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La última lección de Genara en Omaña

La maestra represaliada y asesinada por el franquismo reposará junto a sus familiares en Cirujales

La ARMH entrega sus restos en un homenaje que se hace extensivo a todas las víctimas de la comarca

diariodeleon.es / Ana Gaitero / 09-07-2020

Genara Fernández García, la maestra de Cirujales depurada del Magisterio y asesinada por el franquismo tras ser condenada en un consejo de guerra por tirar unos panfletos contra el régimen, da mañana su última lección en Cirujales. Después de casi 80 años enterrada en el cementerio de León, tras su fusilamiento en el campo de tiro de Puente Castro el 4 de abril de 1941, reposará en el cementerio del pueblo donde nació junto a sus familiares.

La Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH) hace entrega de los restos de Genara a la familia en un acto homenaje que se hace extensivo a todas las víctimas del franquismo en la comarca, el primero que se hará en Omaña, a partir de mañana viernes a las 18.00 horas en la plaza de la antigua escuela del pueblo.

 

La que fue tildada por sus enemigos como Pasionaria es ahora un icono de la memoria histórica en León, por la repercusión mediática que ha tenido el caso, destapado por Diario de León en diciembre de 2019. Pero, sobre todo, porque su exhumación fue el hilo del que tiró la ARMH para hacer el estudio de las otras fosas individuales que ha permitido sacar a la luz los restos de José Almena Castro, en febrero y, próximamente, los de Pablo Díez Álvarez, de Sotillos de Sabero, pasado por las armas en diciembre de 1941, como señala Marco González, vicepresidente de la ARMH.

Genara Fernández García (Cirujales. 1903 – León. 1941) había aprobado el examen de maestra en León en 1924 y obtuvo el título dos años después. Tenía 25 años cuando fue destinada a la escuela de Rioseco de Tapia y, posteriormente a Orallo, en Laciana, Ponferrada y Soto de Valdeón, como interina, según consta en su hoja de servicios. En 1934 obtuvo la plaza definitiva en su pueblo, Cirujales, con un sueldo de 4.000 pesetas. Tan solo dos años duró el sueño de Genara de ser maestra en su pueblo. En 1936, al avanzar las tropas franquistas sobre la comarca, se fue a Asturias con su novio.

Inmediatamente, fue depurada por la comisión del partido judicial de Murias de Paredes. Varios informes apuntaron que era vocal del comité del Frente Popular del pueblo; el párroco y un padre señalaron que había consentido un mitin del Partido Comunista y otros acusaron a la maestra de hacer propaganda antipatriótica, no cumplir con su deber y de conducta moral «no coincidente», según consta en el borrador que conserva el Archivo del Instituto Padre Isla.

Tras intentar salir de España desde Gijón, en un barco apresado por el Cervera, regresó a León. Debía presentarse cada lunes ante las autoridades hasta que fue dispensada en marzo de 1938. En la capital vivía en la calle Fernández Cadórniga número 8 acogida por una prima carnal. Se ganaba la vida dando clases particulares y, desde la inauguración del cine Mary, en junio de 1939, también como taquillera del cine Mary.

El 17 de diciembre de ese año fue detenida en casa. Su nombre aparecía en un papel entre los pasquines con propaganda antifranquista que había depositado la noche anterior, sábado, frente a la iglesia de San Marcelo y en un banco de la plaza. Allí quedó escrito su final sin saberlo. De la comisaría a la cárcel provincial y de esta al consejo de guerra que la condena a muerte en febrero de 1940 por el delito de adhesión a la rebelión. Esos días también fue apartada definitivamente del magisterio.

Genara ha resultado ser uno de los personajes más interesantes con los que se ha topado la historiadora Ana Cristina Rodríguez, que dirigió la exhumación. «Concentra todos los tipos de represión que ejerció el franquismo» sobre las mujeres, incluido el extrañamiento. En octubre de 1940 fue trasladada a la prisión de Santa Cruz de Tenerife con la etiqueta de «mujer peligrosa» y devuelta a León en marzo de 1941, vía Valladolid, para su ejecución, el 4 de abril al amanecer. que fue abierta en junio de 2019. Los análisis de ADN no han sido concluyentes, pero el estudio antropológico y la disposición de las tumbas vecinas, todas coincidentes, certifican que es Genara Fernández García.

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Fotografía destacada: Genara, con Quiteria, su madre, e Higinio, el padre, en la foto que conserva su sobrino Evelio. JESÚS

Fuente:https://www.diariodeleon.es/articulo/sociedad/ultima-leccion-genara-omana/202007090132352028640.html

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Emilio Silva (ARMH): “No hace falta esperar a una ley para exhumar fosas de desaparecidos”

El presidente de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH), Emilio Silva, fue entrevistado en La Cafetera de radiocable.com, donde pidió al Estado «voluntad política» para realizar las exhumaciones de desaparecidos. «El Estado no necesita una ley»- dijo (entrevista a partir del minuto 27:35).

radiocable.com / 06-07-2020

Escucha”#LaCafeteraReAcción .- Análisis de actualidad y además memoria histórica con @Emilio_Silva_ ¿YA NOS ESCUCHAS? PARTICIPA CON EL HT” en Spreaker.

Silva defendió que «no hace falta esperar a ninguna ley» y puso el ejemplo del País Vasco, que «ha exhumado decenas de fosas comunes, entrevistado a cientos de supervivientes, ha hecho homenajes, y digitalizado documentos». Y, «ahora, después de llevar desde 2003 haciéndolo, están debatiendo si necesitan una ley». Porque, insistió: «Lo que han tenido es voluntad política».

Además, recordó que el gobierno ha abierto un buzón para recibir sugerencias para la ley: consultaleymemoria@mpr.es. E invitó «a la gente a escribir a ese correo y pedir que se empiece ya mismo a exhumar fosas comunes».

Silva tildó de «inhumano que alguien tenga la posibilidad de arreglarlo y no lo haga».

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Fotografía destacada: ARMH-Eloy Alonso

Fuente:http://www.radiocable.com/emilio-silva-armh-ley-memoria-historica-exhumaciones-fosas-desaparecidos.html

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“Mis tíos entregaron su vida con 20 años, duele que no tengamos ni sus huesos”

Selva García, hija de Pepín, uno de los hermanos de la Lejía

“El monumento es una manera de revertir lo que fue tan negativo”

laopinioncoruna.es / Marta Otero / 07-07-2020

Son dos años tratando de erigir este monumento. Un proceso que parece que va a culminar en breve. ¿Cómo ha sido?

Fue bastante largo y tedioso. Mi abuelo fue fundador del PSOE en A Coruña y en Ribadeo, y mi padre fue secretario de las Juventudes. Cuando mi padre vuelve a España al morir Franco, encontraba extraño al partido. No le gustaba Felipe González, creía que era un arribista. Yo al llegar no contacté con el PSOE para ese trámite porque quería guardar respeto a la ideología de mi padre, a su forma de pensar. Pensé que en este proceso me tenía que comportar como él lo habría hecho.

El respeto a su memoria es su motivación principal.

Exacto. Contacté con dos amigas, una de ellas del BNG. Cuando llegué en verano del 2018 para el memorial Hermanos de la Lejía en Guitiriz, el PSOE se enteró, igual que mi familia de aquí, por el periódico. Los conocí en el memorial. Me llamaron preguntando por qué estaba enfadada con el PSOE. Me dijeron que me iban a ayudar, y la verdad es que tuve mucha colaboración. La negociación la empecé con Marea Atlántica, pero hubo una serie de problemas. Me aprobaron el monumento, pero quedó paralizado.

Coincidió con el cambio de Gobierno.

Sí, luego se paró por la pandemia. Primero nos asignaron una rotonda en el paseo marítimo, pero ahora parece que estará en un lugar mejor, cerca de Os Rosales, en San Roque.

Su intención era la de colocar el monumento cerca del Campo da Rata, donde fueron fusilados sus tíos. ¿No es posible?

Sí, quería colocarlo donde ellos tienen su calle, Hermanos de la Lejía, pero me dijeron que ahí no podían hacer nada porque era patrimonio histórico, hay que pedir permiso para hacer algo en toda esa zona, un trámite que lleva mucho tiempo. Me dieron otro sitio en el Paseo Marítimo, van a llamarle plaza de la Memoria. Allí se podrán realizar actos y homenajes en recuerdo.

Cuatro hombres, los hermanos, y una bola del mundo. ¿Qué simboliza?

Los socialistas son mundialistas, vivimos en muchas partes. Yo no quería hacer algo alegórico al drama de la guerra para no crear división, unos iban a criticarlo mucho, tenía miedo de eso, de herir otras sensibilidades, y esto no puede herir. Son cuatro muchachos que no están en un campo de batalla ni vestidos de milicianos, es algo suave.

Es un monumento en positivo.

Sí, porque para mí esto fue muy doloroso desde que nací, fue el gran drama de mi vida. Me fue bien en todo, y siempre tuve este dolor, como mi padre. Es una manera de revertir lo que fue tan negativo, quería algo que fuese, en cierto modo, alegre y reparador.

¿Pondrá fin este acto de reparación al dolor que arrastra?

Creo que sí. El PSOE tendría que haber reparado antes. Mis tíos aún están en cunetas. Tengo un cenotafio en el cementerio de la Recoleta, en Buenos Aires, preparado para ellos. Duele que hayan entregado su vida con 20 años y que su familia no tengamos ni sus huesos. Ellos dieron su vida por ideas. Mi papá publicaba un periódico, Joven Socialista, que pagaba de su bolsillo. En la calle lo voceaban, igual que a mi abuelo. Eran militantes auténticos. Tengo que dar las gracias a mi primo Miguel Díaz García, que me ayudó mucho a llevar esto adelante desde aquí cuando tuve que regresar a Buenos Aires. El concejal de cultura, Chero Celemín, también nos alivió el camino.

¿Sirve también de homenaje a los exiliados y represaliados olvidados?

Sí. Yo era muy chica, tenía tres o cuatro años, y a mi casa llegaba permanentemente gente exiliada que emigraba. Mi casa era un vertedero de visitas, dormían en el piso, en el suelo, en la cocina? todos contaban dramas, a todos le habían matado a alguien. A mí me quedó muy grabado, era muy pequeña y me pareció muy doloroso. No me lo he podido sacar de encima, no puedo evitar llorar al recordarlo.

Le ha tocado a usted enmendar esto, de algún modo.

Sí, a mi padre le daba igual que lo enterraran en una caja de zapatos, no era nada pijo, era un tipo frugal. Y yo anduve mucho tiempo, antes de encontrar a Ramón Conde, buscando escultores que practicasen este método de bronce a la cera perdida, que es una técnica antigua, difícil y costosa, pero yo quería eso porque le da eternidad al monumento.

¿Qué hizo de Ramón Conde el escogido?

Yo me pregunté: ¿no habrá alguien en Galicia o en España que practique esto? Empecé a buscar en internet y encontré que él tiene varias figuras cerca de la Torre. Vi que estaba en Milladoiro, averigüé su número de teléfono, y contacté directamente con él, nos entendimos muy bien, hablamos mucho, le dije en qué mes iba a viajar y nos encontramos a los dos o tres días. De hecho, compré una plaza cerca de donde yo nací, en Uruguay, y ahí voy a hacer también un monumento celta. Voy a invitar a Conde para que me oriente a ver qué hacemos ahí y en el cementerio de la Recoleta.

Dedica esta etapa de su vida a reivindicar la memoria histórica.

Uno vive muy vertiginosamente. Cuando era joven, pensé que si seguía con esto no podría hacer nada de mi vida. Tuve que bajar el telón y olvidarme de todo, y lo hice muchos años, hasta que me topé con un foro de gallegos en Internet donde hablaban mal de los Hermanos de la Lejía. Me vino todo de vuelta. Ahí, en 2009, fue cuando decidí que tenía que hacer algo. Llevo más de 10 años con este tema, tuve que leerme toda la historia, contactar con unos, con otros. Soy muy amiga de Alfonso, el sacerdote de Guitiriz, de la asociación Xermolos. Vamos a reformar una casa de un poeta de Guitiriz, para dedicarle un salón y un monumento a los hermanos. Fue en Guitiriz donde los cogieron presos.

Tardó casi 80 años en viajar a A Coruña. ¿Sigue habiendo cierto miedo interiorizado?

Galicia para mí no representaba nada positivo. Es dolor, es muerte, es hambruna, es sufrimiento. En A Coruña, el centro sigue exactamente igual, la plaza de mi padre está ahí? hay muchos recuerdos y mucho dolor, todo junto. Mi padre se bañaba en el Orzán, jugaba en el Campo da Leña, sus cenizas están en San Amaro, en un panteón a los héroes de la libertad? Es duro para mí.

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Fotografía destacada: Selva García, en su anterior visita a A Coruña. // Víctor Echave

Fuente:https://www.laopinioncoruna.es/coruna/2020/07/07/tios-entregaron-vida-20-anos/1515908.html

 

 

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40 años de dolor en secreto junto a una camisa con agujeros y una foto montada

Una investigación de Paloma Aguilar, catedrática de Ciencia Política especializada en memoria, penetra en los rituales de duelo clandestino durante el franquismo en un pueblo de Badajoz ferozmente reprimido

Las familias, privadas de un entierro que diera “descanso eterno”, dejaban marcas discretas en las fosas, ponían a los nacidos el nombre de las víctimas y convertían fotos y posesiones en objetos de culto

Descendientes de los asesinados, liderados por una carnicera, formaron en Casas de Don Pedro una “comunidad de memoria” que permitió impulsar la primera exhumación de restos en Extremadura, en 1978

infolibre.es / Ángel Munárriz / 06-07-2020

“Siempre pensé que la mujer de la foto era mi madre. Lo daba por hecho, vamos. Y un día, una mujer que estaba mirando la fotografía, dice: ¡Qué guapa era Cecilia!”. Sí que lo era. Se observa en la fotografía que ilustra este artículo, utilizada con el permiso de Petra Mijarra, de 62 años, hija de la segunda esposa de Santiago Mijarra, cuya primera mujer, Cecilia, embarazada, fue asesinada en 1939 por los franquistas. De ahí la confusión. Petra siempre dio por hecho que la mujer de la foto era su madre, Granada. Pero no. Se tuvo que enterar casualmente. No son temas fáciles de hablar. Los vivos no recordaban a los muertos como querían, porque incluso el duelo estaba limitado y perseguido.

Paloma Aguilar, catedrática de Ciencia Política y destacada investigadora sobre memoria histórica, se ha sumergido en ese mundo, o submundo, de estrategias privadas y secretas de duelo, a menudo forjadas en una creatividad obligada por la necesidad. Aguilar ha puesto la lupa en el pueblo de Casas de Don Pedro, en Badajoz, el primero en el que fueron exhumados restos de republicanos en Extremadura, en 1978. ¿Como lo hicieron?, se preguntaba Aguilar. ¿Cómo lograron los deudos reunir la fuerza para, con una democracia aún tambaleante, emerger de la prisión interior en que habían sido confinados junto con sus recuerdos y forzar aquellas exhumaciones? ¿Cómo habían mantenido vivos los recuerdos, a pesar del castigo de silencio impuesto?

El resultado de la búsqueda de respuestas es el artículo Del luto cercenado al luto recuperado: Estrategias de homenaje y recuerdo de las familias de las víctimas de la represión franquista, publicado en la revista estadounidense Memory Studies [ver aquí en inglés]. Es una intrahistoria del dolor íntimo de los derrotados. También el negativo de la fotografía de las cunetas, porque estas historias funcionan como recuerdo de la injusticia radical que suponen las fosas aún sin excavar. Como recuerda Aguilar, “en la mayoría de los casos, la dictadura no permitió que los supervivientes enterraran a sus familiares en cementerios y menos aún que les rindieran homenaje fuera del hogar”.

Doble castigo

“El castigo impuesto a los familiares era doble: se les impedía hacer el duelo formalmente y se borraba el recuerdo de los muertos del espacio público, como si las víctimas no hubieran existido”, anota Aguilar. Se prohibió toda mención pública a enterrados en tumbas sin marcas. “Sus familias vivían con el tormento de que al no poder dar a sus seres queridos un entierro digno, no garantizaban su descanso eterno”, explica Aguilar. No es raro que los muertos adoptaran entonces, en unas mentes sacudidas por el dolor, “una forma espectral”.

Se producía un conflicto entre la “ley del Estado”, con sus humillantes restricciones al duelo de los enemigos vencidos, y la “ley del parentesco”, que mueve inevitablemente al tributo. Esa tensión se desbordaba en los estrechos márgenes de maniobra de las familias de los muertos. Ahí se manifestaban lo que Aguilar llama “mecanismos de duelo alternativos”, sustitutivos de las ceremonias funerarias convencionales. “El recuerdo de los ‘desaparecidos’ era cultivado en privado por sus familiares y, a veces, los lugares de las fosas comunes se marcaban con cruces, piedras u otros signos para evitar que fueran ocultados por la naturaleza y cayesen en el olvido. Esto fue de gran ayuda para localizarlos cuando, cuarenta años después de la guerra, comenzó la búsqueda de los restos de los ejecutados”, expone Aguilar.

Tres familias

La autora centra su investigación en las estrategias de duelo durante la dictadura de los familiares de seis asesinados: los hermanos Castejada López (Julián, de 19 años, y Alfonso, de 17), los hermanos Talaverano Soto (Petra, aunque todos la conocían como Eloísa, de 23, y Pedro, de 18) y los hermanos García Rubio (Cecilia, de 23 y embarazada, y Dionisio, de 25). Todos fueron asesinados en Casas de Don Pedro, excepto Dionisio, muerto a manos de los nazis en Francia en 1944. Cecilia y Eloísa fueron asesinadas porque sus respectivos maridos, Santiago Mijarra y Julián Arroba, se habían escapado de la ejecución y huyeron a las montañas, donde acabaron uniéndose a la guerrilla antifranquista. En venganza por esa fuga y para evitar que se reuniesen con sus maridos, las mujeres fueron sacadas de la capilla de la Virgen de los Remedios, donde estaban encarceladas, y fusiladas. Cecilia presentaba un embarazo avanzado.

Santiago Mijarra se entregó en el 41. Fue encarcelado, sentenciado a muerte y desterrado, pero no llegó a ser ejecutado. En el 44, volvió a casarse con otra mujer, Granada. Se instalaron en Casas de Don Pedro. Y cuando nació su primera hija, la llamaron Cecilia, como la primera esposa de Santiago, asesinada. Según la investigación de Aguilar, es un frecuente recurso de homenaje usar los nombres de los asesinados para mantener viva su memoria. Petra, la menor de los cuatro hermanos que acabaron teniendo, se muestra ahora fascinada por la discreta “generosidad” de su madre, también represaliada y que pasó cárcel. No sólo no quiso rivalizar con el recuerdo de Cecilia, sino que llegó a tejer una estrecha relación con la familia de esta, hasta formar parte de ella. Es lo que Aguilar identifica en el artículo como una “comunidad de memoria”, tejida entre susurros por los familiares de las víctimas. “Siendo niña, yo pensaba que todos éramos familia, claro. Manoli, la sobrina de Cecilia, llamaba a mi padre tito Santiago y a mi madre tita Granada. Íbamos a sus bodas, a sus bautizos…”, explica Petra. El vínculo era la memoria de Cecilia, la ausente.

Fotografías

La imagen de aquella mujer en la fotografía junto a su padre tardó tiempo en adquirir la identidad de Cecilia. Petra había oído toda la vida ese nombre, “Cecilia”, pero no le había asignado aquellos rasgos. Hasta que oyó aquel comentario al vuelo: “¡Qué guapa era Cecilia!”. “Se hablaba poco de ella en casa, supongo que para que yo no me hiciera cábalas raras. Se hablaba algo más de Gregorio, un hermano de mi padre que también fue asesinado. Yo me iba enterando de cosas, ya adolescente, por una hermana de mi padre que era muy parlanchina. Con nueve años me había ido con familia a Madrid. Procuraba no preguntar mucho. Más tarde, cuando me puse a currar, fui representante sindical de aprendizas. Tenía 16 años, siempre he sido muy precoz. No les decía nada a mis padres. Piensa que a mi padre le habían dicho: ‘Si te metes otra vez en política, vas al talego’. Nos habían inculcado a todos mucho miedo a hablar o a decir”.

Las historias de los familiares de víctimas de Casas de Don Pedro están hechas de mucha contención y silencio. Las exteriorizaciones del duelo adoptaban formas escuetas y doloridas. Aguilar detecta un frecuente uso de montajes fotográficos. “Una de las formas íntimas de rendir homenaje consistía en exponer sus fotografías en la casa. Esta manifestación de duelo privado, que ha sido investigada en detalle por [Jorge] Moreno [autor de El duelo revelado] en el caso de España, suele consistir en ‘collages fotográficos en los que los desaparecidos se insertan junto a los miembros de la familia en una composición imposible'”. Según Moreno, “la imagen no sólo opera como prueba evidente de la existencia de la persona, sino sobre todo como un lugar de memoria”. Añade Aguilar que las fotografías eran a menudo procesadas para que los muertos aparecieran bajo la luz más favorable posible (cuidadosamente arreglados, elegantemente vestidos, con expresiones seguras de sí mismos). “Una forma de borrar de la memoria el dolor que su muerte violenta debió causarles”, indica.

¿Quién no ha experimentado un punto de extrañeza en esas humildes casas de pueblo, donde habitan derrotados de la guerra, en cuyas paredes, de repente, emerge la fotografía de un hombre del que sabemos que vestía con la máxima sencillez y que se presenta vestido de traje y corbata? Petra duda que se padre se pusiera alguna vez una corbata como la que luce en la foto junto a su primera esposa. El duelo de los hermanos Talaverano Soto, Eloísa y Pedro, también está hecho parcialmente de fotografías. Ambos aparecen juntos en un montaje fotográfico en color que indignó a su madre, ya que el fotógrafo se tomó la libertad de poner un cigarro en los labios de Pedro, que nunca fumó. Parecen mayores de lo que eran cuando murieron, 23 y 18 años. “Es como si hubieran intentado representarlos a la edad que tendrían si la muerte no se los hubiera llevado tan pronto”, apunta Aguilar en su artículo. El fallido collage fue sustituido por otro más austero en blanco y negro, que servía como recuerdo de los ausentes.

Una camisa agujereada

Josefa Miranda, conocida como Juli, de 67 años, es nieta de aquella abuela que se indignó con la fotografía de su hijo fumando. También su vida está rodeada de víctimas y recuerdos. Su hermano se llamó Celestino, en recuerdo de su abuelo, asesinado. No es el único caso. La saga se extiende entre nombres repetidos, en memoria de los muertos. “Fíjate. Mi hermano se llama Celestino no por iniciativa de mi madre, sino de mi padre, que no lo llegó a conocer. Mi abuela, que murió con 100 años, empezó a perder la cabeza ya con noventa y tantos. Pero era oír el nombre de ‘Celestino’ y su memoria se ponía de repente en marcha y empezaba a hablar”, explica. Su abuela, la madre de la asesinada Eloísa, guardó toda su vida la camisa con la que murió su hija. Es una camisa con historia. Según un testimonio recabado por Aguilar, cuando mataron a las mujeres, las arrojaron a una zanja casi sin nada que las cubriera. “Los perros las desenterraron y se las comían”, según dicho testimonio. Un pastor se compadeció y puso tierra encima de ellas, en un gesto de humanidad. Luego asumió el riesgo de llevar la camisa de Eloísa, ensangrentada y agujereada, a su madre. “Mi abuela viajaba con la mortaja y llevaba siempre ahí la camisa”, recuerda ahora Juli. Cuando Escolástica, así se llamaba, falleció, vivido un siglo, la enterraron junto a la camisa de su hija.

Aguilar detecta en su artículo un “culto a los objetos de los seres queridos como forma de duelo, sobre todo si se les había arrebatado violentamente la vida en la plenitud de la juventud”. Un ejemplo es un patrón de colcha que Eloísa había diseñado y que sus hermanas y sobrinas reprodujeron en varias ocasiones a lo largo de los años, expone Aguilar. Su madre usó la que Eloísa misma había bordado para cubrir a sus hijos cuando estaban enfermos, “como si tuviera poderes protectores o incluso curativos”, y también la mostraron en la fiesta del pueblo en honor a la Virgen en agosto. “La forma sincera y respetuosa en que los familiares hablan de los objetos casi sugiere una especie de culto, porque les permite, en cierto modo, forjar una conexión con sus seres queridos”, explica la autora en su artículo, que por momentos corta el aliento. La familia también guardó un bordado de la asesinada, con el que envolvieron los huesos de Escolástica cuando abrieron su nicho en el cementerio para añadir el cuerpo de uno de sus hijos. Más dudas tiene ahora Juli, que se emociona mientras habla, sobre el paradero de un laúd con el que Eloísa, que sabía cantar y bailar, amenizaba los bailes.

“Mi madre y mi abuela, que eran uña y carne, nos lo tenían dicho: ‘Nada de llorar en la calle’. No se podía. Estábamos vigilados. Se hablaba poco. Porque cuando surgía el tema, ya se ponían a llorar. Y lo único que decíamos los hermanos era ‘ya está, no pasa nada, no se puede hacer nada’. Ahora me arrepiento de no haber preguntado más”, explica Juli, que recuerda cómo su madre y su abuela siempre evitaron que le pusiera cara a los nombres de victimarios que había escuchado. “Yo le decía a mi madre: ‘Cuando los veamos, señálamelos, por favor, quiero saber quiénes son’. Pero ella nunca lo hizo”.

Felisa Castejada

En el artículo de Aguilar emerge la imponente figura de Felisa Castejada, hermana de Julián, de 19 años, y Alfonso, de 17, ambos asesinados. En su familia “el trauma fue tan profundo que dejaron de celebrar los cumpleaños o cualquier otro tipo de fiesta como la Navidad, como si vivieran en una especie de duelo perpetuo, aunque estrictamente privado, ante la imposibilidad de hacerlo públicamente”, expone Aguilar. El padre, que tenía que pasar todos los días por la finca donde estaban enterrados de camino al trabajo, miraba siempre hacia el lugar y decía en voz baja: “Pensar que tenéis que estar ahí, enterrados como perros”. Felisa guarda los cables con los que cree que sus hermanos fueron atados para matarlos “como si fueran una especie de tesoro”, explica la autora. “Para ella, son una prueba evidente de los crímenes que se negaron en su momento y también un objeto muy querido porque, según ella, estuvieron en contacto con sus hermanos”, se lee en el artículo publicado en Memory Studies. Celedonio, hijo de Felisa, explica a Aguilar cómo se transmitía la importancia del lugar del enterramiento, aun sin el menor reconocimiento oficial de este: “Se nos inculcó a mis hermanos y a mí desde que éramos pequeños; y [mi madre] nos lo enseñaba siempre que salíamos al campo […]. Estaba grabado en su mente a sangre y fuego […]. Conocía la finca y cuando íbamos por ahí, siempre decía: ahí es donde mataron a mis hermanos”. Tres de los hermanos de Felisa dieron a uno de sus hijos el nombre de un hermano asesinado: o Julián o Alfonso.

Felisa fue la líder de esa “comunidad de memoria”, forjada clandestinamente, que afloró tras la muerte de Franco. Las víctimas pasan entonces de “fantasmas políticos” a “ciudadanos póstumos”, apunta Aguilar. Abandonan su “forma espectral” y comienzan a ser objeto de derechos, añade. En la Transición, la resistencia adquirida por las familias se convierte en acción cohesionada. Los herederos de las víctimas logran atención mediática, a través de la revista Interviú, e impulsan la recuperación de los restos. “Solicitaron los permisos necesarios. También recaudaron fondos para pagar una excavadora, comprar un terreno en el cementerio de la Iglesia, construir una bóveda y comprar flores”, señala Aguilar. La primera exhumación tuvo lugar en la finca de Casa La Boticaria el 13 de mayo de 1978. Después de vigilar los restos en el campo durante dos noches, se celebró un multitudinario funeral y los restos fueron colocados en el mausoleo colectivo del cementerio del pueblo, y en el lugar de la exhumación incluso fueron colocadas banderas republicanas, socialistas y comunistas. El reportaje publicado por Interviú también tuvo para las familias, observa la autora, la forma de un “homenaje póstumo”. “Los familiares pudieron trascender el ámbito local. Se avivó el deseo de acciones similares, mostrando a todo el país que estas iniciativas tan anheladas empezaban por fin a ser factibles”, añade.

No fue fácil. Felisa fue sometida a una fuerte presión por el gobernador civil durante todo el proceso, sobre todo cuando la reivindicación de reparación trascendió el ámbito del consuelo familiar y adoptó una forma más ideológica. Es una de las concreciones de esa “comunidad de memoria” fraguada durante la dictadura. Muchos familiares de los ejecutados mantuvieron un contacto regular entre sí, aunque ejerciendo la necesaria discreción y precaución, y esto se mantuvo así incluso cuando algunos emigraron a Madrid por razones económicas. Muchos de los miembros de las familias analizadas no sólo se vieron obligados a abandonar Casas de Don Pedro, sino que vivieron durante varios años en chabolas de las afueras de Madrid porque no podían pagar el alquiler. Más tarde se trasladaron a barrios populares como San Blas y Vallecas”, señala Aguilar. Estas “comunidades informales” ayudaron a facilitar la coordinación necesaria para que, una vez que la situación política cambió, “pudieran recuperar los restos de los muertos y rendirles homenaje”.

El logro y el precio

Las familias pagaron un precio. Celedonio, hijo de Felisa Casatejada, le cuenta a Aguilar: “Nos hicieron la vida prácticamente imposible […].. Después de todo eso con los restos […] fue una persecución”. José, un sobrino de Felisa que ya entonces vivía en Madrid, añade: ” Fue mi tía la que lo pasó peor […] porque fue ella la que se quedó en el pueblo”. Felisa era carnicera. Aparecieron pintadas que decían que tenía “huesos de rojos” para “hacer cocido”, como recuerda ahora Juli. No sabían que, a esas alturas, Felisa era ya indestructible. Había décadas de resistencia y de convicción a sus espaldas. Aún vive en Casas de Don Pedro, y Aguilar, que la ha entrevistado en dos ocasiones, se ha planteado en parte esta investigación como una forma de reconocimiento a aquellas mujeres, audaces y valientes como Felisa, que se atrevieron a llevar a cabo estas iniciativas de reparación y justicia nada más comenzar la Transición.

“Mi padre murió con 64 años, antes de la exhumación. Pero allí estuvo mi madre, Granada. Piensa que ella no tenía los restos de ningún familiar [directo]. Los que estaban enterrados eran la mujer de su marido y su cuñado. Pero ella estaba allí la primera. Es increíble lo de mi madre…”, cuenta Petra. También recuerda cómo fue el empeño de los más jóvenes el que llevó a poner las banderas, a pesar de que el ambiente en el pueblo se cortaba con un cuchillo. “Los mayores no querían, había mucho miedo, claro”. Juli, que fue la encargada de elaborar la primera lista de personas que se reunieron en Madrid para continuar la búsqueda de restos óseos, ya que en el verano de 1978 se produjo una segunda exhumación, relata cómo se paseaban por el pueblo los falangistas con sus camisas azules. “Sonaba por la calle el Cara al sol. En casa, mi padre cogió y puso La Internacional, lo recuerdo. Hace poco intenté poner la cinta cuando murió Anguita, pero ya no funcionaba”. Como objeto de memoria, la cinta sí que funciona.

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Fotografía destacada: Cecilia García Rubio, asesinada en Casas de Don Pedro (Badajoz) con 23 años estando embarazada, en un montaje fotográfico junto al que fue su marido, Santiago Mijarra. Fotografía cedida por la familia Mijarra

Fuente:https://www.infolibre.es/noticias/politica/2020/07/03/xxx_108452_1012.html

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“Mi abuela falleció en 1980 sin tener la certeza de que mi abuelo estaba muerto”

El ADN determinará si los restos hallados en una fosa en Chandrexa son del guerrillero antifranquista Benigno Fraga, asesinado en 1949

farodevigo.es / A. Ferradás / 04-07-2020

A la espera de que una prueba de ADN lo confirme, la primera hipótesis apunta a que los trabajos de excavación iniciados ayer por la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH) en el cementerio de Celeiros, en Chandrexa de Queixa, han dado con los restos de Benigno Fraga Pita “Alejandro”, un guerrillero antifranquista abatido por la Guardia Civil en Candedo, el 27 de abril de 1949. La nieta, Carmen Fraga, lamenta que “mi abuela falleció en 1980 sin tener la certeza de que él estaba muerto”. La familia, entonces, “pensó durante un tiempo en la posibilidad de que hubiera conseguido escapar al extranjero”.

El equipo de trabajo, dirigido por el arqueólogo Serxio Castro Lois y formado por una decena de voluntarios llegados de varios puntos de España, encontró ayer los restos de un cuerpo boca abajo, con esquirlas de metralla y signos de alguna herida de más de 24 horas, ya que su cuerpo estuvo unas 48 a la intemperie hasta que lo inhumaron. Según Marcos González, vicepresidente de la asociación, los detalles constatan lo que decía la autopsia en su momento.

Debido a que las coordenadas que existían sobre el punto de enterramiento del cuerpo se prestaban a una incorrecta interpretación debido a la ubicación de la iglesia, la primera excavación realizada en 2019 dejó al descubierto otros restos pero que no se correspondían con los de Fraga. Esta vez, con la ayuda a mayores de los datos de una vecina, se encontraron unos que sí podría corresponder al guerrillero. “Debió de haber algún enterramiento posterior y hay una parte incompleta, que tuvo que ser removida”, apunta González. Por este motivo se realizará un cribado de la zona, para ver si los expertos hallan algo más. Llevarán los vestigios a Ponferrada para hacer allí el análisis genético que certifique si los huesos son de Benigno. “Estoy en contención hasta ver los resultados”, decía ayer su nieta, cauta. De tratarse de su abuelo, asegura que los restos se depositarán junto con los de su abuela, Ramona, “donde siempre debieron estar”, y donde podrán llevarle flores.

Maestro armero y del PCE

Recuerda que todo empezó hace tres años cuando ella contactó con la asociación y les manifestó su interés por encontrar a su abuelo. Explica que en su día la familia durante un tiempo barajó también la teoría de que escapara, por lo que “hubo mucho silencio por miedo”.

En el Archivo Militar de Ferrol existe un acta de inhumación que sitúa el lugar de enterramiento de Fraga Pita. Esa causa ha posibilitado localizar el espacio donde reposan los posibles restos de este hombre nacido en As Somozas, A Coruña, en 1892, y que trabajó como maestro armero en los arsenales de Ferrol. También ejerció como secretario de Organización del PCE en Ferrol. Descubierta su pertenencia al partido, tuvo que escapar. Al incorporarse a la guerrilla fue cuando el partido lo envió a Ourense, donde asentó su base en A Edreira. En varias fichas policiales figura que Benigno falleció asesinado el 28 de abril de 1949, en la base de A Edreira, de un disparo de un guardia.

La ARMH, fundada en el año 2000, después de la primera exhumación mediante métodos científicos en Priaranza del Bierzo, ha exhumado en Galicia más de 50 cuerpos de víctimas de la dictadura, hallados en más de 30 fosas desde el año 2003.

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Fotografía destacada: Carmen Fraga con el equipo de investigación. En la foto inferior, retrato de Benigno Fraga. // FdV

Fuente:https://www.farodevigo.es/portada-ourense/2020/07/04/abuela-fallecio-1980-certeza-abuelo/2309481.html

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“Me puse a llorar con mi abuela, rezó todos los días para que le encontraran”

LA CLAVE DEL HALLAZGO HA SIDO LA LABOR INVESTIGADORA DE BEATRIZ FERNÁNDEZ, BISNIETA DEL PRIMER IDENTIFICADO DEL BANCO DE ADN

noticiasdenavarra.com / E.C. / 02-07-2020

Hace tres años, cuando Beatriz Fernández Martín aún no había alcanzado la treintena y ejercía como ahora como Técnica de Anatomía Patológica en el Hospital de Valdemoro, habló con una compañera de una tragedia compartida. Ambas tenían la sospecha de que sus bisabuelos podían haber sido fusilados durante la Guerra Civil y no estaban mal encaminadas. La diferencia es que la compañera de Beatriz localizó los restos de su antepasado en una fosa común de Sevilla donde además estaban identificados. Pero Beatriz no sabía nada de su bisabuelo, Leoncio, del que ha reescrito su historia desde cero. “No sabía ni su nombre completo, imagínate cómo ha sido cada descubrimiento que hemos hecho investigando por Internet”, comentaba ayer.

Leoncio de la Fuente Ramos nació el 15 de enero de 1901 en Fresno el Viejo, provincia de Valladolid. Era tejero de profesión. Estaba casado con Elena, y Paula, la abuela de Beatriz, era la cuarta de sus seis hijos. El 19 de julio de 1936, en pleno estertor de la Guerra Civil, un camión que transportaba material de la Falange y se dirigía al pueblo quedó atrancado al paso por el río. Leoncio, junto a varios vecinos del pueblo, acudió hasta el lugar para recordarles que no eran bienvenidos. En el altercado no hubo muertos ni heridos. Días después, a Leoncio le atraparon en casa porque alguien le delató. Estaba en cama, con una pulmonía severa que le había dejado hecho un tiesto y apenas podía sostenerse. Pero a Leoncio y cinco hombres más les acusaron de haberse empleado en aquel incidente con una actitud muy hostil, de decirles a por ellos, de poseer ideas socialistas y una pistola en casa. Le condenaron en febrero de 1937 a cadena perpetua en un juicio en Medina del Campo. Culpable y directo al Fuerte de Ezkaba, sin que su familia supiera nada de aquello. “Empezamos a conocer que podía haber estado en Navarra porque en la fuga participó otro vecino del pueblo y, al parecer, a oídos de alguien de la familia llegó la noticia de que mi bisabuelo estaba por allí, pero que en pleno monte se había quedado descolgado y no podía seguirle el ritmo. Fue la primera vez que se supo algo de Pamplona. Así que yo empecé a investigar poniendo su nombre, datándolo en Navarra, y ví que aparecían documentos que hablando de un listado de fusilados y que había un Leoncio de la Fuente Ramos, que procedía de Fresno del Viejo. Era él. Tenía que serlo. En mi familia se ha hablado mucho de esto, pero siempre hubo dudas, porque las autoridades entonces trataron de dar la versión de que mi bisabuelo había quedado libre y había rehecho su vida con otra familia. Hubo aquella cierta esperanza de que estuviera vivo, pero luego conocimos la verdad. Contacté con la asociación Txinparta, me facilitaron un montón de datos, y mi abuela, Paula, resulta que no sabe leer pero guardaba en casa una carpeta con un montón de documentación valiosa. Le comenté a ella la posibilidad de ofrecer una muestra de ADN para localizar a Leoncio. Ella quería encontrar a su padre a toda costa y pedimos para hacer la prueba hace dos años. Desde entonces, cada vez que iba al pueblo, mi abuela me preguntaba ¿sabes algo de mi padre? Cuando ayer (martes) nos llamaron del Instituto de la Memoria para comunicarnos el hallazgo nos emocionamos mucho. Le hice una videollamada a mi abuela para decírselo. Fue increíble, los pelos de punta, me decía que rezaba todas las noches para encontrar a su padre. Ha sido una suerte inmensa, estaba escrito en el destino. Queremos agradecérselo también a los responsables del Gobierno de Navarra, porque sin unas instituciones tan implicadas en la memoria histórica nuestra búsqueda hubiera sido imposible completarla con éxito. Es una suerte que apuesten por ello. Y queremos agradecer a Paulina su testimonio, para nosotras es un ángel”.

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Fotografía destacada: Leoncio de la Fuente Ramos y su esposa Elena Blanco Gago. Foto: cedida

Fuente:https://www.noticiasdenavarra.com/actualidad/sociedad/2020/07/02/puse-llorar-abuela-rezo-dias/1059458.html?fbclid=IwAR3JEaEx4sqwtFcKylR0_aspArdZM2A3kWBVD6zLoCtgPDoifdGMEqzYzto

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