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Pepe Viyuela entregará el 13 Rosas a la Asociación de la Memoria Histórica

La entrada a este acto es libre y estará amenizado por el Cuarteto Appassionato

El Comercio/15-06-2015

La Asociación 13 Rosas Asturias entregará el próximo 4 de julio en el Auditorio Príncipe Felipe a las 12:00 h, el VI premio que lleva su nombre a la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH). El encargado de entregar el galardón será el conocido actor, cómico, escritor y poeta, Pepe Viyuela.

La entrada a este acto es libre y estará amenizado por el Cuarteto Appassionato. Tras la entrega del premio se servirá un Vino Español en la terraza del Auditorio. Las personas que deseen asistir tendrán que inscribirse mediante un correo electrónico (asociaciontrecerosas@hotmail.com) o bien a través de los teléfonos móviles 646257497 o 657222347.

La Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica fue constituida en diciembre de 2000. Su objetivo principal es la localización de víctimas de la represión durante la Guerra Civil Española en la zona controlada por los sublevados. Entre las mismas se encuentran personas que fueron asesinadas y cuyos cuerpos, habitualmente enterrados en fosas comunes, no pudieron ser recuperados por sus familiares.

La asociación, organizada en divisiones territoriales independientes, fue una de las más activas en la lucha para promulgar una ley que amparase su actividad y reconociese a las víctimas de la represión durante y tras la Guerra Civil.

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Un pensamiento en “Pepe Viyuela entregará el 13 Rosas a la Asociación de la Memoria Histórica

  1. Luis Casasín Piqueras

    (En memoria, de las trece rosas rojas)
    Ante la madrugada
    del cinco de agosto
    de mil novecientos treinta y nueve:
    trece compañeras esperan.
    No hay barrotes,
    ni cadenas,
    ni yugos,
    ni flechas,
    nada que pueda herir
    la fuerza hermanada
    ni la juventud del tiempo.
    En lo hondo de sus bocas,
    el canto de la vida,
    en lo alto de la REPÚBLICA,
    sus ojos observan la luz
    con inapelable agonía.
    ¡Ahí están!,
    ante el insomnio
    de una noche
    con síntomas psicóticos.
    ¡Ahí están!,
    con ímpetu de dignidad.
    ¡Ahí están!,
    ¡Ellas!: libertad.
    Con mil golpes
    dentro de sus senos,
    y el dolor puesto a sus pies
    hora tras hora,
    detrás de la oscura penumbra,
    se sentía gemir el viento de agosto.
    Las bocas de la noche,
    gritar allí quisieran
    para ahuyentar al hombre malo.
    Contra los barrotes,
    sus labios carmesí,
    cual tropel espanto;
    puño tras puño,
    mil hilillos de sangre cayeron allí.
    Sobre la superficie
    mas pálida de la tierra,
    carceleros,
    fusileros,
    y hombrecillos desperfectos,
    a través de antiguos jueces
    de hojalata,
    forjan las risas del odio
    ante la naturaleza abatida,
    obteniendo por ello,
    un anticipo de cuerpos
    con reposo de muerte.
    ¡Coged esas fotografías
    cargadas de recuerdos,
    cual extendido espacio,
    y sed la mismísima
    historia del tiempo!
    Violadas a la costumbre
    de siempre,
    sus carnes quiebran…
    Pero lo que se ve llegar
    ante sus ojos,
    es un puñado de voces fresquísimas
    que vienen de las microscópicas
    grietas de la tierra
    para ser una venganza desmedida.

    Un camino cubierto
    de mala historia,
    llega hasta el paredón,
    y allí, entre pólvora vieja,
    y carne de cañón,
    se cata la muerte
    a golpe de mosquetón:
    ¡no ejecutaran sus almas¡
    Libres de cadenas,
    andan oliendo el aire
    muy despacito,
    bajo el peso de sus condenas.
    ¡No desesperan!,
    porque se saben,
    a sangre de batalla,
    y a mujeres compañeras.
    ¡No haya piedad¡
    para esos asesinos
    cobardes que os digo,
    que ya vendrá el veneno
    a sus gargantas,
    muy pronto, muy pronto…
    A la hora del reo,
    la muerte llega…
    Apenas alzan los ojos,
    amarrar la luz quisieran:
    son un miedo pequeño,
    no un temblor cobarde.
    Aquella madrugada,
    la Luna,
    con media luz de noche,
    gemía y lloraba
    con durísima mirada.
    ¡Ya caen bestias celestes
    sobre los pueblos locos!
    ¡Ya vienen resonando
    por las cloacas
    y los huecos de la noche,
    las bramas del vil
    cobarde!: verdugos de la paz.
    –Es sólo un rumor –dijo
    un fascista malparido ejecutor.
    Mas no pretenden
    que las conduzcan
    eludiendo la muerte,
    sino caminando dejadas de todo,
    enfurecidas.
    ¡Ay de vosotras!
    ¡Ay de la historia!
    ¡Ay de la agonía!,
    que cada vez se hace
    más fuerte, más larga,
    más fría.
    Un paso más,
    y ya se detienen
    bajo un cielo umbral.
    Era un día,
    que de turbia alegría,
    apenas sobrevivía
    el olor a vida,
    se sabían de antemano
    a cadáveres solidarios
    al pasar por aquel camino
    florido en sombras.

    Y aún vestidas de agonía,
    desprendiendo muerte,
    preguntaron a esta:
    –¿Acaso serás tú,
    nuestra arma homicida?
    –¡Oh!, sí,
    es la hora de morir
    –contestó la muerte
    con ademán asesino.
    Desean poder descansar
    de esta labor
    que les oprime el corazón,
    cuyos latidos de juventud
    les produjo antiguas heridas,
    reliquias de toda una vida.
    ¿Adónde irán
    que no haya ido ya su luz?
    ¡Oh señores de la guerra
    qué al pueblo asesináis!;
    así os castre el primer viajero
    que pase con arma de cuchillo,
    y así os destierre bruscamente
    sin pan ni agua hacia lo invisible,
    nada más.
    Suplican a sus ojos,
    que no cierren los parpados,
    porque quieren ver
    la luz,
    en mil pedazos quebrar.
    Que no hay tiempo
    para el regreso de los caminos
    rigurosamente andados.
    Valientes compañeras,
    ellas,
    querían con todo su coraje
    abrazar el cielo,
    y con un puñado de tierra
    en una mano,
    y un grito de viva la REPÚBLICA
    entre dientes,
    quisieron olvidar
    que eran humanas
    para conquistar
    de ardiente deseo el vuelo,
    y volaron cual pájaro
    hasta configurar ser
    un mundo de aves celestes.
    El aire de la madrugada
    brotaba de sus directos corajes
    cuando sus cuerpos
    caían de veloz pensamiento,
    y en tanto su extendida osamenta
    se doblegaba de una vez,
    se preguntaban:
    > ¿Adónde culminara
    nuestro mortífero desaliento<?
    Y después de caer con ese recuerdo suspenso en el aire,
    sólo queda ya,
    un precipicio
    de barranco ultrajado
    y un silencio de muertos solidarios.
    —Pero aunque vuestros
    amados cuerpos,
    no estén,
    trece rosas rojas
    seguirán brotando
    allí donde os halléis.
    Luis Casasín Piqueras

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