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Los horrores de la cárcel franquista de Can Mir, donde quien tenía ‘suerte’ moría primero

Tras el golpe de 1936, un almacén situado en pleno centro de Palma confinó entre miseria y torturas a más de 2.000 presos, sometidos a la práctica de las ‘sacas’: los reclusos eran ‘liberados’ y, conducidos bajo engaño por los falangistas, acababan fusilados. Ahora, este espacio es un cine, la popular sala Augusta

— Tomar el sol sobre las víctimas del franquismo

eldiario.es/illes-balears / Esther Ballesteros / 10/08/2022

Quien tenía ‘suerte’, era asesinado el primero. Los demás debían contemplar aguardando su turno. En numerosas ocasiones, los verdugos no anunciaban quién sería el siguiente: caminaban lentamente por la nave, entre los presos, haciendo amagos de aproximarse a uno u otro, mofándose del terror que emergía en sus rostros, para darse después la vuelta. Otros recibían la notificación de su fusilamiento apenas unas horas antes de llevarse a cabo y, para incrementar la tortura, dejaban espacios de una hora entre ejecución y ejecución mientras la angustia se apoderaba de los reclusos. En la mayoría de los casos, no les permitían despedirse de sus familiares. Si estos querían recuperar el cuerpo, debían hacerlo mediante soborno.

A mediados de 1936, un almacén de maderas situado en las céntricas Avenidas de Palma –desde donde la ciudad comenzó a expandirse tras el derribo de las murallas renacentistas que la cercaban hasta bien entrado el siglo XX– se convirtió en una de las prisiones más oscuras y trágicas de la represión franquista en Mallorca. Ubicada en el mismo lugar donde en la actualidad se levanta la popular sala Augusta –a la cárcel se entraba por el mismo acceso que cada año atraviesan miles de cinéfilos–, albergó durante cinco años a más de 2.000 presos, la mayoría vinculados a asociaciones obreras y partidos de izquierdas. La nave, de unos mil metros cuadrados, llegó a confinar al mismo tiempo, en un “ambiente nauseabundo”, a 1.004 prisioneros “dando incesantes vueltas por aquel antro”, como dejó constancia uno de los internos que permaneció tras sus rejas, el músico, escritor y político Lambert Juncosa.

Con Palma como punto estratégico en el desarrollo de la guerra al servir de base naval y aérea de las tropas nacionales, las autoridades comenzaron a habilitar distintos espacios de la ciudad -y del resto de Balears- para utilizarlos como cárceles y depósitos de detenidos. Como señala el investigador Bartomeu Garí Salleras, miembro fundador de Memòria de Mallorca, en La repressió a Mallorca durant la Guerra Civil espanyola, la represión fascista en la isla fue planificada meses antes del conflicto y perfectamente ejecutada por falangistas, militares, autoridades civiles, redes clientelares de derechas, capellanes e, incluso, por familiares de las propias víctimas.

“Desde el mismo momento del levantamiento fueron encarcelados muchos políticos y funcionarios acusados ​​de izquierdismo o que no habían querido adherirse a la nueva situación. Se inició una auténtica caza de sospechosos, que serían fusilados sin contemplaciones en las cunetas de las carreteras o en las tapias de los cementerios, sin ningún tipo de juicio y sin ningún motivo o muchas veces por motivos inconfesables”, afirma Garí con base en lo arrojado en Guerra Civil i repressió a Mallorca, del historiador Josep Massot Muntaner, uno de los estudiosos que durante la Transición más se volcó en esclarecer cómo se desarrolló el conflicto bélico en la isla.

Se inició una auténtica caza de sospechosos, que serían fusilados sin contemplaciones en las cunetas de las carreteras o en las tapias de los cementerios, sin ningún tipo de juicio y sin ningún motivo o muchas veces por motivos inconfesables

Bartomeu Garí Salleras — Investigador

Can Mir, próxima a la estación del tren de Sóller y a la prisión provincial, esta última instalada en el convento de los Capuchinos, se convirtió en una de las cárceles más sombrías de la isla: sin apenas contacto con el exterior, los presos convivían sin ninguna condición higiénica ni sanitaria, bajo un frío extremo en invierno, con una nube permanente de polvo planeando sobre ellos, sometidos a una extrema presión psicológica y prácticamente en penumbra, porque las bombillas, en torno a las que revoloteaban los murciélagos, apenas iluminaban y los ventanales situados en la parte superior tampoco dejaban traslucir la claridad.

Imagen del almacén de maderas Can Mir antes de convertirse en prisión franquista | Fotografía cedida por Manel Suárez

“Vivían sin ninguna condición de habitabilidad ni salubridad y muy pocos tenían derecho a salir al pequeño patio que había justo a la entrada. Entraban con lo puesto y algunos tenían que dormir con una manta en el suelo. La gente que entraba allí difícilmente podía salir: era una prisión destinada a eliminar físicamente a todas aquellas personas que el nuevo régimen consideraba que tenía que asesinar”, señala, en declaraciones a elDiario.es, el investigador Manel Suárez Salvà, autor del libro La presó de Can Mir. Un exemple de la repressió franquista durant la Guerra Civil a Mallorca, editado por Lleonard Muntaner. La repercusión de la obra fue tal que comenzaron a aflorar nuevos testimonios y datos que dieron pie a la publicación de un nuevo volumen, Suborns i tretes a la presó de Can Mir.

La comida, normalmente boniatos cocidos con la tierra aún adherida a la piel y huesos de vaca sin limpiar, les causaba malnutrición. “El alimento era tan pésimo que dudo de que muchos perros o cerdos lo hubieran querido probar”, relató otro de los presos, Josep Muntaner Cerdà, Fusteret, en sus memorias No eren blaves ni verdes les muntanyes. Los problemas de vista, la tuberculosis, las gastroenteritis, los problemas de riñones y algunos casos de demencia “ante la angustia y el terror de estar encerrados sin ver la luz del sol durante semanas y sin saber qué sería de ellos y de sus familiares” eran el pan de cada día en la cárcel de Can Mir. De puertas para afuera, cuando lograban comunicarse con su familia, intentaban ocultar la realidad de lo que sucedía en el almacén, mintiendo sobre las míseras condiciones en las que vivían y sobre el trato que recibían.

El alimento era tan pésimo que dudo de que muchos perros o cerdos lo hubieran querido probar

Josep Muntaner Cerdà — Preso en Can Mir

“Sé que muero siendo bueno”

Los cautivos intentaban, además, demostrar en todo momento su inocencia, especialmente en la última carta que se les permitía escribir horas antes de su fusilamiento. “Sé bien que muero siendo bueno y que no he cometido ningún delito, por eso es que no muero por la justicia sino por la bondad. Por lo tanto, os ruego que me tengáis presente toda la vida, igual como yo os tengo a vosotros”, manifestaba Antoni Amengual Morey, el 30 de octubre de 1936, en una misiva dirigida a sus padres. Tres horas después era fusilado en la tapia del cementerio de Palma.

Dibujo de los presos de Can Mir, por J. Pla Imagen extraída de la web sobre la represión en Mallorca Fideus

Entre 1936 y 1937, la actividad más dura e intensa de la represión en Mallorca se centró en los hombres encarcelados en Can Mir. Allí se implementó y normalizó la práctica de las ‘sacas’: los presos eran ‘liberados’ y, conducidos bajo engaño por grupos de falangistas, acababan asesinados en las cunetas de las carreteras. Era el “juego macabro” de los represores, como señala Suárez. Cuando más tarde los familiares, en la creencia de que su hijo, hermano o marido continuaban presos, acudían a la cárcel para llevarles ropa limpia, los guardias les indicaban que habían sido liberados y que posiblemente habían huido a otro lugar, como así sucedió con Juan Cañellas Capllonch, miembro de UGT y presidente interino de la Casa del Pueblo en Esporles, calificado como “socialista peligroso”. De este modo, el crimen permanecía oculto.

Como explica el investigador, el poder adquisitivo de la familia determinaba, por 500 pesetas, la muerte o la puesta en libertad de los presos. Para ello, los guardias disponían de un sofisticado sistema de transmisión de información que permitía, en el mismo momento que el preso iba a ser ‘liberado’, avisar a sus allegados para que reuniesen la mayor cantidad de dinero posible y ‘comprar’ así la vida de su ser querido. Era una de las corrupciones que reforzaban la idea de que había listas previamente establecidas.

Las ‘sacas’ comenzaron a llevarse a cabo prácticamente desde el principio, pero se acentuaron a partir de septiembre de 1936 y se prolongaron hasta la primavera de 1937. ¿Qué sucedió en este periodo para que se incrementase esta práctica de exterminio? Suárez explica que en 1936 fue nombrado gobernador civil de Balears Mateu Torres Bestard, amigo personal de Franco y uno de los principales impulsores de las desapariciones forzosas en las islas, y Francisco Barrado Zorrilla como director de la Policía. “Estos dos individuos tenían una red de sobornos por el cual la vida de una persona valía 500 pesetas. Y durante su mandato, aparte de desplegar esta red, se dedicaron no solo a tolerar, sino a fomentar la práctica de las ‘sacas’”, afirma el historiador.

No en vano, Torres Bestard llegó a dirigir una carta a Franco, fechada el 10 de septiembre de 1936, en la que se lamentaba del trato ‘favorable’ que recibían los presos: “Entre la enormidad de detenidos figura gente significadísima que hasta después de detenidos han hecho manifestaciones contrarias al movimiento y, nada, aquí costando un dineral su manutención. Menos mal que Falange hace alguna limpia [en alusión a las ‘sacas’]”, manifestaba en la misiva, recogida por Massot Muntaner en Guerra Civil i repressió a Mallorca. Finalmente, Torres Bestard y Barrado acabaron destituidos, siendo nombrado delegado de orden público Víctor Enseñat Martínez, quien manifestó entonces: “Se han acabado las noches lúgubres en esta casa”. Las ‘sacas’ y desapariciones ilegales tocaron a su fin, pero fueron sustituidas por las ejecuciones institucionalizadas y dictadas por los tribunales franquistas contra los desafectos al nuevo régimen.

Entre la enormidad de detenidos figura gente que hasta después de detenidos han hecho manifestaciones contrarias al movimiento y, nada, aquí costando un dineral su manutención. Menos mal que Falange hace alguna limpia [en alusión a las ‘sacas’]

Mateu Torres Bestard — Gobernador civil de Balears y amigo personal de Franco

Testimonios de las ‘sacas’

Suárez recoge el testimonio de Antoni Tomàs, quien recuerda perfectamente la ‘saca’ a la que fue sometido su padre en Can Mir: en la tarde del 18 de marzo de 1937, un camión ruso del ejército comandado por soldados y falangistas entró en el patio de la prisión y cargó con doce o trece hombres. Su madre, quien se encontraba allí esperando para hacer llegarle un paquete, lo presenció todo. En el instante en que el vehículo abandonó la prisión, la mujer corrió tras él hasta llegar al santuario de La Sang. No dejaron aproximarse a nadie y, acto seguido, el camión continuó su trayecto por las Ramblas, la Costa de sa Pols y de ahí Porreres, en la fosa común de cuyo cementerio han sido recuperados decenas de cuerpos de quienes allí fueron fusilados. Nunca más volvió a ver a su marido.

Fosas comunes en el cementerio de Porreres CAIB

Otros eran conducidos a un centro policial o ante el Crist de La Sang, obligándoles a besar los pies de la imagen, para devolverlos de nuevo a Can Mir. El del preso Miquel Òleo, “inocente capitán de un fantasmal ejército”, como se refiere a él Llorenç Capellà en el Diccionari Vermell (en el que ya en 1989 llegó a identificar con nombres y apellidos a cerca de novecientas víctimas mortales de la represión franquista), se recuerda como uno de los casos más crueles que protagonizó el capellán de la prisión provincial, Atanasio de Palafrugell.

El 27 de enero de 1938, a las seis de la mañana, Òleo era conducido hasta la pared del cementerio de Palma para ser fusilado una hora más tarde. Justo cuando iba a subir al camión que lo llevaría hasta allí, apareció el eclesiástico para obligarle a besar la cruz que portaba colgada de un cordón atado a la cintura. Ante la negativa del preso, lo agarró del cabello y le restregó el crucifijo por los labios hasta hacerle sangrar. Tras ello, los ejecutores se dispusieron a atormentar al recluso, que no murió de inmediato tras los disparos: lo dejaron arrastrarse por la tierra, agonizando, hasta que el definitivo tiro de gracia acabó con su vida.

El escritor Jean Schalekamp, por su parte, dejó constancia en su día del testimonio de varios represaliados en su libro Mallorca, any 1936. D’una illa hom no en pot fugir. Uno de ellos es el de Antoni Llodrà, quien relata el pánico que se propagaba entre los internos cuando sabían que se iba a producir una ‘saca’: “El día que sabíamos que venían a sacar a gente, una hora antes se hacía un silencio abrumador, total. Oprimidos por el miedo, nos sentábamos en el suelo (…). Después, venían y gritaban: ‘¡Atención!’ y comenzaban a leer las listas. Cuando se decía un nombre y después el apellido, entre el momento de acabar de pronunciar el nombre y de comenzar a decir el apellido, pasa un tiempo imperceptible, unas milésimas de segundo. Yo soy Antoni y hasta que comenzaban a pronunciar el apellido, porque es un nombre muy corriente, parecía que pasábamos meses enteros. ‘Antonio…’. y hasta que no habían pronunciado el apellido uno creía siempre que lo matarían”.

El primer director de la cárcel, Antoni Canyelles, quien había sido secretario del Ajuntament de Selva y director del barco-prisión Jaume I, se mostró rotundamente en contra de la práctica de las ‘sacas’. Varios testimonios recogidos por Suárez lo recuerdan como una “buena persona” que ayudaba a los familiares cuando querían introducir comida para los reclusos. Cuando tuvo conocimiento de lo que sucedía dentro de Can Mir, manifestó firmemente su oposición a las ‘sacas’ (“Este tipo de libertad no me gusta”, llegó a proclamar), lo que acabó provocando su destitución y su ingreso en la prisión de la calle Missió. Lo sustituyó en el cargo Bartomeu Fullana, quien endureció su trato con los prisioneros.

Carta escrita por Jaume Matheu Siquier, asesinado el 15 de enero de 1937 víctima de una de las ‘sacas’ de Can Mir Imagen extraída de ‘La repressió a Mallorca durant la Guerra Civil espanyola (1936-1939)’, de Bartomeu Garí Salleras

Ametralladoras y carabinas en alto: “Queremos la cabeza de los presos”

Como documenta Suárez, durante los últimos meses de 1936 se llevaron a cabo varias manifestaciones fascistas en Palma y concentraciones muy duras en los alrededores de Can Mir cuando el desarrollo de la guerra no era el que esperaban, exigiendo que les entregasen a los presos para ejecutarlos. Lambert Juncosa fue uno de los presos que vivió aquellos momentos: “Recuerdo el día en que los falangistas regresaron de Eivissa, donde hallaron a muchos de sus compañeros fusilados por los ‘rojos’ de allí. Volvieron furibundos. Era una noche de octubre, ventosa y desapacible”.

“Estábamos ya sobre nuestros jergones”, prosigue, “cuando oímos un ruido espantoso en la avenida frente a nuestra cárcel. Llegaban los ‘valientes’ enardecidos, cantando sus himnos y gritando: ”¡Queremos la cabeza de los presos!“ (…). Ametralladoras, cestos con bombas de mano y las carabinas en alto. Intentaron forzar las rejas de la entrada, otros se esparcieron por los flancos del edificio y desde los andenes de la estación de Sóller y de la calle hoy llamada María Cristina intentaron agujerear las paredes para entrar por allí a la cárcel y matarnos como a ratas”.

Algunas de las caricaturas realizadas por José López Bermejo durante su reclusión en Can Mir Imágenes extraídas del libro ‘La presó de Can Mir’, de Manel Suárez Salvà

Los campos de concentración de Balears

Como explica, por su parte, el investigador Antoni Oliver en La vida als camps de concentració a Mallorca, la acumulación de detenidos en Can Mir, la prisión provincial y el Castell de Bellver llevó a las autoridades fascistas a plantearse, coincidiendo con las nuevas necesidades defensivas de Mallorca, trasladar a los presos en los campos de concentración itinerantes que fueron abriéndose desde diciembre de 1937 a lo largo de la costa de Mallorca, donde eran obligados a trabajar en la construcción de carreteras y otras obras públicas y a dormir en los reposaderos del ganado, en barracones de madera o en tiendas de campaña.

También se refiere a estos enclaves el periodista Carlos Hernández en su libro Los campos de concentración de Franco, donde relata cómo la Comandancia Militar de Balears gestionó a sus prisioneros con gran autonomía y, poco después de la sublevación, comenzó a utilizarlos como mano de obra esclava, abriendo y cerrando campos de concentración según sus necesidades laborales.

Entre todos ellos asomaba el de Sa Colònia, próximo al puerto de La Savina, en Formentera. “Sa Colònia fue el lugar de reclusión franquista más temido de toda Balears durante los primeros años de la posguerra”, asevera Oliver, quien señala que en 1941 llegaron a concentrarse 1.500 prisioneros a la vez: “Todos, naturalmente, eran republicanos, principalmente gente humilde que no siempre había tenido una participación destacada en la Guerra Civil”. La mayor parte de quienes allí acabaron habían pasado por el penal de Can Mir.

Placa en memoria de los presos que estuvieron encarcelados en la prisión de Can Mir, instalada en el edificio que en la actualidad ocupa el cine Augusta de Palma

En la actualidad, las certificaciones relativas a la estancia de los presos en Can Mir son prácticamente inexistentes. Y es que, según Suárez, el capellán de la prisión, Antoni Garau Plaza, recogió todos los expedientes de los prisioneros que durante su cautiverio no se habían movido de la cárcel, se los llevó y, muy posiblemente, los destruyó, escondiendo así todas las pruebas que pudiesen relacionar los asesinatos durante los primeros meses de funcionamiento. La desaparición de la documentación supuso un grave problema para todos aquellos que necesitaban certificar su paso por la prisión para poder percibir las indemnizaciones previstas por el Estado. “La sombra de la represión, del misterio, del miedo y de la injusticia que supuso el antiguo almacén de maderas aún abarcaba las postrimerías del siglo XX”, subraya el investigador.

Además de los propios testimonios de los reclusos, han sobrevivido al paso del tiempo los dibujos que realizaron algunos de los presos, como José López Bermejo, recluso destinado a los trabajos de oficina que ocupaba parte de su tiempo haciendo caricaturas de sus compañeros, a menudo en hojas oficiales de la prisión. López logró sacar de la prisión 150 dibujos que en la actualidad pertenecen al archivo familiar.

Hoy, una placa recuerda el destino de quienes sufrieron en Can Mir las consecuencias de la represión franquista. Durante años compartió espacio con la que hasta 2021 daba nombre a la principal vía de Palma: Avenida de Juan March Ordinas, contrabandista, banquero y empresario erigido en uno de los principales financiadores del golpe de Estado de 1936. La prisión cerró sus puertas en 1941 y, siete años después, era transformada en el emblemático cine Augusta de Palma. Durante décadas, los antiguos prisioneros identificaron la sala de proyecciones con el nombre de “cine Angustias” ante el miedo, la miseria, las torturas y la muerte a la que muchos se enfrentaron tras sus paredes.

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Fotografía destacada: Una de las pocas imágenes existentes del interior de la prisión de Can Mir | Fotografía cedida por Manel Suárez

Fuente:https://www.eldiario.es/illes-balears/sociedad/horrores-carcel-franquista-can-mir-tenia-suerte-moria_1_9220290.html

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Cinco cadáveres, una sortija y una alianza, los restos de la represión franquista en Asturias

Los arqueólogos de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica trabajan en una trinchera de Grau convertida en fosa a la que los fascistas fueron arrojando los cuerpos de los fusilados entre 1938 y 1939

-Rafael, el hombre del dólar de oro que fue demasiado socialista para los franquistas

eldiario.es / Peio H. Riaño / 09/08/2022

Cuando llegó el asfalto ya no quedaba nadie. La luz eléctrica también tardó lo suyo. Con la democracia y los primeros alcaldes elegidos por los vecinos estos pueblos que cuelgan de las montañas del interior asturiano recuperaron el tiempo perdido. Aunque demasiado tarde: los guajes habían marchado a las ciudades a buscar un nuevo mundo. Y a librarse del de sus padres, asfixiado por la muerte, el rencor, también lo hacían de la amenaza de una dictadura que se impuso a golpe de asesinato en todas las aldeas que beben del curso del río Cubia y otros tantos arroyos y regueros que hacen de estas montañas una belleza monumental. Remontar el curso del río, desde Grau hacia el Puerto de Marabio, es despertar la memoria de la barbarie, con soldados asesinando por decenas a campesinos pobres e indefensos, cuyo pecado había sido tratar de doblegar a la naturaleza para que les soltara algún fruto con el que seguir tirando.

Entonces no había asfalto ni había luz eléctrica. Todo era muerte, miedo y una máquina de escribir. En los años treinta, en todo el concejo de Grau, sólo había una máquina, la de José Arias de la Roza, secretario General de la Asociación de Labradores de Villandás, migrante que acababa de regresar de Cuba con su mujer Encarna y cuatro hijos. Era 1932 y José le dijo a su compañera que había que volver, que había llegado la República, que ya era otro país.

Regreso por la República

Ambos habían viajado a Cuba a labrarse el futuro que en España tanto se resistía a finales del XIX. Entre 1840 y 1940 cerca de 300.000 jóvenes abandonaron Asturias con destino a América. Las migraciones más numerosas sucedieron hasta el primer tercio del XX, con destino a Cuba, Argentina y México.

José y Encarna con sus hijos. | Cedida por la familia

Según las investigaciones realizadas por el Museo del Pueblo de Asturias, los chavales que escapan de la provincia tenían entre diez y 18 años, mayoritariamente hijos de campesinos, que huían de la pobreza y de la guerra de África. Al otro lado del charco les esperaban fábricas de tabaco y textiles. Cuando José y Encarna regresaron a su tierra, en la aldea de Villandás, arrendó unas tierras y plantó el tabaco que traía de América. Aquí tuvieron un hijo más. Hoy viven María de los Ángeles (90) y Amparo (85). Cuando asesinaron a José, la mayor de sus hijas, Alicia, tenía 19 años y Amparo apenas unos meses.

Encarna no quería regresar, no confiaba en el cambio. Pero volvieron y consigo trajeron una victrola portátil –un tocadiscos– y 54 discos, además de otros enseres y la máquina de escribir Royal Qwerty, de color negro brillante, de hierro fundido con la que dejaba constancia de la unión de los trabajadores del campo. La nieta de José y Encarna, hija de Alicia, es Dolores Menéndez Arias, tiene 67 años, nació en Cuba y regresó con once años. Conserva la memoria documental de la familia y nos muestra la factura de los bienes que presentó su abuelo en el consulado español en Guantánamo (Cuba) antes de regresar a España. Ahí aparece la Royal.

En aquel tiempo ni siquiera el Ayuntamiento de Grau tenía máquina de escribir, indica Pepe Sierra, antiguo alcalde de Izquierda Unida en esta población asturiana que hoy roza los 10.000 habitantes. Sierra se dedica desde hace años a poner en orden la memoria del concejo, a reunir testimonios, a investigar cuántos fueron asesinados en plena represión. “De momento he recopilado 230 personas ejecutadas en Grau, desde el momento en que cae en manos franquistas. Instalaron en el concejo tres banderas falangistas y arrasaron. Iban a la caza, no les hizo falta ni los juicios sumarísimos”, cuenta Sierra a este periódico. Y subraya que del total, el 18% de las personas asesinadas fueron mujeres. “Es un porcentaje muy alto. Mataban para aterrorizar”, dice.

Foto del pasaporte de Encarnación con sus hijos

Memoria de la barbarie

A Sierra se le amontonan en la conversación los casos de barbarie que ha ido documentando, pero de repente recuerda al maestro de Restiello, cerca de donde vivían José y Encarna con sus cinco hijos. Al maestro le ordenaron que se presentara en el cuartel de la Guardia Civil de Grau. Está a unos 20 kilómetros y bajó en su bicicleta. Fue arrestado y sólo lo liberaron días más tarde cuando se presentó el padre, un salmantino y conservador, que reclamó la libertad para su hijo. Así lo hicieron. Cuando el padre regresó para Salamanca y el maestro volvía en bici a su casa, lo detuvieron a la salida de Grau y lo fusilaron. En la famosa y espeluznante fosa de El Rellán. “Aquí todos los maestros eran del Partido Comunista y fueron los primeros a los que asesinaron”, explica Sierra sobre el miedo que tenían los franquistas a la capacidad de influencia de los docentes.

José Arias de la Roza no era maestro. Pero debía de tener talante y don de gentes, cuenta Sierra. Porque como ellos, fue un elemento molesto para los fascistas y fue exterminado. Este martes de agosto han encontrado su cuerpo en la fosa de Canto la piedra, en una curva de la aldea de La Garba, a cinco kilómetros de Grau.

Sortija hallada en la fosa de Grau | ARMH

Los arqueólogos e historiadores voluntarios de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH) se encargan –gracias también al apoyo del actual alcalde de Grau, José Luis Trabanco (IU)– desde este lunes de la exhumación de los cuerpos de esta trinchera que los franquistas convirtieron en fosa. Marco González, coordinador de la excavación, advierte que hay evidencias de seis cuerpos.

Sólo falta que el ADN confirme lo que los testigos vieron: el 28 de febrero de 1938 llegó un camión con cuatro personas y los fusilaron al borde de la trinchera. En este punto de la historia aparece un tipo al que nadie en estos pueblos ha podido olvidar por los crímenes de los que le acusan. Lo llamaban el pintao de Bayo. Hay testigos del fusilamiento que contaron a los familiares de las víctimas que el pintao, quien apretó la pistola y acabó con sus vidas. Los especialistas de la ARMH encontraron en el terreno los casquillos de la 9 mm con la que apretó el gatillo. No eran fusiles.

Todos en Cuba

Junto con José fueron asesinados ese día Jovino González Fernández y el matrimonio María Concepción García Álvarez y Enrique Rodríguez Siñeriz. El matrimonio se había concertado entre los padres, por fotografías. Enrique estaba en Cuba trabajando como sastre y María Concepción fue para allá a casarse con él. Cuando lo denunciaron y arrestaron su mujer dijo que donde iba su marido iba ella… Esos días en que los tuvieron bajo arresto en Grau, el autobús de línea venía cargado de juguetes y caramelos, cuenta Pepe Sierra. Dejaban huérfanos a tres hijos.

Casi un año después, el 7 de enero de 1939, también mataron y arrojaron a la fosa a Erundia González López, de 29 años, madre de dos hijos, dueña del chigre de Arellanes y denunciada por un vecino del pueblo de Los Llanos. No se sabe qué pudieron hacerla entre el arresto y el tiro.

Todas estas personas formaban parte de las listas que hacían las fuerzas franquistas. Todo aquel que faltara de los pueblos era considerado un “rojo huido”. Los perseguían por toda España hasta darles caza. Pepe Sierra llama la atención sobre un hecho muy relevante: entre los cinco fusilados en esta fosa hay cuatro que estuvieron trabajando en Cuba. Ese fue su delito.

Alianza excavada en la fosa de Grau | ARMH

“No hay lógica que explique estos asesinatos. Los consideraban una amenaza y había que acabar con ellos”, dice Sierra. “Mi abuelo era pobre, no tenía tierras. Pero le tenían ganas unos cuantos, algunos incluso de la familia de mi abuela”, añade en la conversación Dolores, la nieta de José.

“Yo tuve un abuelo gracias a mi madre”, dice Dolores. Alicia mantuvo siempre viva la memoria de su padre, nunca calló aunque fue cauta. “No quería olvidar. Quería atesorar y compartir”. Alicia murió hace siete años, no pudo ver enterrado a su padre junto con el resto de su familia, aunque sabían perfectamente dónde estaba. La exhumación de los restos de su abuelo es un “acto de justicia”. No quiere revancha porque los culpables están muertos. “Es un consuelo para las dos hijas que quedan vivas. Es un capítulo que se cierra, pero no se cierra el libro. A veces es necesaria la historia de los pequeños para reconstruir la gran historia”, explica Dolores. Este miércoles irá a visitar la fosa en la que permanecen los restos de su abuelo, maltratados por la humedad, la tierra ácida y las raíces. A José lo hicieron desaparecer, requisaron su Royal Qwerty, pero nunca borraron su memoria.

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Fotografía destacada: Trabajos de exhumación en la trinchera de Grau. | ARMH / Óscar Rodríguez

Fuente:https://www.eldiario.es/sociedad/cinco-cadaveres-sortija-alianza-restos-represion-franquista-asturias_1_9234303.html?fbclid=IwAR3cwEH3Kvy2dbgutQUmbou0Y–7mCm0CMmgePltcNKt-pIUWq4CSJbXqzQ

 

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Comienza en Grado una nueva exhumación para localizar a cinco víctimas del franquismo

La Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica inicia la búsqueda de tres hombres y dos mujeres, asesinados entre febrero de 1938 y enero de 1939, en la fosa común situada en el paraje Canto la Piedra, de La Garba

lavozdeasturias.es / 07/08/2022

La Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH) iniciará mañana la búsqueda de cinco víctimas de la represión franquista en una fosa común situada en el paraje Canto la Piedra, de La Garba, en Grado, en concreto tres hombres y dos mujeres asesinados entre el 28 de febrero de 1938 y el 7 de enero de 1939.

El pasado 27 de marzo la ARMH estuvo explorando la zona, donde está ubicado uno de los monolitos instalados por el Gobierno asturiano en fosas comunes de la región, y halló numerosos casquillos de bala y algunos objetos como un peine o varios trozos de metralla.

Los proyectiles son los que disparaban los fusiles Máuser y procedían de la Fábrica Nacional de Toledo, fechados entre 1932 y 1935.

Las personas a las que se busca son José Arias de la Roza -una de cuyas hijas todavía vive y los voluntarios de la ARMH ya le han tomado muestras de ADN de cara a una posible identificación-, que tenía 43 años y era militante de la Agrupación Socialista de Grado cuando fue asesinado el 28 de febrero de 1938.

También se intentarán recuperar los cuerpos de Jovino González Fernández, un emigrante a Cuba que tuvo una actividad relevante en organizaciones de izquierdas y que, al a Asturias, se afilió al PSOE y que murió tras ser localizado después de intentar esconderse en casa de amigo.

Además, se espera localizar los cadáveres del matrimonio formado por María Concepción García Álvarez y Enrique Rodríguez Siñeriz y de Erundina González López.

La ARMH ha contado con la colaboración del Ayuntamiento de Grado pero llevará a cabo la exhumación y las identificaciones con sus propios recursos económicos y el trabajo de personas voluntarias dado que no solicita subvenciones a ninguna administración para mostrar su rechazo a la gestión que se realiza en España en ese ámbito, informa Efe.

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Fotografía destacada: Imagen de archivo de los restos humanos localizados en la fosa de El Rellán, en la localidad asturiana de Grado. Eloy Alonso | EFE

Fuente:https://www.lavozdeasturias.es/noticia/asturias/2022/08/07/comienza-grado-nueva-exhumacion-localizar-cinco-victimas-franquismo/00031659870987810481712.htm

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Dos impactos de bala en un garaje desde 1936 muestran la represión franquista en Asturias

La Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica recupera los cuerpos de los cuñados Manuel Pérez Méndez y José Pérez González durante una exhumación en Villapedre (Asturias) que concluyó el pasado 21 de julio

publico.es / Adela Lobo / 29/07/2022

Manuel Pérez Méndez era un trabajador de Asturias. El 12 de agosto de 1936 estaba en su casa, junto a su mujer. Ese día, sin embargo, todo cambiaría. Soldados franquistas entraron en su hogar y lo sacaron a rastras. Solo le dio tiempo a decir una cosa a su mujer: “Tiva, se n’algo che faltéi, perdóname (Tiva, si en algo te falté, perdóname)”. La desgracia no llegó sola a la familia. Ese mismo día las fuerzas franquistas se llevaron también al cuñado de Manuel, José Pérez González. Ahora, 86 años después, la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica ha concluido el proceso de exhumación. “Nos han cerrado muchas puertas”, explica Charo, la mujer del nieto de Manuel, a Público.

Tras la intervención en Villapedre, se han hallado los huesos de 2 varones de unos 30 años. “Después de todo, esto es una gran alegría, aunque también sentimos rabia y dolor“, aclara Manuel Pérez Pérez, nieto de Manuel Pérez Méndez. El proceso ha sido breve pues se inició la localización el 19 de julio y terminó el 21 de ese mes. La asociación califica el proceso como “una intervención fácil”, debido a que el área de actuación abarcaba unos 9 m².

Charo, la mujer del nieto de Manuel, comenta a Público que se le ocurrió solicitar la exhumación cuando leyó un párrafo que se publicó en el libro de las fiestas de Villapedre. El texto explicaba quiénes estaban enterrados en el cementerio de Villapedre. “¿Por qué no movemos esto?”, le dijo a su marido. “Me pasaron al escritor y de ahí a la asociación”, explica Charo a Público. A partir de ese momento, la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica empezó a planificar la investigación y la exhumación de los cuerpos de los asesinados.

La familia comenta que el día que comenzaron a mover la tierra se acercó un hombre y dijo “ni los muertos dejáis tranquilos”. A lo que Charo contestó: “Los muertos no, señor, los asesinados“.

La historia detrás de los huesos

“En Asturias el golpe nada más tuvo éxito en la capital y en unos cuarteles de Gijón, así que los esfuerzos de las autoridades republicanas se centraron en acabar con esos focos”, comenta el historiador Xosé Miguel Suárez Fernández a Público. “En auxilio de la capital sitiada por la República, los sublevados enviaron una columna militar desde Galicia que fue la que fue avanzando por el noroccidente asturiano y la que acabó de tomar la zona”.

Xosé Miguel Suárez Fernández ha recogido las historias de estas víctimas en su libro Como augua de torbón. Guerra civil y represión franquista el estremo noroccidental de Asturias, una investigación que nace con el objetivo de sacar a la luz las historias de las víctimas que provocó el golpe militar de 1936 en la zona. Entre esos asesinados por el régimen en Asturias se encuentran Manuel y José.

Manuel Pérez Méndez nació el 1 de septiembre de 1905 en un pueblecito del municipio asturiano de Navia. Le apodaron el ‘pequenu’. Con 21 años contrajo matrimonio con María Natividad Méndez García, a la que se referían con el diminutivo ‘Tiva’.

La hermana de Manuel, Julia, estaba casada con José Pérez González, alias Pepe Baragaña. Él nació el 20 de diciembre de 1905 en Bárzana, aldea de la parroquia de Villapedre. José se casó con Julia, la hermana de Manuel.

Represión al movimiento obrero

Tanto Pepe Baragaña como su cuñado se dedicaban a labrar la tierra y cuidar del ganado. Su compromiso con el movimiento obrero los llevó a sindicalizarse en la UGT. Después del golpe de Estado, se organizó el Comité de Guerra de Villapedre, con el que los cuñados colaboraron.

Sobre el ‘pequenu’ se comentó que poseía una lista con números por cada casa de la contorna. A partir de este dato, se extendió el rumor de que era un listado para matar gente. Sin embargo, era un cómputo de las vacas y jatos que había en cada caserío por si fuera necesario requisar ganado para hacerse con carne para los milicianos. El rumor fue justificación suficiente para los sublevados, que fueron directamente a buscarlo a su casa.

El movimiento sindical y político de izquierdas fue arrasado por la opresión. A partir del dominio de los golpistas, comenzó una represión que tuvo una vertiente judicial, pero no fue así en otros casos. Los sublevados sacaron a gente de sus casas con el objetivo de asesinarlos. Este fue el caso del ‘pequenu’ y José.

El 12 de agosto de 1936 una cuadrilla franquista llegó a la casa de Manuel con el objetivo de atraparlo. Fueron directos a por él. “Tiva, se n’algo che faltéi, perdóname“, le dijo a su mujer mientras la cuadrilla lo sacaba a rastras. Sonaba a despedida, sabía que lo iban a matar.

Los asesinos también fueron a buscar a José y a otro vecino, Vicente Suárez García. Con ellos, iba el párroco, al que aquellos tres hombres, escoltados por la fuerza, le preguntaban suplicando qué hicieron ellos.

Desde una ventana la madre de Vicente gritaba que los dejaran. La mujer le rogó al cura que no mataran a su hijo delante de ella y los asesinos decidieron dejar su muerte para después. No fue el caso de Manuel y José, a quienes mataron los franquistas a la derecha de la puerta del garaje de una casa. La prueba del asesinato quedó grabada en el mismo garaje, donde todavía se ven los impactos de las balas.

Las vidas que quedan atrás

Julia y ‘Tiva’ se convertían en viudas al cargo de sus hijos. Julia escuchó los tiros desde la carnicería de Veiga. Cuando la mujer volvió a su casa de Bárzana y le dieron la noticia, se desmayó. Julia tendría que mantener sola a su hija de siete años, Berta.

Por otra parte, la mujer de Manuel tendría que cuidar de sus cinco hijos: Laureano, José, Manuel, Fabricio y Beatriz. Consiguieron salir adelante gracias a las cuatro vacas que tenían y a la ayuda de los vecinos.

Ángel, uno de los hermanos de José, huyó de las fuerzas franquista. Tuvo que esconderse durante años en el desván para evitar que lo encontraran. Los sublevados llamaban todos los días a la hermana de José, Ramira, para que declarara forzosamente dónde se encontraba su familiar. Finalmente, Ángel se fue a Santander. Solo volvió para el entierro de su hermana, que tanto lo había protegido.

El hermano de Manuel, Luis, fue al frente en noviembre de 1937. Nunca volvió y lo dieron por desaparecido. La familia cree que lo fusilaron por intentar pasar a las filas republicanas.

La recuperación de los cuerpos

Los cadáveres de Manuel y José fueron transportados en 1936 por un vecino enterrador, quien cavó un hoyo en la parte civil del cementerio de Villapedre para dar sepultura a los asesinados. Con la ampliación del cementerio en 1965, los restos de las víctimas se trasladaron. Tras esto, las familias perdieron la ubicación de los cuerpos.

Según informa la asociación, la recopilación de datos comenzó en agosto de 2019, pero el proceso paró por la pandemia. Este año la asociación ha podido comenzar por fin la exhumación. Por fin, han localizado el enterramiento secundario y han hallado a 2 varones de unos 30 años.

“Creemos que sí, tenemos la esperanza de que sean ellos”, explica Charo. Las familias podrían recuperar los cuerpos después de tres generaciones esperando.

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Fotografía destacada:  Detalle de los impactos de bala en el garaje. | Suárez Fernández

Fuente:https://www.publico.es/politica/impactos-bala-garaje-1936-muestran-represion-franquista-asturias.html#analytics-seccion:listado

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Reclaman a la Junta de Andalucía que retire el cartel que dice que Lorca «vivió sus últimos momentos» en los barrancos de Víznar

Para la ARMH decir que quienes fueron ilegalmente detenidos, torturados y trasladados a ese lugar para ser asesinados “vivieron sus últimos momentos” o “dejaron sus vidas” es una forma de esconder la verdad, de omitir los crímenes y la existencia de verdugos

diario16.com / Eva Maldonado / 02/08/2022

La Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH) ha registrado una petición a la Junta de Andalucía para que cambie o retire los carteles de los barrancos de Víznar en los que se dice que se dice que Federico García Lorca «vivió sus últimos momentos» o el que dice en la carretera de Víznar a Alfacar que en esos parajes «dejaron sus vidas» miles de granadinos y granadinas en defensa de los valores democráticos.

La ARMH, que inició en España las exhumaciones científicas de fosas de la represión franquista en el año 2000 y que ha llevado a cabo diversas actuaciones en Andalucía, exige un lenguaje que defina los crímenes, que los denuncie y que deje de utilizar eufemismos a la hora de hablar de los terribles asesinatos cometidos por los golpistas de 1936. «Hablar de los últimos momentos de vida o de que alguien dejó allí su vida, como si fueran actos voluntarios, es esconder un sujeto que decidió asesinar a todas esas personas porque su proyecto política necesitaba de un enorme usa de la violencia para implantarse por la fuerza», explica Emilio Silva, presidente de la ARMH y nieto del primer desaparecido por la represión franquista identificado por una prueba genética en la Universidad de Granada. Y añade: «Ese lenguaje esconde la condición de desaparecidas forzadas de las víctimas y borra el rastro de unos verdugos que ejercieron esa violencia voluntariamente y tienen nombres y apellidos». 

En el escrito registrado a la Junta se dice: 

Cuando una persona recorre los parajes en los que fueron asesinadas personas que se opusieron al golpe de Estado del 18 de julio de 1936 se encuentra con algunos carteles explicativos del paraje en el que se encuentra. En ellos se incluyen textos que utilizan eufemismos para no señalar y denunciar los crímenes que los golpistas de 1936 cometieron en esos lugares. Textos como estos:

SENDERO BARRANCO DE VÍZNAR

Mediante este sendero podrá conocer parte de nuestro legado histórico y cultural visitando el paraje conocido como Los Barrancos lugar donde se cree “vivió sus últimos momentos” el poeta granadino Federico García Lorca.

 LUGAR DE MEMORIA HISTÓRICA DE ANDALUCÍA: CARRETERA VÍZNAR-ALFACAR

En estos parajes “dejaron sus vidas” miles de granadinos y granadinas en la defensa de los valores democráticos de la Segunda República Española…

Decir que quienes fueron ilegalmente detenidos, torturados y trasladados a ese lugar para ser asesinados «vivieron sus últimos momentos» o «dejaron sus vidas» es una forma de esconder la verdad, de omitir los crímenes y la existencia de verdugos y de simular que esas personas pudieron llegar a ese lugar para ser asesinados por su propia voluntad.

Dentro de la transparencia y el deber de denunciar la intolerancia de quienes tomaron el poder mediante el uso de la violencia y asesinaron para ello a miles de personas, el lenguaje de una democracia no puede ser complaciente con los asesinos y tiene que denunciar hechos que jamás debieron ocurrir, como lo hace con los lugares en Andalucía en los que han sido señalados atentados terroristas donde no se dice que dejaron sus vidas o vivieron sus últimos momentos sino que las víctimas fueron asesinados.

Y se reclama:

Que se remplacen los carteles que se señalan por otros que utilicen un lenguaje claro y riguroso con los terribles hechos ocurridos en esos parajes, que se traten los asesinatos como asesinatos y que se abandone ese lenguaje que oculta los hechos criminales que fueron desapariciones forzadas, los crímenes más graves que se pueden cometer contra un ser humano: se le detiene a una persona ilegalmente, se le tortura, se le asesina y se esconde su cadáver para negarle un lugar de memoria en el que reposen sus restos y se multiplique el dolor de su familia y de su entorno.

Para el caso de Federico García Lorca la ARMH adjuntó el informe de la policía franquista que la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica sacó a la luz en el año 2015, en el que se explican algunas de las razones por las que el poeta fue asesinado y desaparecidos.

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Fuente:https://diario16.com/reclaman-a-la-junta-de-andalucia-que-retire-el-cartel-que-dice-que-lorca-vivio-sus-ultimos-momentos-en-los-barrancos-de-viznar/

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Una negligencia oculta del franquismo: los niños de la polio

Los afectados denuncian las secuelas de una epidemia de la que sobreviven más de 50.000 afectados en nuestro país

elsaltodiario.com / María Serrano / 27/07/2022

Manoli Martín ya ha cumplido los sesenta, pero las secuelas de la polio, de la que se contagió con tan solo once meses de edad, las arrastra como una condena diaria: “Mi madre me contaba que parecíamos conejillos de indias en los hospitales del régimen. Los médicos nos pinchaban en San Juan de Dios en la planta del pie a ver si reaccionaba nuestra pierna inerte”.

La ocultación del franquismo de aquella epidemia es otra de las asignaturas pendientes en la memoria de sus víctimas, que nunca tuvieron conciencia de aquella negligencia. El investigador Antonio David Sánchez apunta a El Salto Andalucía que “en las epidemias de polio de los años 50 y el primer periodo de los 60 quedan por saber muchas cosas”.

Sánchez: “Se han tapado muchas de las opiniones de determinadas figuras del franquismo que fueron negacionistas de la epidemia”

Demasiadas. Por ejemplo, quién fue el responsable último de tomar la decisión de no vacunar a los niños españoles: “Se han tapado muchas de las opiniones de determinadas figuras del franquismo que fueron negacionistas de la epidemia, llegando incluso a afirmar que en nuestro país no había un problema serio con esta enfermedad”, afirma Sánchez. Fue tal la ocultación, que se intentó tranquilizar a la población cuando muchos de los médicos sabían que estábamos ante “un contagio de dimensiones colosales”. La dictadura ocultó el desastre, pero hoy sobreviven con las secuelas entre 40.000 y 50.000 afectados que no han sido reconocidas como víctimas del régimen.

La posguerra trajo hambre y malas condiciones de vida. La renta per-cápita en España no igualó a la de antes de la guerra civil hasta los años 50; un perfecto caldo de cultivo para la transmisión de enfermedades infecciosas: “Todo esto, unido a que teníamos una sanidad literalmente desmantelada por el dictador, hizo muy fácil la eclosión de focos de polio a lo largo y ancho del país”, añade el autor.

Los casos a partir de la década de los 50 se dispararon hasta llegar a los 2500 por año

Según las cifras recogidas en la investigación La poliomielitis. Una negligencia del franquismo (Editorial Aconcagua), “los casos a partir de la década de los 50 se dispararon hasta llegar a los 2500 por año, no descendiendo hasta los sesenta cuando se normalizó el uso de la vacuna”.

Manoli Martín, durante la entrevista. MARÍA SERRANO

Manoli recuerda a El Salto Andalucía cómo las monjas eran personal habitual en el tratamiento de estos niños de la polio en los hospitales como el de San Juan de Dios, donde se derivaba a los afectados en Andalucía occidental. En su mayoría eran operados de tibia y peroné, a pesar de que no era una operación necesaria para muchos de ellos: “Recuerdo los tirones de oreja de las monjas cuando nos montaban en unas bicicletas para ejercitar la musculación. Era un trato horrible, nos gritaban para que hiciéramos bien el ejercicio cuando nuestra pierna tenía una afectación de por vida que no querían reconocer. Nos daban palmetazos para que no paráramos, cuando no sabían ni nosotros ni nuestras familias lo que estaba ocurriendo”.

Manoli pudo contener lo más terrible de la enfermedad hasta los doce años, cuando llegó su desarrollo: “Las vacunas las vendían clandestinamente y muchas familias no tuvieron acceso a ellas. Mi padre trabajaba en el comercio textil, mi madre era costurera, eran sectores de la población que no tenían derecho a nada”.

De un simple resfriado a la pérdida de la movilidad

El perfil más habitual de las víctimas de esta epidemia tenía un cuadro muy concreto. Comenzaba con un niño o niña de menos de cuatro años de edad. Un simple resfriado, y a los pocos días el niño iba perdiendo movilidad en las piernas o en los brazos, dependiendo de la altura de la afectación medular del virus. Sánchez aclara que “a partir de ahí, el niño iba desarrollando un cuadro de atrofia muscular progresiva que incluso lo llevaba a estar durante años ingresado en sanatorios especiales o incluso enganchados al llamado pulmón de acero, cuando era la musculatura respiratoria la afectada. Hay personas que han pasado toda su infancia lejos de su familia a causa de este virus”.

Cristina Vega también contrajo la polio con tan solo nueve meses: “Yo nací en un pueblo pequeño de la provincia de Madrid y allí no había llegado la vacuna, como a tantos rincones de España”. La enfermedad le ha afectado toda su vida: “Me produjo meningitis. Tuve que estar asistida por un pulmón artificial durante un tiempo. Tuve un periodo de recuperación de la pierna derecha, movilidad del brazo izquierdo, pero las operaciones nunca desistieron. La afectación es como un cuadro de ajedrez. Y hasta los dieciocho fui sometida a seis operaciones. A partir de la mayoría de edad, empecé a desistir de andar sin la silla, que ya me ha acompañado toda la vida”.

Cristina Vega, durante la entrevista. MARÍA SERRANO

Vega empezó a vivir la conciencia de la discapacidad, en un tiempo en el que no se hablaba en estos términos. Se empezaba a hablar de las minusvalías, no solo para los afectados de polio. En esa lucha por el reconocimiento de la discapacidad, “conseguimos mejoras en el trasporte público y en el acceso a lo laboral, con dificultades. Fuimos concienciando más a la gente y logré sacarme la carrera de psicología en medio de muchas barreras”.

Víctimas de polio, victimas del régimen

Vega apunta que las víctimas no buscan, a estas alturas, “ningún tipo de reconocimiento”, pero sí cree que es necesario que “haya estudios del síndrome pospolio que ha afectado a todos los enfermos de esta epidemia. Hay unas secuelas que se evidencian en falta de fuerza o fatiga muscular. Ha habido mucha dejadez médica y muy poco interés en reconocerlo”, concluye Cristina.

Antonio David Sánchez sentencia, como investigador del tema, que la ocultación de aquellos años es, sin lugar a dudas, una negligencia del régimen: “De haber existido a tiempo una vacuna en España, el número de casos hubiera disminuido mucho y no habría tantas personas afectadas”. Además, afirma que ante esto deberían responder los diferentes gobiernos que han pasado por nuestro país desde la Transición: “Mi teoría es que hay demasiados afectados de secuelas de polio y pospolio, y que eso suponía reconocer derechos y prestaciones a un colectivo que podía ser muy caro para las arcas del Estado”.

Por otra parte, el testimonio de Cecilio Gordillo, luchador por tantas causas de memoria histórica en Andalucía, resulta esclarecedor. Fue otro de aquellos niños afectados por la polio en la España de los cincuenta. En declaraciones a El Salto Andalucía reconoce que a los seis meses ya casi no podía usar las piernas. “En mi pueblo de Badajoz no había recursos para tratarme y mi familia no me pudo llevar a Sevilla hasta que cumplí los cinco años”.

Gordillo: “La dejadez de la administración no permitió que esta epidemia se reconociera hasta los años 80”

Nunca olvidará la primera vez que fue con su madre a Sevilla al hospital San Juan de Dios: “Me dijeron que ya era muy mayor para tratarme y que si quería hacer rehabilitación tenía que ser ingresado y pagando”. Un coste añadido que la familia de Gordillo, jornaleros en Medina de las Torres, no podía costearse.

 

Carné de Cecilio Gordillo de la Asociación Nacional de Inválidos Civiles. Fuente: Cecilio Gordillo.

“La dejadez de la administración no permitió que esta epidemia se reconociera hasta los años 80”, señala Gordillo. Nunca ha logrado, a pesar de los intentos, recibir su expediente médico y tener una respuesta de la Junta de Andalucía con los detalles de aquel informe que nadie parece tener en sus manos: “¿Estará en manos de aquel hospital, hoy empresa privada? No se puede hacer una verdadera investigación sin tener acceso a los archivos, que no han podido ni conocer las propias víctimas”.

Manoli, Cristina o Cecilio relatan la necesidad de que se reconozca el síndrome pospolio que dificulta, cada año más, la posibilidad de movilidad: “Esta enfermedad te va mermando. Yo he pasado de no necesitar muletas, a tener que tener dos para moverme y ya un carrito a mis casi 70 años”, apunta Gordillo. La enfermedad no da tregua y el Estado sigue sin reconocerlo.

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Fotografía destacada: Hospital de San Juan de Dios de Sevilla en los años cincuenta. Fuente: Archivo del Hospital de San Juan de Dios.

Fuente:https://www.elsaltodiario.com/memoria-historica/negligencia-oculta-franquismo-ninos-polio

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