Archivo de la etiqueta: Desbandá

Memoria Histórica | |
Publicado por ARMH

Cuando la ayuda internacional se volcó con los refugiados de la ‘Desbandá’ sin que Franco pudiera evitarlo

El investigador Eusebio Rodríguez Padilla explica que el general golpista permitió la ayuda de las organizaciones internacionales a los niños refugiados, “a cambio de asegurarse lo propio para su retaguardia”.

publico.es / María Serrano / 07/02/2021

“Lo que quiero contaros es lo que yo mismo vi en esta marcha forzada, la más grande, la más horrible evacuación que hayan visto nuestros tiempos”.
(Norman Bethune, médico canadiense)

De aquella carretera, sembrada de muerte y terror, llegaron miles de refugiados al único reducto andaluz aún republicano, la ciudad de Almería. El médico canadiense Norman Bethune iba con su equipo en ambulancia buscando supervivientes en las calles o en las aceras del puerto, donde “solamente se movían para mordisquear alguna hierba. Sedientos, descansando o vagando temblorosos sin rumbo”. No fue la peor estampa que este médico se encontró entre la gigantesca columna de los refugiados. Otra de sus tareas sería recoger a “los muertos esparcidos entre los enfermos con los ojos abiertos al sol”.

El gobernador civil de Almería, Morón Díaz, amparó en las primeras semanas de febrero de 1937 a 100.000 evacuados. “Granadinos y malagueños, venían por la carretera en una huida a ninguna parte”, apunta el investigador Eusebio Rodríguez Padilla a Público. En menos de un mes, Almería triplicó sus habitantes. “Pasaron de 50.000 a una cifra desorbitada: 150.000 personas para las que no había apenas recursos”.

El médico Bethune fue de los pocos en testimoniar la barbarie. “¿Qué crimen habían cometido estos hombres de la ciudad para ser asesinados de un modo tan sangriento? Su único delito había sido el de votar un Gobierno del pueblo”.

El gobernador Morón hablaba en la prensa de la necesidad de activar un plan de trabajo. En su informe hizo constar que “solo se habían evacuado mujeres y niños y que todos los hombres útiles debían volver de nuevo al frente”.

Eusebio Rodríguez Padilla es consciente de que existe un capítulo oculto de la ayuda internacional a esta masacre: “No fueron pocas las organizaciones extranjeras que se implicaron en el auxilio a los desvalidos en la guerra civil española”.

Arthur Koestler corresponsal británico en The News Chronicle contaría a Inglaterra en sus crónicas el “río de refugiados que se dirigía a una trampa mortal. La carretera abierta, bajo el fuego de los barcos de guerra y de los aviones que ametrallan a los refugiados”. Desde el The Manchester Guardian informaban de una evacuación de Málaga con “carácter de un cataclismo humano, desconocido en la historia de Europa”.

Las imágenes dieron la vuelta por el mundo y “muchos colectivos internacionales se apresuraron a proporcionar ayuda a la retaguardia republicana” relata Eusebio. Las principales organizaciones fueron la Cruz Roja Internacional, la Sociedad de Amigos Cuáqueros de ámbito religioso y el Socorro Rojo internacional. Estas organizaciones montarían sus instalaciones en suelo republicano, contando con vecinos de Almería. “Las prestaciones serían ofrecidas por entidades particulares, principalmente inglesas”.

El deplorable estado físico en el que llegaron los refugiados queda constatado en el libro de urgencias del Hospital de Almería con “dolencias en el tren inferior como consecuencia de las largas jornadas caminando, llagas con úlceras en piernas y pies, agotamiento físico pero también heridas de metralla por los ataques franquistas contra la población que se desplazaba por la carretera”.

Federico Utrera Cuenca, fue uno de aquellos médicos que certificó el estado lamentable en que venían los refugiados; Guillermo Verdejo Acuña, fue otro de los sanitarios que cedió todo su instrumental médico para atender a los refugiados; o el doctor José Velasco Angulo que dejó a cargo una clínica para atenderlos.

La cesión de Franco

No se podían llenar los barcos de víveres sin que las organizaciones contaran con el beneplácito de los militares golpistas. Padilla cuenta a Público como “en el informe de la visita del presidente de la Comisión Internacional de Ayuda a los niños refugiados en España obtienen del Gobierno de Franco garantías en los envíos de víveres a la España republicana en barcos enteros, que no serían bombardeados, ni destruidos de otra manera por los militares del Gobierno nacionalista”. Exigía un favor a cambio: “Franco permitía la ayuda a los niños refugiados, a cambio de asegurarse lo propio para su retaguardia”, añade Padilla.

Bethune con su unidad de transfusiones de sangre en 1937.  ARCHIVO DE ESTUDIOS ALMERIENSES

La labor de estas organizaciones tenía como “primer interés atender la carestía de los niños hambrientos y huérfanos”. Es curioso ver como llegaban desde Inglaterra directivos como Violeta Thurtan a la Almería más masacrada. “El objetivo era crear un Asilo-Clínica para refugiados que efectuaría Adrian Gwyn Phillips, representante en Almería de la Cruz Roja Internacional por cuenta de la British Universities Ambulance Unit for Spain”. George Young comisionó el Hospital de la Cruz Roja en la capital y Lady Young, realizó un donativo en metálico al Ayuntamiento para dedicarlo a la adquisición de víveres para los niños enfermos y dependencias hospitalarias.

El trabajo de aquellos extranjeros era prácticamente voluntario. “La directora del hospital de Almería, Sinclair Cavell, tenía como política que solo el servicio doméstico y algunas encargadas recibían remuneración por su trabajo”. El gobierno de Almería se volcó en la ayuda a los miles de refugiados. “Las autoridades locales cedían los edificios. Mientras que el mantenimiento desde enero de 1937 hasta julio del mismo año, se sufragó con 5.000 libras esterlinas conseguidas por Sir George y Lady Young por donantes voluntarios en diversos países, preferentemente los británicos”, señala Padilla.

Las donaciones extranjeras crearon las llamadas Tiendas Asilo, que regentaban vecinos como Alfonso de la Cámara Montilla y Juan Belmonte Petronila, para la distribución de alimentos.

De algunos de estos vecinos sí que ha llegado a trascender su historia como la de Juan Belmonte Petronila, Mudo, quien se embarcó al final de la guerra a Orán (Argelia) en el buque Stambrook el 29 de marzo de 1939. La represión lo llevó por varios campos de concentración, en Nevand (Argelia), donde permaneció hasta el mes de mayo de 1940 y posteriormente fue trasladado al Depósito o Campo de Concentración García Aldave (Ceuta).

Los hospitales para embarazadas y niños de los Cuáqueros

Los Cuáqueros llevaban como organización religiosa la Comisión Internacional para la Ayuda a los Niños Refugiados de España. “Allí se proporcionaba a la población refugiada leche, pan y fruta, procedente de barcos ingleses que llegaban al puerto”, explica Padilla.

En algunas ocasiones, como Navidad, se celebraba la Pro-Semana del Niño, con “campañas destinadas a la obtención de fondos para los huérfanos, hijos de milicianos y niños evacuados de otros lugares de España”. En el Comedor de Evacuación se podían atender a 500 niños refugiados. Allí comían turrón y galletas. Incluso la Banda Municipal se ofrecía a amenizar el acto en los difíciles tiempos de guerra.

Otra de las instalaciones montadas fue el desconocido hospital para mujeres embarazadas en Almería, para darle asistencia médica desde tres meses antes del parto hasta tres meses después del nacimiento del niño o niña. “Para que las mujeres pudieran estar con los suyos se crearon una especie de residencias y así poder permanecer las familias unidas”, señala Padilla, como ocurrió en el Chalet Batlles, actual sede de la alcaldía de Almería.

En medio de aquella crisis humanitaria, la figura del médico canadiense Norman Bethune fue fundamental al ser pionero “en poner en poner en práctica las unidades móviles de transfusión sanguínea. Con una furgoneta habilitada logró prestar auxilio a los evacuados de Málaga que se dirigían a Almería”. En las noches del 6 al 9 de febrero trasladó a mujeres, ancianos y niños sin interrupción durante tres días y tres noches desde Castell de Ferro (Granada) a Almería. Bethune moriría poco tiempo después en China en el año 1939.

___

Fotografía destacada: Columna de refugiados andando por la carretera de Málaga a Almería.  Archivo de Estudios Almerienses

Fuente:https://www.publico.es/politica/guerra-civil-espanola-ayuda-internacional-volco-refugiados-desbanda-franco-pudiera-evitarlo.html

Publicado por ARMH
Memoria Histórica | |
Publicado por ARMH

Los niños de la ‘desbandá’: “ Solo queríamos huir para escapar de aquel infierno”

‘Público’ entrevista a cuatro supervivientes de la ‘desbandá’ cuando se cumplen ochenta años de una de las mayores tragedias humanitarias de la Guerra Civil

Maria Serrano/ Público/ 05-02-2017

Pegados al mar. Al filo de las bombas, miles de refugiados huían en la carretera de Málaga a Almería los primeros días de febrero de 1937. Horror, muerte, cadáveres, cuerpos troceados y maletas perdidas por el suelo. “Era una estampida hacia el abismo. Solo queríamos huir para escapar de aquel infierno”. De todos aquellos, ya solo quedan las vivencias de los niños que, con total inconsciencia, reconstruyen el terrible episodio.

Público rescata la historia de Alejandro desde Tenerife, Salvador desde Coín y Amparo en Vélez Málaga. Nunca pudieron olvidar lo sucedido. Uno de los episodios más cruentos y salvajes contra la población en plena Guerra Civil. La cifra de refugiados, de aquella larguísima procesión de gente huida ha multiplicado sus números reales, manipulados anteriormente por la historiografía. “Ochenta años después de aquella carretera, se sabe que casi trescientas mil personas vivieron esta huida”, destaca Andrés Fernández a Público, autor junto a Maribel Brenes de la nueva investigación inédita, 1937. Éxodo Málaga-Almería.

Alejandro Torrealba. Diez años en la carretera

58979a25ecfca.r_1486330419588.144-253-528-733

Alejandro Torrealba tenía diez años cuando inició aquella carretera. Hoy, a punto de cumplir noventa, recuerda cada segundo de aquel drama. Su hijo Álvaro le ayuda a contar la dura historia. Ambos viven en Santa Cruz de Tenerife, donde ha pasado prácticamente toda su vida. “De Ronda a Málaga íbamos todos caminando. Era una marcha de miles y miles de personas. Una riada. Nadie sabía bien hacia dónde avanzaba. Solo querían huir de las bombas”. Torrealba no iba solo en aquel viaje por los pueblos de San Pedro de Alcántara, Torremolinos y Fuengirola. Su tío Alfonso, su tía María, sus primos Tobalo, Angelita, Remedios y Juan iban con ellos. Una semana de trayecto que finalizaría en la ciudad de Almería. Desde el seis al once de febrero de 1937.

La caminata era a pie y no podían parar ante la amenaza continua de las bombas del buque Cervera y Canarias. ¿Cómo podía digerir aquella situación de pánico un niño de diez años?. Por la noche se vivía lo más dramático. “Los barcos estaban muy cerca de la costa y nos acompañaban en todo el trayecto. Los niños que se perdían en la carretera gritaban en medio de las cañas de azúcar donde quedaban escondidos ¿mamaaaa?, ¿papaaaa? Pero al rato ya desistían. Seguramente habrían muerto con alguna de las bombas que los buques lanzaban bajo los puentes”, asegura Alejandro a Público. “Aquellos eran días espantosos. Encima nos bombardeaban también por el aire y destruían los puentes que nos servían para resguardarnos del frío. Estaban llenos de personas y metían allí los proyectiles. No te puedes imaginar la masacre. Se veían cuerpos troceados salir de los huecos”.

Aquel niño nunca había tenido la terrible coincidencia de ver tantos muertos. Alejandro recuerda el consejo que su tío Alfonso le daba cuando se avecinaba un bombardeo. “Me decía siempre, Alejandrito tu sal corriendo hacia el hueco de alguna cuneta con la manta”. Lo más espantoso venía minutos más tarde. “En una de aquellas ocasiones me golpeó algo fuertemente la espalda. Cuando abrí los ojos era la cabeza de una niña lanzada por las bombas”.

En la mañana del 11 de febrero, llegaron a la saturada ciudad de Almería bajo mando republicano. “Mi tío Alfonso miraba en el muelle el buque de guerra republicano Jaime I. Teníamos algo de esperanza. Creíamos que a lo mejor aquella guerra nos permitiría llegar de nuevo a casa”. La familia de Alejandro sería trasladada al pueblo de Jabalí Nuevo en Murcia. El joven viviría junto a una familia huérfana por un hijo en el frente de Aragón los mejores años de su vida. “Trabajaba en la huerta de la familia y nunca nos faltó la comida”.

Al acabar la guerra, los refugiados malagueños fueron hacinados en camiones de ganado de vuelta a casa. “Estuvimos días sin comer. La gente moría en los vagones y nos tiraban al suelo como perros. Así ocurrió con mi tío Alfonso que no tenía fuerza para saltar del vagón de pie cuando nos dejaron en Ronda”, afirma Alejandro.

La escasez de la posguerra y la hambruna no daba tregua. Alejandro comía bellotas, plantas hervidas del campo para matar el hambre. La casa que su tío Alfonso tenía en Ronda fue saqueada y ocupada. Eran señalados. Eran unos extraños en su propio pueblo por huir hacia aquella carretera.

Salvador Guzmán. Seis años en la carretera

58979bd33960a.r_1486330841819.0-15-1000-1267

Salvador solo tenía seis años cuando inició la huida. Sus vivencias, retratadas en su libro autobiográfico “Un nene en la Guerra de España”, lo ha escrito a mano, a pesar de que no tuvo la suerte de ir a la escuela. “Mi vida la tengo en una libreta donde quiero dejar por escrito todo lo que padecí para que no se le olvide a nadie”, relata a Público. A sus 86 años, Guzmán no le gusta que nadie llame a aquel episodio de la carretera como la ‘desbandá’. “Parece que estamos hablando de una estampida de pájaros y éramos personas que nos fuimos para sobrevivir”.

Salvador haría el viaje en coche ya de madrugada. “En aquel automóvil íbamos muchos. El chófer, mi papa, mi madrastra, mi hermana Ana, mi hermana Carmen, mi hermano, la mujer del alcalde, el hijo y el alcalde y yo, que me llamaban el rubito”. Un L4 recorría los treinta kilómetros que lo separaban de la Nacional 340, imposible de avanzar de madrugada. “El chófer lloraba mucho cuando veía que nos podía echar al mar si conducía por la noche sin luces. Algunos soldados bajaron de la sierra para guiarlo”. Con calzadores y apartando cadáveres. Así comenzó la huida de Salvador. “Recuerdo cuando se quedaban paralizados al ver que no había criaturas enteras”.

A pesar de su corta edad, Guzmán no olvida la figura del médico canadiense Norman Bethune y su increíble labor con aquella víctimas. “Tenía una cruz de ambulancia en su furgoneta y era capaz de cortar las hemorragias de piernas y brazos con un solo serrucho. Cómo gritaban… ese dolor de la gente no se puede olvidar”.

Los túneles eran una de las peores vivencias para estos niños, hoy ancianos. “Entramos en uno de aquellos donde caía los obuses y todos eran muertos”. La escasez de alimento y la falta de descanso no minaba el ánimo de los refugiados. “A pesar del peligro que había en todo momento mi padre intentaba hacerme reír y para que no tuviera sed me trajo agua salada en un jarro”. Riendo, Salvador relata que era capaz de llorar aún mas de la sed tan grande que tenía acumulada.

El 11 de febrero llegaron a Almería. Ya muy de noche. “Vivimos un bombardeo ya en Motril pero al poco tiempo cuando llegamos a Almería la aviación no nos dejó ni comernos un gazpacho de huevo que nos habían preparado”. El padre de Salvador, marcharía al frente republicano en Guadix. Pocos años duró la batalla y pronto marcharían de nuevo a Málaga. “Era tal el odio de aquellos años que uno de los vecinos dio un chivatazo de que mi padre venía de vuelta”. De la carretera, el joven Salvador pasaría a llevar a su padre una cesta con comida hasta la cárcel provincial de Málaga. “Nos avisaron del día que lo iban a fusilar y fuimos con mi madre de madrugada”.

Salvador tenía dieciséis años cuando el 17 de octubre del 1944, José Guzmán era asesinado en el cementerio de San Rafael. “A mi hermano le contaron que iba amarrado con alambres”. Los enterradores le dieron sepultura en un ataúd modesto de madera pero hoy la tumba no está. “De este cementerio salieron muchos restos de huesos al Valle de los Caídos y ahora no sabemos donde ir a ver a mi padre”.

Amparo Gallardo. Doce años en la carretera

58979b0e9092d.r_1486330642750.203-0-1082-1099

La niña Amparo ya había oído escuchar eso de que si los fascistas llegaban a su pueblo, violaban, saqueaban y destrozaban a toda la población. Desde el pueblo de Vélez Málaga inició la huida hasta la capital. Seis de los suyos iniciaron la marcha en cuanto supieron del avance de los golpistas. “Mis padres, Juan y Amparo, mis hermanos María, Antonio, Rafaela y yo, Amparo, que tenía doce años recién cumplidos”.

El éxodo masivo venía de todas las provincias. “Antes de llegar a Nerja la carretera ya estaba llena de gentes de Málaga y de pueblos de Granada. Todos íbamos andando ayudados, como mucho, con algunos carros y mulos que transportaban los pocos enseres que se podían”, recuerda Amparo.

Amparo describe a las miles y miles de familias destrozadas pero también la presencia de milicianos y soldados republicanos que ayudaban a recobrar algo de ánimo. “Hacía mucho frío y la caminata se hacía cada vez más penosa, por lo que muchas personas empezaron a tirar sus cosas y a abandonar a los animales. Ya empezaban las primeras muestras de cansancio, las piernas hinchadas, los zapatos rotos y el llanto de los niños”

El peor episodio llegó en el trayecto de llegada a Motril. La carretera, cercana a acantilados, sufrió tantos bombardeos por aire y por mar que provocó una de las jornadas más sangrientas. “No había escapatoria, porque a la izquierda teníamos la montaña y a la derecha un enorme barranco. Nos tirábamos en las cunetas y mi padre nos cubría con su cuerpo para protegernos. Al amanecer había más muertos que vivos en la carretera. Vimos hasta una madre muerta amamantando aun a su hijo”.

La madre de Amparo padecía del corazón. Con las rodillas llenas de sangre, desfallecía en cada tramo del camino. Aquella niña recuerda como su padre se rompía la camisa para hacer tiras. “Nos vendó los pies porque nuestros zapatos estaban rotos”.

La familia Gallardo se refugió en un hotel tras la llegada a Almería. Pronto marcharían de aquel horror y Amparo se separaría de su familia para trasladarse en barco hasta Valencia. “Yo fui sola en barco con otra familia de Vélez, separándome de la mía, que fue en tren. Al llegar, en el puerto estaban embarcando a los niños huérfanos para Rusia. Tuve que mentir para no tener que embarcar”.

Separadas de los suyos hasta 1938 con familias de acogida, Amparo, marchó al exilio francés junto a sus hermanos y su madre. Su padre se quedaría en una guerra que no daba por perdida. “Sólo éramos ocho familias y los gendarmes franceses nos llevaron a un hotel cerca de Toulouse. A los niños nos escolarizaron y allí estuvimos hasta que la guerra terminó, que fue cuando volvimos”.

http://www.publico.es/politica/ninos-desbanda.html?utm_campaign=crowdfire&utm_content=crowdfire&utm_medium=social&utm_source=social#727632621270904833-tw#1486576285813

Fotografía destacada: Niños durante la ‘desbandá’, una de las mayores tragedias humanitarias de la Guerra Civil.- Archivo Municipal de Antequera

 

Publicado por ARMH