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Los bomberos republicanos represaliados por el franquismo

Rescataron a las víctimas de los bombardeos de la guerra civil jugándose su vida, pero la depuración de la dictadura redujo los efectivos a la mitad. Pagaron su lealtad a la República y al pueblo de Madrid con fusilamientos, cárcel y expulsiones.

publico.es / Henrique Mariño / 25/11/2020

Un bombero no se capacita para la guerra, sino que se prepara para la paz. Sin embargo, el golpe de Estado de 1936 provocó que el Cuerpo de Bomberos de Madrid tuviese que apagar fuegos esquivando los obuses rebeldes. Y, cuando no había agua, olvidarse de las llamas para centrarse en el rescate de las víctimas, un halo de vida entre los cascotes. Mil veces acudieron a las llamadas de socorro bajo el aguacero de bombas entre el 30 de octubre de 1936 y el 24 de febrero de 1939.

“Cuando sonaban las sirenas y la gente se refugiaba en el metro, ellos surcaban las calles, sorteando las barricadas en coches descapotables”, recuerda el inspector jefe jubilado Juan Redondo Toral (Úbeda, 1954), quien ha salvado de una memoria calcinada por el franquismo las gestas de unos hombres que suplieron la falta de medios con valentía e ingenio. “Su actuación fue épica, porque actuaban totalmente desprotegidos y los recursos eran precarios”, explica el autor de un libro que pretende “contar una historia real sin ningún tipo de posicionamiento”.

Politizados o ajenos a los avatares de la historia, se debieron a los ciudadanos, poniendo en riesgo su integridad física durante las intervenciones. Con las ametralladoras, la onomatopeya pac se hizo verbo, paqueo. Y la metralla y los colapsos terminaron matando a ocho bomberos e hiriendo a treinta, algunos incapacitados para siempre. “En mis 35 años de profesión vi de todo, pero no me quiero imaginar sus condiciones de trabajo, cuando ayudaban a todos madrileños sin pedirles el carné, expuestos a las balas”, añade Redondo.

Cuando las sirenas no eran las nuestras (Libros.com) rescata la labor de los cuatrocientos bomberos que, en vez de limitarse a sofocar los incendios provocados por los infiernillos y braseros, tuvieron que apagar el inclemente asedio por tierra y aire de la capital de España. Escojamos al azar una página del calendario: 15 de noviembre de 1936, soldados sepultados por la artillería, llamada de socorro, rumbo al frente de la Ciudad Universitaria. Sin embargo, el fuego de los cazas les corta el paso en la plaza de Gaztambide.

¿Cómo abrirse camino? Pintando los cascos de azul o de gris y quitándose las hombreras metálicas para que su brillo no atrajese la atención de los cazas y los pacos, como llamaban a los francotiradores. Así pudieron sacar de los escombros los cadáveres de tres milicianos en unos tiempos aciagos, como refleja el día en el que realizaron más de cien intervenciones, cuando antes de la guerra no superaban la media docena. Una labor titánica que acometían subidos a unos frágiles coches Delahaye y a unas antiguas autoescalas Benz, que debían ser continuamente reparados cuando la destrucción era indulgente.

Así pasaron los días hasta la caída de Madrid, cuando hincaron la rodilla por causas ajenas a su tenacidad. El régimen franquista comenzaba la purga de funcionarios y ellos no fueron ajenos a la represión. Eugenio Pingarrón, jefe interino, ruega a los vencedores que no dejen a la capital sin efectivos, pero el castigo se cierne sobre el Cuerpo. Suspendidos de empleo y sueldo, se abren sumarios a los izquierdistas, si bien la revancha afecta a personas como él, un conservador que no dudaría en proteger a los suyos ante las nuevas autoridades.

Los milicianos, socialistas, comunistas y miembros del Comité de Incendios son detenidos. También los sindicalistas, pese a que la mayoría de los empleados habían estado afiliados a la UGT o a la CNT, aunque solo fuese por tener un salvoconducto. El propio Pingarrón y Luis Crespo, los dos únicos jefes que quedaban, habían sido miembros de ambos. Sin embargo, a finales de 1938 muchos comienzan a desertar de las siglas y a romper los carnés. Quienes defendieron su militancia terminarían pagando las consecuencias, si bien las delaciones se cebarían además con los que no tenían una ideología enraizada ni contaban con responsabilidad alguna.

Los arrestados debían presentar al juzgado un documento depurador, al que se sumarían tres informes —sobre su actuación profesional, su conducta ideológica y su ideario político— emitidos por el arquitecto jefe interino de Bomberos, la Policía y la Falange. Aunque el gremio destacaba por su conciencia social, algunos aseguraban ser de derechas para zafarse de la represión. No había presunción de inocencia, sino que debían demostrar que no eran culpables. Los interrogatorios resultan absurdos. Los juicios, una farsa.

“Un 31%, es decir, setenta componentes del Cuerpo —entre bomberos, chóferes y capataces— estuvieron pendientes de investigaciones para poder emitir el resultado de la depuración. De esos setenta, solo veintitrés estuvieron suspendidos por un tiempo y volvieron a su puesto de trabajo con el dictamen de admitidos. El resto, 47 bomberos y chóferes, no volverían a trabajar”, escribe Juan Redondo. Entre ellos, catorce que se alistaron en el Ejército Popular de la República. A finales de 1939 solo quedaban 198 de cuatrocientos efectivos, algunos de los cuales no se habían incorporado al servicio tras el golpe de Estado, pues estaban de vacaciones o se hallaban en la zona sublevada.

Tacharlos de marxistas era poco. Podían ser acusados de tener “pensamientos e instintos sanguinarios” o, como en el caso de Julián Torres, de ser un “elemento desde luego más que fusilable”. Condenado a muerte, en una revisión posterior le imponen una pena de treinta años de reclusión mayor, de los que cumpliría siete. Pese a que lo intentó hasta 1955, nunca pudo reincorporarse al Cuerpo, aunque él aseguraba que no tenía las manos manchadas de sangre.

Albino Torres, su hermano, correría peor suerte. Sometido a un consejo de guerra por adhesión a la rebelión, varios afectos al régimen declaran que se comportó de forma muy humana e hizo muchos favores. Sin embargo, fue fusilado porque sumó su condición de comisario político del ejército rojo al hecho de que su esposa vendiese por necesidad tres mantones de Manila que se encontró en la casa que habían ocupado en el barrio de Salamanca, perteneciente a un general, donde vivían con sus tres hijos pequeños. Aquel “saqueo” lo condujo a las tapias del cementerio de la Almudena, aunque su mujer fue puesta en libertad al estar embarazada.

“No hubo compasión. Fue apartado cualquiera que fuese republicano, sindicalista, socialista y ya no digamos comunista. Continuaron quienes eran de derechas, quienes se silenciaron o quienes no se habían metido en líos”, explica Redondo, quien buceó en los archivos del Cuerpo para recomponer su historia. “Era una profesión vocacional y muchos murieron con gran pena por no poder haber podido volver a vestir el uniforme que amaban. La larga sombra de la revancha…”.

Bomberos republicanos durante una intervención en la calle de Alcalá.  AGA

También fue fusilado Emilio Monje Botella. Un testigo afirma que había estado en el Cuartel de la Montaña y en la cárcel Modelo, aunque reconoce que las fuentes son compañeros del inculpado, cuyos nombres no recuerda. En todo caso, no lo tendrían en alta estima por su carácter bravucón. Es acusado, por ejemplo, de elaborar una lista negra con colegas derechistas. Las declaraciones de seis bomberos y conductores corroboran algunos hechos, pese a que no confirman si usó una pistola para rematar a los asesinados en la Modelo. Calificado como un “exaltado comunista”, es ejecutado por adherirse a la rebelión.

“El problema de los juicios sumarísimos es que se basaban en rumores, mentiras y hechos no demostrados. El grado de conocimiento de los que impartían justicia era limitado, aunque las consecuencias eran gravísimas. La prisa por resolverlos y las primeras victorias nazis en la Segunda Guerra Mundial provocaron que fuesen más crueles, si bien cuando comenzaron a imponerse los aliados se suavizaron. Hasta ese punto fueron sibilinos”, afirma Juan Redondo, quien califica como un “esperpento” las resoluciones de unos tribunales de guerra formados por militares habilitados de urgencia, con dudosas competencias jurídicas, y por ayudantes de baja graduación sin formación alguna.

“Todas las condenas a muerte fueron injustas y la represión brutal sobrecogió a todos los bomberos”, comenta el autor de Cuando las sirenas no eran las nuestras. “Las penas fueron muy duras, aunque la de muerte dependía de muchos avatares, desde la tardanza del proceso hasta la aparición de un padrino. De hecho, ejecutaron a Monje Botella —un hombre hablador, que no caía muy bien y que cayó en el error de amenazar con una presunta lista de más de treinta personas susceptibles de ser eliminadas— sin probarse algunas acusaciones.

Mientras que el caso de Albino es dramático, a Miguel Guerrero —editorialista del diario Bombero rojo y responsable del Comité de Incendios, luego Comité de Control— le conmutaron la pena de muerte por la demora del proceso pese a sus responsabilidad y a los delitos que se le imputaban. Pero, más allá de las filiaciones o de los supuestos desmanes, el proceso de depuración fue tal que afectó hasta a los derechistas. Así sucedió con José Monasterio, antiguo arquitecto jefe y modernizador del Cuerpo, declarado desafecto por los republicanos tras estallar la guerra y asilado en el consulado de Grecia. Él también tuvo que superar la criba.

Emilio Monje Botella, condenado a muerte.  Archivo Histórico de Bomberos del Ayuntamiento de Madrid.

“Todos debieron rellenar un impreso para reincorporarse al trabajo, porque el Ayuntamiento no quería que se le colase ningún izquierdista. A Pingarrón le permitieron volver porque no había personal y terminó siendo uno de los puntales para la recomposición del Cuerpo”, señala Redondo, quien insiste en la arbitrariedad de los procesos y en la condena de Albino Torres, un defensor de la legalidad de la Segunda República. “Fue un drama, porque tanto a ellos como a las viudas de rojos les destrozaron la vida”.

Al autor de Cuando las sirenas no eran las nuestras le sorprenden que las acusaciones más duras fuesen de colegas y no de los dos jefes, Pingarrón y Crespo. “Responde a la necesidad de congraciarse, al deseo de saldar viejas cuentas y al hastío de verse sometidos a una precariedad y a una miseria tremendas, que trasladaron a los compañeros considerados como causantes. Cuando el ser humano tiene que sobrevivir, desgraciadamente afloran sus miserias y grandezas. Influenciados por la guerra, se convierten en simpatizantes del nuevo régimen para ver una luz y salir de un abismo de tres años, aunque quizás eran apolíticos”, cree el escritor.

A los dos ejecutados y a los ocho que murieron mientras trataban de salvar vidas habría que sumarle otros cuatro milicianos que fallecieron en el frente de Guadarrama. Además, casi una decena se libró de la pena de muerte al ser conmutada por treinta años de cárcel. A ellos cabe añadir los nueve asesinados por los republicanos al comienzo de la guerra. Una lápida con sus nombres descubierta en el desaparecido parque de la calle Imperial, a espaldas de la plaza Mayor, llevó a Redondo a emprender su investigación. Entre estos Caídos por Dios y por la Patriamártires del franquismo cincelados en una placa oculta en la que había sido la Dirección de Incendios, figuraban cuatro de los seis jefes del Cuerpo en 1936, “víctimas de la represión republicana incontrolada”.

Incendio en la plaza del Carmen de Madrid.  AGA

Cuando las sirenas no eran las nuestras, una obra que bebe de los documentos hallados en el sótano del parque de bomberos 5 y de las pesquisas del autor, detalla las vicisitudes durante la contienda y analiza la reorganización del Cuerpo una vez finalizada. Juan Redondo explica, por ejemplo, que a veces no tenían agua para sofocar los fuegos debido a la rotura de las tuberías de la red del Canal de Lozoya, hoy de Isabel II: “Había fuegos, pero también hundimientos, colapsos de edificios e inundaciones, por lo que lo prioritario era rescatar a la gente”. Entre el anecdotario, el apoyo prestado por compañeros catalanes o la idea de rociar de gasolina el Alcázar de Toledo para forzar la salida de los rebeldes, un intento frustrado.

Los doscientos bomberos que quedan deben realizar a partir de 1939 turnos de 24 horas y su jubilación se retrasa cinco años. “Son hombres curtidos que aceptan una disciplina pseudomilitar porque quieren olvidar un pasado terrible, de miedos y silencios, y se aferran al trabajo, a la familia y a la paz. La política deja de existir y, laboralmente, su tarea es muy meritoria, pues cumplen con su cometido pese a contar con medios escasos. El Cuerpo se constituye en una gran familia y será muy querido por los madrileños por su capacidad de sufrimiento”, recuerda el autor.

Muchos nunca pudieron reincorporarse al servicio y, hasta la democracia, no fueron amnistiados. Demasiado tarde para recuperar sus derechos, pues en 1977 algunos ya habían fallecido. “Es un libro amargo y real que relata la grandeza y la miseria durante una guerra civil entre compatriotas, con el objetivo de conocer cómo fue a pequeña escala. No lo he escrito desde un posicionamiento político, sino para que forme parte de las crónicas de esa época”, aclara Redondo. “Busca el consenso, reflejando lo que pasó en la gran tragedia de España. No pretendo reescribir la historia, sino completarla”.

Juan Redondo Toral, autor del libro ‘Cuando las sirenas no eran las nuestras’.  J.R.T.

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Fotografía destacada: Bomberos republicanos en un coche Delahaye en 1937.  Ahora

Fuente:https://www.publico.es/politica/bomberos-republicanos-madrid-represaliados-franquismo.html

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La ARMH pone imagen a las ‘voces de la tierra’

Recopila en un libro fotografías, realizadas por Robés, de los objetos aparecidos en las fosas comunes del franquismo / Unas imágenes a las que ponen texto escritores, periodistas, activistas, músicos y poetas

elbierzonoticias.com / 23/11/2020

La Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH) y la editorial Alkibla preparan la edición de un libro de fotografías de objetos que a lo largo de los años han aparecido en las exhumaciones de fosas comunes de personas asesinadas por la represión franquista.

El libro se compone de imágenes en blanco y negro de objetos desnudos que han sido creadas por el fotógrafo José Antonio Robés. Las fotografías estarán acompañadas de textos escritos por un nutrido grupo de poetas, novelistas, actores, investigadores, periodistas y activistas del movimiento de la memoria histórica.

En él han participado Sukina Aali-Taleb, Rosa María Artal, Santiago Auserón, Juan Miguel Baquero, Fernando Berlín, Clemente Bernad, Juan Diego Botto, Isabel Cadenas Cañón, Conchi Cejudo, Cristina Fallarás, James D. Fernández, Francisco Ferrándiz, Catherine François, Ana Gaitero, Guille Galván, Antonio Gamoneda, Guadalupe Grande, Carlos Hernández, Antonio Maestre, Juan Carlos Mestre, Ana Messuti, Miguel Ángel Muñoz Sanjuán, Marta Nebot, Olga Novo, María Ángeles Pérez López, Edurne Portela, Raquel Ramírez de Arellano, Jorge Riechmann, Miguel Ríos, Olga Rodríguez, Isaac Rosa, Rozalén, Marta Sanz, Emilio Silva Barrera, Héctor M. Silveiro Fernández, Guillermo Spottorno, Miguel A. Varela, Willy Veleta, Enrique Villarreal «El Drogas».

Con el título ‘Las voces de la tierra’, el volumen verá la luz el próximo otoño, cuando se cumplan 20 años de la primera exhumación científica de 13 republicanos desaparecidos por la represión franquista, exhumados en Priaranza del Bierzo, a partir de la cual se fundó la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica.

El trabajo se inició hace casi tres años cuando Robés comenzó a contactar con familias que habían recibido los objetos encontrados en las fosas, que habían pertenecido a sus seres queridos, y comenzó a retratarlos.

Seguidamente a cada una de las personas que va a escribir sobre ellos le fue asignado un objeto y se le dio la oportunidad de conocer el contexto histórico del mismo o de desconocerlo, dándoles libertad para escribir textos con mayor o menor contenido histórico y más cercanos o distantes a la ficción, tomando siempre como punto de partida las fotografías.

El más extenso de los textos es el del poeta y Premio Cervantes, Antonio Gamoneda, que lo ha elaborado a partir de un sonajero encontrado en la exhumación de una fosa en el Parque de la Carcavilla, en Palencia.

Entre las imágenes pueden encontrarse botones, lápices, hebillas, cepillos de dientes, casquillos de bala, monedas, alpargatas, botas, peines, gemelos, pendientes, y hasta un dado que apareció en la exhumación de los restos de Timoteo Mendieta, el padre de Ascensión Mendieta.

La editorial Alkibla ha llevado a cabo la edición de diversos proyectos vinculados con la memoria y obtuvo en el año 2014 el Premio Nacional de Edición que concede el Ministerio de Cultura, por la obra ‘Imagina cuántas palabras’.

«El trabajo de diseño y la calidad de la edición de este volumen serán especialmente cuidadosos, ya que tanto su contenido como su continente quieren ser un homenaje a los hombres y mujeres que construyeron el primer periodo democrático de nuestra historia y que fueron víctimas del fascismo y de la intolerancia», concluyen desde la ARMH.

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Fotografía destacada: Fotografía de un sonajero aparecido en la fosa de la carcavilla en Palencia.

Fuente:https://www.elbierzonoticias.com/bierzo/armh-recupera-voces-20201123164652-nt.html

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Vestigios franquistas en Madrid tras 45 años de la muerte del dictador

Con motivo del aniversario de la muerte del dictador, este 20 de noviembre, la ARMH denuncia la permanencia de vestigios franquista en Madrid.

nuevatribuna.es / 20/11/2020

Coincidiendo con el 45 aniversario de la muerte del dictador, Francisco Franco, la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH) ha llevado a cabo denuncias y peticiones en diversas instituciones con sede en Madrid.

La primera de ellas ha sido en la sede del Ministerio de Asuntos Exteriores, en el Palacio de Santa Cruz, para exigir la retirada de dos escudos franquistas que se conservan en su fachada. Se le ha solicitado además que investigue el uso de vajilla franquista que todavía se lleva a cabo en alguna delegación diplomática española en el extranjero, como se ve en las imágenes facilitadas por la ARMH.

 

Seguidamente, el representante de la ARMH, Bonifacio Sánchez, ha acudido a la sede de la presidencia de la Comunidad de Madrid para registrar una petición que exige la retirada del escudo franquista del IES San Isidro, ubicado en pleno centro de la ciudad.

También han exigido a Isabel Díaz Ayuso que se señalice el edifico de la presidencia de la Comunidad, en la Puerta del Sol, colocando una placa que recuerde que fue la Dirección General de Seguridad de la dictadura, un lugar de detención ilegal y tortura que no está señalizado y no hacerlo es una forma de negacionismo y de invisibilización de las víctimas.

El representante de la ARMH, Bonifacio Sánchez ante el Congreso de los Diputados.

Inmediatamente después, el representante de la ARMH ha acudido al Congreso de los Diputados donde ha registrado una petición para que después de 45 años de democracia el Pleno del Congreso lleve a cabo una condena de la dictadura y un reconocimiento de las víctimas y de sus derechos que se encuentran todavía pendientes. La petición, además, pretende que el Congreso inste a la presidencia del Gobierno a celebrar un acto de Estado de apoyo a las víctimas de la dictadura y reconocimiento de los hombres y de las mujeres que lucharon contra ella.

Por último, se ha registrado una petición en de la Universidad Complutense de Madrid, para exigir la retirada o resignificación del Arco de la Victoria, que todavía celebra el triunfo violento de Franco, de Hitler y de Mussolini. También han solicitado la retirada del busto, que se encuentra la entrada de su campus, dedicado a José Ibáñez Martín, ministro de Educación franquista y responsable de las depuraciones del magisterio que apartaron de la enseñanza a miles de maestras y profesores y que no puede ser homenajeado en una universidad pública de una democracia.

Con todo ello, la asociación ha querido denunciar que quedan numerosas tareas pendientes con respecto a la reparación del daño que generó la dictadura y que tras 45 años de la muerte de Franco es preciso aplicar decisiones con urgencia.

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Fotografía destacada: Escudo Franquista IES San Isidro de Madrid.

Fuente:https://www.nuevatribuna.es/articulo/sociedad/armh-pide-retirada-simbologia-vestigios-franquistas-madrid/20201120173228181465.html?fbclid=IwAR1sshyvZyAHQTdeCWAmR5nQckDuLdyZCcaJdd_KzzppOXPh2OG33mqTXnU

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El día que Pablo Casado llamó “concordia” a la impunidad del franquismo

El mensaje de Casado es solo un intento por restaurar el relato idílico de la Transición y volver a decir a los electores que no estuvieron allí, que todo quedó reconciliado y bien reconciliado.

eldiario.es/opinion/tribuna-abierta / Emilio Silva / 19/11/2020

Hay algo terrible en ese vídeo en el que, el entonces líder de las Nuevas Generaciones del Partido Popular, Pablo Casado, habla de la izquierda carca, de las batallas del abuelo y de “las fosas de no sé quién”. Si alguien se detiene a contemplar las imágenes podrá comprobar que sus frases más duras, contra las víctimas del franquismo, no son fruto de la improvisación. Unas fracciones de segundo antes de pronunciarlas sus ojos buscan argumentario en las hojas que ha colocado sobre el atril, así que las agresiones hacia quienes padecieron la dictadura están perfectamente premeditadas.

Aquel joven líder de las juventudes de la derecha española es hoy el máximo dirigente de una fuerza política fundada por un ministro de la dictadura, Manuel Fraga; una organización surgida de varias corrientes franquistas que se unificaron al grito de “¡Franco, Franco, Franco!”.

Durante muchos años de recuperada democracia, la derecha mayoritaria española no encontraba su encaje en un electorado que, de forma mayoritaria, había decidido distanciarse timoratamente del franquismo. Sacar a Fraga de la candidatura a la presidencia del Gobierno y renovar las siglas fue el principio de su estrategia para escenificar una lejanía con el régimen; un distanciamiento que nunca ha sido real. Su problema era carecer de una biografía de lucha por las libertades, algo que lastraba la carrera política de José María Aznar hasta que descubrió que el enfrentamiento con el terrorismo de ETA podía proporcionarle un sucedáneo de esa lucha y paliar las numerosas carencias biográficas de su pasado democrático.

Todas esas operaciones de marketing político envolvían las subvenciones a la Fundación Franco que concedió el Gobierno de mayoría absoluta de Aznar durante tres años; las declaraciones de Rafael Hernando asegurando que había víctimas del franquismo que sólo se acordaban de sus padres cuando había dinero (nada más fascista que quitar los atributos de la humanidad a personas de otras ideas); o consentir que alcaldes populares de algunas localidades (Baralla, Lugo, 2013) asegurasen que “los condenados a muerte por Franco se lo merecían”, sin que desde la calle Génova se le sancionase en modo alguno.

La llegada de Pedro Sánchez al Gobierno y su intención de corregir la ley de la memoria llevó a Pablo Casado a anunciar en septiembre de 2018 la presentación en el Congreso de los Diputados de una ley de la concordia. El recién elegido presidente del Partido Popular tenía pensado hacerlo a principios de diciembre de 2018 como forma de conmemorar los 40 años de la Constitución. Pero los resultados de las elecciones andaluzas, que sorprendentemente le dieron a su partido la posibilidad de gobernar, recolocaron sus prioridades y corrió a convertir la llegada del PP al gobierno andaluz en su primera victoria personal.

Ahora, cuando el texto del Anteproyecto de Ley de Memoria Democrática llega al Congreso y se acerca un nuevo aniversario de la Constitución, Pablo Casado retoma su proyecto de ley de la concordia, basado en una falsa definición de esa palabra y en un inmenso bulo acerca de las reparaciones que el estado democrático ha dado a las víctimas del franquismo; o sea, una forma de decir “basta de memoria”.

Uno de los grandes argumentos de Casado es económico y también uno de los grandes bulos. Computa, por ejemplo, las pensiones que miles de viudas republicanas comenzaron a recibir en 1979, cuatro décadas después de haber enviudado, como reparaciones por haber padecido la represión, cuando se trata de derechos pasivos que no dependen de la causa de la muerte sino del deceso del cónyuge. Ninguna viuda de los miles de desaparecidos por la represión franquista ha percibido un sólo céntimo del Estado como reparación por haber padecido el crimen más terrible que se puede cometer contra un ser humano. Jamás diría Casado que una viuda por un acto terrorista estuviera reparada con el simple cobro de su pensión de viudedad, algo que muestra que su idea de la concordia es negar el pan y la sal a las familias que fueron arrasadas por la represión.

Pretende Pablo Casado llamar concordia en una tremenda falta de respeto a esa palabra, a un ejercicio carente de la más mínima compasión hacia quienes todavía buscan a sus seres queridos en las cunetas y lo hacen sin contar con un Estado que ni siquiera, en la nueva ley que prepara, pretende crear una institución que atienda directamente a las familias y prefiere subrogar esa responsabilidad en las asociaciones.

La concordia de Pablo Casado es sólo un intento por restaurar el relato idílico de la Transición y volver a decir a los electores que no estuvieron allí, que todo quedó reconciliado y bien reconciliado y que quienes están todo el día con la batalla del abuelo y las fosas de no sé quién sólo pretenden dividir a la sociedad y generar discordia.

Lo cierto es que la falta de humanidad y compasión de la derecha española es un síntoma de ignorancia de los derechos humanos, que es lo mismo que decir de falta de valores democráticos consistentes. Su firmeza en impedir que las familias de miles de desaparecidos por la represión franquista puedan darles una sepultura digna, forma parte de su compromiso con que permanezcan ocultos los crímenes de la dictadura y cerrar el recorrido político hacia el pasado en 1978, como si la derecha española hubiera nacido por generación espontánea con la aprobación de la Constitución y no tuviera un pasado fundado en el secuestro de las elecciones democráticas durante cuatro décadas, la ejecución de miles de asesinatos, la persecución de opositores políticos y morales y un inmenso saqueo económico que sigue estructurando nuestra sociedad en el presente.

Más allá de que el Partido Popular pretenda sobreactuar frente a la reforma de la Ley de la Memoria que prepara el Gobierno, que no lleva en su texto ninguna amenaza para el estatus de las élites con descendencia directa del franquismo, su uso de la palabra concordia esconde más de lo mismo: más impunidad para el franquismo, volvieron a clausurar el pasado como algo ya resuelto; más fabricación de ignorancia en los centros de enseñanza, con respecto al pasado de la dictadura; más familias de desaparecidos viviendo el drama de morir sin haber podido dar una sepultura digna a un ser querido; más mentiras económicas acusando a los “rojos” de haber recibido sobrados recursos del Estado; más invisibilidad de la jerarquía de la iglesia católica, que también tiene responsabilidad sobre la represión; mas discriminación entre víctimas de crímenes violentos, dejando a las del terrorismo en un vagón de primera y a las del franquismo en uno de tercera; más relato de la transición como punto de llegada y no como punto de partida.

La concordia es el Estado que se alcanza entre partes que litigan, se reconocen y acuerdan. En una democracia los términos de esa conformidad deben partir del rechazo a la dictadura, de la condena del franquismo y del respeto y la reparación a sus víctimas. Pero lo que el Partido Popular llama concordia es negar que sea necesario ser antifranquista si se es demócrata; negar que existen miles de víctimas de la represión sin reparar y querer envolver algo que en otros países es un delito, el negacionismo con una palabra que etimológicamente significa junto al corazón, asociándola a una ley que está muy lejos de él.

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Fotografía destacada: El presidente del PP, Pablo Casado. EFE/Mariscal/Archivo

Fuente:https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/dia-pablo-casado-llamo-concordia-impunidad-franquismo_129_6439630.html#click=https://t.co/yCzpDcb6Ig

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La Asociación para la recuperación de la memoria histórica reclama a la Diputación de Ciudad Real información acerca de las exhumaciones de fosas que ha llevado a cabo

El presidente de la diputación, José Manuel Caballero, afirmó a principios de 2017 que no quedarían fosas en 2019.

objetivocastillalamancha.es / 17/11/2020

La Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH) ha registrado oficialmente una pregunta dirigida al presidente de la Diputación de Ciudad Real, José Manuel Caballero, en la que reclama toda la información relativa a las actuaciones que dicha institución ha llevado a cabo para exhumar fosas comunes del franquismo e identificar a las personas que están en ellas.

La pregunta rescata unas declaraciones de Caballero, realizadas en enero del año 2017, en las que aseguró ante diferentes medios de comunicación que en el año 2019 ya no quedarían fosas comunes de personas asesinadas por la represión franquista en la provincia. La ARMH pretende conocer el grado de cumplimiento del citado compromiso, ya que según su presidente, Emilio Silva, “sería muy grave que se hubieran llevado a cabo esas declaraciones de cara al 2019 que fue un año electoral, se hayan creado expectativas entre los familiares y ese compromiso fuera solamente un eslogan de campaña”.

Cuando se ha superado en más de diez meses el plazo señalado, la ARMH registra esta petición de información con el fin de “saber cuáles han sido las labores de exhumación de la Diputación y que nos proporcionen la información acerca del número de fosas intervenidas, así como el de víctimas exhumadas e identificadas”.

Cuando la ARMH tuvo noticia de la primera señalización de una fosa, en el cementerio de Piedrabuena, recordó que la promesa de José Manuel Caballero había sido que todas esas fosas ya hubieran sido exhumadas, los cuerpos que hay en ellas identificados y sus familias reparadas. “Parece que comienzan al revés, colocando un monumento que habrá que levantar cuando se lleva cabo la exhumación”, explica Silva. Y añade: “Es incomprensible que la Diputación no empiece por señalizar fosas que ya han sido exhumadas porque monumentalizar fosas que todavía no han sido abiertas parece una forma de ponerles un candado para que nunca suceda”.

Desde 2009, la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica ha llevado a cabo ocho intervenciones en fosas comunes en la provincia de Ciudad Real, en las que ha recuperado los cuerpos de 24 personas.

La ARMH, que no solicita y rechaza subvenciones para llevar a cabo las exhumaciones, trabaja en dos intervenciones que realizará en la primavera de 2021, en dos fosas, extramuros del cementerio de Manzanares, y lo hará en coordinación con la Asociación de Familiares de las fosas de Manzanares.

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Fuente:https://objetivocastillalamancha.es/contenidos/asociacion-recuperacion-memoria-historica-reclama-diputacion-ciudad-real-informacion-acerca-exhumaciones-fosas-que-llevado-cabo

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El ‘bibliocausto’ español, la quema de libros por el franquismo durante la guerra y la posguerra

En cada localidad conquistada se saqueaban librerías, editoriales y bibliotecas para hacerlas arder en la plaza pública. Tras la caída de la Alemania nazi el régimen franquista intentó borrar parte de su pasado. Ahora un documental rescata un vídeo inédito de una quema de libros en Madrid.

eldiario.es / Olga Rodríguez / 16/11/2020

Son pocas las fotos que quedan de las quemas de libros por los golpistas en España, y las que hay no son muy conocidas. Sin embargo, la destrucción de obras escritas en grandes hogueras, en plena calle, fue una práctica habitual durante la guerra y la primera posguerra en nuestro país.

“Todos sabemos que los nazis quemaban libros, pero nadie piensa que el franquismo lo hizo”, señala la historiadora y profesora de la Universidad Complutense Ana Martínez Rus, autora de la publicación La persecución del libro. Hogueras, infiernos y buenas lecturas (1936-1951) y de varios artículos sobre el mismo tema. “Hay muy pocas imágenes de aquello porque la dictadura duró mucho, tuvo tiempo de borrarlo y lo consiguió en buena medida”, explica.

Casi cuarenta años de dictadura fueron tiempo suficiente para que ésta se reescribiera varias veces, intentando ocultar aspectos controvertidos de su pasado. La fecha que marca un antes y un después es la caída de la Alemania nazi en 1945. A partir de ese momento Franco se acerca más a los aliados, intenta mostrarse como un régimen blando y se apresura a borrar los capítulos más violentos y bárbaros de su historia. El brazo en alto dejó de ser obligatorio ese mismo año.

En agosto de 1945, poco después de la derrota nazi, se produjo un incendio en los laboratorios Cinematiraje Riera de Madrid, en el almacén que albergaba las películas y negativos del No-Do producidos hasta entonces. Aquello supuso una valiosa pérdida. Aún así existen algunos documentos gráficos que muestran quemas de libros apilados en grandes montañas antes de arder a 451 grados Fahrenheit.

Fragmento publicado en La Vanguardia en el que se informa del incendio en Cinematiraje Riera. Dicen que ‘solo afectó al almacén’, pero eso supuso que se destruyeran muchas filmaciones originales y los negativos de los noticiarios No-Do producidos hasta esa fecha.

Grandes ceremonias de quema

El bibliocausto español tuvo su propio ritual, con “autos de fe en los que los presentes leían pasajes de las llamadas buenas lecturas” y maldecían a los intelectuales y a los escritores objeto de la persecución franquista.

“Acusaban a ciertos libros de todos los problemas del país por sus ideas, que consideraban extranjerizantes, inmorales y subversivas. Se centraron en incautaciones y destrucciones, junto con la depuración de bibliotecas públicas y privadas. Hubo un bibliocausto o una bibliofobia“, explica la historiadora.

Al mismo tiempo muchos maestros, bibliotecarios, editores y libreros fueron fusilados. Entre otros, el director de la casa Nós, Ángel Gasol, el librero Rogelio Luque, en Córdoba o la bibliotecaria Juana Capdevielle, de la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid, a quien mataron estando embarazada de su primer hijo.

Como indica Martínez Rus, la quema de libros “eran prácticas inquisitoriales, más propias del Santo Oficio que de un sistema político del siglo XX. Existen numerosos testimonios de personas y de jerarcas del régimen que atestiguan estas ‘piras purificadoras’”.

Quema de libros tras la ocupación de Madrid en 1939. Fotograma del documental ‘Palabras para un fin del mundo’

“El judaísmo, la masonería, el marxismo, el separatismo”

Ahora un documental, Palabras para un fin del mundo, recupera lo que por el momento es el único vídeo conservado de una quema de libros por los franquistas, en la calle Libreros de Madrid en el año 1939.

“Se conservan varias fotografías, y también un grabado publicado por Il Corriere de la Sera, muy poco conocido, pero ese vídeo es nuevo”, indica su director, Manuel Menchón, quien indagó en filmotecas de países extranjeros en busca de archivos filmados por camarógrafos que tuvieron que exiliarse.

El 1 de agosto de 1936 el periódico Arriba España, en su primer número, incitaba a la destrucción de libros: “Camarada, tienes obligación de perseguir al judaísmo, a la masonería, al marxismo y al separatismo. Destruye y quema sus periódicos, sus libros, sus revistas, sus propagandas”.

Las indicaciones en este sentido fueron numerosas. La Junta de Defensa Nacional advirtió de que “la purificación nacional tiene que ser totalitaria”. José María Pemán, director de la Comisión de Cultura y Enseñanza, acusó a escritores y profesionales del libro de ser “envenenadores del alma popular, primero y mayores responsables de todos los crímenes y destrucciones que sobrecogen al mundo”. Y Enrique Suñer, autor del libelo Los intelectuales y la Tragedia española, publicado en 1937, culpó en dicho texto a la Institución Libre de Enseñanza de todos los males del país.

Quema de libros en Tolosa, agosto de 1936

Bibliotecas arrasadas

En una ceremonia de quema de libros en Huelva en 1936 el jefe de la Falange de allí, Bartolomé Aragón, leyó un pasaje de El Quijote, el referido a la quema de libros que realizan el barbero y el cura:

“No, dijo la sobrina, no hay para qué perdonar a ninguno porque todos han sido los dañadores, mejor será arrojarlos por las ventanas y prenderlos fuego”.

Ese pasaje del Quijote fue utilizado una y otra vez en las ceremonias de la quema. A pesar de que quedan pocas imágenes, sí hay más referencias en material de prensa. Según la profesora Martínez Rus, existe una coherencia entre lo que defendían las fuerzas de la derecha y ultraderecha durante la II República y lo que ocurrió después.

Quema de libros en A Coruña, agosto de 1936. Foto de ‘Palabras para un fin del mundo’

“Ramiro de Maeztu, en sede parlamentaria, durante la II República, pidió que los libros ardieran porque para ellos los libros que se repartían en esas bibliotecas públicas abiertas a todos, gratuitas, estaban sembrando el germen de la revolución”, explica. “Ya entonces eran muchos los que consideraban que esas lecturas envenenaban la mente y el alma de los buenos españoles. Cuando se produjo el golpe, aquello se llevó a la práctica”, añade.

Queipo de Llano dio la orden de requisar material de librerías, quioscos o editoriales y quemarlo. También las bibliotecas privadas se vieron afectadas:

“Arrasaron con la biblioteca de Castelao o la del presidente Casares Quiroga en A Coruña, con la de la casa de Juan Ramón Jiménez, donde él no estaba porque se encontraba en el extranjero, o con la Max Aub en Valencia”, relata Martínez Rus, quien define las ceremonias como una especie de “ritos iniciáticos tras la toma de las localidades”.

Acto falangista en La Rábida, Huelva, con banderas nazis, en el que también se quemaron libros. Fotograma del documental ‘Palabras para un fin del mundo’

Libros “torpes y envenenados”

La quema de libros en la Plaza de Catalunya de Barcelona o en el Paraninfo de la Universidad Central de Madrid -en la calle San Bernardo- quedaron retratadas en una ilustración y en una fotografía respectivamente. Ésta última se produjo el dos de mayo de 1939, para celebrar el Día del Libro, paradójicamente. Un artículo del diario Ya tituló así la información sobre el acto: “Auto de fe en la Universidad Central. Los enemigos de España fueron condenados al fuego”.

En el desarrollo de la noticia el diario definió aquellos libros como “torpes y envenenados”. En el acto estuvieron presentes el catedrático de Derecho Antonio Luna, Salvador Lisagarre Novoa, secretario provincial de la Jefatura de Educación y de la delegación provincial de Falange o David Jato, jefe provincial del Sindicato Español Universitario.

Luna, que además de profesor era delegado provincial de Falange, se refirió a aquello libros como “separatistas, liberales, marxistas, los de la leyenda negra, los anticatólicos, los del romanticismo enfermizo, los pesimistas, los pornográficos, los de un modernismo extravagante, los cursis, los cobardes, los seudocientíficos, los textos malos y los periódicos chabacanos”. Y dio a conocer que en el índice de los condenados a arder estaban, entre otros, libros de Sabino Arana, Jean-Jaques Rousseau, Karl Marx, Voltaire, Lamartine, Gorki, Freud “y el Heraldo de Madrid”.

El diario Ya escribió en su crónica que “las llamas subían al cielo con alegre y purificador chisporroteo” y que “la juventud universitaria, brazo en alto, cantó con ardimiento y valentía el himno Cara al Sol”.

Quema de libros en la calle Libreros de Madrid en 1939. Fotograma extraído del único vídeo encontrado hasta ahora de quema de libros en España, recuperado por el documental ‘Palabras para un fin del mundo’

La limpieza en Madrid de librerías y editoriales fue exhaustiva. “El desfile de la victoria fue el 18 de mayo del 39, les preocupaba que hubiera en los escaparates algún libro contrario a las ideas del nuevo Estado, así que limpiaron librerías, almacenes, editoriales”, cuenta Martínez Rus.

Madrid había sido ciudad leal a la democracia hasta su caída, por lo que el régimen franquista la repudiaba. Tanto, que Serrano Súñer quiso llevarse la capitalidad a Sevilla. Finalmente se optó por mantenerla en Madrid pero impulsando una gran represión, que afectó a todo.

“Incluso crearon un tribunal de porteros para denunciar lo que había pasado en Madrid durante los años de la guerra. Detuvieron a escritores como Diego San José, le condenaron a muerte y le conmutaron la pena porque se comprometió a escribir una biografía sobre Millán Astray”, señala la autora de La persecución del libro. Hogueras, infiernos y buenas lecturas (1936-1951).

Ilustración de Il Corriere della Sera que muestra la quema de libros en Barcelona cuando ésta fue tomada. Facilitada por ‘Palabras para un fin del mundo’

“La idea de que solo fueron represaliadas las personas metidas en política es falsa. Hubo castigos por causas peregrinas. Y una persecución contra profesores, intelectuales, escritores y sus libros. Hubo periodistas condenados a muerte también. La represión fue sistemática, afectó a todas las facetas”, indica.

La Ley de Prensa regularizó la censura en 1938, obligando a retirar libros, revistas, publicaciones, grabados e impresos con “ideas disolventes, conceptos inmorales, propaganda de doctrinas marxistas y todo cuanto signifique una falta de respeto a la dignidad de nuestro glorioso Ejército, atentados a la unidad de la Patria, menosprecio de la religión católica y de cuanto se oponga al significado y fines de nuestra Cruzada Nacional”.

En la ocupación franquista de Barcelona, el 27 de marzo de 1939, se lanzaron seis mil ejemplares por las ventanas y se calcula que fueron quemadas 72 toneladas de libros.

Ilustración realizada por Il Corriere de la Sera de la quema de libros en Plaza de Catalunya, Barcelona, cuando ésta fue ocupada por los golpistas. Fotograma de ‘Palabras para un fin del mundo’

“Se estableció una analogía. Estaban matando a personas, privaban a otras de libertad, y decidieron que con los libros había que hacer lo mismo. Ejecutaron a gente como el rector de la universidad de Valencia, el rector de la universidad de Oviedo, que era hijo de Leopoldo Alas Clarín, mataron a muchos maestros y a otros los depuraron porque consideraban que introducían ideologías perniciosas. Crearon salas de libros prohibidos, los infiernos, se llamaban, que en algunos casos perduraron hasta el final de la dictadura”, relata la historiadora. Si había denuncias falsas, no existía pena para el denunciante.

Al abogado Enrique Astiz Aranguren, de Izquierda Republicana, antes de asesinarlo le quemaron toda la colección de la “peligrosa” Enciclopedia Espasa. La biblioteca de Pompeu Fabra fue quemada en la calle, en Badalona.

Fueron retirados títulos como El asno de oro, de Apuleyo, El Libro del Buen Amor, del Arcipreste de Hita, La Celestina, de Fernando de Rojas, La educación sentimental, de Flaubert, Werther, de Goethe, La rebelión de las masas, de Ortega y Gasset, o Papa Goriot, de Balzac, entre otros.

Juana Capdevielle, bibliotecaria de la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid, asesinada por los golpistas estando embarazada

También se prohibieron Sonata de otoño, de Valle-Inclán, Poesías completas, de Antonio Machado, Los miserables Nuestra Señora de París, de Victor Hugo, Los pazos de Ulloa, de Emilio Pardo Bazán, Crimen y castigo, de Dostoiewski, Guerra y Paz, de Tolstói, todos los de Blasco Ibáñez, varios títulos de Azorín, y numerosos de Pérez Galdós y de Pío Baroja, entre otros muchos.

No solo se prohibieron libros políticos, también títulos inocuos, como obras infantiles y juveniles. Por ejemplo, fueron objeto de persecución o pasto de las llamas ejemplares de El Corsario negro, de Emilio Salgari, Los tres mosqueteros, de Alejandro Dumas, Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez, Los cuentos de Andersen, Los viajes de Gulliver, o Caperucita roja, de Perrault, que primero se convirtió en Caperucita azul y luego en Caperucita encarnada.

La persecución de los escritores e intelectuales fue implacable. “No mataron a más porque muchos lograron escapar a tiempo al exilio. El asesinato de Lorca no es una excepción. Miguel Hernández murió en la cárcel con dos procesos judiciales pendientes, y los que se exiliaron, lo mismo. Pedro Salinas, Rafael Alberti, Juan Ramón Jiménez y otros muchos se libraron porque se fueron”, indica Martínez Rus.

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Fotografía destacada: Quema de libros en el patio de la Universidad Central de Madrid, en la calle San Bernardo. Año 1939

Fuente:https://www.eldiario.es/sociedad/bibliocausto-espanol-quema-libros-franquismo-durante-guerra-posguerra_1_6430284.html

 

 

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