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Las tijeras salvaron la vida de Félix en Mauthausen

Félix Yébenes estuvo recluido en el campo de concentración austríaco casi cinco años. Realizó trabajos forzados en la cantera, pero su oficio de peluquero le salvó de la muerte. Fue gran amigo del fotógrafo Francis Boix y estuvo implicado en el robo de material fotográfico que se llevó como prueba a los juicios de Núremberg.

publico.es / Marta Tomé / 02-02-2019

Abrió los ojos muy sorprendido sin decir nada. Félix atravesó la puerta de la barbería, instalada en los primeros barracones del campo de concentración de Mauthausen, y observó durante unos minutos. Se encontró a tres barberos cortando el pelo a oficiales de las SS con una maquinilla eléctrica. Un artilugio nuevo para él que podía complicarle la prueba para dejar las extenuantes jornadasen la cantera tras año y medio cavando, cargando piedras de muchos kilos, calmando su estómago con pequeños cuencos de caldo y bastante agua, lo único que no estaba racionado.

El deportado tenía mucha experiencia como barbero porque había ejercido en su pueblo natal, Villafranca de los Caballeros, pero aquella maquinilla parecía endiablada. Le tocó el turno, la cogió y se puso a cortarle el pelo a Gustave, uno de los mejores peluqueros de allí, un deportado político que poco después ejerció como kapo, al que el Félix le cayó simpático. Superó el examen en pocos minutos y permaneció al calor de una estufa durante una temporada, aunque no se libró de las constantes humillaciones que sufrían sus compañeros de barracón.

“A mi padre le salvó su profesión y su vida fue menos mala que la de otros en Mauthausen”, cuenta su único hijo Juan Luis Yébenes, convencido de que tuvo cierta libertad para salir y entrar del campo de concentración austríaco y cumplir con su jornada. Incluso fue escalando como barbero porque más de una vez le cortó el pelo a Franz Zieris, el comandante, al que solían atender otros tres peluqueros. Una tarea más difícil que hacerse con la maquinilla eléctrica tratándose de un hombre tan despiadado, pero también pasó el examen y en alguna vez le tocó peinar a su mujer Ida.

“Cuando lo cogieron lo primero que se le pasó por la mente es que tenía que permanecer vivo, cuánto más tiempo mejor porque lo normal es que duraran unos cuatro meses al entrar en un campo de exterminio”

A Jean Louis su padre no le explicó mucho de esos años. “No solía hablar de la deportación ni de Mauthausen. Y si decía algo era para contar la historia de alguno de sus amigos”. Quizá el horror es mejor no destaparlo, pero el hijo ha ido reconstruyendo lo poco que le contó. La primera vez que le escuchó hablar de las SS tenía nueve años. Hubo más conversaciones, pero con cuentagotas y Jean Louis aprendió a convivir con sus silencios mientras observaba las fotos que su padre guardaba de aquel infierno y saludaba a las visitas que recibía de antiguos deportados.

Félix, un hombre menudo, algo orejón y con cara de pícaro, cruzó la inmensa puerta de Mauthausen el 13 de diciembre de 1940. Lo capturaron, junto a muchos españoles al noroeste de Francia, cerca de la frontera, tras meses en un campo de trabajo. Lo metieron y apretujaron en un convoy de ganado en un interminable viaje, lo sacaron a culatazos de fusil y al poco de su llegada pasó a ser un prisionero más, desinfectado, rapado y con uniforme de rayas.

“Cuando lo cogieron lo primero que se le pasó por la mente es que tenía que permanecer vivo, cuánto más tiempo mejor porque lo normal es que duraran unos cuatro meses al entrar en un campo de exterminio”. Sin embargo, el calendario fue pasando días de un invierno glacial, Félix siguió vivo y trabajó en la cantera durante año y medio, algo impensable para su hijo, porque los prisioneros se consumían con rapidez por agotamiento y falta de alimento. Sobre el papel, las raciones diarias impuestas desde Berlín eran de 2.300 calorías, pero sólo se repartían nabos, café aguado, chuscos de pan y caldos, y muchos deportados terminaban masticando cartón para engañar al estómago. “Mi padre estaba acostumbrado a comer poco y era pequeñito, una ventaja porque no necesitaba comer tanto. Tenía rodaje tras haber combatido con el V Regimiento en la Guerra Civil”.

Jean Louis no quiere que se escape ningún recuerdo. “Mi padre tuvo un accidente una vez volviendo de su jornada. Estaba a punto de entrar por una de las puertas laterales, se aproximó al centinela armado que tenía un perro y éste se lanzó y le mordió con fuerza en el culo”. Aquello lo supo su hijo al ver la enorme cicatriz de la dentellada. También le contó que unas amígdalas pudieron costarle la vida. Un dolor tan agudo suponía una visita segura a la enfermería y muy pocos salían con vida. “Le dijeron que tenían que operarle y menos mal que allí había un enfermero catalán llamado Ginesta, amigo suyo, y consiguió que lo hiciera un médico deportado polaco”. Todos los prisioneros acabaron con problemas médicos y Félix tuvo que tratarse después una úlcera de estómago, un mal que afectó a muchos. También en los registros oficiales figura que fue trasladado en transporte sanitario hasta Lyon tras la liberación porque resultó herido en un hombro.

Félix Yébenes.

El hijo de Félix asegura que una vez lo torturaron, pero no supo por qué ese día le tocó a él. Sin embargo, el autor francés Jean Laffitte detalla en su libro El ahorcamiento el crudo episodio. Quizá a su padre le resultó más fácil hablar de esos años endemoniados con alguien que estuvo Mauthausen en 1943. Un día se encontró con una desagradable sorpresa y dejó vacante su puesto de barbero. Lo llevaron al bloque 19, un módulo de aislamiento para prisioneros antes de su traslado. Entró en el primer comando formado por cincuenta españoles para acondicionar otro campo de concentración cercano, pero la estancia se complicó por la huida de cuatro deportados una noche. Los SS se enteraron enseguida y obligaron a los 46 prisioneros restantes a formar en el exterior durante horas bajo un sol abrasador. A continuación, el comandante, apodado ‘El Caballo’, por su rostro caballuno, les ordenó realizar ejercicios gimnásticos hasta la extenuación y correr hasta una cantera abandonada a tres kilómetros con el peso de una piedra. A la mañana siguiente, los SS interrogaron a los deportados y no hubo respuesta, con lo que decidieron colgar con las manos atadas a la espalda a cinco españoles, entre ellos a Félix, los que dormían junto a los huidos. “Romo era de peso ligero y soportó sin gemir los primeros momentos”. Laffitte narró también que el dolor era tan insoportable que para dejar de sufrir lo mejor era dislocarse el hombro, «así que dio un golpe de riñón, le subió una nausea y se desmayó».

Los castigos continuaron durante una semana y Félix tuvo que cumplir un condena extra, afeitar al comandante, al que estuvo apunto de rebanarle el cuello para acabar con su sufrimiento. Sin embargo, recibió ayuda del peluquero Gustave y superó esos días hasta su vuelta a Mauthausen. Un año más tarde, el toledano volvió a toparse con el Caballo en la barbería y notó como el sudor frío se adueñaba de su cuerpo mientras le atendía.

Una estrecha amistad

“Mi padre tenía en casa muchas fotos que había hecho Francis Boix, las entregaron a los juicios de Núremberg y a distintos museos”. En cambio, otras instantáneas de grupo y varias en las que aparecen ambos están guardadas en un altillo de su casa. Los dos eran muy amigos, comunistas y participaron en el robo del material fotográfico que probó las torturas, los crímenes y el sadismo diario de los nazis.

Su hijo recuerda la visita del fotógrafo a casa de su padre, considerado un héroe por sus fotos y su participación en la sustracción de alrededor de 20.000 negativos, aunque sólo aparecieron un millar. Pero Boix no fue el único fotógrafo en Mauthausen, Antonio García y José Cereceda también trabajaron en el laboratorio que guardaba las visitas oficiales, las fotos de registro de los presos, el día a día y los asesinatos, aunque el protagonismo se le atribuye al primero no sin cierta polémica. García le dijo en ocasión al historiador Benito Bermejo que ellos se limitaban a ver, oír y callar, aunque lo cierto es que circulan más versiones y alguna centrada en la enemistad con Boix “por su disposición a lamerle las botas a los SS”, como apunta el historiador David W. Pike en su nuevo libro Dos fotógrafos en Mauthausen.

Imagen del campo de concentración austríaco

También desde hace años corre una versión comunista del robo de las fotos que atribuye la misión de esconderlas a Félix Yébenes, “secretario de la organización secreta” de los españoles en Mauthausen, según comenta Pike en Españoles en el Holocausto. Y es posible que pidiera a Boix que estudiase la forma de sustraer 2.000 fotos para guardarlas en un lugar secreto. Sea cierta o no esta hipótesis, los historiadores sí comparten que el material se repartió y parte se trasladó al comando de desinfección para coserlo en las ropas, al taller de carpintería y al relojero Marcelo Rodríguez para que lo pusiera a recaudo. Más tarde, los deportados lo entregaron al comando Poschacher, formado por jóvenes españoles que trabajaban fuera de Mauthausen gracias a una empresa familiar de construcción que necesitaba mano de obra, y las fotos terminaron en manos de Ana Pointner, una vecina del pueblo que ayudaba a los deportados y las ocultó durante meses.

Muchas fotos se perdieron por el camino, otras circularon de mano en mano y las más impactantes terminaron como prueba en Núremberg. Pero Jean Louis, el hijo de Félix Yébenes, también ha heredado de su padre, fallecido en 1983, unos recuerdos muy valiosos.

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Fotografía destacada: Félix Yébenes y su amigo el fotógrafo Francis Boix

Fuente:https://www.publico.es/politica/memoria-publica/tijeras-salvaron-vida-felix-mauthausen.html

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El experimento de Franco con 50 mujeres en Málaga: en busca del «gen rojo»

Antonio Vallejo-Nájera, psiquiatra del régimen, analizó en 1939 a medio centenar de reclusas mediante encuestas sobre sexo y religión destinadas a demostrar «la perversión» de la izquierda.

diariosur.es / Alberto Gómez / 03-02-2019

Era mayo de 1939. El bando franquista acababa de declarar su victoria en la Guerra Civil, que daría paso a más de treinta años de dictadura. El nuevo régimen necesitaba coser la herida por la que sangraba España, fracturada en dos, y utilizó la pseudociencia como hilo. El médico Antonio Vallejo-Nájera, jefe de los servicios psiquiátricos militares, había planteado una disparatada tesis basada en la creencia de que existía un «gen rojo» que conducía a la perversión moral, sexual e ideológica. Franco había creado meses antes un gabinete de investigaciones psicológicas para buscar una explicación biológica al comunismo, en sintonía con las teorías nazis sobre la superioridad de la raza aria. El ideal franquista descansaba en el militarismo y el nacionalcatolicismo, un espíritu amenazado por la inferioridad mental que, según Vallejo-Nájera, arrastraba el marxismo.

Para tratar de demostrar sus hipótesis, el psiquiatra palentino se rodeó de criminólogos y asesores alemanes y sometió a prisioneros de guerra republicanos, y también a voluntarios procedentes de las Brigadas Internacionales, a pruebas macabras que los llevaron al borde del colapso. Estaba convencido de que «la perversidad de los regímenes democráticos favorecedores del resentimiento promociona a los fracasados sociales». A través de mediciones antropomórficas y encuestas, con preguntas sobre sexualidad o religión, la dictadura intentaba justificar su represión. La investigación concluyó que los ‘rojos’ mostraban un «carácter degenerativo» marcado por su tendencia al alcoholismo, el libertinaje y la promiscuidad, además de una inteligencia inferior a la media.

El régimen franquista detectó una laguna en su propio estudio, manipulado hasta la caricatura: no habían estudiado a ninguna mujer. Para remediarlo, Vallejo-Nájera contactó con el director de la clínica psiquiátrica de la prisión de mujeres de Málaga, Eduardo Martínez. Juntos analizaron a cincuenta reclusas, aunque renunciaron a las evaluaciones físicas al considerar que los contornos femeninos resultaban «impuros». Los resultados, que incluían detalles sobre la vida sexual de las presas, como la edad en que perdieron la virginidad, a lo que se referían como «desfloración», desvelaron que predominaban las reacciones temperamentales y primarias, algo que les permitió afirmar que las mujeres republicanas tenían «muchos puntos en común» con animales y niños. También localizaron comportamientos esquizoides, debilidad mental e introversión.

Antonio Vallejo-Nájera.

Los perturbados psiquiatras del franquismo defendían que las mujeres participaban en política para satisfacer sus apetencias sexuales. El argumentario servía para señalar la necesidad de que la religión católica impusiera sus estrictas normas, por entonces canalizadas por la tenebrosa Sección Femenina, dirigida por Pilar Primo de Rivera con el objetivo de promulgar la sumisión ante los deseos masculinos: «Cuando tu marido regrese del trabajo, ofrécete a quitarle los zapatos. Minimiza cualquier ruido. Si tienes alguna afición, intenta no aburrirle hablándole de ella. Si debes aplicarte crema facial o rulos para el cabello, espera hasta que esté dormido. Si siente la necesidad de dormir, que así sea. Si sugiere la unión, entonces accede humildemente, teniendo en cuenta que su satisfacción es más importante que la tuya».

A la represión franquista, en el caso de las mujeres, se sumaba la misoginia del régimen. La discriminación que sufrían era doble. Pero el lado más tétrico de las investigaciones psiquiátricas ordenadas por Franco en Málaga estaba aún por conocerse; los estudios, cuyas hipótesis se dieron por comprobadas pese a la falta de rigor y la inconsistencia de todo el proceso, escondían un plan para justificar «la segregación de estos sujetos desde la infancia» al entender que esta separación «podría liberar a la sociedad de plaga tan terrible». En otras palabras: al dar por válida la existencia de un «gen rojo» causante de psicopatías y criminalidad, la dictadura creía poder justificar el secuestro de niños republicanos. Se estima que el número de menores robados por el franquismo durante la contienda y en la posguerra, uno de los episodios más crueles y desconocidos de la historia reciente de España, ascendió a 30.000.

Antonio Vallejo Nágera, padre responsable de diseñar la represión franquista posterior

Una investigación de las profesoras Encarnación Barranquero, Matilde Eiroa y Paloma Navarro sobre la prisión de mujeres de Málaga revela que los hijos de reclusas, a menudo encarceladas por delitos tan ambiguos como «rebelión» o «atentados contra la moral pública», permanecían con sus madres, en caso de no poder quedarse con otro familiar, hasta que cumplían tres o seis años, en función de la legislación vigente. Entonces pasaban a ser tutelados por las instituciones estatales y religiosas. La presencia de los menores en las cárceles no consta en los expedientes, algo que ha dificultado los estudios posteriores, aunque de los testimonios recogidos se desprende que la mayoría de niños eran dados en adopción o emprendían carrera como seminaristas, siempre con el objetivo de pulverizar cualquier relación con el pasado.

Los servicios psiquiátricos dirigidos por Vallejo-Nájera y Martínez retrataron a las reclusas de la prisión de Málaga en informes detallados. De las cincuenta mujeres analizadas, más de la mitad habían sido condenadas a muerte, aunque las penas fueran finalmente conmutadas. Otra de las conclusiones dejaba al descubierto la paupérrima consideración que el sistema tenía de las mujeres, a quienes reducía a su papel de madres: «A la mujer se le atrofia la inteligencia como las alas a las mariposas de la isla de Kerguelen, ya que su misión en el mundo no es la de luchar en la vida, sino acunar la descendencia de quien tiene que luchar por ella». Los resultados fueron utilizados posteriormente por Vallejo-Nájera para reclamar «una Inquisición modernizada» que permitiera «higienizar nuestra raza». Murió en 1960 tras publicar cerca de treinta libros, aunque su obra, en un histórico ajuste de cuentas, ha quedado por suerte enterrada bajo polvo y olvido.

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Fotografía destacada: Prisión de mujeres de Málaga.

Fuente:https://www.diariosur.es/sur-historia/experimento-franco-mujeres-20190126170652-nt.html?fbclid=IwAR0Hj2ZKM-_sjoVpdKQrvui71j6-kIYuVSoNOuUOafavY6G8Ntpq952JfRo

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Emilio Silva: “La Desbandá fue uno de los hechos más terribles y desconocidos de la guerra civil”

El presidente de la ARMH (Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica), Emilio Silva, reflexionó en La Cafetera de radiocable.com sobre la tragedia de ‘La Desbandá’. Cuando se cumplen 82 años desde que en la carretera Málaga-Almería se produjera “uno de los hechos quizá más terribles y desconocidos de la guerra civil”.

radiocable.com / 31-01-2019

Cuando la ciudad de Málaga “iba a caer en manos de los fascistas” y sus ciudadanos sabían “lo que habían hecho en los pueblos”, la gente “no se iba a quedar allí a esperar”. Lo que provocó que “entre 30.000  y 50.000 personas salieran corriendo por una carretera” e hicieran esos 200 km “intentando buscar un puerto de refugio”. En ese trayecto “no solo fueron bombardeados por la aviación” sino que hubo barcos cerca de la costa que “también bombardearon a esta gente indefensa”. Lo que lo convirtió en un acto “quizá de los más sanguinarios, inhumanos y atroces” de la guerra.

Silva se pregunta “dónde está la memoria de todos esos refugiados” cuando se cumplen 80 años desde que “casi medio millón de personas salió por la frontera a Francia” en lo que se llamó ‘la Retirada’.

Aunque celebra que haya “resurgido la memoria” y se convoquen actos como las marchas de ‘La Desbandá’. En concreto, la III Marcha Senderista de “La Desbandá” comenzará en la ciudad de Málaga, y terminará la última etapa en la ciudad de Almería.

Escucha”#LaCafeteraMaduremos . Además, Memoria histórica con @emilio_Silva_: La Desbandá” en Spreaker.

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Fuente:http://www.radiocable.com/emilio-silva-la-desbanda-742.html

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La responsabilidad franquista en el Holocausto

Han pasado 74 años desde que se abrieron las puertas de los campos de concentración nazis y 43 de la muerte de nuestro dictador. ¿No es hora ya de contar la verdad y de recordar lo que realmente sucedió?.

eldiario.es/zonacritica / Carlos Hernández / 24-01-2019

Este domingo se celebra en todo el planeta el Día Internacional de Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto. La fecha no fue elegida al azar. Fue un 27 de enero de 1945 cuando las tropas soviéticas liberaron la mayor factoría de la muerte de la Historia: el campo de concentración de Auschwitz. En las próximas horas se realizarán, también en nuestro país, decenas de actos para recordar a quienes sufrieron en sus carnes las garras del nazismo. Políticos y simples ciudadanos pensaremos en los millones de judíos exterminados y volveremos a maldecir a Hitler, a sus lugartenientes y a todos y cada uno de los europeos que hicieron suya la ideología nacionalsocialista.

Es bueno y necesario que sea así. La comunidad hebrea fue la principal víctima y los dirigentes de la Alemania nazi los mayores verdugos. “Principal víctima”, pero no la única; “mayores verdugos”, pero con numerosos cómplices. Por ello, sin restar protagonismo al genocidio judío, no deberíamos olvidar al resto de colectivos que estuvieron en el punto de mira del Reich: gitanos, soviéticos, polacos, homosexuales, testigos de Jehová… Una lista casi interminable en la que nosotros, especialmente, debemos incluir a más de 9.300 españoles y españolas que pasaron por los campos de la muerte de Hitler. Todos ellos provenían del entorno de la democracia republicana, liquidada por una sublevación militar respaldada por la Italia fascista y la Alemania nazi. Afortunadamente, cada año son más los municipios españoles que aprovechan el 27 de enero para homenajear no solo a los judíos, sino también a sus vecinos… A esos paisanos que sufrieron y/o murieron en campos de concentración como Mauthausen, Buchenwald, Dachau o Ravensbrück. Queda mucho por hacer, sobre todo a nivel estatal, pero hemos dado importantes pasos en el reconocimiento de estos compatriotas.

Otra cosa bien diferente es lo que ocurre cuando hablamos de los verdugos de aquel Holocausto. En esto no somos la excepción. Al resto de naciones europeas les ha costado y les cuesta reconocer su responsabilidad en aquellos crímenes. Francia no asumió públicamente hasta 1995 la culpabilidad de sus compatriotas colaboracionistas en la deportación de judíos a los campos de exterminio. Holanda, Bélgica o Ucrania siguen hoy minimizando la demostrada complicidad de buena parte de sus sociedades con los ocupantes alemanes. En Estados Unidos no quieren que se les recuerde el antisemitismo exhibido por no pocos políticos, empresarios y ciudadanos norteamericanos. Aún menos quieren oír hablar en Washington o en Nueva York de la ayuda prestada a Hitler para invadir Europa por algunas de sus multinacionales: la Standard Oil suministró el combustible que el líder nazi necesitaba para sus vehículos, made in USA, fabricados y vendidos por la Ford y por la General Motors. El remate, y nunca mejor dicho, lo firmó IBM poniendo sus equipos preinformáticos al servicio del Reich para elaborar los censos de judíos que facilitarían su exterminio.

Y en España… En España fue aún peor. Uno de los muchos capítulos que el franquismo borró de los libros de Historia fue su odio hacia los judíos y su complicidad no solo con el nazismo, sino también con el Holocausto. No mencionaré hoy las pruebas documentales que demuestran la responsabilidad directa de Franco en la deportación de aquellos 9.300 españoles a los campos de concentración, de los que 5.500 fueron asesinados. Esas evidencias han calado ya, afortunadamente, en buena parte de nuestra sociedad. En estas vísperas del 27 de enero, lo que también toca es recordar cuál fue la actitud del franquismo hacia los judíos.

La España de Franco se construyó, entre otras cosas, reivindicando la herencia antisemita de los Reyes Católicos. “Crearemos campos de concentración para vagos y maleantes; para masones y judíos (…) En territorio nacional no puede quedar ni un judío, ni un masón, ni un rojo”. Titulares como este, de un diario falangista de Cádiz en 1937, pudieron leerse durante toda la guerra contra la República. Tras triunfar la sublevación militar se cerraron las sinagogas y se prohibió a los judíos profesar su religión. Aunque la comunidad israelita era muy pequeña, en ciudades como Ceuta y Melilla donde sí tenía cierta visibilidad se produjeron ataques contra sus miembros. Las humillaciones más frecuentes fueron protagonizadas por falangistas que cortaban, en plena calle, los llamativos rizos que lucían en sus cabelleras los hombres y les obligaban a pasear por la vía pública mientras vaciaban sus intestinos debido a una forzada ingesta de aceite de ricino.

El nuevo régimen surgido tras la guerra no ocultaba su odio al judío y su respaldo a la “limpieza” emprendida por Hitler. Así lo verbalizó en numerosas ocasiones el propio Franco. Un buen ejemplo es su discurso de fin de año, pronunciado ocho meses después de la rendición republicana: “Ahora comprenderéis los motivos que han llevado a distintas naciones a combatir y a alejar de sus actividades a aquellas razas en que la codicia y el interés son el estigma que les caracteriza, ya que su predominio en la sociedad es causa de perturbación y de peligro para el logro de su destino histórico. Nosotros, que por la gracia de Dios y la clara visión de los Reyes Católicos, hace siglos nos liberamos de tan pesada carga, no podemos permanecer indiferentes ante esta nueva floración de espíritus codiciosos y egoístas”.

Durante los primeros años de la Segunda Guerra Mundial, el régimen y su prensa no solo justificaron, sino que jalearon la persecución del pueblo hebreo. Manuel Aznar, abuelo del expresidente del Gobierno, escribió en ABC poco antes del inicio de las deportaciones en Francia: “Legiones de judíos y de masones cayeron sobre el pueblo francés como sobre un botín inmenso y allí hicieron cebo y carne para sus apetitos”. Lógicamente, cuando se “limpió” París de esas “legiones” de malvados judíos, la reacción de la prensa del Movimiento, teledirigida desde la cúpula franquista, fue de euforia: “Si es la raza perseguida, es por la maldición divina que lleva encima (…) Esos judíos que en Francia, Grecia, Turquía, Italia y costas africanas preparan sus maletas, son un indicio de aquel viejo tesón español de no admitir jamás lo antiespañol y de reconocer solo lo español y cristiano”; “Era de esperar la resistencia de muchos judíos a mostrar la estrella de Sión y el descaro de otros que la exhibían con más insolencia que circunspección. Y la aspiración de otros de frecuentar medios y lugares en que repugnaba la presencia de una casta internacional que es la responsable de los males que afligen a Europa. Ha desenlazado todo esto en un programa gubernativo que se propone resolver con criterio riguroso, implacable, el problema de convivencia entre la población y el elemento hebreo (…) Hoy no me he topado en la calle ni en el Metro con ninguna estrella amarilla. Es un indicio, acaso una prueba, de que la eliminación responde a un designio definitivo e inapelable”.

El régimen conoció y aplaudió cada paso hacia el Holocausto final dado por las huestes de Hitler, tal y como se reflejaba en los discursos y en las informaciones dictadas por el servicio de propaganda franquista y publicadas en los diarios: “Esta Segunda Guerra Mundial, según la profecía del Führer, acabará con la raza judía”; “El gobernador de Varsovia ha publicado un decreto prohibiendo que los habitantes de los barrios judíos se mezclen con el resto de los habitantes de Varsovia. Este decreto ha sido muy bien acogido…”; “El barrio judío de París. Saint Antoine ha sido fumigado, desinfectado mediante la eliminación del censo israelita, el cual acaba de ser conducido a campos de concentración”. Eran los tiempos en que cerca de 50.000 españoles combatían en la División Azul bajo las órdenes del Führer. Los españolitos de a pie leían emocionados las crónicas de Andrés Gaytan, que viajaba con los divisionarios y escribía cosas como esta: “Cuando en alguno de los pueblos donde hemos descansado había judíos, se notaba la diferencia que existe entre esta raza y las demás”; “los judíos, que en su carne pagan todos los pecados de su estirpe maldecida, tienen una mirada tierna de perro apaleado cuando el soldado español no le maltrata sin motivos”.

Mucho más graves que las palabras fueron los hechos. Franco cerró las fronteras e impidió la llegada de los judíos que intentaban escapar desde la Francia ocupada por los nazis. Salvo excepciones, el paso solo se permitió a aquellos que poseían un visado de entrada a Portugal. De hecho, el Gobierno franquista cesó y castigó a sus diplomáticos que, desobedeciendo sus órdenes, se dedicaban a salvar vidas. Así le pasó al cónsul español en Burdeos, Eduardo Propper de Callejón. Rescatar de la muerte a miles de judíos a los que entregó un visado español provocó su relevo, su envío al ingrato consultado de Larache en el norte de África y le imposibilitó de por vida ascender al cargo de embajador.

En Francia, mientras tanto, los diplomáticos españoles solo recibieron de Madrid dos instrucciones: por un lado, no inmiscuirse en la política de los dirigentes nazis y del Gobierno colaboracionista de Vichy; por otro, hacer las gestiones oportunas ante las autoridades para hacerse cargo de las propiedades y de los bienes que abandonaban los judíos de origen español tras ser deportados. El dinero sí interesaba, las personas no. Estos y el resto de cónsules y embajadores informaron puntualmente a Franco sobre el incremento en el ritmo de los asesinatos y de las deportaciones a los campos de concentración.

Algunos embajadores, como Miguel Ángel de Muguiro en Budapest, se apoyaron en un decreto aprobado durante la dictadura de Primo de Rivera que permitía a los judíos de origen sefardí acceder a la nacionalidad española. De Muguiro lo empleó como argumento para conceder pasaportes españoles a centenares de judíos, lo que le costó el puesto y su inmediata repatriación. Su sucesor, Ángel Sanz Briz, continuó con la misma estrategia: también incumplió las órdenes que llegaban de Madrid y logró salvar así a unas 5.000 personas.

Ese antiguo decreto habría permitido a Franco salvar de las cámaras de gas a decenas de miles de judíos. En enero de 1943, en pleno arranque de La Solución Final, Hitler envió una circular a todos sus aliados, entre los que se encontraba España. En ella les daba un plazo de tres meses para “repatriar a sus judíos” de la Europa ocupada. En caso de no hacerlo, no había que ser muy listo para saber que su destino serían los campos de trabajo y/o exterminio. La respuesta que llegó desde Madrid fue de un absoluto desinterés, tal y como reflejaron en sus informes los diplomáticos alemanes. Tanto fue así que el Ministerio de Asuntos Exteriores franquista exigió a sus diplomáticos que se interesaran “solo por aquellos judíos de INDISCUTIBLE nacionalidad española”. Centenares de familias, cuyos ancestros provenían de la Península, acudieron en vano a nuestras sedes diplomáticas para pedir un pasaporte o un salvoconducto que les habría conducido hacia la vida. El resultado final fue desolador. Miles de sefardíes, 50.000 solo de la ciudad de Salónica, acabaron en las cámaras de gas de Auschwitz-Birkenau como consecuencia de esta meditada y premeditada inacción del Gobierno franquista.

En los momentos finales de la guerra, cuando ya se daba por segura la derrota de Hitler, Franco giró hacia los Aliados para intentar garantizar su supervivencia. Desde aquel mismo momento y durante los cuarenta años de dictadura los jerarcas del régimen se ocuparon de destruir la documentación que les señalaba como cómplices directos del nazismo. Tuvieron cuatro décadas para realizar ese trabajo y para reescribir una historia manipulada que continuamos estudiando las generaciones que crecimos en democracia.

Han pasado 74 años desde que se abrieron las puertas de los campos de concentración nazis y 43 de la muerte de nuestro dictador. ¿No es hora ya de contar la verdad y de recordar lo que realmente sucedió? ¿No es hora de señalar con el dedo a Franco cada Día del Holocausto?

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Fotografía destacada: Portada del diario falangista Águilas.

Fuente:https://www.eldiario.es/zonacritica/responsabilidad-franquista-Holocausto_6_860623956.html

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Navarra protege sus lugares de memoria histórica con multas de hasta 150.000 euros

La comunidad aprueba una ley para conservar los hitos de la represión franquista. La norma impulsa la resignificación de espacios similares al Valle de los Caídos.

elpais.com / Peio H. Riaño / 23-01-2019

“Solo la memoria, el recuerdo de lo sucedido, posibilita tomar conciencia del trauma”. Con estas palabras arranca la presidenta de Navarra, Uxue Barkos (Geroa Bai), la aprobación de la Ley de Lugares de la Memoria Histórica de la comunidad que gobierna, que hoy publica el BOE (y aprobó el Parlamento navarro hace unas semanas con el voto a favor de todos los partidos y la abstención del PP). Es una ley pionera en España y ha nacido para proteger los espacios vinculados al golpe de Estado de 1936, la Guerra Civil y la represión durante la dictadura. La norma obliga a su protección, difusión, señalización, accesibilidad y fomento y establece sanciones de hasta 150.00 euros para quienes la incumplan o agredan con actos vandálicos.

Alguna de las infracciones estipuladas son la destrucción de fosas de víctimas en los terrenos incluidos en el mapa que ha confeccionado Navarra, los daños en espacios o mobiliario de los lugares de la memoria, la omisión del deber de conservación o de la comunicación de un hallazgo así como la negativa a colaborar con la Administración y la reiteración en las agresiones. Como instrumento de control y publicidad, se crea el Registro de Lugares de la Memoria Histórica de Navarra, donde aparecerán los espacios, inmuebles o parajes declarados como tales.

La ley define como lugar a proteger aquel espacio que sea de interés como patrimonio histórico de la memoria por haberse desarrollado en él hechos de singular relevancia, como fosas, lugares de detención y asesinato de las personas que sufrieron la violencia y la represión franquista y obras públicas construidas con trabajos forzados de personas presas durante el franquismo.

Del terror a la paz

El objetivo de esta ley foral es, tal y como apunta Barkos, proteger estos lugares de memoria, regular su señalización y conservación, y promover su conocimiento, “con el ánimo de convertir aquellos lugares de terror en espacios de recuerdo y transmisión de valores de paz y convivencia”. Este punto final es ejemplar en la resignificación que se reclama para El Valle de los Caídos, que el Gobierno de Pedro Sánchez está pensando en convertir en cementerio y no en un centro de interpretación de la Guerra Civil y la represión franquista, como reclaman numerosos expertos.

En este sentido, Emilio Silva, fundador de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica, cree que lo importante de esta ley será la definición de la resignificación de estos espacios, sobre todo en el Monumento de los Caídos, en Pamplona, en pleno debate social sobre qué hacer con el mayor monumento en España, después del Valle a los Caídos. “Yo digo que habría que demoler este monumento y el de los Caídos de Madrid”, señala Olga Acelga, nieta de desaparecido y expresidenta de la asociación AFFNA, que ha pertenecido a la comisión técnica de la ley. Cree que esta norma es un gran paso, pero se debe seguir mejorando: “Me niego a que Navarra siga pagando un museo público dedicado al carlismo”, dice a este periódico.

Más derechos humanos

La presidenta de Navarra aclara en su escrito que el olvido y la desmemoria “son profundamente injustos con las víctimas” de un pasado reciente sacudido por la violencia del régimen antidemocrático. “En las sociedades contemporáneas la memoria se ha convertido en una herramienta imprescindible a la hora de avanzar en la construcción de una convivencia real, justa y pacífica”, añade.

Josemi Gastón, director del Instituto Navarro de la Memoria, avanza que el 1 de febrero tendrá lugar la primera reunión de la comisión técnica encargada de ejecutar la norma recién aprobada. “Es una ley ejemplar porque pone a los lugares de la memoria en protagonistas. Su protección y difusión es central para contribuir en una cultura de la paz. Entendemos lugares de memoria, también, aquellos espacios que las asociaciones han convertido en un lugar de transmisión, como el Alto del Perdón. Allí hubo muchos asesinatos. Son espacios construidos por las familias en recuerdo de lo que sucedió”, indica Gastón, para quien la ley permitirá la resignificación de todos los espacios.

“Los espacios de terror pueden convertirse en espacios que ayuden a una sociedad más justa y ética. Todos los espacios se pueden transformar repasando la memoria crítica, para convertirlos en una transmisión de valores respetuosos con los Derechos Humanos”, añade el responsable de memoria en Navarra. Como antiguo profesor, explica que el valor fundamental de esta ley —fruto del consenso político y con la sociedad civil— es que se convierte en un elemento divulgador de la memoria para las nuevas generaciones.

Una ley modélica

Será la comunidad quien garantizará la conservación, mantenimiento y rehabilitación y protección de los mismos “mediante partidas presupuestarias designadas a tal efecto”. Los propietarios de los terrenos o inmuebles inscritos en la lista de lugares de memoria tendrán que permitir la visita pública al menos cuatro días al mes, en días y horas previamente señalados. Además, estarán protegidos ante el peligro de desarrollo urbanístico. Entre las medidas para la divulgación y la difusión de los lugares destaca la señalización para cada hito, un mapa digital de acceso público donde se ubiquen geográficamente los lugares y actividades de divulgación.

“Es una ley modelo”, asegura Paco Ferrándiz, antropólogo del CSIC y especialista en la materia. “Es una norma conceptualmente muy avanzada. Llama la atención el régimen sancionador tan detallado para el incumplimiento y el vandalismo”, añade al otro lado del teléfono. Indica que es importante regular para que haya coherencia y consistencia, sobre todo ahora que, con toda probabilidad, se anulen los proyectos de recuperación y conservación en Andalucía, con la llegada al Gobierno de PP y Ciudadanos, con el apoyo de Vox.

“Es muy importante que las fosas sean muy señalizadas para que no desaparezcan”, comenta Emilio Silva para revertir la ocultación de los crímenes franquistas, porque “en Navarra no hubo guerra, sino limpieza política salvaje”. “Este tipo de leyes deben servir para reparar la ignorancia”, añade el historiador navarro.

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Fotografía destacada: Interior de la cripta del Monumento a los Caídos en Pamplona. JESÚS DIGES EFE

Fuente:https:// /cultura/2019/01/23/actualidad/1548243022_918459.html

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Emilio Silva: “El franquismo nos ha dejado una malformación democrática por la que consideramos normal lo que no lo es en democracia“

El sociólogo y cofundador de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH) Emilio Silva analizó la entrada de Vox en el Parlamento de Andalucía en la sección de memoria histórica de La Cafetera de radiocable.com. Donde reflexionó sobre cómo, cuando pensábamos que “el franquismo se había evaporado”, cuando “siempre ha estado aquí” (entrevista  a partir del minuto 34:00).

radiocable.com / 17-01-2019

Para Silva, el franquismo ha dejado “una especie de malformación democrática” por la que consideramos como “normales cosas que no lo pueden ser en una democracia”. Y ahora, con “un partido sin complejos de extrema derecha” como Vox “empezamos a ver esa realidad que antes estaba camuflada”.

Una realidad que, explica Silva, evidencia cómo “el pasado muchas veces determina el presente”. En un contexto en el que “la cultura dominante” ha sido “muy complaciente” con quienes habían “ejercido o se habían beneficiado del franquismo”. Y “si tuviéramos un metro para medir nuestro sistema político” descubriríamos que “lo que se ha construido culturalmente como centro político está a la derecha”. La disputa en el centro “ha sido siempre por políticas conservadoras”.

Y, como consecuencia, PP y Vox se encuentran en “una competición por ser esa derecha sin complejos”. Ya que, “uno de los estandartes de Vox tiene que ver con ese ‘sin complejos’”.

Emilio Silva criticó el “ejercicio de doble moral” del nuevo presidente de Andalucía, Juan Manuel Moreno, quien en su discurso de investidura “casi todas las personas que citó habían sido asesinadas o exiliadas por los franquistas”.

Una doble moral que también achacó a Santiago Abascal, quien en el pasado “votó a favor de un reconocimiento a los presos políticos que habían formado parte de los batallones de trabajo en la dictadura”. Pero, al mismo tiempo, en su intervención dijo “una salvajada” como que algunos habían sido presos políticos en el franquismo “por mala suerte”, “como si la dictadura hubiera sido un accidente”.

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Fuente:http://www.radiocable.com/emilio-silva-franquismo-malformacion-democratica-135.html

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