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Piden al Gobierno navarro que elabore censo sobre los verdugos franquistas

“No se puede sacar del foco de la verdad a los responsables de los asesinatos”, afirma Emilio Silva.

nuevatribuna.es / 21/09/2021

La Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH), que inició las exhumaciones científicas de fosas comunes en el Bierzo en el año 2000, espera que el Gobierno de Navarra, una vez que se ha conocido el estudio sobre las víctimas de la represión franquista, del Fondo Documental de la Memoria Histórica en Navarra, encargué un estudio oficial para llevar a cabo un censo de los verdugos y colaboradores de la represión.

El colectivo considera que “no se puede utilizar la palabra verdad en políticas de memoria si sólo se habla de las víctimas y quedan fuera de los márgenes los verdugos”.

La ARMH denuncia que el proyecto de ley de memoria democrática del Gobierno central “peca del mismo sesgo” al hablar de un censo de víctimas y no añadir la realización de uno de verdugos.

“Estas políticas perpetúan los acuerdos tomados por las élites de algunos partidos en la transición que tuvieron en cuenta a las víctimas, ni los crímenes y que les garantizaron a los verdugos el disfrute de una sólida impunidad”, explica Emilio Silva, presidente de la ARMH. Y añade que “para hablar de la verdad con mayúsculas hay que contextualizar la violencia, hablar de crímenes, hablar de las víctimas de esos crímenes, por supuesto, y hablar de los criminales y señalar quiénes fueron”.

La ARMH considera necesario que “desde un organismo oficial como el Gobierno de Navarra se cuente de lo que fue capaz el fascismo Navarro, de cuánta violencia ejerció contra la población, del precio que pagaron sus víctimas y de los beneficios que los golpistas y los verdugos obtuvieron con la aplicación de tanta violencia”.

Silva, que nació en Elizondo y es nieto de la primera víctima de la represión franquista identificada por una prueba de ADN, exhumada en el Bierzo, afirma que “no se puede hacer una política dirigida exclusivamente a las víctimas porque se las puede estar utilizando para esconder a los verdugos y la sociedad tiene derecho a saber quiénes fueron los responsables de todas esas muertes, de todas esas violaciones, de todas esas apropiaciones de bienes a punta de pistola”.

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Fotografía destacada: Placa de la ARMH de la exhumación en Priaranza del Bierzo, donde se encontraron los restos del abuelo de Emilio silva.

Fuente:https://www.nuevatribuna.es/articulo/sociedad/armh-pide-gobierno-navarra-elabore-censo-verdugos-franquistas/20210921194433191256.html

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El campesino de Busmayor asesinado en Bergen-Belsen

Hallado el rastro del decimoquinto berciano en los campos nazis, Miguel Santín Carrete, deportado desde Francia y fallecido en 1944

diariodeleon.es / Carlos Fidalgo / 20/09/2021

Un certificado de defunción emitido por el Registro Civil de Bergen-Belsen, la localidad de la Baja Sajonia donde estuvo activo un campo de concentración de las SS, y un nombre en una lista de la Sûreté, la policía francesa, han servido para encontrar el rastro de un nuevo berciano deportado a un campo de concentración nazi durante la Segunda Guerra Mundial. Se trata del campesino de Busmayor (Barjas) Miguel Santín Carrete, que murió a las 9.10 horas del 30 de noviembre de 1944 por un ‘síncope’ —según el certificado— expresión con la que los médicos de las SS solían camuflar los desfallecimientos de los prisioneros por inanición, parada cardiaca o sobreesfuerzos. Con Miguel Santín Carrete —que al igual que los tres nombres descubiertos por el proyecto de la Amical de Mauthausen en 2020 todavía no figura en el listado oficial del Portal de Archivos Españoles (Pares) donde el Ministerio de Cultura y Deportes recopila la información de los deportados republicanos en Alemania—son ya 15 los bercianos de los que se tiene constancia que estuvieron en campos de concentración nazi. Solo dos de ellos sobrevivieron.

Ha sido la investigadora de la Universidad Rovira i Virgill de Tarragona Alicia Pérez Comesaña, que realiza una tesis sobre el exilio español desde la perspectiva del Derecho, la que ha dado con los dos documentos, en especial el certificado de defunción . «Hay muchos deportados de los que solo sabemos que lo fueron porque aparece su nombre en una ficha de entrada en el campo, pero luego desconocemos lo que ocurrió con ellos, si murieron allí o si fueron transferidos a otro campo o liberados. De Miguel sabemos, sin ninguna duda que estuvo en Bergen-Belsen y fallleció el 30 de noviembre de 1944 a las 9.10 horas. En su cinismo, los nazis registraban la muerte siempre por motivos ‘naturales’», cuenta a este periódico el historiador español de la Universidad de Lisboa, Antonio Múñoz Sánchez, que en agosto se desplazó hasta Busmayor junto a Alicia Pérez, con la que colabora en la localización de deportados, para entrevistar a un sobrino octogenario de Miguel Santín —el anciano ha preferido no repetir su historia a este diario debido a su mala salud— y tratar de atar algunos cabos.

El alcalde de Barjas, Alfredo de Arriba, confirmó ayer que Miguel Santín Carrete fue hermano de Jesús Santín Carrete, un vecino de Busmayor de izquierdas que en 1936 ejercía como pedáneo del concejo del pueblo y posiblemente también tuviera alguna responsabilidad «como concejal» del Ayuntamiento. El vago relato que Jesús Santín hijo le ha contado a los investigadores revela que Jesús Santín Carrete se echó al monte y se escondió en una cueva del hayedo de Busmayor cuando las tropas de Franco tomaron el control de la zona. Jesús Santín, confirmó el alcalde de Barjas, se habría negado a matar a algún falangista del pueblo como pedían los más exaltados del municipio que habrían formado una suerte de comité en defensa de la República cuando el Ejército se sublevó en el verano de 1936. «Lo que me contó mi padre es que Jesús Santín se negó a matar a nadie», explicaba ayer Alfredo de Arriba. El regidor cree ,además, que Jesús Santín llegó a estar preso en el calabozo habilitado por los sublevados en Barjas.

«No sabemos qué fue de Miguel durante la guerra», cuenta Antonio Muñoz, que sospecha que debió combatir porque fue hecho prisionero y encerrado en un campo en Irún del que se fugó en algún momento de 1939 o 1940 para reunirse con su hermano. Jesús Santín vivía exiliado en la zona de Toulouse, desde donde escribía cartas a su madre en Busmayor que terminaban en el fuego para no comprometer a la familia. Por eso tampoco se conservan fotografías de los dos hermanos.

Tampoco está claro qué hizo Miguel Santín en Francia hasta que su nombre aparece en una lista de la Sûreté. Muñoz cree que Miguel pudo ser uno de los trabajadores forzados del régimen de Vichy o de los propios nazis como los que estudia en el proyecto europeo rotspanier.eu. «Yo tengo la impresión, pero no es más que eso, que Miguel Santín trabajó en Alemania y allí fue detenido y enviado a un campo de concentración», cuenta Muñoz. Lo que está claro es que «Miguel es uno de los 2.500 españoles que ingresaron en otros campos de concentración nazis, es decir, no en Mauthausen, del que conocemos casi todo».

Y así terminó en Bergen-Belsen, un lugar que comenzó como un campo de prisioneros de guerra de la Wehrmacht, pero que pasó a manos de las SS en 1943. Liberado el 15 de abril de 1945 por tropas británicas, los aliados descubrieron 13.000 cadáveres sin enterrar y 60.000 prisioneros famélicos y enfermos. Miguel Santín había muerto seis meses antes.

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Fotografía destacada: El doctor Klein, de las SS, entre cadáveres de prisioneros el día de la liberación de Bergen-Belsen | GEORGE RODGER

Fuente:https://www.diariodeleon.es/articulo/bierzo/campesino-busmayor-asesinado-bergen-belsen/202109200134452147471.html

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La ARMH recupera los restos de un represaliado de Chillón que murió en León

Los restos de José Almena Castro han sido encontrados en el cementerio civil de León, y tras ser identificados han sido entregados a sus familiares, que habían solicitado la exhumación de su cuerpo para ser trasladado al cementerio de su localidad natal

clm24.es / EFE / 15/09/2021

La Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH) ha recuperado los restos de José Almena Castro, un represaliado de la dictadura franquista natural de Chillón (Ciudad Real), que murió en 1943 en la cárcel provincial de León en la que estaba cumpliendo condena.

Los restos de José Almena Castro han sido encontrados en el cementerio civil de León, y tras ser identificados han sido entregados a sus familiares, que habían solicitado la exhumación de su cuerpo para ser trasladado al cementerio de su localidad natal, donde han sido depositados en una tumba familiar, ha informado este miércoles en una nota de prensa la ARMH.

Asimismo, ha indicado que también se han entregado a su familia un anillo y una maquinilla de afeitar que han aparecido durante la exhumación.

Su cuerpo ha sido localizado cuando la ARMH investigaba el paradero de Genara Fernández, maestra de Omañas (León), que fue exhumada en junio de 2019, ya que la familia de José Almena desconocía su paradero.

Según la documentación recabada por investigadores de la ARMH, José Almena Castro (que nació en Chillón el 19 de mayo de 1922) murió el 28 de abril de 1943 a causa de un colapso cardíaco o de una tuberculosis, que pudo ser consecuencia del maltrato que sufrían los presos políticos y la falta de cualquier atención sanitaria digna.

El 23 de septiembre de 1940 fue ingresado en la prisión de partido de Chillón, en la que permaneció hasta el 20 de marzo de 1941, cuando fue trasladado a la prisión provincial de Ciudad Real, según la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica.

Sobre él pesaba una acusación de auxilio a la rebelión por entregar un fusil a unos guerrilleros, aunque algunos testimonios señalaban que pudo ser amenazado por los huidos para hacer tal entrega, ha indicado la ARMH, que ha añadido que no se encontraron datos sobre su filiación política antes, durante y después de la Guerra Civil.

A pesar de ello fue condenado a pena de muerte por un delito de adhesión a la rebelión, que le fue conmutada por una condena a 30 años de prisión.

Para cumplir su condena fue trasladado a la cárcel provincial de León, en la que murió y fue enterrado en la parte civil del cementerio de esta ciudad, en un lugar destinado a la sepultura de víctimas de la represión y desafectos al régimen como Marcelino de la Parra, Genara Fernández o Lorenzo San Miguel, o los guerrilleros bercianos Rafael Verdial y Severino Nieto, ha precisado la ARMH.

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Fotografía destacada: La ARMH recupera los restos de un represaliado de Chillón (Ciudad Real) que murió en León

Fuente:https://www.clm24.es/articulo/ciudad-real/memoria-historica-victimas-dictadura-recuperan-restos-represaliado-chillon-que-murio-leon/20210915191627330624.html

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Manuel Lapeña muere a los 97 años esperando las exhumaciones del Valle de los Caídos

En 2016 logró una sentencia favorable para recuperar los restos de su padre y su tío, enterrados en el mausoleo franquista sin consentimiento familiar

elpais.com / Natalia Junquera / 14/09/2021

Manuel Lapeña falleció este lunes a los 97 años. Habían pasado 85 desde que perdió a su padre y a su tío, fusilados al inicio de la Guerra Civil; un lustro desde que logró una sentencia judicial favorable a la recuperación de los restos, trasladados sin el consentimiento familiar al Valle de los Caídos; cuatro años desde que el Gobierno prometió hacer todo lo posible por exhumarlos y devolverlos y casi tres meses desde que la entonces vicepresidenta, Carmen Calvo, aseguró que se haría “próximamente”. Su familia expresa este martes, camino al cementerio, “la rabia” que le produce que Manuel haya muerto esperando. Tenían prevista una reunión con el Gobierno el jueves de la semana que viene y los parientes de Lapeña han decidido cancelarla.

Manuel Lapeña Altabas no tuvo juicio ni sentencia. Fue asesinado por falangistas en julio de 1936 y arrojado a una fosa común. Tenía 44 años y cuatro hijos. Un año después, el bando franquista abrió un expediente al muerto para imponer a su familia una multa de 1.000 pesetas y embargar sus bienes: un huerto y un corral. El cura de Villaroya de la Sierra (Zaragoza) declaró en la comisión de incautaciones, en diciembre de 1937: “Era veterinario. Fue el fundador de la CNT y causante de todo el mal que ha ocurrido al pueblo, pues supo engañar a la juventud arrastrándola por estos derroteros tan nefastos. Un tipo verdaderamente cretino, hombre funestísimo por todos los conceptos, que fue fusilado”. Manuel Lapeña Altabas nunca había ido a sus misas.

Declaración del cura del pueblo sobre Manuel Lapeña ante en la comisión de incautaciones, en 1937.

El hombre que falleció este lunes y que llevaba el nombre de su padre tenía entonces 12 años. Antes de perder la memoria, lo que sucedió mucho después de haber obtenido una sentencia favorable a la recuperación de los restos, explicaba a EL PAÍS: “La última vez que hablamos me dijo: ‘Tú no te preocupes, que a mí no me van a hacer nada porque yo no he hecho nada. Era un buenazo. Salí a esperarlo a la puerta de casa, pero nunca volvió”. Su madre había muerto antes del inicio de la Guerra Civil, en el parto de su quinta hija, que tampoco sobrevivió. Así que aquel verano de 1936, Carlos, de 14 años, Manuel y Elisa, de 12, y Amelio, de 10, quedaron huérfanos. “Poco después vinieron tres camiones a casa de mi abuela preguntando por mi tío Ramiro. Estuvo como un perro escondido en el monte… Le dijeron que no le pasaría nada y fue tan tonto que se entregó”. Le mataron en octubre, tres meses después que a su hermano. Tenía 39 años, estaba casado y era padre de dos hijos. Carlos, Elisa y Amelio fallecieron hace tiempo. Manuel se había planteado recuperar los restos del Valle de los Caídos como una misión familiar. Quería que todos, incluido él mismo, fueran enterrados juntos en el panteón donde fue inhumada su madre, pero los incomprensibles retrasos en el inicio de las exhumaciones en el Valle de los Caídos han impedido que cumpla ese deseo que ocupó una vida entera.

Manuel Lapeña Altabás. | ARICO MEMORIA ARAGONESA

El pasado marzo, el Ejecutivo anunció que destinaba una partida de 665.000 euros para intervenir en el Valle de los Caídos. Para entonces, expertos del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) ya habían elaborado un concienzudo informe sobre el estado de las criptas. El forense Francisco Etxeberria, que ha analizado, entre otros, los restos de Pablo Neruda y Salvador Allende, tiene listo el plan para iniciar los trabajos hace meses. El Ayuntamiento de San Lorenzo de El Escorial aprobó el pasado junio la licencia para las exhumaciones. Manuel Lapeña ya no podrá verlo. Los familiares de otras 60 personas siguen esperando. Algunos de ellos superan también los 85 años.

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Fotografía destacada: Manuel Lapeña, primero por la izquierda, sostiene una fotografía de su padre junto a otros familiares en su casa de Zaragoza, en 2016. | BERNARDO PÉREZ

Fuente:https://elpais.com/espana/2021-09-14/manuel-lapena-muere-a-los-97-anos-esperando-las-exhumaciones-del-valle-de-los-caidos.html?ssm=FB_CC&fbclid=IwAR3p1tIsXcUKO5YMS0AdENOkwo8mbhyO_Nk5N1JLPwuob1HB9LLi8bvZIHE

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“Querido abuelo: pude rescatarte. Ahora descansas con tu esposa”

El Gobierno balear recoge cartas de familiares a víctimas del franquismo. Las misivas muestran cómo el cariño y el dolor traspasan generaciones

elpais.com / Natalia Junquera / 10/09/2021

Algunos llegaron a convivir con ellos y conservan como un tesoro los escasos momentos que compartieron. Otros nacieron mucho después y lo único que conocen de los ausentes es el efecto que provocó en sus hogares su violenta desaparición. Todos, hijos, nietos y bisnietos, comparten el deseo de recordarlos para que su sacrificio no caiga en el olvido, y con ese propósito 48 familias han participado en Memorial de la Palabra, la iniciativa del Gobierno balear que recoge cartas dirigidas a víctimas del franquismo. Muchos aprovechan esas misivas para contarles qué pasó después de su desaparición y para prometerles que los seguirán buscando hasta dar con la fosa o cuneta a las que fueron arrojados.

Marc Herrera, director general de memoria democrática de Baleares, explica que el objetivo es “romper el silencio que se impuso a las familias durante tantos años” y hacer “pedagogía”: “No hay nada que provoque más empatía que el relato de los hechos de aquellas personas que los han sufrido”. Asegura que lo más impactante ha sido “ver reflejada en cada carta la prolongación de la injusticia y el inmenso amor y constancia” de los familiares tanto tiempo después. Estos son algunos extractos de esas emocionantes misivas.

“Quiero encontrarte”

Antonio González Rodríguez

María Jesús Balaguer Rodríguez escribe a su tío Antonio González Rodríguez, fotógrafo y miembro de la CNT. Cuando lo mataron tenía 29 años. Sus hijos, cuatro y cinco. “Pienso muchas veces en ti. Nadie te olvidó nunca. Sobre todo por ese gran retrato familiar que presidía el despacho de mi yaya, tu hermana. No quiero que estés en la fosa donde te tiraron tus asesinos, quiero encontrarte y poderte decir: ‘Vámonos, tío Antonio. Han sido muchos años, pero ya estas con tu familia’. Te quiere, Susi”.

“Sí, mi padre existió”

Andreu París Martorell

Antònia Paris Llompart dedica su carta a presentar a su padre, Andreu Paris Martorell, zapatero. Cuenta que en julio de 1936 ella tenía 11 años, tres hermanos y una en camino. “La idea que tenía sobre una guerra era dos bandos contrarios que luchaban, con barricadas y armas, con disparos continuos, pero aquí no fue así. Al menos en Inca solo había un bando armado reprimiendo un pueblo”. Un día reclamaron a su padre. Lo acompañaron dos de sus hermanos y su cuñado. Solo dos de ellos volvieron. “Un día de invierno llegué a la cárcel y el de la puerta me dijo: ‘Ya no hace falta que vengas más. Hoy han soltado a tu padre’. Tenía tantas ganas de que lo soltaran que me lo creí. Fuimos a muchos lugares, preguntando. Nos repetían que se había ido, que quizás nos había abandonado. Mi madre repetía: ‘¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Qué habéis hecho? ¿Por qué a él?’. Nadie contestaba. Todavía hoy nadie nos ha contestado. Hacían como si mi padre no hubiera existido nunca. Pero sí existió”.

“Tu corazón se detiene un segundo”

Francisca Alomar recuerda a sus padres. “Formábamos una familia muy feliz, pero todo eso cambió un mal día cuando yo tenía 8 años y mi hermana 11. La Guardia Civil, relata, se llevó primero a su padre y luego a su madre, “embarazada de siete meses”. Su abuelo pidió ayuda “a quien entonces mandaba, a quien llamaban el capitán Jaume”, pero le contestó que “estaban muertos”. “Gracias a la ayuda de la asociación Memoria de Mallorca y de la Dirección General de Memoria Democrática, a mis 93 años y después de 85 de espera, me llamaron un día para decirme que habían encontrado los huesos de mi padre. Qué alegría. El corazón se detiene un segundo, para luego volver a latir”. Ahora sigue buscando los restos de su madre “para descansar todos juntos”. ” Tu hija— se despide— y tus nietos no dejaremos de luchar por ello”.

“Murieron sin saber”

Melchor Hernández

Margarita Serantes Hernández recuerda a su abuelo, Melchor Hernández, pescador, el marido de Ana, el padre de Paquita. “El cura le preguntó por qué no iba a misa. Melchor contestó que tenía que arreglar las redes. Unas horas más tarde fueron a detenerlo”. Ana fue a llevarle ropa hasta que ya no le dejaron. Se puso a trabajar “en casa de unos señores muy ricos y bondadosos, que tenían un hijo, Martín. Años después la reconocieron como viuda y acabó casándose con él. Mi madre, Paquita, por desgracia no recordaba a Melchor. Sí hemos tenido la oportunidad de conocer a Martín, que fue un gran padre y abuelo. En 2016 supe que Melchor fue fusilado y enterrado en una fosa en el cementerio de Porreras. Lo malo es que no podemos recuperar sus restos ya que el ADN de padre a hija y a nieta se pierde. Lo peor es que su esposa y su hija murieron sin saber qué pasó con él”.

“No entendía por qué la abuela era tan desconfiada”

Francisca Gelabert escribe a sus padrinos. En su carta explica que aunque a su abuela Francisca no la mataron, la considera “tan víctima” de la guerra como a su abuelo Gabriel, fusilado a los 28. “Ella vivió 83 años, solo tuvo un hijo, mi padre, y vivió con nosotros”. “Era muy desconfiada. No entendía por qué hasta que murió y descubrí muchas cosas que no sabía”. Su tía abuela, Tonina, le contó entonces “cómo pasó todo”. Su abuelo, acusado de “alojar a los rojos”, fue capturado y subido a un camión con un grupo de hombres maniatados. Nadie le volvió a ver. Su abuela, que tenía entonces 25 años y un hijo de tres, enfermó. “En aquel tiempo no había psicólogos y pensaban que la manera de superar estas cosas era olvidarlas, no hablar de ello, y eso hicieron durante muchos años. Cuando supe todo esto, ella ya no vivía y me quedó un mal cuerpo que todavía tengo. Si hubiera sabido antes lo que pasó, creo que la habría podido ayudar a vivir un poco mejor. Lo único que creo que puedo hacer ahora es dar a conocer esta historia y recordarlos como lo que fueron, muy buenas personas que no se merecían haber sufrido tanto”.

“El tiempo de silencio ha acabado”

Joan Losa Campomar

Maite Blázquez Losa escribe a su abuelo Joan Losa el día de su santo. “Fue una fiesta que la abuela, tu esposa Teresa, como la llamabas en las cartas desde la prisión, nunca volvió a celebrar después de tu desaparición en enero de 1937”. “Gracias a la fuerza y la lucha de la Asociación de Memoria de Mallorca, yo pude rescatarte de la fosa de Porreres en noviembre de 2016. Por eso ahora tus restos descansan junto a tu esposa. Ten por seguro que los tiempos del silencio han acabado. Ahora sí, padrino Juan, puedo decir: que la tierra te sea leve”.

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Fotografía destacada: Retrato de la familia Alomar, represaliada por el franquismo

Fuente:https://elpais.com/espana/2021-09-10/querido-abuelo-pude-rescatarte-ahora-descansas-con-tu-esposa.html

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Los asesinados de Coyanza en Villadangos

Cuatro concejales socialistas y dos sindicalistas de UGT fueron detenidos y ‘paseados’ en cuestión de horas en 1936

diariodeleon.es / José Cabañas / 06/09/2021

(En memoria y reconocimiento de Rufino Juárez García, fallecido el 1 de septiembre de 2021. Toda una vida de lucha por encontrar y dar digna sepultura a los restos de su padre, Rufino Juárez Fernández, de 39 años, labrador, presidente de la Junta vecinal de Vegas del Condado, uno de los al menos 85 asesinados y desaparecidos por el fascismo en los montes de Villadangos del Páramo en el otoño de 1936. ¡¡Qué la tierra te sea leve, Rufino, compañero y amigo!!)

De seis vecinos de Valencia de Don Juan y de uno más, también como desconocido, se asienta su defunción en el Registro Civil de Villadangos del Páramo el día 20 de septiembre de 1936, trasladados desde la villa en un camión Ford de cuatro cilindros de la Fábrica de Harinas Industrial Valenciana, de Anastasio Ortiz (que había sido requisado) en la muy ventosa tarde del sábado 19, aprovechando al parecer que en la misma fecha hace con aquel vehículo su mudanza a León, donde se avecindaba Argimiro Astorga Núñez, chófer que lo conduce, y a quien acompaña su esposa en el viaje (que no tardaría en fallecer, pues aparece aquel en 1937 como viudo, y destinado en el cuartel coyantino después de que ingresara en la Benemérita tras la muerte de su mujer y de clausurar el negocio del Bar La Unión que estableciera con aquella, para transitar por otros diversos destinos —entre ellos el Cuerpo de Persecución de Huidos que actuaba en los años cuarenta por El Bierzo y La Cabrera— acabando en El Barco de Valdeorras, donde finaría después de regentar un hotel en sus afueras).

Valencia de Don Juan

Los presos fueron trasladados en una camioneta con ajuares y muebles de una mudanza

Transportaba la camioneta entre algunos otros ajuares y muebles en su parte delantera un armario de luna de una sola hoja o puerta, y en la trasera fueron echados los lacerados prisioneros. Enfila con su doliente carga la carretera hacia Villamañán dejando atrás el mesón que a su vera se levanta y seguida a una cierta distancia por un coche en el que van tres familiares de Moisés Rodríguez Martínez, a quienes han indicado que los llevan a San Marcos y a la cárcel leonesa, y que observan como en Villamañán han sumado a los seis coyantinos otro infeliz preso que custodiado por dos guardias civiles de su cuartel los espera al borde de la calzada, y que será el séptimo en compartir desde aquel punto con ellos su fatal destino (se nos asegura que pudieran haber recogido a algún apresado más a su paso por Santa María del Páramo —desde donde se habrían dirigido hacia León—, destinado solo a San Marcos o también a ser desaparecido desde allí, quizá los vecinos de aquella villa Regino de Paz López o Lucio Rebaque Val, al parecer también asesinados en las cercanías de Villadangos en estas fechas).

Pierden aquellos de vista al camión en algún recodo de la ruta, y no lo verán ni en uno ni en otro reclusorio de León cuando a ellos llegan, ni tampoco en sus inmediaciones. Hay otra versión que varía en algo el relato de lo sucedido, según la cual los coyantinos conducidos a la capital lo serían en compañía de un joven de 16 ó 17 años, al que por su corta edad no admitieron para ser preso en San Marcos y que contaba más tarde del añadido que en Villamañán se había hecho.

Al día siguiente las familias de los victimados ya conocen que han sido hallados sin vida en un predio del Monte Campazas de Villadangos, una hondonada conocida como el Pozo Mulgar en la que los ejecutores los dejaron semienterrados por la noche, y que fueron sepultados en una fosa común «de su camposanto» (que llegaría a acoger en los meses siguientes los cuerpos de al menos 71 asesinados, paseados y desaparecidos, y sobre la que con el paso de los años se alzarían numerosos panteones), después de que les hiciera llegar la macabra nueva un vecino de Villar del Yermo, hermano del alcalde, que vio los cadáveres al pasar en su burro por allí y avisó a las autoridades en el pueblo, que dispusieron fueran recogidos los restos de los siete desdichados y arrojados a la fosa, y cuando se reunieron para tratar de conseguir un coche de punto en el que desplazarse a la localidad en la que yacían ya sus deudos no pudieron realizarlo, pues se encontraron con la negativa de los responsables del Ayuntamiento a facilitarles el salvoconducto necesario y obligado para dirigirse a Villadangos o a cualquier otro lugar (más tarde se desplazaría José Pérez Guayo en bicicleta a aquel lugar, y allí, preguntando, coincide con el de Villar del Yermo, quien le da razón de la ropa que vestía su padre, Víctor Pérez Barrientos, al ser asesinado).

Nieta del maestro

«Mi bisabuelo y el médico Tomás del Riego acudían al lugar y recogían botones, fragmentos de tela»

Era aquella una tragedia personal y familiar en muchos de sus detalles parecida a tantas otras como en otros muchos pueblos entonces se vivían y morían, y muy similar a la que en la misma noche de aquel sábado 19 de septiembre se desarrollaba en uno no muy alejado, Jiménez de Jamuz, en el que once de sus vecinos, no menos infelices e inocentes que los malhadados coyantinos, eran desaparecidos para siempre tras ser sacados de sus casas y arrebatados de los suyos.

Vinieron luego a conocer los familiares de los asesinados, los concejales socialistas Marcelino Quintano Fernández, Jesús Luengo Martínez, Víctor Pérez Barrientos, y Urbano González Soto y los ugetistas Frideberto Pérez Manovel, Moisés Rodríguez Martínez (así lo cuenta Josefa Rodríguez, hija de Moisés), que la camioneta llegó a presentarse con sus ocupantes en San Marcos y allí fueron tirados en una de las celdonas que habían sido antes cuadras de los caballos del Depósito de Sementales, en la que recibirían otra descomunal paliza, tras la cual, en el mismo camión después de descargar en algún lugar de León los muebles y enseres transportados, o en otro vehículo distinto (lo que nos parece más probable), serían los siete conducidos al que ya por entonces era cotidiano matadero en Villadangos del Páramo (y sus pedanías de Fojedo y Celadilla, en fosas de cuyos cementerios terminaban 14 ultimados más, del total de 85 que lo fueron en los campos del municipio), donde durante años creyeron que aquellos paseados eran vecinos de Valderas. De San Marcos avisarían al cabo de un tiempo a los allegados de Moisés Rodríguez para que recogieran una pelliza que allí había a su nombre y que aquel llevaba cuando fue conducido a León con los demás, lo que no hicieron, dado el inmenso miedo a «significarse» como desafectos que aún sentían. Nada más supo nunca la familia de Víctor Pérez de la manta que mitigaba el frío y el dolor de sus maltrechos huesos cuando lo encaminaron a la capital con los que serían sus compañeros de martirio.

 

Sus despojos, como los de los otros numerosos pobladores de la fosa, situada a lo largo de uno de los muros del cementerio de San Juan, y en la que se cavaban correlativos nuevos hoyos a medida que iban apareciendo más cadáveres, colocados a continuación de los anteriores, no habrían sido nunca retirados de la misma, construyendo los mausoleos encima de ellos (se nos aseguró en abril del año 2003 cuando indagamos sobre estos pormenores en el pueblo), una apreciación que no concuerda con lo mantenido por Rufino Juárez García, hijo de otro de los tirados a la zanja (Rufino Juárez Fernández, de 39 años, presidente de la Junta vecinal de Vegas del Condado, paseado el 22 de octubre de 1936 junto a Epifanio Llamazares Cármenes, de 55 años, vocal de la misma Junta), que concluyó de las pesquisas que él hizo muchos años antes que nosotros —en los cincuenta— que tales restos pudieron terminar en algún momento (posiblemente al erigir los mausoleos) recogidos y echados al osario, al parecer con escaso respeto y cuidado de los eclesiásticos responsables del cementerio entonces, según estos le dijeron.

Ubicación de la fosa

«A lo largo de uno de los muros del cementerio y en la que se cavaban nuevos hoyos…»

Consideramos importante señalar que las personas de edades avanzadas que en Villadangos nos informaron sobre aquellos hechos, de los que habían sido coetáneos, lo hicieron tan solo a medias sobre las particularidades relativas a la fosa común en la que tantos terminaron, omitiendo, tal vez porque lo consideraban a aquellas alturas de la historia detalle poco virtuoso o que pudiera resultar de alguna manera vergonzante para la localidad, que, como más tarde tuvimos ocasión de conocer, dicha fosa o zanja se situaba ciertamente «a lo largo de una de sus tapias», pero fuera del camposanto y ajena al mismo (los «rojos» asesinados no eran tampoco allí merecedores de ser sepultados en tierra sagrada), de tal modo que vino a quedar en su interior cuando años más tarde este se amplió por su zona sur para erigir los panteones sobre ella (así nos lo aseguraba Bernardino Gago Pérez, sobrino de uno de los asesinados, Frideberto Pérez Manovel, en octubre de 2014, según le había testimoniado hace años un empleado del Ayuntamiento que ya sumaba mucha edad).

Posiblemente ya habrían comenzado a ocuparse allí de menesteres como aquellos en hacendera de vecinos, «lo que hubo de terminar haciéndose dada la frecuencia con la que aparecerían en sus campos aquel otoño carretadas de cadáveres de paseados cuyas desesperadas e inatendidas peticiones de clemencia rasgaban las noches y el atemorizado sueño de los vecinos del lugar», según nos testimoniaba en abril de 2003 la señora Laureana Martínez, que pasaba ya de los noventa años de edad, quien también nos contaba del desagradecimiento que el franquismo tuvo con su marido, uno más de los muchos enrolados a la fuerza en el ejército rebelde para contribuir a su victoria, herido en la toma de Bilbao, retornado y muerto al poco por causa de esas heridas que (por sus antecedentes izquierdistas) nadie –comenzando por el médico del municipio– le reconoció como de guerra ni compensó con paga ni pensión alguna, condenada ella así a sacar a sus hijos adelante en la soledad de las estrecheces y miserias en parte parecidas a las que penaban los vencidos.

De los caminos que de la carretera León-Astorga que atravesaba el monte desembocaban en los predios Val de Hulleros, Vallemedio, Las Bogueras, Vereda de Raposeras y Camino de la Estación —además del Mulgar, junto a la Senda de la Sortija—, en cuyos bordes se perpetraron tantos crímenes, recuerdan aún gentes provectas de Villadangos haber visto de niños pasar camino del cementerio algún carro cargado de cadáveres, que se retiraban del campo por disposición del presidente de la Junta vecinal (al que los mismos empleados de la estación de ferrocarril avisaban cuando en sus cercanías aparecían al alba asesinados), mediando en ello «la compasiva coordinación del vecindario y la labor humanitaria y conciliadora del médico del pueblo, Tomás del Riego Cabezas (natural de San Féliz de Órbigo, ejercía desde 1929), y del párroco Manuel García Arias (nacido en León, lo fue de 1906 a 1945), que propiciaron que todos los ejecutados recibieran cristiana sepultura y contribuyeron a que no sufrieran represalias ninguno de los vecinos del pueblo, haciendo frente en ocasiones a elementos forasteros que pretendían castigar a algunos de ellos». Tal es el relato que oficialmente hoy se hace en Villadangos (Historia y testimonios sobre los hechos. Ayuntamiento de Villadangos del Páramo. 21-09-2020), discordante en algunos puntos del que antes hemos presentado, y parece que puesto en entredicho por la primitiva ubicación de la fosa común extramuros del sagrado y cristiano recinto.

Sobre los mismos hechos hay otro relato que difiere del anterior, sobre todo en lo referido a la actuación del sacerdote. Es el que hace Marina Cid (en Twitter (@MarinaCid1). 26-09-2020):

«Mi bisabuelo Ramón Martínez Farrapeira fue maestro republicano entusiasta de la Institución Libre de Enseñanza, primero en Villafranca del Bierzo y más tarde en Villadangos con el fin de acercarse más a León, durante la Guerra Civil. Se dedicaba a enseñar tanto a niños como a adultos; a medir las tierras, a contar; promovió la creación de un embalse para dar de beber a los animales y regar las tierras en verano. Él era ateo, aunque siempre llevaba a los alumnos a misa y los esperaba en la puerta de la iglesia, surgiendo así ciertas «discrepancias» con el cura del pueblo… Empezaron los fusilamientos, con carros cargados de gente por las noches. No sabían dónde los llevaban y el miedo los hacía estar en silencio, hasta que un día lo descubrieron. A partir de entonces mi bisabuelo y el médico Tomás del Riego cuando escuchaban marcharse a los militares acudían al lugar para comprobar si alguno seguía con vida y para recoger botones, fragmentos de tela…, algo que pudiera resultar singular y sirviera a las familias de aquellas personas para saber que había sido de sus seres queridos. Con todo ello hicieron un registro ordenado que mantuvieron escondido.

Posteriormente, mi bisabuelo fue denunciado por estas actividades. Entre los denunciantes siempre se dijo que estaba el cura párroco, aunque no se pudo demostrar. Tuvo que huir a León con su mujer y tres hijos, donde hubo de permanecer escondido durante largo tiempo en un sótano de la cocina. Por mediación de la familia de su mujer, consiguió no ser detenido y probablemente evitó su asesinato. Fue destituido de su cargo en Villadangos y como castigo quisieron enviarle de maestro a un pueblo perdido en La Cabrera, a lo que renunció por no llevar allá a su familia y por coherencia con sus ideales, siendo entonces apartado de la enseñanza para siempre».

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Fotografía destacada: De izquierda a derecha, Víctor Pérez Barrientos y Marcelino Quintano Fernández; Urbano González Soto; Moisés Rodríguez Martínez; Jesús Luengo Martínez (centro) y Fridiberto Pérez Manovel, cuatro concejales socialistas y dos ugetistas de Valencia de Don Juan ‘paseados’ en Villadangos en septiembre de 1936. CORTESÍA DE JAVIER CASADO REVILLA PARA DIARIO DE LEÓN

Fuente:https://www.diariodeleon.es/articulo/coronavirus-leon/asesinados-coyanza-villadangos/202109060134182143746.html

Publicado por ARMH