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Francisco Martínez Quico, el último guerrillero del Bierzo

Enlace de la Federación de Guerrillas León-Galicia desde los 15 años, guerrillero desde los 22, con 90 Quico sigue en la pelea. “Porque mientras no se condene el franquismo lo que tenemos es una Memoria congelada”, dice el último maquis del Bierzo.

publico.es / Cristina S. Barbarroja / 09-03-2016

“Conservo la salud por imperativo legal. ¡Es necesario para contarlo!”, exclama Quico, y se detiene después en lo que tiene que contar: que su madre fue torturada, que su padre fue torturado; contar cómo le metieron el miedo –y la rebeldía- en el cuerpo cuando simularon fusilar a su hermano pequeño. Contar el dolor por la desaparición de su maestro republicano; las perrerías que hicieron a las mujeres del Bierzo tras el 36. En definitiva, se lamenta: “Contar la lucha de un pueblo al que la Transición abandonó; una Transición que favoreció al franquismo y a los mismos que de aquella se hicieron ricos y siguen siendo ricos y poderosos hoy”.

No quedan muchos como él. Echa cuentas y le salen dos mujeres, Chelo y Esperanza, y Camilo de Dios en Galicia. Son los últimos del maquis que se organizó tras la Guerra Civil en la Federación de Guerrillas León-Galicia, la primera organización guerrillera antifranquista con la que empezó a colaborar Francisco Martínez López, Quico (Cabañas Raras, León, 1925) con sólo 15 años. Hoy tiene 90 y sigue en la batalla. Ahora para que se le considere heredero de la lucha contra Franco y no “un bandolero”, apellido que le otorgó el régimen y que hoy sigue constando en los archivos.

Dice que le tocó ser un niño de la República, hijo de campesinos de la República y aprendiz del abecedario, pero también del compañerismo y la camaradería, que le enseñaron maestros de la República. “Mi padre, Daniel, era un socialista muy implicado en el Movimiento Revolucionario de Asturias en el 34. Los compañeros paraban en mi casa durante la represión. Eso, a un niño de 9 años le genera muchísimo entusiasmo. Yo, que participaba en las discusiones de los mayores, quería ser lo mismo que toda aquella gente que admiraba”.

Recuerda, cuando las elecciones del 36, cómo se organizaron los chavales de Cabañas Raras para pegar carteles o repartir propaganda. Y “¿cómo iba a olvidar el 18 de julio del 36? De aquel momento son mis recuerdos más vivos. Yo tenia 11 años cuando el golpe de Estado; el 20 de julio, Ponferrada ya estaba en manos de los fascistas y de una represión que fue brutal en aquella zona”.

Junto a las torturas, desapariciones y asesinatos a manos de una Guardia Civil “traidora”, evoca “la sospecha y el silencio” que se instalaron en las casas del Bierzo durante la Guerra Civil. No en la suya, que se convirtió en banderín de enganche de los que escapaban al paseo, “los que conseguían huir –explica- de los cuatro tiros en una cuneta”. Se ufana de que, cuando apenas tenía pelusa en el mentón, “ya montaba guardia para prevenir a los vecinos de las expediciones de falangistas, que formaban verdaderas bandas de terroristas”.

Quico, con 21 años. ARCHIVO PERSONAL DE FRANCISCO MARTÍNEZ

En el libro Guerrillero contra Franco, escribe Francisco sobre dos de esos huidos, los legendarios hermanos Girón, Pepe y Manuel. “Se establecieron a más de 2.000 metros, en la región de La Cabrera. Después de algunos meses, se reunieron con el ejército republicano de Asturias, en el que organizaron comandos especiales para llevar a cabo acciones de sabotaje. Era el germen de una guerrilla que más tarde se iba a organizar y desarrollar en Asturias, León y Galicia”.

Socialistas, anarquistas, comunistas… aquellos escapados no tenían “estado mayor”, como dice Quico, pero sí un severo reglamento que, entre otras cosas, prohibía el proselitismo político dentro de la organización. “Lo prioritario era estar contra el régimen desde la unidad y en la lucha armada. No había perspectiva política. Te incorporabas para escapar de la muerte o de la tortura. Y, una vez que lo hacías, era la muerte o la liberación. Era nuestra convicción y eso te daba mucha fuerza frente al enemigo. Éramos muy pocos, pero nos tenían mucho miedo”.

Enlace del Servicio de Información Republicana

Se constituyeron como guerrilla en los montes leoneses de Ferradillo, llamada la Rusia chica por la autoridad, desde donde crearon una red de enlaces gracias al enorme apoyo popular que encontraron en El Bierzo. Y ahí empezó el trabajo de Francisco. “Paraban en casa de mis padres. Había una parte militar, de defensa, y otra política: las Milicias Pasivas y el Servicio de Información Republicana. Yo tenía 14 ó 15 años cuando me apunté. Les ocultábamos, comprábamos lo que necesitaban, pero teníamos también una misión política: la de ganar adeptos para la lucha, sostenerla desde la legalidad”.

Sabotajes, robos a fascistas, compra de armamento en el mercado negro de Portugal… La Federación de Guerrillas León-Galicia se movía entre el oeste de León, el norte de Zamora, el este de Ourense y el sureste de Lugo. Sufrió sus primeras bajas en el año 42, cuando cinco maquis cayeron en un tiroteo cerca de O Barco de Valdeorras. En el 43 ya era la única guerrilla organizada que quedaba en España. Cada año celebraba congresos clandestinos en los que se elegía el Estado Mayor. En el 44, tras la fallida invasión del Valle de Arán, los comunistas que lucharon en la Resistencia francesa tomaron como ejemplo a la Federación para organizarse en agrupaciones que vivieron su época dorada tras la capitulación de la Alemania nazi y la condena de la ONU a la dictadura de Franco.

Es en ese momento cuando Quico, que había compatibilizado su trabajo en la mina y en un laboratorio de química con el apoyo al maquis, se incorpora a la lucha armada, a la II Agrupación de Guerrillas de la Federación. “Me descubrió la policía y no tuve más remedio que escapar. Y el único recurso era estar en la clandestinidad. El 23 de septiembre de 1947, tras pasar un día oculto por los alrededores de Cabañas Raras, vinieron a recogerme Guillermo Morán, Manolo, Negrín y El Objetivo. Guillermo se encargó de hacerme conocer el reglamento para que pudiese decidir. Podía elegir entre irme con ellos o arriesgarme a caer en manos de la policía, la tortura, la cárcel o la liquidación. Mi opción fue correr el riesgo luchando”.

Manolo, Jalisco, Quico y Atravesado, los últimos guerrilleros de la Federación, tras el exilio en 1951.

Camino de una reunión en Lugo, en la estación de O Barco de Valdeorras, se topó con su bautismo de fuego. Su grupo fue sorprendido por una patrulla de la Guardia Civil y el enfrentamiento terminó con un agente muerto y otro herido. No hubo bajas entre la guerrilla, a la que Quico llegó en mal momento. Cuando, tras dos años de relativa calma, la sangre volvió a los montes. “Ya habían regresado los embajadores a España y Franco se había convertido en una pieza preciosa para los americanos. Pagamos el pato los que estábamos en la clandestinidad. Se nos aniquiló”.

Entre 1949 y 1950 fueron cayendo casi todos los guerrilleros que quedaban en el antiguo territorio de la Federación; nunca fueron más de cien. Su líder histórico, Manuel Girón, fue asesinado el 2 de mayo del 51 cerca de Molinaseca (Ponferrada). Antes de que finalizara ese año, los últimos cuatro maquis de la León-Galicia, Francisco entre ellos, escaparon -“¡sin apoyo de nadie, aquello fue una odisea!”- a Francia.

Tras tres meses de cárcel en una prisión de la legión extranjera, el grupo creó la primera comisión de exguerrilleros con el objetivo de “volver a España con dignidad, no con la cabeza gacha con la que tuvimos que volver al final”. Quico regresó en el 77 y colaboró con el PCE en las primeras elecciones democráticas, a pesar del dolor que le causó el recibimiento de sus “estados mayores”: “Tanto el Partido Comunista como el PSOE nos dejaron de lado cuando llegó la Transición. No nos reconocieron como uno de sus patrimonios. Ni hicieron frente al ninguneo franquista que nos llamó bandoleros para que en el exterior no se supiera que existía una resistencia, consecuencia de una guerra no terminada”.

Quico, tercero por la derecha, junto a Joan Tardá en la Asamblea de AGE.

Hoy, a punto de soplar 91 velas, vive tranquilo (y es un decir) en El Campello, Alicante. Lee mucho, escribe más, alimenta el blog Memoria Cautiva y da charlas a chavales en Institutos: “Soy un superviviente de aquello y mi obligación moral es contarlo, estar presente en la transmisión de una historia sin adulterar”.

Con la asociación Archivo Guerra y Exilio (AGE) acaba de proponer una nueva ley de Memoria Histórica porque la de Zapatero –dice- no sirve. “No basta con quitar los símbolos. Si no se condena el franquismo, si no se anulan los juicios sumarísimos, si no se dota de derechos a los represaliados, los represores siguen siendo los que determinan la aplicación de la ley. Lo que tenemos –concluye- es una Memoria congelada”.

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Fotografía destacada: Francisco Martínez, ‘Quico’. MEMORIA CAUTIVA

Fuente:http://www.publico.es/politica/francisco-martinez-quico-guerrillero-del.html

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“Hay de personas que no se habla, eso es lo peor…”

Esta frase de Francisco Martínez (Quico), miembro de los grupos guerrilleros de El Bierzo, encaja perfectamente con lo ocurrido con los huidos de La Cepeda. La recuperación de la memoria histórica tiene una cuenta pendiente con esta comarca definida por el periodista Emilio Gancedo como el corazón silencioso de la provincia de León. Aunque los maquis cepedanos no llegaron a tener una estructura de guerrilla -militar y política, merecen un reconocimiento.

astorgaredaccion.com / Abel Aparicio / 23-03-2015

“Era un hombre bueno, por eso lo perseguían”, estas palabras son de Francisco Álvarez Cuesta, que, junto a su familia, siguió en 1964 los pasos dados por su tío -Agustín Álvarez Rodríguez (Riofrío 1882 – Toulouse 1974), conocido como el Sastre de Riofrío- camino de Toulouse. Pero, ¿quién era el Sastre de Riofrío?

 

Agustín nació en Riofrío, un pueblo de la comarca leonesa de La Cepeda. Se casó con Ángela Rodríguez y, con ella abrió en Ponferrada la Sastrería Álvarez, en la que trabajaban junto a alguno de sus seis hijos. Conocido por sus ideas progresistas, el 18 de julio de 1936, tras el golpe de estado que pretendía acabar con el gobierno legítimo de la II República, decidieron huir a su pueblo natal, temiendo por su vida. “De la sastrería de Ponferrada no quedó nada, los falangistas se lo llevaron todo”, asegura Natalia, una de las nietas del Sastre. Una vez en Riofrío, empezó a guardarse en casas de familiares y conocidos, pero cuando la represión por parte de los falangistas y de la Guardia Civil empezó a ser más fuerte, decidió echarse al monte, pasando a formar parte de esos cientos de huidos o escapaos que poblaron los montes españoles.
Del Sastre son conocidas a día de hoy dos cuevas de las tres que tenía, o más bien lo que queda de ellas, cuyas entradas tapaba con una mata de urz. Estas cuevas están situadas en el Monte La Casa, paraje entre las localidades de Riofrío y Carrizo de la Ribera. No estaría mal que, desde alguna institución pública, se señalase esta ruta para conocer mejor la historia de aquellas personas que lucharon por defender la democracia contra un régimen dictatorial, tal y como ocurre, por ejemplo, en La Pola de Gordón (León).

Cueva del Sastre.

Algunas de las personas que actuaban como enlace eran Sebastián, hermano del Sastre y María, su madre. Por otra parte, también lo hacían Domingo Pérez y sus hijos, Desiderio, Alipio, Josefa y Virtudes. Modesto, marido de Josefa, aún recuerda la cayada del Sastre, con dos puntas en la parte de abajo, para defenderse del lobo. “Para devolver todos estos favores, Agustín nos enseñaba a coser y hasta nos regaló una bata de domingo”, dice Modesto, “aparte de esto, le hacía cayadas a los pastores que le ayudaban.” Quizás, según Modesto, el que más le ayudó fue Desiderio, que conocía muy bien las cuevas, ya que muchas veces le llevó la comida acompañado por su perra, Laura, que tanta compañía le hizo. “Ay Laurina, Laurina, cuánto te quiero”, comenta Modesto que decía el Sastre. Pero no solo ellos, Adolfo, un vecino que hacía carbón, le ayudó varias veces y el Sastre le correspondía echándole una mano con la leña.

Otra mujer que actuaba de enlace era Ángela Cuesta, “muchas veces al salir al monte con sus ovejas le llevaba comida”, dicen su hermana Nieves y Francisco, viudo de Ángela. En casa de ésta, existía un cuarto al lado de la cuadra donde el Sastre se guardaba cuando las cosas estaban tranquilas por la zona. Francisco, que conserva grandes rasgos del Llionés, ya que marchó a Francia cuando esta lengua permanecía bastante más viva que ahora en la comarca, recuerda la escopeta que tenía el Sastre más las tres bombas que guardaba en la cueva. Explica las contraseñas que usaban nombrando al rebaño concejil, “al llegar la Guardia Civil los que estaban a la entrada del pueblo decían a voces, ¿a quién le toca hoy el rebaño? Y los que sabían si había algún huido en casa, decían su nombre, para que, rápidamente, fueran a avisarle”. Francisco, quiere hacer mención especial al cura de San Feliz, “mucho hizo ese hombre por el Sastre”.

Otro lugar en el que el Sastre se guardaba era en La Casa. El dueño, el Mexicano, se la tenía arrendada a Casimiro Álvarez y, éste, le dejaba guardarse en su pajar y coger leche de las ovejas.

La Casa, refugio del Sastre.

Los hermanos Prieto Fernández
Otras tres personas que se fueron al monte en Riofrío fueron los hermanos Prieto Fernández, Benigno, Eusebio y Manuel. Estos hermanos tenían su refugio y ayudaban de noche, en las labores del campo, a su hermana Manuela. Pero un día, cuando estaban escondidos en su casa, fueron sorprendidos por la Guardia Civil de Carrizo y acabaron en el campo de concentración de San Marcos (León), uno de los más temidos de todo el Estado. Posteriormente, Manuel fue trasladado a la Prisión central de Astorga, Eusebio a la Provincial de León y Benigno a ambas.

Zona en la que se guardaban los hermanos Prieto Fernández con el río Barbadiel.

La guerra acabó pero la represión siguió con la misma intensidad, incluso en aumento, ya que como le explicaba Agustín González a Gabino Diego en la película ‘Las bicicletas son para el verano’, basada en la obra de teatro de Fernando Fernán Gómez, es que no ha llegado la paz, Luis, ha llegado la victoria.”

LOS HUIDOS EN MORRIONDO Y FERRERAS

Riofrío no estaba aislado en este sentido, en los pueblos vecinos de Morriondo y Ferreras también había huidos. Quizás Ferreras fue el pueblo más politizado, ya que en él se encontraba una célula del Partido Comunista, cuyo líder era el conocido como Tío Sebastián. El cuartel de Carrizo era el encargado de vigilar esta zona y, según cuenta un vecino de este pueblo que prefiere mantener el anonimato, allí ejercía Celestino Cabezas, un guardia que simpatizaba con los huidos, ya que conocía a muchos de ellos. “Celestino, los avisaba del día que iban a buscarlos, por donde iban a ir y disparaba al alto o a unas piedras cuando había una batida para ir a por los rojos”, explica. Sus mandos, acabaron enterándose y lo destinaron a Barcelona. Para finalizar, indica que los huidos tenían otro refugio en Cueva la braña, bocamina de una explotación aurífera de los romanos en Escuredo.

Una persona de Morriondo que se suma al anonimato, comenta “el día que estalló la guerra, recuerdo ver a varios hombres con pistolas en el bar de Ferreras. A este bar, con la excusa de comprar cerillas, mi padre me mandaba ir desde Morriondo para informarme de la situación.” También recuerda ver a un grupo de 10 o 15 personas por los montes de Morriondo y, aprovecha para decir el recorrido de los huidos, “estaban por las encinas de Ferreras, La dehesa de La Veguellina, Villar, Quintana y el paraje de Quemadiellu, en Morriondo”. De Riofrío se acuerda del Sastre y Luis Álvarez Cuesta  (El civil) y como al irse el camión de Falange para Castro, los que estaban en el monte bajaban para las casas y majadas.

Pero quien vivió aquello deja muy claro que el Franquismo machacó brutalmente durante casi cuarenta años y repite como un mantra “aquí no pasó nada”, sin embargo, a medida que avanza la conversación, dice, “bueno, aceite de ricino le dieron a casi todos los del pueblo”. Bajando la voz comenta que a Mateo Blanco Martínez lo mataron en el Valle Rozas (Estébanez) después de estar preso en la cárcel de Astorga y, como Andrés Blanco Arienza, al ir a buscarlo, subió a Morriondo diciendo “nunca vi tantos montones de muertos”, mientras vuelve a decir, “aquí no paso nada”. Para finalizar, nos recuerda que uno de los motivos de persecución era el no ir a misa y, que a varios le dieron aceite de ricino por eso, pero “aquí no paso nada”.

“El Sastre se guardaba en casa de Tomás Osorio y, allí, cosía para los vecinos del pueblo y para sus compañeros del monte.  Uno de ellos,  era Orencio Fernández Pérez, de Castro”, comenta una vecina de La Veguellina.

Empezando por la derecha, Balbino (sobrino nieto), Juanín Peláez (Quintanilla del Monte), Ángela Rodríguez, Emerita (sobrina nieta), Agustín (un amigo), Ángela Cuesta (sobrina política) y Teresa (sobrina nieta). Centro español de Toulouse, 1965.

Los años iban pasando y los del monte no veían solución posible. El Sastre, quizás la persona que más huella dejó en la zona, cansado ya y sin ver otra salida, decidió emigrar a Francia, pero, ¿cómo lo hizo? Su sobrino Francisco nos cuenta que Cándido Álvarez, una persona sin recursos de Quintanilla del Monte, tenía una cédula para poder andar libremente por los pueblos para pedir. Cándido le dio sus papeles y así consiguió salir de la zona, para dirigirse a Barcelona. Allí lo estaba esperando una persona que lo acompañó hasta un pueblo del Pirineo. Una vez allí, una familia de pastores, que ayudaba a cruzar la frontera, lo acogió como pastor y, de esta forma, aproximándose a ella, consiguió cruzarla y llegar hasta Toulouse, ciudad de la que ya no se movería hasta la fecha de su muerte, en 1974.

Una vida de lucha por la supervivencia y condenada al exilio, una vida silenciada para los hijos de la Transición. Una frase de Francisco Martínez (Quico), miembro de los grupos guerrilleros del Bierzo, lo explica muy bien en el documental ‘La guerrilla de la memoria’: “Hay de personas que no se habla, eso es lo peor. (…) Hemos existido, se habló muy bien de nosotros y también muy mal. (…) Pero esos intentos de hacer que no se hable… eso es una traición a la historia, no a nosotros.”

Emilio Gancedo, en su día, definió La Cepeda como el corazón silencioso de la provincia de León. Los huidos de La Cepeda no llegaron a tener una estructura de guerrilla -militar y política- como los del Bierzo y La Cabrera, la montaña central y oriental leonesa, pero son dignos de todo reconocimiento. No hubo muertos entre los fugados de esta zona, pero sí personas condenadas a huir al monte o a esconderse para preservar su vida. Quizás, este cantar guerrillero que entona Manuel Zapico (El asturiano), debería contar, en menor medida, con La Cepeda. De nosotros y nosotras depende que a su historia no la cubra el olvido.

Fuentes: Mapa represión de la Universidad de León y Portal de Archivos Españoles (Ministerio de Cultura)

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Fotografía destacada: Agustín Álvarez (el Sastre) y Ángela Rodríguez.

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