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Los últimos claveles rojos en la fosa 4

Julio y Gregorio López del Campo, de 94 y 92 años, recuperan los restos de su hermano, fusilado en Guadalajara en 1940

elpais.com / Elena San José / 11/10/2021

Llegan discretamente, uno detrás del otro, con sus cachavas clavadas al suelo. “Con cuidadín”, le dice Julio a su hermano menor, Gregorio, ambos nonagenarios. Y así, con cuidadín, se asoman a la fosa número 4 del cementerio civil de Guadalajara, donde el equipo de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH) acaba de exhumar a su hermano mayor Mariano López del Campo. Tenía 23 años, era chófer, de Mandayona (Guadalajara) y militante del Partido Comunista. Cuando lo detuvieron, sus hermanos apenas tenían 13 y 11 años respectivamente. “Nos enteramos de que lo sacaban por casualidad. Porque una amiga del pueblo vio la lista que compartieron en Twitter y reconoció el nombre de mi tío”, dice la hija del mayor, María Ángeles. Como ella no tenía Twitter, fue su sobrina, nieta de los hermanos, quien lo comprobó. Entre sus brazos, María Ángeles sostiene un ramillete de claveles rojos. Los que cada año, desde el 3 de mayo de 1940, lleva Julio a la fosa de su hermano. Malena García, investigadora en la ARMH, sostiene: “Es muy, muy excepcional que se encuentre vivo un hermano [de un desaparecido]. Incluso es raro que se encuentre un hijo ya”. De los 12 que fueron en la familia, viven cuatro hermanos, aunque solo ellos dos, de 94 y 92 años, han podido acudir a ver la exhumación.

“Estamos reconstruyendo historias con la memoria de niños de 12 años, pero de hace 80. No solo recuerdan como un niño, sino que han pasado muchas décadas, con lo que eso limpia la memoria”, reflexiona García. Con la memoria de los niños que fueron, Julio y Gregorio recuerdan ahora: “Mariano era hermano y era padre. Lo era todo. Le teníamos muchísimo respeto. Nos llevaba a todos los sitios y, si no íbamos a la escuela, el que nos reñía era él”. El mayor de los 12, Narciso, ya vivía en Madrid, así que fue Mariano el que se hizo cargo de los demás. En el frente, conducía uno de los camiones del bando republicano. Como Franco prometió que a los que no estuvieran manchados de sangre no les pasaría nada, al volver a casa se entregó voluntariamente ante la Guardia Civil de Azuqueca (Guadalajara). “Bajé yo con él”, revive Gregorio, “y él se quedó y yo me subí a Alovera (Guadalajara)”. “Y ya no salió de ahí”, remata Julio. Más tarde lo trasladaron a la cárcel de Guadalajara, y un año después, en mayo de 1940, lo fusilaron. Se enteraron dos días después, y fue el propio Gregorio el que le dio la noticia a su madre: “Yo era un crío… Le dije, madre, bájate al pueblo, que las chicas van a irse a Guadalajara. Y en cuanto le dije eso, ya supo…”. El nudo en la garganta le impide terminar la frase.

Un voluntario de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica trabaja en la exhumación de restos en el cementerio civil de Guadalajara. | IGNACIO IZQUIERDO

La ARMH comenzó las exhumaciones de la fosa número 4 el 1 octubre y este domingo ha finalizado la recuperación de los restos de las 26 personas enterradas en ella. El proyecto continúa el que se inició en los años 2016, 2017 y 2020 con las fosas 2, 1 y 3 respectivamente, situadas en el mismo patio. Son las primeras que se abrieron por exhorto de los tribunales argentinos, amparados en el principio de justicia universal e impulsados por el activismo de Ascensión Mendieta. De los 26, han conseguido localizar a la familia de 10, y creen que podrán identificar hasta 14 casi con seguridad gracias a otros elementos (por ejemplo, porque a uno de ellos le falta un brazo, y otros dos son hermanos, por lo que las muestras coincidirán). Gracias a la difusión en Twitter aparecieron tres familias. Pero las fosas se suceden hasta el final del muro, esperando su momento. Estiman que quedan hasta 300 enterrados más distribuidos en 12 fosas.

Julio siempre pensó que su hermano estaba en otra fosa: “Mi padre me dijo que estaba en la 3, pero un día fui a preguntar y me dijeron que no, que estaba en la 4. Pero me daba igual, yo venía con mis claveles, como vengo ahora, y los echaba a la 3, a la 1 y a todas, hasta que se me terminaban. Los repartía todos”. Se colaban por una puertecita trasera que daba directamente al cementerio civil, antaño separado por un murete del lado católico, ahora unificado. Aunque los falangistas los echaban muchas veces, bajo amenaza de acabar como su hermano, siempre volvían. Según apunta César, un antiguo trabajador del cementerio, del otro lado y a varias decenas de metros, está enterrado junto a su familia el que supuestamente les dio los tiros de gracia.

“De lo de ayer por la tarde no me acuerdo, pero de lo de aquellos años me acuerdo de todo”, afirma entre riendo y lamentando Gregorio, camino de la capilla. En ella, dos voluntarios limpian y depositan cada hueso en cajas individualizadas y numeradas, listas para ser mandadas al laboratorio de Ponferrada, que cotejará su ADN con el de los familiares. Según el informe más reciente del Ministerio de Presidencia y Memoria Democrática, solo se han identificado genéticamente el 0,2% de los 130.000 asesinados por el franquismo que se cuentan aproximadamente, aunque anteriormente se les identificaba a través de técnicas antropológicas. El número total de exhumados en España apenas asciende de los 10.000, según confirman en la Sociedad de Ciencias Aranzadi.

El desasosiego que despierta el cuerpo mal enterrado se traslada hasta hoy. María Ángeles cuenta la inquietud con la que su padre pensaba qué iba a pasar con los restos de su hermano. Pero la preocupación terminó en cuanto vio el panteón común en el que reposan los restos de aquellos sin identificar o cuyas familias no los han reclamado. También de aquellos cuyas familias así lo deciden. “Aquí se van a quedar”, aseguró Julio el jueves, cuando visitó la excavación por primera vez. “Ven, ahora verás dónde van a estar”, le dice ahora a su hermano, indicándole el camino con una mezcla de emociones contenidas. “Podría ir al pueblo, pero no quiero, porque aquí murió con sus compañeros, y juntos tienen que estar”, sentencia. La fraternidad familiar de los hermanos le cede el paso a la fraternidad política de quienes compartieron lucha y muerte. Julio divide el ramo de claveles en dos. La mitad va a la fosa donde Mariano pasó los últimos 80 años y donde solía dejarlos. El resto, los va soltando poco a poco donde tendrá que llevarlos a partir de ahora. Gregorio, tres pasos por detrás, responde simplemente: “Es la mejor decisión que has tomado”.

La búsqueda continúa

La Asociación para la recuperación de la memoria histórica (ARMH) todavía busca los familiares de los siguientes exhumados. Estos son sus nombres:

José Roncero Lara, Alique (Guadalajara)
Luis Elizalde García, Humanes (Guadalajara)
Francisco Martínez Martínez, Sacedón (Guadalajara)
Eustaquio Buendía Yebra, Sacedón (Guadalajara)
Felipe Orcero Ruiz, Salmerón (Guadalajara)
Florentino Guijarro Villalta, Salmerón (Guadalajara)
Esteban y Patricio Ortega Somolinos, Cendejas de Enmedio (Guadalajara)
Vicente de Lucas Hervás, Guadalajara
Rogelio Butrón Vicente, Utande (Guadalajara)
Felipe Martínez del Río, Sacedón (Guadalajara)
Félix Camarillo Gutiérrez, Marchamalo (Guadalajara)
Francisco Blanco López, Loranca de Tajuña (Guadalajara)
Cecilio Pajares González, Mondéjar (Guadalajara)
Pablo López Fernández, Mondéjar (Guadalajara)
Segundo Santamaría Cuadrado, Yunquera de Henares (Guadalajara)

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Fotografía destacada: Julio lanza un clavel a la fosa donde están los restos de su hermano Mariano, asesinado por la dictadura franquista en el cementerio municipal de Guadalajara. A la izquierda, su hermano Gregorio. | NACHO IZQUIERDO

Fuente:https://elpais.com/espana/2021-10-11/los-ultimos-claveles-rojos-en-la-fosa-4.html

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El pastor de 18 años e “ideología desconocida” represaliado por Franco y rescatado ocho décadas después

Los restos de José Almena, un joven que falleció por tuberculosis en la cárcel de León, a 600 kilómetros de su hogar, han sido exhumados y entregados a sus familiares, que han decidido volver a enterrarle junto a su madre en un pequeño pueblo de Ciudad Real

eldiario.es / Marta Borraz / 10/10/2021

Saber que el día que sacaron su cuerpo sin vida de la cárcel portaba el anillo y la maquinilla de afeitar que ha tenido en sus manos ocho décadas después es una pequeña alegría, una forma de acercarse a su tío, al que nunca conoció. Bonifacio Almena Ramos sujeta la pequeña cajita de madera que la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH) le ha entregado con ambos objetos, los dos que aparecieron en la exhumación de José Almena en el cementerio de León hace ya más de un año. Este mes su familia ha podido recoger sus restos y llevarlos a la pequeña localidad de Gargantilla, en Ciudad Real, el lugar en el que nació y pasó los pocos años que le dejó vivir la dictadura franquista.

José Almena fue detenido cuando tan solo tenía 18 años, en 1940. Sobre él pesaba una acusación de auxilio a la rebelión por haber entregado un fusil a los guerrilleros de la zona, pero las investigaciones realizadas por la ARMH no han podido aclarar qué ocurrió exactamente. Tanto él como varios testimonios señalaron entonces que se encontró el arma en el campo, donde debido a su dedicación como pastor solía pasar la inmensa mayoría del tiempo, alejado del pueblo, y que fue amenazado para entregarlo.

El juicio sumarísimo al que fue sometido, sin embargo, concluyó que colaboraba con la guerrilla. No encontraron datos sobre ningún tipo de afiliación política; se determina que no hizo propaganda “revolucionaria” ni “exaltó” en público “la causa roja”, se lee en uno de los folios de la causa. El Fiscal Jurídico Militar llegó a afirmar que se trataba de un encausado “de ideología desconocida”, aunque en otros momentos la causa señala “una tendencia izquierdista”, pero en ningún momento demostrada. Aún así, esto no impidió que tras pasar casi un año en la cárcel, fuera condenado a pena de muerte por un delito de adhesión a la rebelión que le conmutaron automáticamente por 30 años de cárcel.

Folio de la causa contra José Almena Ramos en el que no se encuentra ninguna afiliación política Cecida por la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica

No cumplió ni siquiera dos. Y lo hizo a más de 600 kilómetros de su hogar, en la prisión provincial de León, donde enfermó de tuberculosis y falleció el 28 de abril de 1943. Según consta en los libros de enterramiento del cementerio de la ciudad, fue enterrado en la parte civil, el lugar destinado a la sepultura de víctimas de la represión y “desafectos” al régimen, entre los que también se encontraba Genara Fernández, una maestra cuyos restos también fueron exhumados por la ARMH. Fue buscándola a ella como dio con el paradero de Almena: “Era una espina que tenía la familia, pero solo sabían que había muerto en León”, cuenta Marco González, coordinador del proyecto y vicepresidente de la asociación memorialista.

“Si alguien podía hacer algo era yo”

Su sobrino Bonifacio ha sido el que más de cerca ha seguido el proceso y llegó a trasladarse desde Ciudad Real para presenciar cómo la asociación sacaba de debajo de la tierra a su tío, y también el anillo y la maquinilla de afeitar que seguramente le pertenecieron. “Cuando yo llegué faltaban diez centímetros para descubrir los restos. Lo de los objetos es muy curioso, quizás es lo que tenía con él en el momento de fallecer”, explica Bonifacio a elDiario.es. Las cosas encontradas en exhumaciones pueden parecer insignificantes, pero sirven muchas veces para identificar a víctimas y reconstruir la memoria de quienes las portaron. En ocasiones, las familias se las quedan, en otras, como en el caso de los Almena, las vuelven a enterrar.

Bonifacio Almena Ramos sujeta la pequeña caja de madera que la ARMH le ha entregado con el anillo y la maquinilla de afeitar de su tío Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica

Ocho décadas después de ser condenado a 30 años de cárcel sin pruebas, José Almena ha vuelto a su pueblo y sus restos descansan en el nicho familiar, junto a su madre. Era “la obsesión” de Bonifacio, y así lo había acordado con el resto de hermanos: llevarle con su abuela, que falleció en 1988. “Tuvo que sufrir mucho, si viviera lo hubiera querido así. Lo he sentido como una obligación moral, si alguien podía hacer algo era yo y por fin lo he conseguido”, afirma satisfecho al otro lado del teléfono.

El “carácter ejemplarizante” de la sentencia

El segundo entierro del joven pastor, el entierro digno en su pueblo, y no aquel por el que fue condenado a una tumba sin nombre, fue “muy emocionante”, describe su sobrino. Varios familiares asistieron al acto de entrega de los restos, al que también se desplazaron voluntarios de la asociación, y en un “acto sencillo” fueron depositados de nuevo bajo la tierra. A Bonifacio solo le queda la pena de que su madre no haya podido verlo. Murió con 99 años justo un día después de que volviera de la exhumación en León, y no llegó a saber nunca que “el tema del tío” estaba “solucionado”.

Ella fue la única que le habló de José, hermano de su padre, una vez la ARMH les contactó para comunicarles que le habían encontrado, no antes. La de la familia Almena es una historia, como otras, como casi todas las de las víctimas de la represión y la dictadura, incompleta. “No se comentaba nada de esto”, señala Bonifacio, que imagina que su padre “debió de pasarlo muy mal”, pero nunca les dijo nada. Su madre sí le explicó lo poco que sabía: que le habían detenido trabajando de pastor, que “era un crío que no tenía nada que ver con la política” y que “no hacía otra cosa que estar con sus ovejas”.

Ana Cristina Rodríguez, historiadora de la Universidad de León y directora técnica de la exhumación, explica que, aunque “tampoco es descabellado pensar” que pudiera tener alguna conexión con la guerrilla, en la causa se desvela que “no tienen ninguna prueba contra él”. En el momento en que el ejército franquista se subleva contra el gobierno de la II República, José Almena tenía 14 años y “ningún tipo de militancia”. La explicación que da Rodríguez a la “dura condena” que le acabaron imponiendo es que “tiene un carácter ejemplarizante”: “En zonas en las que había guerrillas, que fueron una oposición fuerte al régimen, el clima represivo se disparó, y las autoridades represaliaban duramente estos contextos”.

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Fotografía destacada: Una fotografía de José Almena y un folio de la causa que le condenó a tres décadas de cárcel

Fuente:https://www.eldiario.es/sociedad/pastor-18-anos-e-ideologia-desconocida-represaliado-franco-rescatado-ocho-decadas-despues_1_8350781.html

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