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Un aniversario con memoria‏

16 DE OCTUBRE, TAL DÍA COMO HOY, DE 1936. VILLAFRANCA DEL BIERZO. UN CAMIÓN DE GASEOSAS, SEGUIDO POR UN COCHE CON CUATRO PISTOLEROS DE FALANGE, LLEVA A TRECE CIVILES REPUBLICANOS DETENIDOS. ENTRE ELLOS EMILIO SILVA FABA, DE 44 AÑOS. EL HOMBRE QUE ESCRIBIÓ PARA SU HIJO UNA PANCARTA EN LA QUE SE LEÍA: “¡QUEREMOS EL GRUPO ESCOLAR, VIVA AZAÑA!”. 

Emilio Silva Barrera / 16-10-2015

Se sienta en el catre de la celda, con el cuerpo inclinado hacia delante y el rostro apoyado en las palmas de las manos, que ha colocado sobre sus rodillas. Escucha los primeros ruidos en el piso superior, el alboroto, las pisadas, las risotadas al alardear que esa noche van de caza, el ruido de sus botas mientras gritan ¡Arriba España! y se cuadran con el brazo en alto, con el odio alto.

Sabe qué significa, lo que se le viene encima, el giro que ha dado el reloj de arena de su existencia, el firme trazo con el que la muerte comienza a escribir su nombre, sus apellidos, la fecha de su nacimiento y la de su defunción; el desastre que se avecina en la biografía de su mujer y de sus hijos, porque conoce cómo tratan a las viudas, cómo las humillan, las insultan sin rastro de la caridad cristiana que dicen predicar.

Inspira aire profundamente sobre sus manos y entonces detecta el olor de su hijo Manuel que debe adherirse a sus dedos cuando su brazo atraviesa las rejas de la celda y le frota el cabello, antes de verle desaparecer subiendo las escaleras y despedirse de él para siempre. Aquel aroma es el último hilo que une sus sentidos con su familia y entonces lo rastrera lentamente entre los dedos, lo busca, lo necesita como una puerta por la que huye del miedo y la desesperación.

Detiene su pensamiento en una imagen plástica y respira lentamente para no agotar ese olor que es un puente que le une a su vida. Entonces descubre un rincón entre los dedos índice y corazón donde lo percibe de un modo más intenso y detiene su nariz sobre él para olfatearlo, para saborearlo y concentrarse en un momento feliz junto a sus hijos, junto a Modesta, la mujer a la que tanto ama. Están en Pereje, entrando en la casa que han construido con sus propias manos para su familia. Es la primera noche que van a pasar allí y él se siente orgulloso después de dos años y medio de duro trabajo.

Los gritos aumentan en el piso superior y alguien avisa a los detenidos de que se vayan preparando. Él ve a su hijo Emilio, al que la faltan dos días para cumplir diez años; camina sobre el muro de piedra que limita la parcela sobre la que ha edificado el hogar en el que soñó envejecer y cuando consigue cruzarlo y mantiene el equilibrio salta y sale corriendo hacia la primera piedra para repetir su hazaña.

Ramón está golpeando dos piedras que chisporrotean. Las sujeta fuertemente y repite el gesto porque busca el punto justo entre el choque y la fricción para que salgan las chispas más grandes. Está sentado en el suelo, junto a la entrada de la casa, con las piernas estiradas a abiertas.

Manuel tiene cinco años y se ha subido a una piedra de trescientos kilos que tuvieron que traer sobre un carro y han puesto a la entrada de la casa, justo a la izquierda de las escaleras. Escala la piedra, se sienta en su cima y se deja caer como si estuviera sobre un tobogán.

Rosario está conversando con su muñeca de trapo y le acerca y aleja un palo a la boca, como si le estuviera dando de comer. Antonio, con sus cuatro años, corre de un sitio a otro, desparece por la esquina donde se extiende el huerto, regresa hasta tocar con la mano la esquina que da a la carretera y repite el mismo recorrido una y otra vez. Modesta, su mujer, está sentada en una silla y tiene en brazos a la pequeña de apenas cuatro meses.

Los tacones de los pistoleros de falange golpean los escalones que terminan junto a la puerta de su celda. Gritan algo que él escucha de lejos, porque está inmerso en esa imagen que le salva del pánico que siente ante lo que va a significar su muerte para la familia.

Se ve sentado junto a ella, en el escalón de la puerta y de repente la mira, sonríe y siente una felicidad que nunca pensó que viviría cuando siendo un joven emigrante pensaba que la angustia con la que llega primero a Buenos Aires y luego a Nueva York iba a acompañarle toda la vida. En ese momento ella gira el cuerpo, apoya a la pequeña sobre sus piernas y estira el brazo para acariciarle el cabello.

Alguien tironea de su brazo pero él no quiere separarse de ese olor, como si hubiera encontrado en él un anclaje con la vida. Mira cómo llora el maricón este.

Descuelga sus brazos y cierra la mano fuertemente, porque quiere guardar ese olor para el momento en que se despida definitivamente de la vida. Mira la fila de detenidos y los ve igual de temblorosos que él. Ahí está Miguel, el madrileño, apoyado en la pared cuando se miran a los ojos para confirmar que no tienen derecho a la esperanza. Delante de él está Leopoldo, el más entero de todos, casi desafiante.

A culatazos y empujones los dirigen como a un rebaño hacia la puerta de salida. Antes de atravesarla los detienen y les atan las manos para que no den sorpresas, para que no se anden con fantasías o intenten cosas raras. Él sostiene su puño cerrado, no quiere que el aire o algo que roce le robe esas últimas partículas de olor. El falangista que le anuda la cuerda en las muñecas le grita que abra la mano y él se resiste, pero entonces otro llega por detrás y le da un culatazo de fusil en los nudillos y aunque podría seguir aguantando la abre y la cierra el tiempo justo para que vean que no esconde nada.

Antes de salir del ayuntamiento que ahora es un cuartel ve en un rincón a Camilo, el primo de su mujer. Lo mira y no busca en sus ojos compasión o algo de ayuda. Lo mira como a un ser humano impasible, inmutable cuando ve salir a catorce hombres. Civiles, que no han tomado las armas como ellos, camino de cualquier cuneta.

Los obligan a subir al camión a empujones, mientras alguno de los falangistas bala para hacer un chiste y compararlos con un rebaño de ovejas. Leopoldo se encara con uno de los pistoleros, les dice que están a punto de dejar más de veinte niños huérfanos en el pueblo, que se caga en Dios y en su glorioso alzamiento y entonces el que parece mandar en el grupo de pistoleros se abre paso entre todos, le agarra el pelo y le sube al camión pidiendo que al gallito ese se lo dejen a él.

Cierran la lona del camión y se suben a un coche. Oyen cómo arranca el motor y notan sus faros como los siguen a la salida del pueblo. Guardan unos minutos de silencio hasta que Leopoldo habla y dice que no pueden dejarse matar, que cuando se detenga el camión tienen que correr, tienen que empujarlos y salir a la oscuridad como sea, aunque se caigan, aunque se choquen con un árbol, aunque se precipiten por un barranco; cualquier cosa antes de que estos cabrones nos maten con las manos atadas.

Él continúa con el puño cerrado, fuertemente, protegiendo el pliegue de piel en el que se encuentra el punto más intenso de olor de la colonia familiar. Teme que el sudor frío del miedo altere ese olor de la colonia familiar pero hace mucho frío y ya no suda. Está concentrado en su mano, en esa imagen familiar, en dejar de sentir el frío de esa noche de mediados de octubre, en no imaginarse a sí mismo arrodillado en una cuneta recibiendo un disparo en la sien.

Por los giros del camión intentan adivinar el recorrido que hacen para saber hacia dónde los están conduciendo. Hasta ahora saben que se acercan a la carretera de Cacabelos y que se desplazan por ella. Veinte minutos después notan que el sonido del motor vuelve a rebotar en paredes porque lo escuchan con más nitidez. Y de pronto el vehículo frena, sus cuerpos se inclinan en los asientos hacia la cabina hasta que se detiene.

Los pistoleros bajan del coche. El jefe grita a alguno de ellos que vigile la parte de atrás y entonces escuchan cómo alguien golpea lo que parece la puerta de una casa y grita que abran. Se repiten los golpes hasta que se escucha como alguien retira la retranca y se abre. Entonces gritan el nombre de un hombre pero la que contesta es una mujer. Le dan la orden de que salga su marido y ella dice que no está. Pero entonces dicen que si no sale igual se llevan a alguien más y con la sordina de la distancia se escucha la voz de un hombre que grita ya salgo.

La mujer pide que le dejen llevar el abrigo y alguien le responde con sorna que luego vuelven a recogerlo. La lona del camión comienza a moverse porque alguien opera en ella hasta que se abre y entra un hombre en ropa interior que se asusta cuando contempla todas sus caras sembradas de pánico.

De nuevo el camión arranca y el silencio se instala entre ellos. Algunos saludan al recién llegado por su nombre, lo dicen como un susurro, como si quisieran respetar los pensamientos que cada uno maneja, los recuerdos que visita, la despedida mental que todos tienen que elaborar de sus seres queridos.

Unos cuarenta minutos después el camión se detiene de nuevo y en ese momento escuchan cómo los falangistas que descienden del coche son recibidos alegremente por otros hombres que les agradecen que vayan a “quitarles el muerto de encima”. Es el hijo de un guardia civil y si lo hiciéramos nosotros nos traería problemas.

De nuevo la lona se abre y todos miran al recién llegado, al que nadie parece conocer, al menos visto con el leve reflejo que permite adivinar el perfil de su rostro. Se sienta al fondo y saluda a los que tiene más cerca.

Apenas dos minutos después de haber vuelto a ponerse en marcha el camión se detiene. Esa vez baja el conductor y del coche de los pistoleros no se oye nada. Después de dar dos golpes en una puerta se oye la voz de un hombre al que saluda y le dice que llene el depósito. Se escucha cómo el operario de la gasolinera quita la tapa y entonces el último que ha subido al camión se acerca a la lona y lo saluda por su nombre y le dice que es el hijo de Falagán, que van un grupo de hombres a matarlos, que no han hecho nada, que son todos civiles, desarmados, padres de familia, gente inocente y que cuente lo que les han hecho.

El trabajador de la gasolinera carga el combustible lentamente y le pide que le digan su nombre y de dónde son, por si puede despedirles de sus familias. Uno a uno se acercan al inicio del remolque, susurran sus nombres, sus apellidos, el pueblo del que vienen y el número de hijos que tienen. El trabajador tose cuando quedan dos nombres por susurrarle y avisa de que regresa el conductor del camión y de nuevo el silencio se instala en el interior del remolque.

En ese momento se abre la puerta del coche y alguien le grita al gasolinero que si mete las narices donde no debe que igual también se lo llevan a él de viaje.El chófer se asoma por la ventanilla y hace un gesto para decirles que es de fiar. Entonces el falangista grita que se acabaron las paradas y que adelante.

Cuando el camión sale de Ponferrada ya han perdido las referencias que les permitían saber hacia dónde los llevan. Entonces Leopoldo le pregunta si tiene algo en la mano y él responde que un recuerdo. Le anima a escapar cuando bajen del camión pero él no se ve con fuerzas y le dice que no piensa intentarlo.

Recuerda la de veces que le dijeron que se fuera del pueblo, que en algún momento ya no podría pagar el dinero que le pedían semanalmente y sería su turno, que han sido implacables, que cuando Suárez el médico pide que le lleven a él por salvar a su hijo, agarran al hijo y se lo llevan y lo hacen desaparecer. Se lo dijo Bernardo, que tienes familia en Argentina y en Estados Unidos, que te vayas, al menos hasta que esto se calme y vuelvan a los cuarteles pero él piensa que como conoce al jefe de los falangistas está protegido.

(64 AÑOS EN UNA CUNETA, 25 DE ELLOS EN DEMOCRACIA, POR QUERER HIJOS ALFABETIZADOS Y ESCUELAS SIN SACERDOTES. BAJO UN MANTO DE IMPUNIDAD. MODESTA SANTÍN MURIÓ ENVUELTA EN SILENCIO, DOS AÑOS ANTES DE QUE UN GRUPO DE ARQUEÓLOGOS EXHUMARA LA FOSA DE TRECE CIVILES QUE MURIERON DE SUEÑOS. QUÉ TERRIBLE VIVIR EN UN PAÍS EN EL QUE ASESINAN SUEÑOS).

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Fotografía destacada: Retrato de Emilio Silva Faba

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Un premio que abre fosas

El galardón de una asociación de EE UU, dotado con 100.000 dólares, salva el laboratorio forense de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica.

El País / Natalia Junquera / 12-05-2015

Emilio Silva Faba compró en los años veinte en Nueva York, ciudad a la que había emigrado buscando suerte, un anillo en el que grabó sus iniciales: E.S. En julio de 1925 volvió a su pueblo en el Bierzo (León) para vender unas tierras y poder montar un negocio al regresar a EE UU. Pero una mujer llamada Modesta le hizo cambiar de planes. Se casaron seis meses después del flechazo y tuvieron seis hijos. A uno de ellos le entregó el anillo horas antes de ser fusilado con otros 12 hombres la madrugada del 16 de octubre del 1936. Modesta lo guardó como un tesoro durante los 62 años que sobrevivió a su marido. Su nieto, Emilio Silva Barrera — E.S. también— lo llevaba este sábado, cuando viajó a la ciudad a la que su abuelo nunca pudo regresar para recoger un premio en el que Emilio Silva Faba había tenido mucho que ver.

El anillo que Emilio Silva Faba compró en Nueva York en los años veinte y su nieto, Emilio Silva Barrera, llevó el sábado para recoger un premio.

 

La asociación de Archivos de la Brigada Abraham Lincoln (ALBA), fundada en 1979, creó este galardón, en colaboración con la Fundación Puffin, como una forma de recordar la labor de los brigadistas internacionales (entre ellos, 2.800 estadounidenses) que apoyaron al bando republicano en la Guerra Civil “y conectar su legado inspirador con causas contemporáneas”. Si este sábado lo recogió el nieto de un hombre que una vez quiso abrir una tienda en Nueva York, fue porque tras recuperar de una cuneta los restos de su abuelo en el año 2000, Silva fundó una asociación que ha impulsado la exhumación de más de 1.300 fusilados en un centenar de fosas comunes por toda España.

El premio está dotado con 100.000 dólares (89.200 euros). “Ese dinero nos va a permitir seguir trabajando durante dos años más y mantener el laboratorio forense donde se identifican los restos”, agradeció Silva. Son “años críticos”, añadió, porque las personas que recuerdan dónde están las fosas comunes del franquismo tienen más de 80 años. Los testigos se mueren.

Emilio Silva Faba, en 1920.

El Gobierno español ha derogado de facto la ley de memoria histórica, al dejarla sin financiación. Así que la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH) sobrevive gracias a donaciones como la de un sindicato de electricistas noruego que, conmovido por el desamparo de los familiares de las víctimas del franquismo en España, decidió hacer una colecta y enviarles 6.000 euros; o como la de Harry Natowitz, un judío alemán que cuando se puso a escribir su última voluntad se acordó de la asociación española que recupera los restos de cientos de fusilados del franquismo para poder enterrarlos en un lugar distinto al que los habían arrojado sus asesinos. En un lugar con su nombre y apellidos.

Cerca de 700 voluntarios de 20 países han colaborado a lo largo de 15 años en las labores de exhumación de las víctimas. Silva no podía imaginar, aquel 21 de octubre del año 2000, cuando el cazo de la excavadora desenterró una bota sobre la que habían llovido 70 años, cuántos más como su abuelo había repartidos por fosas y cunetas. Entonces, su única intención era poder enterrar sus restos junto a los de Modesta, que había muerto dos años antes con el nombre de su marido en la boca. El forense Francisco Etxeberria puso nombre a los huesos —Emilio Silva Faba fue la primera víctima del franquismo identificada con técnicas de ADN— y ahí habría terminado todo si cientos de personas no hubieran llamado a Silva para decirle, casi en susurros, bajando las persianas, con miedo a algo que ya no existía: “A mi padre también lo mataron en el 36… Es la primera vez que hablo de esto. No sé dónde está enterrado…”

Desde entonces, la ARMH ha abierto más de 150 fosas, pero quedan al menos 1.500 más. España es el segundo país del mundo con más desaparecidos (114.000). El primero es Camboya.

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Fotografía destacada: Botas de un fusilado del franquismo recuperadas de una fosa común en 2010. / SOFÍA MORO

http://politica.elpais.com/politica/2015/05/11/actualidad/1431365169_884101.html

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Memoria: cuando el calor viene de fuera

La revista del Archivo Brigada Abraham Lincoln dedica su portada a la ARMH por su premio internacional. Un nuevo reconocimiento exterior a falta del respaldo institucional en España.

lanuevacronica.com / Diana Martínez / 08-03-2015

El calor, el aliento, el respaldo, el apoyo y los cuidados del entorno son fundamentales para la curación y recuperación de un herido. Pero en muchas ocasiones, si ese calor no está en casa, la recuperación se hace lenta y se puede quedar únicamente en dolor y agonía. Y precisamente en muchas ocasiones, los reconfortantes alientos y espaldarazos llegan desde fuera. Casi desde donde no se esperan. Y sirven igualmente para no bajar los brazos y seguir adelante.

Es un símil de lo que le ocurre a la Asociación de la Memoria Histórica (ARMH). El colectivo berciano de apoyo a las víctimas de la guerra civil y la dictadura franquista ha visto en los últimos años como llegaban desde el extranjero muchas de las ayudas, apoyo e interés con el que han contado para reforzar su trabajo.

Un esfuerzo internacional que llega a contrastar con la decidida falta de apoyo interno de la mayor parte de las grandes instituciones del país. Especialmente, el Estado.

Desde Estados Unidos es desde donde ha tenido que llegar un nuevo aliento para la ARMH. El Archivo de la Brigada Abraham Lincoln dedica la portada del número de este mes de marzo de su revista mensual, al ya conocido premio de derechos humanos que este organismo y la Fundación Pouffin han concedido a la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica. Con el titular ‘Settling Spains´s Moral Debt’, ‘Saldando la deuda moral de España’, la portada de la revista expone una gráfica definición con la que describen el trabajo que desarrolla la ARMH ante la falta de implicación decidida del Estado Español en la recuperación de la memoria de las víctimas del régimen dictatorial franquista.

La publicación ocupa varias de sus páginas contando la historia del colectivo nacido en el Bierzo en el año 2000 y dedica particular atención al caso de Emilio Silva Faba, el abuelo de Emilio Silva Barrera, uno de los fundadores del colectivo, rescatado de la primera fosa que la ARMH abrió en el año 2000 y que se convirtió desde entonces en un icono de este movimiento social.

La ARMH recibirá el citado premio de Archivo Lincoln – ALBA/Puffin-, que está dotado con 100.000 euros, el día 9 de mayo en una ceremonia en Nueva York en la que se espera que pueda estar presente Silva. Este destacado reconocimiento internacional llegaba en el momento justo para salvar el laboratorio de investigación que la ARMH tiene en las instalaciones del campus universitario de Ponferrada y su actividad de catalogación e identificación de cuerpos exhumados. Y es que, en España se habían recortado todas las ayudas públicas a los movimientos de recuperación de la memoria.

El laboratorio de Ponferrada, no obstante, venía ya funcionando en los dos últimos años gracias a la vocación de sus voluntarios. Pero según explicó ya Marco Antonio González, vicepresidente del colectivo, cuando les fue concedido, el premio «va a salvar la tarea que veníamos realizando desde hace muchos años y a dar continuidad a la tarea del laboratorio, que estaba tambaleando, a punto de cerrar y de dejar aparcado nuestro trabajo», reconociendo que la ARMH, estaba tocando ya un duro momento por la falta de financiación para sus proyectos.

Un premio que viene además a reconocer «no solo el trabajo de la asociación sino a todas las víctimas del franquismo, que han sido olvidadas desde hace más de 40 años».
Demuestra, además, «que hay interés por los derechos humanos y por las víctimas del franquismo, que queda patente con este reconocimiento de un grupo de asociaciones y fundaciones, muy importante en Estados Unidos», añadió.

Fue el escritor gallego Manuel Rivas, quien siempre ha apoyado a la ARMH, quién propuso esta candidatura para optar a ese premio internacional.

Pero no ha sido este el único reconocimiento llegado desde el extranjero para la Asociación. El pasado año, el colectivo recibía la notificación de un nuevo galardón. El Premio de la Orden Masónica Mixta Internacional del Derecho Humano. Una organización con sede en Francia, aunque cuenta también con una Federación en España.

Los motivos, tal y como expuso la organización, son «la colaboración para que las familias hayan podido recuperar los restos de sus seres queridos y alcanzaran el sueño de conocer el destino de estos familiares desaparecidos».

100.000 coronas noruegas

A principios de este año, representantes del sindicato noruego Elogit visitaban el laboratorio de la ARMH en Ponferrada. Esta organización donó 100.000 coronas noruegas, lo correspondiente a 12.000 euros, que permitieron al colectivo desarrollar buena parte del trabajo realizado a lo largo del año pasado 2014.

Así, fue posible la exhumación de una fosa en la localidad de Chaherrero (Ávila). La del guerrillero orensano de 19 años Perfecto de Dios.

Los representantes de Elogit acompañaron a la familia de la víctima en un acto en Ponferrada en la que se puso de manifiesto el trabajo realizado en la fosa y donde el portavoz del sindicato, Henning Solhaug, expresó que «el trabajo de la ARMH es una cuestión de dignidad y de humanidad».

Un trabajo en el que a su juicio debería implicarse el Gobierno, tendría que ser una cuestión del Estado, explicó. Indicó, además, que buscarán más fórmulas para poder seguir ayudando económicamente a la ARMH.

El vicepresidente de la ARMH, Marco González les manifestó en ese acto su agradecimiento por el gesto como muestra de «solidaridad internacional y de solidaridad entre la clase obrera».

Por su parte, Camilo de Dios, hermano de Perfecto, destacó que esta ayuda exterior es «una emoción para nosotros y debería ser una vergüenza para el Estado». Y agradeció que «haya gente tan solidaria que sin conocernos y sin tener contacto con España para nada, se preste a estas cosas».

Exposiciones, proyectos universitarios y premios internacionales

Son muchos más los respaldos internacionales que ha tenido la ARMH en sus 14 años de historia. Desde 2012, el colectivo ha podido llevar, por ejemplo, a Bruselas, su exposición ‘Exhumando Fosas, Recuperando Dignidades’. Fue la Sala Halles Saint-Géry, en el centro de la capital belga la que acogía en mayo de 2013 la exposición y las jornadas en las que se mostraba mediante paneles explicativos el trabajo de la ARMH y de la Sociedad de Ciencias Aranzadi en la búsqueda de desaparecidos. Esta exposición llegó rodeada de polémica, porque el Grupo Popular no dio el visto bueno a su instalación en el Parlamento Europeo. Este año, la intención es que la muestra se presente en Berlín.

También varias universidades extrajeras se han interesado por el trabajo de la ARMH. La Universidad de California-San Diego realizó un proyecto sobre el archivo audiovisual de la represión durante la dictadura franquista. Hasta 50 voluntarios llegados de diferentes países del mundo y muchos de ellos especialistas en distintas áreas, han venido colaborando con la ARMH en sus 14 años de historia. Forenses, como el portugués Gonçalo Carmín o la antropóloga costarricense Roxana Ferllini han participado en trabajos de análisis e identificación de víctimas, entre muchos otros.

Y entre las cifras, figuran como miembros de la Asociación una quincena de socios extranjeros.

Entre los reconocimientos, destaca también el premio que la ARMH recibió de parte de la Asociación de Corresponsales de Prensa Extranjeros en España en el año 2004.

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Foto destacada: ARMH

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