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Memoria del Preventorio de Guadarrama: “Era un campo de concentración para niñas en el franquismo”

El Preventorio Doctor Murillo de Guadarrama (Madrid) fue uno de los centros que la dictadura franquista puso en marcha como sanatorios antituberculosos.

Victoria Madrera Pareja, interna con 13 años, recuerda “una cárcel” donde las niñas sufrían múltiples vejaciones.

Los testimonios de las víctimas de los preventorios forman parte de la Querella Argentina y describen violencia sistemática y alimentación en mal estado.

eldiario.es / Juan Miguel Baquero / 13-08-2019

El Preventorio de Guadarrama “era un campo de concentración para niñas en el franquismo”, dice Victoria Madrera Pareja. Ella tenía 13 años cuando penó seis meses en el centro ubicado en la sierra de Madrid. Le dijeron que ahí estaría protegida contra enfermedades como la tuberculosis infantil. Pero muchas internas describen la estancia como “una cárcel” como “venganza” contra los derrotados en la guerra.

“Le dicen Guadarrama, pero esto es Guardamarrana, porque sois piaras”, escupía una monja a las niñas, según el relato de Victoria (76 años). La dictadura de Francisco Franco edificó una suerte de caridad adiestradora en diversos sanatorios y colegios desplegados por España. Con especial énfasis en el obligado ‘sumisa y devota’ femenino.

Las malsanas condiciones de estas “cárceles para niñas” hacían del día a día un discurso claustrofóbico, según denuncian las víctimas. La imputación forma parte de la única causa judicial abierta en el mundo contra los crímenes franquistas, la Querella Argentina. En los testimonios quedan reseñados las vejaciones y malos tratos que los curas y cuidadoras ejecutaban en unas instalaciones que dependían del Patronato Nacional Antituberculoso.

Victoria, como otras “compañeras”, no quiere que estas historias queden en el olvido. “A los desmanes allí ocurridos nunca se le puede aplicar el borrón y cuenta nueva, como ha sucedido, por eso quienes niegan esa verdad lo hacen para evitar esa realidad incómoda”, relata.

Victoria Madrera Pareja con trabajos realizados cuando era niña. | JUAN MIGUEL BAQUERO

“Seis meses de estupendas vacaciones”

“Me da asco cuando recuerdo lo que pasamos”, asegura. Pero es necesario combatir la desmemoria, asiente. Por eso quiere contarlo. Victoria Madrera recibe a este periódico en su piso de Sevilla, con la vista puesta en el recuerdo impuesto en el internado franquista de la sierra madrileña. Tiene “todo escrito”. Más de “100 páginas”.

Y arranca. “En marzo de 1956 fui seleccionada por la superiora de mi colegio” sevillano. El destino era el Preventorio Doctor Murillo de Guadarrama. “La causa, estar muy delgadita”, apunta. “Después de seis meses de estupendas vacaciones volvería rolliza y muy guapa”.

Pero eso era solo la publicidad de la dictadura de Franco. El escenario sería, asegura, muy diferente. “Fueron seis meses sin salir”. Victoria retiene el aliento. “Han pasado 63 años y me sigo emocionando”, respira. “Y lo peor es que se ha quedado sin justicia, que es lo que te rebela. Ni en la democracia se ha hecho nada… y esto con niñas, por dios”.

Aquella “cárcel infantil” supuso un impacto vital. Ante las niñas se alzaba “un caserón tétrico de piedra fría y oscura” como visión primeriza. De puertas adentro, Victoria atestigua escenas de violencia contra las menores, de vejaciones, de comida pobre e higiene escasa y de sometimiento y trabajo forzado.

Victoria –izquierda– con la “señorita Leo” en el Preventorio de Guadarrama. | J.M.B.

De comer, “legumbres con gorgojos”

Guadarrama dejó huella en Victoria desde su entrada en aquel mes de marzo del 56. “Todas tuvimos que cortarnos el pelo y con la cabeza cubierta de polvo blanco y una toalla nos mandaron a la cama, tuviéramos o no piojos”. Era la primera noche cuando, como todas, “el sueño fue interrumpido bruscamente por unas palmadas y luces encendidas”.

El “alboroto” de las cuidadoras despertaba a las niñas. El objetivo era “invitarnos a orinar, a toda prisa”. Una tal “señorita Julia”, matiza, contaba: “Vamos, vamos, una meadita rápida. Una, una y media, dos, dos y media, tres menos cuarto y tres. Fuera, fuera. A la cama”.

“Y era tan desalmada que la infeliz que mojara la cama” recibía un castigo colectivo: “recurrían a técnicas tan inhumanas como acercar una cerilla al culito y obligar a las demás a gritarle ‘meona, meona’, hasta el cansancio”, asegura. “Casi siempre se orinaban una o dos niñas y el sufrimiento lo tenían asegurado”, sumado a un aseo “raquítico” porque las duchaban “una vez a la semana, los sábados, y usaban estropajo y jabón verde”.

Luego, el primer desayuno consistió “en una especie de engrudo sin identificar, una rebanada de pan rancio con mantequilla y un vaso de leche en polvo con sus grumos y un intenso sabor amargo”. Un menú repetido durante medio año. Como los almuerzos o cenas: “Legumbres con gorgojos –plagas de insectos en alimentos vegetales– o una papilla nauseabunda”.

La comida “producía arcadas y vómitos” a muchas niñas. La respuesta de las cuidadoras era radical. “Lo más cruel que recuerdo es un día que salíamos del ‘comedero’ y vimos a una niña de cinco añitos que llamaba a su madre, “mamá”, con la garganta atorada con la incomestible comida que vomitaba y los gritos de “puerca, puerca, te lo vas a tragar y…”. Victoria se emociona.

Victoria Madrera Pareja. | JUAN MIGUEL BAQUERO

“Expertas en lavar cerebros infantiles”

“Te vas a tragar tus vómitos, cacho puerca”, les decían. “La impotencia de tener que dejar a esa inocente criatura bajo la zarpa de aquella depredadora de infancia me atormentó mucho tiempo”, dice Victoria subrayando el episodio de “la niña de cinco añitos”. Porque ella era “mayor, con 13 años, y lo recuerdo todo con más claridad”.

Tiene la memoria “fresca”, desde aquel primer día en Guadarrama. “Antes de desayunar nos llevaron al patio, donde nos enseñaron a cantar un Cara al sol desconocido, y un rezo del Rosario bajo la batuta de don Lauro, el capellán, persona desagradable, de sotana y capa vampiresca”, describe Victoria.

Los sanatorios infantiles del franquismo, igual que los colegios para niñas pobres, estaban diseñados para perpetuar la “venganza” contra los vencidos en la guerra civil. “Para anularnos solo necesitaban conocimientos fascistas, y hacerse expertas en lavar cerebros infantiles con jabones de sumisión patriótica y estropajos clericales”, define.

Victoria muestra bordados de su infancia. | JUAN MIGUEL BAQUERO

Era el perfil habitual. “Solo una ínfima minoría de cuidadoras no estaba de acuerdo con aquella educación del nacionalcatolicismo”. Como “una que se llamaba Leo”, recuerda con “mucho cariño”. Leo “nos leía Platero y yo“, de Juan Ramón Jiménez, que ganó el Premio Nobel de Literatura en 1956. El mismo año que Victoria ingresaba en Guadarrama.

A las internas las clasificaban por colores, con una cinta en el pelo según la sala donde dormían. “La mía era rosa”, dice. En los “campos de concentración para niñas” había también “una zona para las ricas y otra para niñas pobres, algunas con el padre en la cárcel por ser republicano”.

Bordar “ajuares para ricas”

Una “ignominia” que no podían contar a sus familias “porque las cartas eran abiertas y censuradas con tachones o no llegaban nunca”. Sus padres, Manuela Pareja y Antonio Madrera, no conocieron la verdad hasta que Victoria regresó a su casa. Como la violencia. “A mí me pegaron dos veces. Poco”, matiza, para las vejaciones que veía a diario.

Victoria con el álbum de fotos de Guadarrama. | JUAN MIGUEL BAQUERO

Los padres de Victoria pensaban que la dictadura les hacía casi un favor. No conocían a “una tal señorita Lourdes que era de Vigo y disfrutaba ridiculizando mi acento andaluz”, recuerda: “Sevillana, fulera, no sabes ni pronunciar, y tu madre que clase de madre será que ni siquiera enseña a hablar a su hija como las personas”.

Manuela y Antonio no sabían, por ejemplo, que la buena maña de su hija para bordar sería usada como trabajo forzado. “Sí, me ponían a coser, eran ajuares para ricas, supongo, nunca nos dijeron para quienes estábamos cosiendo”, reconoce. Una pieza tras otra, “manteles, servilletas”. Y luego otras. “Nos ponían a las que sabíamos bordar”.

Victoria no olvida. “Ni perdono”. Porque la democracia española “nunca ha hecho justicia”, reivindica. “Y la gente tiene que saber todo lo que pasó”. Victoria, hoy, sigue conservando la “la aguja de hacer croché o ganchillo y el canutero donde guardaba las agujas”. Pone los objetos sobre una mesa de camilla con un tapete blanco elaborado con sus manos. Al lado coloca las “cinco fotos” que conserva de su estancia en el Preventorio de Guadarrama. “El resto que tenía las rompió mi madre”. Después de saber lo que ocurría en aquel “campo de concentración para niñas en el franquismo”.

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Fotografía destacada: Victoria –segunda por la derecha– en el Preventorio de Guadarrama. | J.M.B.

Fuente:https://www.eldiario.es/sociedad/Memoria-Preventorio-Guadarrama-concentracion-franquismo_0_923208011.html

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2 pensamientos en “Memoria del Preventorio de Guadarrama: “Era un campo de concentración para niñas en el franquismo”

  1. Emilio Gomez

    Indignante y poco conocimiento de comparar a un Preventorio, con un campo de concentración y menos al de Guadarrama. Primero tenias que solicitarlo y autorizarlo los padres, cosa que en un Campo de concentración no se solicita te arrancan de tus padres y no vas por tres meses (Fue lo habitual) si no, que entrabas y sin fecha de salir, eso si salías.
    En el preventorio no había alambradas ni te cortaban el pelo y te ponían un numero en el brazo. De todo lo que cuentas Victoria hay cosas que no me cuadran, claro que tu estuviste en el año 56 y yo fui tres temporadas de tres meses en diferentes años de 1950 al 1954. Tuve la suerte de ir con mi prima por vivir en la misma casa, pero por orden alfabético de apellidos no estábamos juntas pero si el resto del día y coincidimos en esta aclaración de denuncia al informe de Victoria.
    La comida, claro que no era la de tu casa, pero te acostumbras y variada, Pescado, carne y legumbres con fruta, el desayuno era arroz con leche y leche con pan, la merienda chocolate (muy rico Matías López) y si no membrillo y lo que más me indigna es que digas Victoria que no se podía comer el pan, se hacía allí y olía fantástico cundo lo horneaban, cosa que ahora no sucede.
    Lo de orinar dos veces por la noche, no recordamos ningún incidente, el clásico malestar de tenerte que levantarte, no para censurar y comparar como cárceles “Este preventorio” sin más.
    Llorar, claro que he llorado tenía siete años, mis padres fueron a verme por que viajaban y no podían ir en los días señalados. Estuve con anginas y me dieron Antibióticos y un control de médico y enfermeras, hasta que me puse bien.
    Lo de bordar para los ricos, me rio no creo que aquello no lo querían los ricos ni los pobres. Fue la manera detenernos ocupadas a las niñas, dices que fuiste con trece años, me parece muy raro con esa edad tenían periodo y cuando yo estuve solo podías ir hasta los once años por eso mismo. Te digo que no volvería a ir, aunque si fue una experiencia no desagradable como tú lo cuentas, a mí nunca me pegaron ni lo vimos ni mi prima ni yo, lo de cantar el Cara al sol y mas, por favor que eran los años 50 en que colegio no se cantaba. No eran sanatorios ni Hospitales y Balnearios pero tampoco Campos de concentración.
    Victoria lávate la boca con COLGATE TOTAL y te llega al cerebro y se consciente que ocurren cosas parecidas en estos tiempos. Pegan en las guarderías y maltratan a ancianos en las residencias. Te lo dice Mª Carmen Simón hija de un oficial militar de la segunda república que no le gusto tu declaración.

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  2. Maria Mercé Lahiguera Marco

    Debo darte mi pésame por haber estado allí. Yo soy una persona más joven, que nací en el año 1960 y que mi padre murió, con 40 años en 1966. Yo con cinco años pase de estar muy bien en mi familia a pasar a un colegio de huérfanos en Valencia, con las “hermanitas de la caridad”, que de eso tenían mucho, porque no la gastaban, al menos con los huérfanos y sí que tenían mucha caridad con niñ@s de pago. Mi comentario es que te entiendo y te digo, que en los años ’60 hasta los ’70, siguió habiendo todas esos maltratos que has indicado. Los castigos, con una lengua colgada paseando por todas las clases. Limpiando todo el colegio y la cocina. Golpes con la “chasca” y las reglas en los nudillos, arrodillados varias horas en un rincón o frente a toda la clase…Y ya no comentar el tema de rezar al entrar y salir y a las 12:00 el ángelus. Viernes misa y lunes explicar que habían leído en misa. Rosario todas las tardes mientras se bordaba. Horas de rodillas en la iglesia cuando era corpus por turnos. Pero lo que más me afectó fue que yo, una niña de ocho años tuviera que ir a velar a una monja de clausura al convento de al lado durante unas horas, cuando en mi casa no permitieron que viera a mi padre muerto… Había monjas que las habían expulsado de Cuba y llevaban toda su mala leche en su ADN.
    Quiero que las personas sepan que esto siguió ocurriendo posteriormente y además se aumentó con el tema de los “bebés robados”. Gracias por oírme, porque es una manera de desahogo.

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