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Más centros, menores de edad tiroteados y el periódico de los prisioneros: nuevos datos sobre los campos de concentración franquistas

Una actualización de la investigación difundida en 2019 documenta dos nuevos recintos de detención del régimen y diversos detalles sobre la vida en esos centros de confinamiento y exterminio

Franco creó 300 campos de concentración en España, un 50% más de lo calculado hasta ahora

eldiario.es / Carlos Hernández / 13-06-2020

296 campos de concentración repartidos por toda España por los que pasaron entre 700.000 y un millón de hombres y de mujeres. Todos ellos eran prisioneros de guerra o presos políticos que no solo no habían sido juzgados, sino que ni siquiera habían sido acusados de nada. El primero de estos recintos abrió sus puertas el 18 de julio de 1936, apenas unas horas más tarde de iniciarse el golpe de Estado contra la República, y los dos últimos no fueron clausurados hasta 1947, ocho años después de terminar la guerra. Estas eran las grandes cifras que publiqué en el libro Los campos de concentración de Franco. Mi investigación se centró, exclusivamente, en los campos de concentración “oficiales”, es decir en aquellos que el propio Ejército franquista y la propia dictadura catalogaron como “campos de concentración”. Con ellos Franco creó un sistema concentracionario que perseguía varios objetivos: exterminio de los prisioneros más comprometidos con la democracia republicana, confinamiento y castigo para los restantes, clasificación de los cautivos en función de sus antecedentes políticos, explotación laboral y adoctrinamiento político y religioso de los internos.

Campos de concentración franquistas (1936-1959)

Centros de detención y trabajos forzados durante la dictadura en España, por provincias. Amplía el mapa y sitúate sobre un punto para ver el detalle

https://www.datawrapper.de/_/92t1c/

En este año que ha pasado desde que la obra vio la luz, han sido muchos los familiares de prisioneros, archiveros, asociaciones memorialistas e investigadores que me han aportado nueva documentación sobre el tema. Documentación que confirma el grueso de la investigación, pero que también permiten ampliar y concretar algunos datos. Estas son las principales novedades:

Nuevo campo de concentración en Villar del Arzobispo (C.Valenciana)

Al menos durante el mes de abril de 1939 operó en ese municipio un campo de concentración. Estuvo ubicado en el frontón conocido como El Trinquete de Heliodoro y en otros edificios cercanos. Llegó a albergar a más de 600 prisioneros, entre los que había un mínimo de nueve oficiales del Ejército republicano. Documentos hallados en el Archivo Municipal de Villar del Arzobispo demuestran que no fue un mero depósito de prisioneros ni un campo de evacuación, sino un campo de concentración oficial.

Nuevo campo de concentración en Son Granada (Mallorca)

En la antigua posesión de Son Granada, municipio de Llucmajor, funcionó un campo de concentración entre finales de 1936 y, al menos, enero de 1938. Desde el primer día, los prisioneros fueron utilizados como trabajadores esclavos. Documentos de la Comandancia General de Baleares demuestran que se trató de un campo independiente y no de una sección del cercano campo de concentración de San Juan de Campos.

Nota policial en la que se informa del supuesto intento de fuga de dos prisioneros de 14 años del campo de concentración de Los Arenales (Cáceres)

Menores en el campo de concentración de Los Arenales (Cáceres)

La presencia de niños y adolescentes está documentada en diversos campos de concentración franquistas. La correspondencia oficial del Ejército y la policía franquista que conserva la Asociación Memorial en el Cementerio de Cáceres (AMECECA) indica que también hubo numerosos menores encerrados en el campo ubicado en el cortijo Los Arenales. Diversas notas e informes documentan el ingreso en el recinto de chavales de 14, 15 y 16 años. En uno de ellos se menciona un incidente en el que dos chicos de 14 años resultaron heridos tras ser tiroteados por los guardianes durante un supuesto intento de fuga.

El periódico de los prisioneros del campo de concentración de Cieza (Murcia)

A diferencia de lo ocurrido en las cárceles franquistas, no había constancia hasta ahora de que los prisioneros españoles de los campos de concentración hubieran elaborado ningún tipo de publicación. Sí se conservaban varias copias de dos revistas clandestinas realizadas por los brigadistas internacionales, cautivos en el campo burgalés de San Pedro de Cardeña: Jaily News y Undercrust. Ahora, gracias a los descendientes del prisionero Pedro Rodríguez, disponemos de varios ejemplares manuscritos de El Berrio, un periódico confeccionado muy artesanalmente por varios cautivos del campo de concentración murciano de Cieza.

No se trata de una publicación clandestina, sino de un divertimento repleto de bromas, chismes y caricaturas de los cautivos. Su sección estrella llevaba por título, de hecho, “Se chivatea” y en ella se relataban inocentes anécdotas vividas en el interior del campo. Lo más parecido a una denuncia que encontramos es esta descripción, aparentemente humorística, que realizaron de uno de sus compañeros: “Coged 20 kgs de huesos, un par de gafas, un puñado de algodón, una boina marrón y unos calzoncillos blancos. Agítese bien. Añadid a la mezcla 10 kgs de negro hollín y tendréis a Don Pedro. Sírvase con una guinda”. Pese a su liviano contenido, El Berrio puede considerarse una verdadera joya histórica que ha permanecido oculta durante más de 80 años: la única revista, que sepamos, elaborada por los prisioneros españoles de los campos de concentración de Franco.

Portada y algunas páginas de El Berrio, el periódico editado por los prisioneros del campo de concentración murciano de Cieza.

Nueva sección del campo de concentración de Irún

La localidad guipuzcoana albergó uno de los campos más longevos e importantes del franquismo. Franco lo creó para encerrar, investigar y distribuir a los republicanos españoles que regresaban desde Francia. Estos hombres y mujeres creyeron en la falsa promesa del nuevo régimen de que solo sufrirían represalias quienes hubieran cometido delitos de sangre. Operó entre 1937 y 1942 en varios edificios: la fábrica Hilaturas Ferroviarias, el Stadium Gal de fútbol, los almacenes de Chocolates Elgorriaga, una vieja fábrica de bicicletas y un inmueble de la vecina localidad de Hondarribia (Fuenterrabía).

A todos ellos ahora debemos añadir un lugar que tuvo gran importancia: el llamado Pabellón Ferroviario Pequeña Velocidad, situado junto a la estación de tren. A él eran trasladados los prisioneros desde el resto de los edificios para pasar las últimas horas antes de ser subidos a vagones de ganado y conducidos a otros campos de concentración. Uno de sus forzados inquilinos fue José Mari Etxaburu que nos dejó su testimonio: “Había mucha gente… Y ¡por supuesto! Sin poder tumbarse uno, y como se pudo, a ratos de pie y a ratos sobre los bultos hubimos de pasar la noche entera. Larga se nos hizo”. La práctica totalidad de las fotografías que se conservan en la Biblioteca Nacional de España del campo de Irún, donde se ve a los cautivos en misa y realizando el saludo fascista, fueron hechas en este Pabellón Ferroviario”.

Ubicación desvelada del campo de concentración de Luarca-Canero (Asturias).

Además de la utilización de un teatro en Luarca y de un edificio en la parroquia de Canero, ahora sabemos que el recinto principal de este campo de concentración estuvo situado en un complejo educativo conocido como Las Escuelas, en la pedanía de Trevías. Así lo confirma la correspondencia enviada a su familia por el prisionero Manuel Rodríguez. Sus cartas pasaban por la censura franquista, por lo que son discretas y terminan con el habitual “¡Viva Franco! ¡Arriba España!”. Aún así, podemos hacernos una idea de las condiciones de higiene en el campo por una súplica que el cautivo le realiza a su madre en la misiva: “Si puede venir, venga, que tengo mucha falta de mudarme”.

Uno de los documentos del Archivo Municipal de Villar del Arzobispo (Valencia) que demuestran la existencia de un campo de concentración en esa localidad.

Ubicación descubierta del campo de concentración de Manuel (Valencia).

El campo de concentración estuvo situado en el Antiguo Campamento de Transmisiones. Así lo corrobora un informe de la 55ª División del Cuerpo de Ejército de Galicia que fue el responsable de crear y gestionar este recinto. Por él sabemos también que el jefe del campo fue Tomás Vives, capitán del 6º Batallón de Carros de Combate.

Mayor longevidad de los campos de concentración de Laredo (Cantabria) e Igualada (Barcelona).

En abril de 1939 seguía operativo y repleto de prisioneros el campo de concentración de Laredo. Creado por las tropas fascistas italianas en agosto de 1937, hasta ahora su pista documental se perdía en enero de 1938. Un acta del Ayuntamiento laredano demuestra que se mantuvo abierto, al menos, hasta el final de la guerra. Algo parecido ocurre con el campo de concentración de Igualada. Abierto en febrero de 1939, el último informe en el que aparecía operativo databa de septiembre de 1939. Ahora un documento del Gobierno Militar de Barcelona indica que continuaba en funcionamiento en enero de 1940.

La investigación sigue abierta

Cuando publiqué Los campos de concentración de Franco insistí en un doble mensaje: se trataba de una investigación abierta y de una investigación coral en la que había contado con decenas de cómplices de la Historia y la Memoria. Tras esta primera actualización que corrobora y enriquece el grueso del trabajo, el camino continúa. La web www.loscamposdeconcentraciondefranco.es y el email info@loscamposdeconcentraciondefranco.es están disponibles ser utilizados por cualquier cómplice que disponga de datos, testimonios o documentación sobre este tema.

  1. Correspondencia mantenida entre el Ayuntamiento de Villar del Arzobispo y la Jefatura de las Prisiones Militares de San Gregorio. Archivo Municipal de Villar del Arzobispo. Cortesía del investigador Miguel Mezquida.
  2. Documentación de la Comandancia General de Baleares 1936-1940. Cortesía del investigador Cosme Bonet.
  3. Archivo de AMECECA. Cortesía de José Hinojosa.
  4. El Berrio. Cortesía del Club Atalaya de Cieza y de la familia del prisionero Pedro Rodríguez, especialmente de su sobrino José María Rodríguez.
  5. Documentación y testimonios cortesía de la asociación Memoria Historikoa Bidasoan.
  6. Correspondencia cortesía de Luis Javier Rodríguez.
  7. AGMAV,C,1344,4 Archivo General Militar de Ávila.
  8. Acta del Ayuntamiento de Laredo. 11 de abril de 1939. Archivo Municipal de Laredo. Cortesía del investigador José Luis Pajares.
  9. Documento de presentación de un prisionero expedido por el Gobierno Militar de Barcelona el 10 de enero de 1940. Cortesía de Antoni Domenech, sobrino de la víctima.

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Fotografía destacada: Prisioneros haciendo el saludo fascista en el campo de concentración de Irún en Guipúzcoa BIBLIOTECA NACIONAL DE ESPAÑA

Fuente:https://www.eldiario.es/sociedad/Menores-prisioneros-descubrimientos-concentracion-franquistas_0_1037297088.html

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De Cantabria a Mauthausen: el viaje sin retorno de un panadero que arriesgó su vida por lealtad a sus ideales republicanos

Fernando Rodríguez reconstruye la historia de su tío Victoriano Estalayo por “obligación moral con quienes defendieron la libertad y los valores democráticos”.

eldiario.es / Rubén Alonso / 14-06-2020

En el año en el que se ha cumplido el 75 aniversario de la liberación del campo de concentración nazi Mauthausen-Gusen, Fernando Rodríguez Estalayo ha conseguido terminar de reconstruir la historia de su tío Victoriano Estalayo, uno de los 10.000 republicanos españoles víctimas de aquella barbarie. Y es que este sociólogo de 71 años ya jubilado decidió hace tres años iniciar por su cuenta una investigación sobre la vida de su tío, panadero de oficio nacido en el pueblo campurriano de Las Rozas de Valdearroyo en 1913.

Para Rodríguez, su motivación para llevar a cabo este trabajo fue, tal y como afirma en conversación con eldiario.es, “una obligación moral como un acto de recuperación de la memoria de quienes defendieron la libertad y los valores democráticos”.

Y es que Victoriano Estalayo fue deportado al tristemente famoso campo de concentración nazi en Austria, del que no volvió. Acabó allí tras haber arriesgado su vida por ser leal a sus ideales republicanos en España, incluso cuando fue capturado por las tropas franquistas mientras combatía en el Ejército Republicano del Norte.

La última vez que un familiar vio con vida a Victoriano fue su hermana Herminia “de casualidad”. Rodríguez narra cómo Herminia, su madre, se encontró con su hermano en la estación después de dar a luz a su hija pequeña, cuando se disponía a coger un tren que le llevara a Reinosa el día 1 de mayo de 1937.

En esa misma estación de Santander y a esa hora, un batallón del ejército republicano esperaba para tomar otro tren que les llevaría al frente de combate,  entre los que se encontraba Victoriano después de haber sido herido y recuperado en el hospital de Asturias.

El encuentro casual entre los dos hermanos, según resalta Rodríguez, fue recordado por Herminia “con una gran carga de emotividad describiendo detalles muy concretos como el uniforme que llevaba y la manta atada en bandolera con la que iba pertrechado”. “Nunca más se vieron”, subraya, remarcando que a su madre le sirvió de consuelo la fotografía de su hermano que siempre tenía en la mesilla de noche y “a la que desgastó a besos”.

Fotografía de Victoriano Estalayo que envió a su madre.

Victoriano fue capturado por las tropas sublevadas tras la caída de Santander en agosto de 1937 y fue destinado a León en un batallón de trabajadores, desde donde fue trasladado posteriormente a Lérida. En esta ciudad catalana, el joven prisionero trabajó ejerciendo su oficio de panadero y fue en ese momento cuando llevó a cabo un acto de valentía que cambió completamente el curso de su vida y que, a la postre, supuso el peor desenlace para él.

Victoriano escribió una carta a su familia, misiva que Rodríguez conserva, asegurando que se encontraba bien y que pronto se reencontrarían. “Transmite sensación de tranquilidad, pero se puede leer entre líneas que estaba preparando su huida”, afirma su sobrino, quien remarca que no podía ponerlo explícitamente puesto que por “la censura de la época la carta no se hubiese enviado”.

Fuga

Y así fue. El joven panadero decidió escaparse y cruzar las líneas enemigas para entregarse a las fuerzas republicanas en el sector del río Segre, para lo cual tuvo que vadear el río “con el agua a la cintura” a las cinco de la mañana del 7 de julio de 1938, acompañado en su aventura por el legionario Juan Goñi Pueyo, natural de Estella (Navarra) y por otro compañero de batallón, el también panadero Juan María Múgica, este último natural de Cestona (Guipúzcoa) y militante del PNV.

Tal y como remarca Rodríguez, por los detalles de la carta enviada a su familia el 29 de junio de 1938 desde Lérida, este paso al bando republicano estaba planificado “por motivos ideológicos” ya que, según manifiesta, “su situación personal como panadero no es angustiosa”.

“Habla de regalos para los más pequeños de la familia que pronto piensa entregarles y su aspecto físico en la fotografía es excelente”, apunta su tío. “Sus ideales políticos y sociales, una vez más, le llevan a dar un paso decisivo para su vida presente y futura: pasarse, atravesando la línea de combate, a las tropas leales de la República de España”, incide.

Carta que Victoriano escribe a su familia desde Lérida.

Victoriano participó en la encarnizada batalla del Segre hasta que la resistencia republicana cayó a principios de 1939 y tuvo que exiliarse a Francia huyendo de la represión franquista. Una vez allí fue retenido en diversos campos de concentración hasta que fue capturado por los soldados de la Wehrmacht durante la batalla de Dunkerque en mayo de 1940, y fue trasladado al campo de prisioneros o Stalag XII-D de la localidad germana de Trier, donde se le consideró como “prisionero de guerra sin aplicarle la Convención de Ginebra”.

El paso por este Stalag duró poco, según señala Rodríguez, ya que Victoriano entró en el campo de concentración de Mauthausen el 28 de junio de 1941, siendo registrado con el número de matrícula de prisionero 5.160, y donde “comenzó a gestarse una trágica historia que no tendría un final feliz”.

“Conseguí recibir de Estados Unidos 34 fichas sobre mi tío sin ningún coste económico que para mí fueron oro molido”, subraya sobre la aportación que obtuvo de la organización americana sobre la memoria histórica del Holocausto.

Final trágico en Mauthausen

Una vez allí, como al resto de españoles, los soldados y comandantes de la SS expusieron a los prisioneros cuál sería su cruda realidad: “España no os quiere; os ha arrebatado la nacionalidad, la razón de ser. Nadie saldrá vivo de aquí; estáis condenados a muerte sin juicio previo, entraréis por la puerta y saldréis por la chimenea”.

Así pues, la solidaridad y el compañerismo entre presos para tratar de salvar el mayor número de vidas posible fue clave, y esta solidaridad fue lo que terminó por condenar a Victoriano. Y es que él era un ‘privilegiado’ dentro del campo de Mauthausen, puesto que trabajaba como panadero de manera que “alimentos y calor no le faltaban”.

“Al tratar de ayudar a sus compatriotas con pequeñas cantidades de pan, previamente escondidas, fue sorprendido por los ‘kapos’ y condenado a la dura cantera de exterminio de Gusen (nº prisionero 14.617)”, expone Rodríguez.

Y es que allí murieron la mayor parte de deportados españoles, pues estaba considerado como “el matadero” de Mauthausen, realizando trabajos inhumanos, picando, tallando y cargando con piedras durante doce horas, a lo que había que sumar los golpes y las torturas a las que se veían sometidos.

“Los SS utilizaban la cantera como lugar de entretenimiento en el que martirizar y asesinar a los prisioneros de las formas más imaginativas”, sostiene Rodríguez, señalando que su tío murió víctima de estas prácticas el 30 de noviembre de 1941 a los 28 años de edad.

Este sociólogo jubilado ha conseguido hilvanar la historia de su tío en un borrador de 250 páginas que pretende publicar en algún momento. “Dentro de mis posibilidades”, reconoce, haciendo especial énfasis en la necesidad de que este tipo de historias se den a conocer para “crear conciencia de que esto no se puede volver a repetir”. “No fue hace tanto y ha dejado mucho dolor en el mundo”, concluye.

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Fotografía destacada: Ficha de ingreso de Victoriano Estalayo en Mauthausen.

Fuente:https://www.eldiario.es/cantabria/sociedad/Cantabria-Mauthausen-nazis-republicano_0_1034846786.html

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Las “infames” bibliotecarias

No fueron héroes ni persiguieron la notoriedad. Trabajaron a destajo, en silencio y sin descanso, con el convencimiento de que la expansión del libro y la lectura propiciarían la conquista de la justicia igualitaria y el fin de la discriminación social.

publico.es/luzes / Fran Redondo / 09-06-2020

Formaron un colectivo que, junto con el de la enseñanza, tal vez represente lo mejor de aquella república nacida con la primavera y la alegría. Aquellos hombres y aquellas mujeres que ponían orden en las bibliotecas, en los archivos y en los museos arqueológicos tenían la seguridad de que socializar la lectura pública supondría avanzar con paso firme por la senda democrática, libre y solidaria rojiza por la II República. El artículo 1º de la Constitución decretada y sancionada en diciembre de 1931 definía el Estado como “una República democrática de trabajadores de todas las clases”. Olvidaron añadir “¡y de bibliotecarios!”.

Porque aquellos bibliotecarios, en la mejor tradición libertaria y obrerista, entendieron la instrucción como un arma de progreso invencible. Y sabían que la derrota del analfabetismo posibilitaría asentar el régimen democrático y de libertades instaurado por la República. Combatir con todas sus fuerzas el 43% de iletrados existentes en España, según el censo de 1930, fue una tarea tan mayúscula como prioritaria. Las nuevas autoridades también lo entendieron así. Eran conocedoras de la inviabilidad del régimen republicano si antes no se daba una solución idónea al problema de la carencia de instrucción: la falta de cultura propicia esclavos y mente fáciles de manipular.

Así fue siempre y como tal se expresó, por ejemplo, Marcelino Domingo, el primer ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes en el Gobierno Provisional, que hablaba de sembrar sin descanso libros y bibliotecas por toda España. O su sucesor, Fernando de los Ríos, para quien la lectura era un salvavidas democrático. Rodolfo Llopis, por su parte, subrayaba que solo las ciudades eran republicanas, mientras el mundo rural permanecía aferrado a la tradición y habría que ganarlo para la República mediante libros y bibliotecas que lo liberarían de su retraso secular y vergonzoso. Los presupuestos dedicados a la Instrucción Pública no dejaron de crecer: de los 209 millones de pesetas en 1931 se pasó a los 347 en 1935. Y junto a un espectacular incremento en el número de escuelas y maestros, florecían bibliotecas y libros allí donde nunca habían existido.

Más de 5.000 nuevos puntos de lectura surgieron por toda España. Algo más de 400 en la Galicia. Las Misiones Pedagógicas llevaron lotes de libros a las pequeñas escuelas del rural y el maestro-bibliotecario abrió las puertas de la nueva biblioteca a toda la población. La Xunta de Intercambio y Adquisición de Libros renovó los contenidos de los fondos bibliográficos ya existentes, equilibrando las materias a favor de la literatura, la historia, la geografía o las ciencias en detrimento de los volúmenes que trataban sobre hagiografías de santos, interpretaciones de la Biblia, comentarios de textos sagrados, etc.

Las políticas republicanas legislaron a favor del préstamo de libros a domicilio, se renovaron las técnicas de la biblioteconomía copiando a los países más avanzados y se facilitaron las estadías en el extranjero a los profesionales de las bibliotecas con la finalidad de que aprendieran los últimos avances en la materia. En definitiva, se combatió la biblioteca erudita, cerrada y discriminatoria y por primera vez se pensó más en el lector y en la lectura. Para todos. La respuesta de la población fue más que positiva y esta es una cuestión que suele pasar inadvertida. La lectura socializada disfrutó de un elevado grado de acogida y el esfuerzo llevado a cabo por los responsables republicanos se materializó en unas elevadas tasas en los índices de lectura. Hasta la llegada de la II República nunca jamás ningún gobierno había colocado en primer plano la cuestión de la lectura pública, y se hizo además con una vertiginosidad asombrosa en forma de leyes y decretos.

Ningún poder público había tomado antes en serio la socialización de la lectura. Por estas y otras razones no resulta extraño que, tras el golpe de estado de julio de 1936, libros y bibliotecas fueran considerados botines de guerra. O como afirmó Josep Fontana: “La República construyó escuelas, creó bibliotecas y formó maestros; el régimen de 18 de julio se dedicó desde el primer momento a cerrar escuelas, quemar libros y asesinar maestros”. Tampoco sorprenderá que la Residencia de Estudiantes, la Universidad, el Ateneo o la Institución Libre de Enseñanza se convirtieran en enemigos para combatir, al igual que los intelectuales, que precisamente por serlo tenían una gran responsabilidad en la tragedia española. Cuanto menos, así lo pensaba Enrique Suñer Ordóñez. En la opinión de Pedro Sainz Rodríguez, primer ministro de Educación Nacional del régimen franquista, el principal ministerio donde habría que entrar a sangre y fuego era el de Instrucción Pública, entre otras razones porque, tal y como escribía el periódico ABC de Sevilla el 18 de abril de 1937: “En nada ha sido tan prolífica la monstruosa fecundidad de la República como en maestras y maestros, no solo laicos, sino sectarios y amorales”.

El cuerpo de funcionarios

¿Y los bibliotecarios? El último censo de la etapa republicana, publicado a finales de 1935, nos informa de la existencia de casi 300 funcionarios repartidos en apenas 200 establecimientos y agrupados en el Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos (CFABA). Conformaban, pues, un pequeño trozo de la Administración del Estado al que accedían tras superar unas rigurosas y duras oposiciones. Es verdad que no todos saludaron la llegada de la República y no vieron con buenos ojos los ánimos innovadores. Algunos provenían de escalas creadas mucho tiempo atrás —en 1936 aún trabajaban funcionarios que habían superado sus oposiciones a finales del siglo XIX— y, en general, recelaban de cualquier tentativa modernizadora, apostando por mantener un absurdo control social en el acceso a las bibliotecas y a los archivos. En realidad, vivían muy cómodamente de puertas hacia dentro, defendieron un sistema erudito y discriminatorio y asumieron un rol de élite copando los puestos más elevados en la escala de los funcionarios.

Lancha en Galicia de las Misiones Pedagógicas (1934).

Antes y durante el período republicano fue normal verlos militar en organizaciones como la Unión Patriótica del general golpista Miguel Primo de Rivera, Acción Española, Comunión Tradicionalista o Falange Española. Al final de la Guerra Civil serán los responsables de delatar, investigar, depurar y proponer sanciones para sus excompañeros. Sin embargo, otros muchos integrantes del CFABA, nuevos algunos y no tanto otros, tomaron como propios los proyectos modernizadores propagados por la República, decantándose decididamente por la universalización de la lectura. Viajaron con frecuencia por Europa en la búsqueda de las últimas teorías bibliotecarias. Aprendieron idiomas, ampliaron sus vistazos en tropel de facetas vitales y, al fin y al cabo, finalizaron comprometiéndose en la construcción de un Estado democrático, laico y soberano. Incluso con la guerra ya iniciada, destacaron en la defensa y salvaguarda del patrimonio artístico y bibliográfico asediado por los bombardeos aéreos franquistas. También contra los excesos de la revolución. Tales fueron los casos de Tomás Navarro, Ignacio Mantecón, Teresa Andrés, Consuelo Vaca, Asunción Martínez Bara, Concepción Muedra o Luis Vázquez de Parga, integrados en dos organismos creados por la República para la protección de aquel tesoro amenazado: la Junta de Incautación y Protección del Tesoro Artístico y el Consejo Central de Archivos, Bibliotecas y Tesoro Artístico. Cuando finalice la guerra, muchos pagarán un alto precio por su pasado republicano y antifascista. Para ellos únicamente quedaba el exilio o la depuración y el castigo.

Represión organizada

La depuración de los bibliotecarios y archiveros republicanos comenzó antes del final del conflicto. El 10 de febrero de 1939 el general Franco firmaba la ley que fijaba las normas para la depuración de funcionarios. Con ella, además de celebrar la caída de Cataluña en manos de los sublevados, se buscaba sanear todos los cuerpos que integraban la Administración y, además, dentro de la dinámica represiva del nuevo régimen, dejar patente que no habría clemencia para aquellos que se habían opuesto al golpe. Los indiferentes quedaron avisados. Todos fueron evaluados: diplomáticos, maestros de escuela y profesores de universidades, jueces, fiscales, empleados de las compañías de ferrocarril, de las arrendatarias de tabacos, etc. También los bibliotecarios.

El texto de la ley fue redactado por un integrista convencido, Eugenio Vegas Latapié, que tiempo atrás había discurrido un plan para gasear las Cortes republicanas en plena sesión y más tarde estudió la posibilidad de atentar contra Manuel Azaña. El objetivo de la ley era claro: alejar de los aparatos del Estado a todo aquel que mantuviera alguna connivencia republicana, izquierdista o sindical. Para eso, un destacado integrante de cada cuerpo de funcionarios fue facultado para indagar en la vida privada y pública de sus compañeros, tratando de conocer cuáles eran sus creencias religiosas, políticas y morales, así como también sus actividades durante el período bélico. Poco importaba el prestigio, pues todos fueron considerados culpables en primera instancia y todos debieron demostrar su inocencia para permanecer dentro del Nuevo Estado.

El juez-instructor nombrado para investigar las actividades de los integrantes del CFABA fue Miguel Gómez del Campillo. Nacido en Madrid en 1875 e integrante del cuerpo desde julio de 1899, este excepcional latinista y paleógrafo alcanzó la dirección del Archivo Histórico Nacional tras un real decreto en septiembre de 1930. Esa será la sede del juzgado que investigará a decenas de funcionarios. Porque, entre julio de 1939 y marzo de 1942, Gómez del Campillo redactará cientos de oficios solicitando información sobre sus compañeros. Informes dirigidos a alcaldes, gobernadores civiles y militares, rectores de universidades y decanos de facultades, jefes locales de Falange, responsables del Servicio de Información y Policía Militar —el espionaje franquista— y de la Delegación del Estado para la Recuperación de Documentos. El archivero también invitará al resto de los funcionarios del Cuerpo Facultativo a prestar declaración contra sus propios compañeros. Un lamentable ejercicio de delación al que no faltaron las élites de la profesión: José María Lacarra, Eduardo Ponce de León, Antonio Sierra, Federico Navarro, Rafael Villaseca…

Tras la separación definitiva del servicio de aquellos facultativos que ya se encontraban en el exilio —entre ellos, el compostelano Ramón Iglesia Parga—, el juez-instructor comenzó su labor contra los funcionarios que habían permanecido en el país. Un grupo de mujeres excepcionales, gallegas de nacimiento o adopción, todas ellas bibliotecarias comprometidas con la causa republicana, pagó un alto coste por su lealtad con el gobierno constitucional. Dos eran gallegas y fueron depuradas y castigadas. La tercera ni siquiera tuvo esa suerte. ¿Por qué mujeres? Pues porque como afirmó María Moliner, bibliotecaria también depurada y sancionada tras la guerra, en aquella Valencia capital republicana sitiada por las fuerzas franquistas “las mujeres valían mucho más que los hombres”.

En María Muñoz Cañizo se juntaron muchos de los demonios que aterrorizaban a los nuevos defensores de la moral, pues esta bibliotecaria mantuvo, según Gómez del Campillo, «una conducta escandalosa y libre y izquierdista roja». Nacida en Madrid el 9 de septiembre de 1903, María era hija y nieta de gallegos. Su padre, de Mondoñedo, y su madre, de Guitiriz, nunca dejaron de visitar en los veranos Galicia y la bibliotecaria siempre mantuvo vivos recuerdos de las playas de Foz y Viveiro. Licenciada en Filosofía y Letras, ingresó en el CFABA en agosto de 1931. Unida a la Institución Libre de Enseñanza —cuyos maestros «forjaron generaciones incrédulas y anárquicas», según José María Pemán—, María se casó con Lorenzo Puga, maestro de música. Fruto de esa unión nacerá su única hija, María Rosa. El matrimonio no prosperó y antes de comenzar la Guerra Civil decidieron divorciarse. Otra razón más para la posterior persecución.

Juana Capdevielle, bibliotecaria asesinada por los golpistas en agosto de 1936 en Rábade (Lugo).

Con la victoria franquista, María fue llamada a declarar ante el juzgado en la sede del Archivo Histórico Nacional. Ocurrió el 14 de diciembre de 1939. Debió de ser difícil escuchar que la bibliotecaria «se encontraba separada de su marido y de su hijo [sic], viviendo en ‘república’ con el funcionario administrativo que estaba a sus órdenes, sosteniendo con él relaciones escandalosas». Pero lo peor aun no había llegado: Gómez del Campillo descubrió su militancia en FETE-UGT, en Cultura Popular («organismo ultra- rojo») y, por último, en la Asociación Española de Relaciones Culturales con la Unión Soviética. También su pertenencia a Amigos de la Enseñanza Popular para el Fomento de las Escuelas Laicas. En definitiva, tal y como expresó el juez-instructor, la bibliotecaria era «izquierdista roja, sin creencias y contraria al Glorioso Movimiento Nacional». El 5 de marzo de 1940, una orden firmada por el ministro Ibáñez Martín le imponía a la bibliotecaria el traslado forzoso durante cinco años a Mahón (Menorca), la postergación por idéntico espacio de tiempo y la inhabilitación perpetua para acceder a cargos de confianza y directivos. Tuvo suerte María.

Asesinada en Rábade

Todo lo contrario le aconteció a Juana Capdevielle, que habría deseado mil expedientes de depuración. Mas su cuerpo sin vida apareció tirado y cosido a balazos el 18 de agosto de 1936 en un punto del Monte de la Gándara, cerca de Rábade (Lugo). En concreto, en el kilómetro 526 de la carretera Madrid-A Coruña. Casi un mes antes de su asesinato, estando detenida en el cuartel de la Guardia Civil, supo de la suerte nefasta de su marido, el abogado y gobernador civil de A Coruña Francisco Pérez Carballo: en Punta Herminia había sido fusilado junto a dos defensores de la República. Fue el 25 de julio de 1936. Juana, hija de padre francés y madre navarra, fue una bibliotecaria inteligente, realmente excepcional.

Nacida en Madrid en 1905, a los 25 años ya era integrante del CFABA. Discípula de Manuel Naranjo y de Javier Lasso de la Vega, fue la primera mujer que alcanzó la dirección de una biblioteca de centro —la de la Facultad de Filosofía— en la Universidad Central madrileña. Además, Juana fue nominada tesorera de la acabada de crear Asociación de Bibliotecarios y Bibliógrafos de España y la Xunta para la Ampliación de Estudios le concedió una bolsa para formarse durante cuatro meses en Clasificación Decimal Universal en Francia, Bélgica, Suiza y Alemania. Juana Capdevielle fue asesinada por varias razones, mas la pregunta pertinente es: ¿podría sobrevivir una mujer culta e independiente en aquella España tenebrosa y beata? Un amigo por el que siento grande admiración me dijo un día: “En un lugar central de A Coruña debería andar una imagen de Juana Capdevielle con un libro en la mano”. Enrique Rajoy Leloup —abogado, amigo de Alexandre Bóveda, secretario de la Comisión Redactora del Estatuto gallego en 1932, separado más tarde de su cátedra en la universidad compostelana— y María Brey Marino —amiga íntima de Azaña, fumadora empedernida, amante de la novela negra, bibliotecaria depurada—, ambos antepasados del expresidente del Gobierno, Mariano Rajoy Brey, son la prueba irrefutable de que la bondad y la empatía son condiciones humanas que no se transmiten por herencia genética.

“La pregunta pertinente es: ¿podría sobrevivir una mujer culta e independiente en aquella España tenebrosa y beata?”

María Brey nació en la Pobra de Trives en 1910 y con apenas 22 años ya había ingresado por oposición en el CFABA. Tras un breve paso por la Biblioteca de la Universidad de Santiago de Compostela, en 1933 ocupó un puesto en la Biblioteca de la Presidencia del Consejo de Ministros. Allí permanecerá hasta los inicios de la Guerra Civil. Meses antes de la victoria franquista contrajo matrimonio con Antonio Rodríguez-Moñino, confirmando una relación personal e intelectual que se materializó en diversos ensayos y traducciones. A finales de 1939, las investigaciones practicadas por Gómez del Campillo concluyeron que María era una “persona de confianza de las autoridades rojas”. Pero una de las acusaciones asombrosas que pesaron sobre la bibliotecaria fue “esposa de Rodríguez-Moñino”, literalmente. El 11 de enero de 1940 fue llamada a declarar a la sede del juzgado que instruía su causa.

Allí pudo escuchar los nueve puntos del pliego de cargos redactado por el inquisidor archivero. Entre otros, “ultraizquierdista” y “nada afecta al Movimiento”. ¡Incluso fue acusada de no ser detenida en Madrid por los milicianos! El último día de aquel mes de enero, Ibáñez Martín firmó la orden ministerial asumiendo todas y cada una de las propuestas sancionadoras aconsejadas por Gómez del Campillo: postergación, inhabilitación y traslado forzoso. María fue a parar al Archivo de la Delegación de Hacienda de Huelva. ¿Qué mejor castigo para una bibliotecaria que trabajaba en Madrid que enviarla a un archivo de provincias?

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Fotografía destacada: Joven mujer leyendo a Homero.

Fuente:https://www.publico.es/luzes/revista-luzes-infames-bibliotecarias.html

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Miguel Ángel del Arco: “La hambruna de la posguerra fue consecuencia de una política económica voluntariamente adoptada por el franquismo”

Miguel Ángel del Arco Blanco, profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de Granada, dirige una investigación colectiva que repasa vivencias de aquella etapa que marcaron un antes y un después en España.

publico.es / María Serrano / 07-06-2020

El libro Los años del hambre. Historia y memoria de la posguerra franquista (Marcial Pons) contiene un capítulo cercano aunque vacío de datos fiables, en un intento de pasar desapercibido por la historia reciente de España. Durante décadas, solo han permanecido las fotos palpables de la hambruna, la estampa viva de películas como Los santos inocentes o de novelas como Tiempo de Silencio de Luis Martín Santos o Si te dicen que caí de Juan Marsé. Además, quedan cifras que el régimen inventaba sobre aquella década de inanición, penurias y sufrimiento pero poco más, casi nada.

Miguel Ángel del Arco Blanco, profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de Granada, dirige una investigación colectiva que repasa vivencias de aquella etapa que marcaron un antes y un después en la vida del país, desde el final de la guerra. Capítulos desconocidos como la delincuencia de la época o la bajísima producción agrícola e industrial que no recuperaron las cifras de la preguerra hasta 1953 o “la política económica suicida adoptada por el régimen”.

Del Arco relata a Público que fue una etapa muy difícil donde “los más humildes, muchos de ellos identificados con el programa político de la República, olvidaron sus sueños o su ideología y se centraron en obtener alimento”. El coste de vida aumentó de manera exponencial mientras se congelaron los sueldos. Mientras tanto, “la protesta social estaba considerada como un delito a la patria”, apunta el docente.

“El caso de Miguel Hernández puede ser paradigmático de aquellos años”

Este investigador examina retratos conocidos como el del poeta Miguel Hernández, que falleció en las peores condiciones de hambre, higiene y enfermedad. “El caso de Hernández puede ser paradigmático de aquellos años”. Fue encarcelado y condenado por un tribunal militar por sus ideas políticas, pero “la muerte lo encontró en la cárcel, donde las condiciones eran pésimas y el alimento paupérrimo”. Su castigo no se limitó a la pérdida de libertad, sino también a “soportar unas condiciones de hacinamiento y miseria que lo llevarían a la muerte”; la pobreza, consecuencia de su compromiso político, llegó también a su familia. Así detallaría en su poema Tened presente el hambre: recordad su pasado turbio de capataces que pagaban en plomo antes de fallecer a los 32 años de edad.

El hambre no fue culpa de la guerra

En Los años del hambre se desmontan mitos como que “el hambre no fue consecuencia de la reciente guerra o el aislamiento internacional”, como Franco quería justificar. Del Arco recalca que “el hambre fue consecuencia de una política económica voluntariamente adoptada por el franquismo, la autarquía”. Frente a esa situación, estar cerca de las esferas de influencia del régimen “podía suponer un pasaporte a la vida”. Estar en el escalón más bajo de la sociedad obligaba a comer una sola vez al día, a repartir lo que se tenía entre los más pequeños y estar siempre en una situación límite. El estudio no detalla gran cantidad de cifras, pero sí aporta algunas claves como que sólo en la primera fase de la hambruna, hasta 1942, “murieron alrededor de 200.000 personas por inanición, enfermedades epidémicas o causas relacionadas con la mala alimentación”.

A pesar de la grave carestía, el franquismo consiguió un éxito rotundo con su propaganda ya que “la mayoría de los testimonios hacen suya las explicaciones del régimen y esconden totalmente lo sucedido y también las responsabilidades de la dictadura en ello”, afirma el historiador granadino a Público.

En Extremadura comían durante meses enteros hierbas cocinadas con sal

Archivo Miguel Ángel del Arco

Los investigadores Sergio Riesco y Francisco Rodríguez se centran en Extremadura, donde se registró un desplome de la producción agrícola, lo que llevó a pasar las peores penurias inimaginables.

Reconstruir aquel mapa de miseria y hambre también ha sido posible gracias al hallazgo de informes los servicios diplomáticos de la época. Inglaterra, Estados Unidos y Francia puntualizaban la virulencia con la que se vivía especialmente en el en el arco sur de la España aislada: “Murcia, toda Andalucía, Extremadura, provincias más al sur de Castilla-La Mancha”.

El Foreign Office manejaba informes secretos de las comisiones médicas de la Dirección General de Sanidad referidos a Extremadura. “Detallaba la elevada cifra de personas afectadas por la pelagra (falta de vitamina B3 derivada de la malnutrición) y el edema del hambre”. Había enfermedades que afectaron a localidades enteras como Castuera y a jóvenes de ambos sexos “entre 18 y 25 años que paralizaba sus extremidades inferiores sin ninguna posibilidad de posterior curación”: se trataba de la listeriosis, originada por la ingesta de harina de almortas por parte de la población desesperada. En Trujillo, la gente llegó a tal grado de desesperación que “durante meses enteros solo comieron hierba cocinada con sal”.

Rúben Leitão Serém habla de cómo aquella “pobreza general” también estimuló el desarrollo de un mercado negro en la Sevilla de Queipo de Llano por la oligarquía. “Puede que Sevilla hubiera dejado de ser la capital administrativa de la España rebelde, pero se acabaría convirtiendo en el centro de la prostitución del país”. Más de un centenar de burdeles que “se nutrían de una red de trata de personas hasta el norte de África, cebándose con las mujeres pobres de clase trabajadora”.

“Lo primero que hizo el régimen de Franco fue repartir panes y comida en la Puerta del Sol”

Madrid fue considerada la “capital espectro” como la conocía el nuevo régimen, apunta la investigadora Ainhoa Campos, de la Universidad Complutense de Madrid. En la capital se utilizó el hambre como arma de guerra y posguerra. Además el “régimen franquista echaba mano de todos los recursos posibles para empeorar el abastecimiento de la ciudad que se resistía a su conquista”. Paradójicamente, tras tomar la capital al final de la guerra, lo primero que hizo el régimen de Franco fue repartir panes y comida en la Puerta del Sol. “Hurtos famélicos” para soportar el hambre.

“La delincuencia fue un recurso para la supervivencia, pero también los más humildes recurrieron a la solidaridad comunitaria pre-existente para tratar de salir adelante”. Lázaro Miralles Alted analiza la delincuencia de la época en barrios populares de Granada como el Albaicín o el Sacromonte. Se detallan casos reales de vecinas como el de Florentina Fernández, apodada “la divorciada”. “La prostitución no le aportaba los recursos necesarios para subsistir y aprovechó la oportunidad de obtener un pequeño ingreso: hurtar un reloj de la Pensión Perales, en calle Elvira”. Resultó detenida y encarcelada. Alegó entonces extrema necesidad, el abandono de sus hijos si iba a prisión, las deudas. Florentina solicitó que le concedieran la libertad condicional. La causa quedó extinguida al cumplir “dos meses y un día de arresto mayor impuestos en la sentencia mientras esperaba el juicio”.

¿Cómo fueron los niveles de delincuencia a nivel nacional? Del Arco apunta a Público que fue “delincuencia muy focalizada en la sustracción de alimentos, una delincuencia por necesidad imperiosa”. De ahí, los “hurtos famélicos” que llevaban a muchos a delinquir para lograr sobrevivir, lo que llevó a que ascendieran a un setenta por ciento del total de delitos cometidos en toda la década.

Las campesinas del hambre de la España rural

El libro no olvida a las “campesinas del hambre”. Teresa María Ortega relata en este capítulo que “muchas se convirtieron en las cabezas de sus familias de manera forzada, pues su marido estaba en el exilio, en la cárcel, había fallecido en la guerra o había sido fusilado”. Tuvieron que luchar por su hogar y ganarse la vida de cualquier manera posible”, recurriendo a un pequeño comercio en el mercado negro o cualquier tipo de estrategia. Este sombrío panorama se mantuvo casi inalterado “hasta la década de los anos cincuenta”, con insoportables condiciones de vida y teniendo que recurrir si era necesario a la alimentación a través de animales como perros y gatos.

La investigadora Gloria Román ha entrevistado a algunos testigos de aquella posguerra ahogada por la autarquía franquista. Francisco López era un niño de Granada cuando esperaba más de diez horas en la tahona para comprar el pan. “A lo mejor estábamos en la cola para sacar pan, y luego se había terminado ya”. Explica como el pan cuando lo cogían “no se podía picar en los dientes, porque tenía mucha tierra, granillos”. Matilde comía en Abrucena (Almería) aceitunas cuando le daban dolores de estómago de la necesidad. “Estábamos cogiendo aceitunas y me decían pues prueba a tragarte aceitunas, a ver si se te quita”.

Del Arco concluye a Público que puede tratarse “de la peor etapa vivida por la población civil” en el siglo XX en España. Pero lo llamativo (y cruel) es que aquellos años fueron clave para la consolidación y supervivencia del franquismo que llegó hasta sus últimos días “con el supuesto aval de haber llevado a España a la modernidad en los años 60, silenciando y sepultando la hambruna y el dolor sufrido durante la posguerra por muchos españoles”.

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Fotografía destacada: Imagen de Franco que ilustra el proyecto del sobre el memorial del hambre.

Fuente:https://www.publico.es/sociedad/hambruna-posguerra-consecuencia-politica-economica-voluntariamente-adoptada-franquismo.html

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OLIVER LAW: EL PRIMER OFICIAL AFROAMERICANO QUE MANDÓ SOBRE SOLDADOS BLANCOS MURIÓ EN ESPAÑA LUCHANDO CONTRA EL FASCISMO

En tiempos de lucha contra el racismo queremos recordar a Oliver Law; brigadista internacional, primer oficial afroamericano en comandar soldados norteamericanos blancos. Tras la Batalla del Jarama, en la que el general Miaja dirigía al ejército de la República, ascendió a comandante de ametralladoras por su gran labor.

armhnotasdeprensa.blogspot.com / 04-06-2020

Law había nacido en Texas el 9 de julio de 1900. Tras el crack de 1929 profundizó su militancia en el Partido Comunista de Estados Unidos y su activismo por la justicia social. Participó en protestas contra la invasión de Etiopía por el ejército de Mussolini.

 

En 1936 se embarcó en Nueva York con rumbo a España, dispuesto a luchar contra el fascismo en suelo español como miembro del Batallón Lincoln, compuesto por unos 2.500 voluntarios norteamericanos.

 

Tras su gesta en la Batalla del Jarama y su ascenso a comandante, se convirtió en el primer oficial afrodescendiente en dirigir a un grupo de soldados blancos norteamericanos.

 

El 7 de julio de 1937 murió de un disparo en el conocido como Cerro del Mosquito, participando en la Batalla de Brunete.

 

El actor estadounidense Paul Robeson trató de llevar su vida al cine, pero la época de «caza de brujas» que se vivía en los Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial le hizo abandonar el proyecto.

 

Los documentalistas Alfonso Domingo y Jordi Torrent dirigieron en 2015 el documental: “Héroes invisibles: afroamericanos en la guerra civil española”. Aquí el tráiler: https://youtube.com/watch?v=2ikmDim5FR0

 

Y @latinapaterson nos recuerda en tuiter que no olvidemos a la enfermera  Salaria Kea, que aparece en la fotografía junto al doctor Byrne atendiendo a un bebé herido en el Hospital de las Brigadas Intenacionales en el Palacio de Villa Paz en Saelices (Cuenca). Archivo Brigadas Internacionales.

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Fuente:https://armhnotasdeprensa.blogspot.com/2020/06/oliver-law-el-primer-oficial.html?fbclid=IwAR2-uePiqc73MT9biOg5bFyHFyA4shxzxTw9BOQMC4yk8ABRa6BNWN_G_54

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Reflexiones en primera persona: ¿para qué sirve la memoria?

Soledad era una trabajadora de una fábrica de conservas que no tuvo la opción de elegir una vida sin política, como tantas otras a las que no nos llegan los rescates del sistema.

elsaltodiario.com / Daniela Ferrández / 02-06-2020

Marché para Galiza hace casi diez años y solo llevé conmigo mi memoria y un perro, y ahora puedo decir que los tres crecimos en paralelo en un fuego lento alimentado por la distancia, el amor que perdura y los deseos de no perder aquello que nos configura como parte de un todo. Sin embargo, yo, personalmente, y a diferencia de otras compañeras en la diáspora, pude experimentar unas cuantas veces al año ese complejo proceso de la vuelta, tan intensa como efímera, tan personal como colectiva, tan llena como sus propios vacíos.

Una vuelta a un universo al que no le bastaba ir a mil por hora para permanecer estático en mis adentros, paralizado por mi propio miedo de no ser reconocida como lo que soy, miedo de que nuestros caminos paralelos nunca se volvieran a juntar y, a fin de cuentas, miedo de perderlo. Es por eso por lo que mis retornos no se redujeron a un espacio, sino que se tiñeron de profesionalidad para buscar en las fuentes históricas rastros de su pasado (y del mío).

De esta forma, en estos últimos diez años escribí un libro sobre la represión franquista en mi pueblo, Almoradí (Alacant), donde recogí información de más de 150 consejos de guerra utilizados por el ejército franquista para ejercer la violencia contra sus vecinas. Volví, además, sobre muchas de estas trayectorias en mi TFM y en mi tesis, donde me dediqué a juntar pequeñas biografías de individuos que revelaran una panorámica completa de aquella sociedad que yo quería mirar.

En este proceso, hubo historias que llegaron a marcar mi vida y mis decisiones, referentes que me emocionaron y me empoderaron, que me enseñaron a llorar. De hecho, aquí y ahora, haciendo el ejercicio de recordar a una mujer que no conocí, Soledad Amorós Girona, me atrevo a reconocer algo que no fui capaz de reconocerle al tribunal de mi tesis cuando me preguntó, un tribunal al que no le acababan de bastar las argumentaciones académicas que en ella explicaban por qué era necesario para el conocimiento en general trabajar la historia de mi pueblo. Ahora, acordándome de Soledad, siento la fuerza para decir que quise utilizar algo que aprendí en la academia, la investigación, para volver, para emocionarme, y, sobre todo, para buscarme.

Poco después del Golpe, Soledad y otras compañeras no dudaron en enfundarse el mono de milicianas y cambiar el latón de la conserva por el acero del fusil

Soledad era una trabajadora de una fábrica de conservas que no tuvo la opción de elegir una vida sin política, como tantas otras a las que no nos llegan los rescates del sistema. En 1931 su hermano José fue asesinado cuando acudió a protestar a un mitin de la derecha republicana, por considerar que se trataba de un partido tapadera de los antiguos monárquicos. Ese mismo año ella se sindicaba en el primer sindicato de mujeres del municipio, el de obreras conserveras, a la vez que el resto de su familia se adhería al Partido Comunista y a la Federación Nacional de Trabajadores de la Tierra. Poco después del Golpe, Soledad y otras compañeras no dudaron en enfundarse el mono de milicianas y cambiar el latón de la conserva por el acero del fusil. Los informes de Falange la acusan de formar la milicia femenina, pronunciar mítines ante las masas y en ellos, insultar y menospreciar con palabras soeces a sus “Gloriosos Generales, especialmente al Caudillo”.

En el fondo, y pese a la épica del asunto, las evidencias revelan que las milicianas de mi pueblo solo pudieron configurar un espacio propio adscrito a las Juventudes Socialistas Unificadas, la Unión de Muchachas, un local donde se formaban y hacían representaciones teatrales. Su guerra, por lo tanto, fue también la guerra de ser mujeres, ya que su papel se relegó a coser ropas para el frío frente de Teruel y preparar “conejo con tomate” para los milicianos.

Esta irremediable asunción, redundaba en que no pudieran ser relacionadas directamente con ninguno de los asesinatos cometidos por los republicanos en la villa en tiempos de retaguardia, por lo que fueron acusadas de una suerte de “traición a su género” que recuerda a la que reproduce Margaret Atwood en El cuento de la criada. Como bien me dijo una informante, “a Soledad le tenían mucha manía porque era una mujer de armas tomar, la llamaban la Pasionaria”.

A Soledad Amorós y a Luisa Rebollo se les aplicó la pena de muerte, si bien a la segunda le fue conmutada por quedar tetrapléjica en la prisión, posiblemente a causa de las palizas

La documentación de los consejos de guerra lo corrobora. En los expedientes de Soledad Amorós, alias “la Pasionaria”; Trinidad Montesinos, alias “la Culebra”; Remedios Zaragoza, alias “la Zaragoza”, e Luisa Rebollo, alias “La Campesina” nunca se les perdonaría vestir los pantalones del mono de milicianas, llevar un arma, y, a fin de cuentas, invadir el espacio público siendo mujeres. Fueron criminalizadas como lo fue todo lo que cuestionara su norma sacrosanta, y, por lo tanto, acusadas de inductoras y represaliadas por ello. A la Culebra y a la Zaragoza se les condenó a treinta y veinte años de prisión respectivamente, mientras que a la Pasionaria y a la Campesina se les aplicó la pena de muerte, si bien a la segunda le fue conmutada por quedar tetrapléjica en la prisión, posiblemente a causa de las palizas.

Otra informante me contó cómo siendo una nena vio a Soledad cuando era sacada de la cárcel que improvisaron los falangistas en el hospital —cuestión de prioridades—, y la llevaban para ser fusilada. Sus ojos se iluminaban al decirme “como yo soy tan roja, lo vi”. La memoria se mezclaba con la identidad y el resultado ante mí era esa señora en toda su profundidad, en toda su claridad humana. En ese punto en el que se juntaban la empatía y el reconocimiento, y que es capaz de formar pilares que den forma a comunidades.

Me contó que en ese momento que sacaban a Soledad, muchas vecinas desafiaron el nuevo poder de los falangistas y levantaron el puño con ella, entonando el “adiós muchachos” de Carlos Gardel. “Adiós muchachos, compañeros de mi vida”, cantaba la señora antes de que ese recuerdo le hiciera de enlace con otro en el que se reconocía como mujer. De nuevo la memoria y la identidad. Esta vez el brillo de los ojos desapareció entre su ceño fruncido cuando soltó que, según escribiera Soledad en una carta, la mataban porque el falangista jefe de la prisión quiso “hacer con ella” y esta se negó. Soledad fue fusilada y enterrada en la fosa 524/2009 del cementerio de Alicante en 1941, después de dar a luz a su hija, con la que tuvo la suerte de poder retratarse, y yo de ponerle cara, gracias a la amabilidad de un descendiente.

Según escribiera Soledad en una carta, la mataban porque el falangista jefe de la prisión quiso “hacer con ella” y esta se negó. Soledad fue fusilada y enterrada en la fosa 524/2009 del cementerio de Alicante en 1941

La memoria es un proceso que bebe del pasado, pero que se construye en el presente. Y yo construí la mía con respecto a mis antecesoras, a mi tierra y a mis referentes. Decidí no olvidar a Soledad, y aportar mi grano de are al hecho de que en el pueblo no exista ni una sola mención a estas mujeres. Lo mejor de todo es que en mi vida las necesité, cosa que no podía haber imaginado antes de descubrirlas. Me vi en Soledad Amorós antes de volver a mi pueblo para contarle a todo el mundo que era trans. Sentí que aquellas mujeres que levantaron el puño para cantar con ella a Gardel seguían ahí y aparecerían tras la vigilancia que yo tanto temía. Quizás, sin eso, nunca me habría atrevido a dar el paso y a comprobar que así fue, que siempre existiría humanidad, amor, comunidad y vecindad para imponerse al odio.

Cuando hoy teorizamos y debatimos sobre la necesidad de buscar, trabajar y construir una memoria LGTBI de Galiza lo hacemos partiendo del anhelo de nuestras soledades. Necesitamos conocer a aquellas que lucharon, porque solo con su lucha lo consiguieron. Dejaron estela, rastro, cambios, y, a fin de cuentas, un mundo más vivible de como lo encontraron. Necesitamos más Elisas y Marcelas, más Soledades, y eso, solo puede hacerse apostando por la investigación y la colectivización de los resultados. Necesitamos repensar, emocionarnos, clarificarnos en esa mezcla de identidad y memoria, de lo que realmente somos.

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Fotografía destacada: Antes de ser fusilada y enterrada en una fosa en Alacant, Soledad pudo ser retratada con su hija.

Fuente:https://www.elsaltodiario.com/memoria-historica/reflexiones-primera-persona-para-que-sirve-memoria-lgtbi-soledad-amoros-girona

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