando murió Anguita, pero ya no funcionaba”. Como objeto de memoria, la cinta sí que funciona.

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Fotografía destacada: Cecilia García Rubio, asesinada en Casas de Don Pedro (Badajoz) con 23 años estando embarazada, en un montaje fotográfico junto al que fue su marido, Santiago Mijarra. Fotografía cedida por la familia Mijarra

Fuente:https://www.infolibre.es/noticias/politica/2020/07/03/xxx_108452_1012.html

Publicado por ARMH