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Las víctimas del franquismo piden a Rajoy un monumento a los republicanos en Mauthausen

La Asociación por la Memoria Histórica pide recordar a estos casi 100.000 hombres y mujeres con motivo del Día Internacional de la Conmemoración del Holocausto.

elboletin.com / Gustavo García / 26-01-2017

Este viernes, 27 de enero, es el Día Internacional de la Conmemoración del Holocausto. Una fecha de la que no se olvida la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH) . Este colectivo quiere “reivindicar la memoria de los casi 10.000 hombres y mujeres, defensores de la república, que desde el sureste francés fueron deportados a los campos nazis”. Campos como el de Mauthausen.

Para ello la asociación ha escrito una carta al presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, en la que solicita al Ejecutivo un monumento a estos miles de republicanos que son “olvidados” por las instituciones españolas.

“Diversas instituciones españolas celebran (este día 27) actos de recuerdo y reconocimiento y en muchos de ellos se suele olvidar que cerca de 10.000 republicanos terminaron deportados en los campos nazis; hombres y mujeres castigados por enfrentarse al dictador Francisco Franco y al fascismo alemán e italiano, que iniciaron su ocupación de Europa en suelo español”. Así arranca la misiva de la ARMH al jefe del Ejecutivo en la que destaca que la deportación de estos defensores de la república “no se entiende sin su ejemplo de lucha en territorio español contra los ejércitos de Hitler, Franco y Mussolini”.

De esta manera, reclaman al Gobierno “las gestiones necesarias para que entre los memoriales nacionales que se encuentran en lo que fuera el campo de concentración de Mauthausen, haya uno que recuerde a los miles de republicanos españoles, que sea financiado y mantenido con fondos públicos españoles”. “Es hora de terminar con la discriminación que sufren nuestros deportados; de todos los monumentos que representan nacionalidades afectadas por el Holocausto, el único que no pertenece y es mantenido y cuidado por un Estado es el de los republicanos españoles”, lamenta este colectivo, que defiende que esta lucha contra el fascismo “debe ser un ejemplo público y reconocido por nuestras instituciones, porque nos vincula con las mejores tradiciones y luchas democráticas de Europa”.

Junto a esta carta, la ARMH ha remitido otra a todos los presidentes de los parlamentos autonómicos para que este viernes se lean los nombres de los deportados a los campos nazis. “Ciudadanos de pueblos de todo el estado español terminaron en campos como Mauthausen por intervención del estado franquista, que mandó a Ramón Serrano Suñer a negociar en Berlín el futuro de miles de republicanos españoles retenidos en campos de refugiados franceses”, recuerda la asociación en esta misiva.

 

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Fotografía destacada: Mauthausen

Fuente:http://www.elboletin.com/nacional/144803/victimas-franquismo-rajoy-republicanos-nazis.html

 

 

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La historia detrás de una biblioteca clandestina española en el campo de exterminio nazi de Mauthausen

En medio del infierno de Mauthausen, unos libros robados se convirtieron en el único flotador al que agarrarse para los miles de deportados del nazismo.

En este centro de detención austríaco, donde murieron más de 100.000 personas de 26 nacionalidades, los internos organizaron grupos de resistencia para poder sobrevivir. Y los españoles fueron de los más activos.

BBC Mundo, España / María Lillo / 20-06-2015

La biblioteca clandestina fue idea de uno de ellos.

Pensó que leyendo podrían evadirse un poco del horror de las celdas de castigo, de los latigazos, de las duchas heladas y de los 186 escalones que tenían que subir 10 o 12 veces al día cargados con rocas de 20 kilos hasta lo alto de una cantera desde donde los oficiales de las SS nazi lanzaban a los reclusos al vacío.

Lea: ¿Quién fue el primer hombre en entrar a Auschwitz tras su liberación?

“Mi padre siempre decía que leer te hace libre”, le cuenta a BBC Mundo Llibert Tarragó, hijo del promotor de la biblioteca. Lleva años indagando sobre la historia de su padre Joan, un militante del Partido Socialista Unificado de Cataluña (PSUC), de ideología comunista, que luchó en el bando republicano durante la guerra civil española.

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Joan Tarragó fue uno de los más de medio millón de personas que cruzaron la frontera francesa tras la caída de Cataluña, en 1939, y, una vez en territorio galo, los internaron en campos de refugiados.

Estrategas del almacén y la cocina

Cuando comenzó la segunda Guerra Mundial, Tarragó se alistó en el ejército francés y lo enviaron al frente con otros miles de españoles exiliados.

Lea: Enric Marco, el español que dijo ser sobreviviente del Holocausto y en realidad trabajó para los nazis

Fueron los primeros en ser capturados por los alemanes cuando los nazis invadieron Francia”, señala Tarragó, al teléfono desde Barcelona.

El gobierno de Berlín, aliado de Francisco Franco en España, llamó a Madrid -cuenta Tarragó- para preguntar qué debían hacer con los reclusos. Y Ramón Serrano Suñer, ministro de Asuntos Exteriores, contestó con un simple: “Ya no son españoles”. Los trasladaron a Mauthausen y les pusieron un triángulo azul, el color de los apátridas.

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Joan Tarragó junto a su mujer, Rosa, dos décadas después de haber sobrevivido a Mauthausen.

Joan Tarragó llegó al campo en enero de 1940. Y en febrero del año siguiente fundó, junto a otros deportados, la red de resistencia española.

“Todos tenían claro que la única solución para resistir era la solidaridad”, asegura su hijo. “Decían que eran compañeros de lucha y compañeros en el infierno”.

En 1943, cuando trasladaron a los SS más duros al frente del este, la organización española encontró más “huecos”. Por aquel entonces ya eran expertos estrategas en la lucha por la supervivencia. Controlaban el almacén, la enfermería y la cocina. Sustraían medicinas y alimentos que luego distribuían entre los presos.

Lea: El campo de concentración nazi del que no se habla

“Trabajaban en cadena. Mi padre, que hacía de ‘pinche’ en la cocina de los oficiales, escondía los alimentos en el contenedor. Encima ponía papel y la basura de verdad. Luego, otro compañero los recogía”, relata Llibert Tarragó.

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La extenuante labor en la mina y las vejaciones y torturas marcaban la vida cotidiana de los presos en Mauthausen (aquí, un grupo de rusos).

Llegan los libros

A comienzos de 1943, empezaron a llegar franceses, italianos y rusos deportados de la resistencia a la ocupación nazi en sus países, narra Tarragó. Nada más llegar al campo, les quitaban todas sus pertenencias. Lo que era de valor se lo quedaban y lo que no les interesaba, lo incineraban.

Cuando los españoles que trabajaban en el almacén le dijeron a Joan Tarragó que había libros entre los enseres que acaban en la hoguera, le propuso a la cúpula de la resistencia rescatarlos y formar una pequeña biblioteca.

Así, Tarragó junto a un compañero, de apellido Picot y capaz de arreglar los libros que llegaban en mal estado, comenzó a reunir volúmenes y a esconderlos en un armario del barracón número 13.

Las llamadas “escaleras de la muerte”: 186 escalones que los presos tenían que subir 10 o 12 veces al día. Algunos eran lanzados al vacío por oficiales de las SS.

La pequeña biblioteca clandestina fue creciendo. Recopilaron alrededor de 200 obras de autores como Émile Zola, Víctor Hugo o Fiódor Dostoievski.

Pero la que más éxito cosechó entre los presos, cuenta Tarragó, fue “La madre”, de Maksim Gorki.

Un sobreviviente francés, de Córcega, le confesó a Llibert Tarragó que leer “La Cartuja de Parma” de Stendhal en Mauthausen había sido “un salvavidas”.

“Me explicó con mucha emoción que cuando leía sentía que escapaba del campo. Le recordaba a su infancia”, recuerda Tarragó, fundador de la asociación Triángulo Azul, que desde 2003 reúne documentos sobre la deportación española.

“Si los hubieran descubierto, les habrían dado una buena paliza”, opina Tarragó.

Hace una pausa y luego añade: “O los habrían matado directamente. Convivían con ese miedo todos los días. Imagina lo que debía ser oler a carne humana quemada las 24 horas del día durante cuatro años y tres meses”.

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Hoy Mauthausen es un centro de la memoria. Todavía están los cuartos que se usaron como cámaras de exterminio.

El olor en la memoria

Ese fue el tiempo que estuvo retenido su padre. Y ese hedor fue una de las cosas que describió con más nitidez en los documentos que le legó a su hijo.

Llibert no pudo entender del todo a qué se refería hasta que visitó el campo en el año 2000.

“Las chimeneas de los crematorios estaban a 50 metros de las barracas donde dormían los presos”, recuerda, aún impactado.

Cuando el ejército estadounidense entró en Mauthausen, el 5 de mayo de 1945, las banderas republicanas españolas habían sustituido a las insignias nazis y el portón de entrada a la fortaleza estaba cubierto por una gran pancarta en la que se leía: “Los españoles antifascistas saludan a las fuerzas libertadoras”.

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El campo fue liberado entre el 5 y el 6 de mayo de 1945.

De los 7.189 españoles que entraron en el campo, solo 2.374 vivieron aquel momento. La mayoría estaba fichada como enemigos de la dictadura franquista y no pudieron volver a España hasta que murió Franco en 1976.

Ahora, a 70 años de su liberación, solo quedan 25.

Una vez libre, Joan Tarragó escribió a su mujer, que seguía viviendo en Cataluña. Después de que ella pasara clandestinamente la frontera, se reunieron en Andorra en 1946, tras ocho años de separación.

“Nueve meses más tarde nací yo”, ríe Llibert Tarragó, a quien le pusieron el nombre por la palabra catalana Llibertat: en español, libertad.

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En Septfonds, Francia, el 1 de octubre de 1978 se inauguró el monumento a los refugiados republicanos españoles presos. Allí estuvo Joan Tarragó: en medio del grupo con gafas, bastón y sombrero. Su mujer Rosa, la madre de Llibert, está en el extremo izquierdo de la foto.

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Fotografía destacada: Muchos de los sobrevivientes del campo encontraron sosiego en las páginas de los libros ocultos.

Fuentehttp://www.bbc.com/mundo/noticias/2015/06/150615_finde_biblioteca_clandestina_nazis_mathausen_vp

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Hitler siguió órdenes de Franco para exterminar a 9.328 españoles

Hablamos con el periodista Carlos Hernández de Miguel sobre los deportados españoles en Mauthausen, sobre el dolor y sobre la verdad.

playgroundmag.net / Ignacio Pato / 02-06-2015

Si la Historia la escriben los vencedores, eso quiere decir que tiene que haber otra Historia: la verdadera.

El periodista Carlos Hernández de Miguel comenzó interesándose por una historia familiar y ha acabado siendo el autor de 3 espacios de referencia para asomarnos al horror que vivieron los españoles deportados en los campos de concentración nazis de la 2ª Guerra Mundial.

Se trata del libro Los últimos españoles de Mauthausen, la completísima web deportados.es y una cuenta de Twitter en la que más de 44.000 seguidores han podido asistir a tiempo real al paso de su tío Antonio por el infierno de Mauthausen.

Hablamos con él sobre dolor y verdad.

1. Mi tío, el deportado 4443

 

¿Cómo acaba Antonio Hernández Marín, tu tío, en Mauthausen?

Mi tío pasó toda la Guerra Civil española como artillero del cuerpo de Carabineros de la República. Tras la derrota, cruzó la frontera y sufrió el maltrato de las autoridades francesas que le confinó, como al medio millón de refugiados españoles, en campos de concentración. Tras alistarse en el ejército francés, fue capturado por los nazis. Pasó por dos campos de prisioneros de guerra. Y de allí, un frío día de enero de 1941 fue subido con otros 775 españoles a un tren de ganado y enviado a Mauthausen.

Sobrevivió a dos guerras y perdió las dos.

Mi tío fue una persona derrotada doblemente, traicionada por casi todas las naciones y, finalmente, olvidada por España.

Eliges Twitter para contar su historia, un formato potente para esta narración.

La investigación sobre la vida de mi tío pronto se convirtió en algo más. Me hice consciente de que nuestra sociedad ni siquiera sabía de la existencia de más de 9.000 españoles en los campos de concentración nazis. Me conjuré para sacarles del olvido y recuperar sus voces y sus historias. De ahí surgió Los últimos españoles de Mauthausen. Con la cuenta de Twitter quería llegar sobre todo a los más jóvenes.

Hay algo que me parece muy emotivo. Además de mensajes de ánimo del público en general, algunos familiares de prisioneros te enviaron mensajes en Twitter.

Te confieso que he llorado leyendo algunos comentarios de los internautas. Ha sido también gratificante leer comentarios de nietos y sobrinos de algunos deportados. Algunos de ellos daban el nombre de su familiar y le decían a la cuenta: “Si le ves, dile que se cuide”.

Tu Twitter se llama Deportado 4443, el número de tu tío en Mauthausen y una de las claves de esta historia: cómo los seres humanos son despersonalizados.

Sí. Las SS tenían muy estudiado el proceso de deshumanización al que sometían a sus prisioneros. Les quitaban todas sus pertenencias, su ropa, su pelo y su nombre. Unos pocos minutos después de llegar al campo, ya solo eran parte de un rebaño a rayas, humillado y sometido.

2. Olía a carne humana quemada6_201505297CbKYq

 

¿Cómo era un día “normal” en Mauthausen?

Les levantaban a palos y gritos a las 4:45 de la mañana. Los prisioneros tenían que pelear con sus propios compañeros para hacerse un hueco en las piletas de agua de los aseos. Solo con un agua sucia que las SS llamaban “café” debían enfrentarse a 12 horas de durísimo trabajo. La mayoría de los españoles trabajó en la cantera de granito. Tenían que llevar piedras de hasta 50 kilos, picar las laderas de la montaña y cargar vagonetas.

En esas 12 horas solo paraban 30 minutos para tomar una sopa aguada de nabos y zanahorias. Me estremeció escuchar a uno de los supervivientes, el malagueño José Marfil, explicar que en el momento en que llegaban las marmitas con la comida, los deportados peleaban entre sí para evitar los primeros puestos de la fila…

¿Por qué? Debían de estar hambrientos…

Porque los primeros del reparto solo obtenían agua caliente, mientras que los que llegaban más tarde ya veían como el cazo se hundía en el fondo de la marmita extrayendo más sustancia y algún trozo de hortaliza.

Al finalizar la jornada debían subir la empinada e interminable escalera de la cantera cargando una enorme piedra. Al llegar al campo tocaba la última formación del día que, muy a menudo, se prolongaba hasta la madrugada bajo la lluvia o la nieve. Cuando las SS se cansaban de tenerles en posición de firmes les mandaban a dormir con una rodaja de salchichón y un ínfimo trozo de pan en el estómago.

Y todo esto, sin mencionar la constante amenaza de muerte…

Sí, todo este calvario era en un día bueno. Los días malos las SS practicaban las denominadas “ofensivas” en las que se dedicaban a martirizar y asesinar a los prisioneros.

Hay una cosa que no puedo quitarme de la cabeza. Tu tío contaba que una vez encontró a un hombre aspirando el humo que salía del crematorio. Cuando le preguntó qué hacía, aquel hombre le contestó que estaba respirando lo que quedaba de su familia. Es terrorífico.

Todos los supervivientes me han contado cómo el campo olía permanentemente a carne quemada. Y todos tienen grabadas en sus mentes las imágenes de los compañeros, amigos y también los grandes grupos de judíos, gitanos o soviéticos que pasaban delante de ellos camino de la cámara de gas.

Recuerdo especialmente lo que me contó el cordobés Juan Romero: “70 años después, sigo soñando con una niña judía que me sonrió mientras se dirigía hacia la muerte”.

¿Cuántos españoles se calcula que pasaron, y cuántos quedaron, en aquellos lugares?

9.328 españoles pasaron por los campos de concentración nazis, entre ellos 300 mujeres. Cerca de 5.500 solo pudieron escapar convertidos en humo y cenizas, a través de la chimenea del crematorio.

Solo uno de cada tres deportados españoles llegó con vida al día de la liberación.

Tu tío es liberado por soldados americanos el 5 de mayo del 45. ¿Cuál fue su vida a partir de ese momento?

A España no podía regresar porque Franco lo hubiera fusilado o encarcelado. Presionada por sus propios deportados, Francia aceptó acogerles en su territorio. Y allí se quedó mi tío y la mayoría de los deportados españoles hasta el final de sus días. Además de las dificultades económicas y la falta de arraigo, tuvieron que superar las terribles secuelas físicas y psíquicas que les había dejado su paso por los campos. Decenas de ellos se suicidaron al no poder soportar el peso de los recuerdos. Mi tío murió en 1992.

3. No fue Hitler, fue Franco

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No se suele hablar de aquellos españoles…

La historiografía franquista ha ocultado su existencia durante 40 años. Con la democracia no se ha corregido ese relato manipulado.

Hagámoslo ahora. Tras una reunión de Serrano Suñer, el ministro de Gobernación de Franco, con Himmler y Hitler, los prisioneros españoles son enviados a campos como Mauthausen. ¿Qué responsabilidad tiene el franquismo sobre los españoles en los campos nazis?

Me preguntas qué responsabilidad tuvo Franco. Pues bien, la respuesta es sencilla: toda. Hitler jamás habría enviado a esos 9.300 españoles a los campos de concentración sin el consentimiento de Franco. Los españoles, tras ser capturados por los nazis durante la invasión de Francia, son enviados junto a soldados británicos y franceses a campos de prisioneros de guerra. En estos campos se respetaba la Convención de Ginebra. Todo cambió con esa visita de Serrano Suñer a Berlín en septiembre de 1940. Tras reunirse con Hitler, Himmler y con toda la cúpula del III Reich, Alemania emitió una orden a la Gestapo para que sus agentes sacaran a los españoles, y solo a los españoles, de esos campos de prisioneros de guerra para enviarlos a campos de concentración.

Esa orden se emitió el 20 de septiembre de 1940, mientras Serrano Suñer abandonaba Berlín. Es evidente que Hitler se limitó a hacerle el trabajo sucio a Franco.

¿Son estas 9.000 personas víctimas del pacto de olvido de la llamada Transición?

Absolutamente. Los políticos redactaron la Constitución con una pistola en la cabeza. El objetivo de la izquierda fue exclusivamente el de recuperar la democracia. Para ello tuvieron que pagar un alto precio, realizar dos concesiones a los franquistas: impunidad para los verdugos y olvido para las víctimas.

Nuestros deportados no dejaban de ser las víctimas más incómodas del franquismo porque eran las que evidenciaban que el dictador español fue aliado fiel de ese asesino de masas que fue Adolf Hitler.

En Francia recientemente se le ha otorgado la Legión de Honor, el más alto galardón estatal, a los españoles de Mauthausen. ¿Qué les pasa a los diferentes gobiernos de España con la memoria histórica?

Hemos normalizado y asumido que haya calles dedicadas a Franco y a otros líderes fascistas. Le pido a los lectores que hagan un ejercicio muy sencillo. Si tienen amigos alemanes, italianos o franceses que les pregunten si en sus países hay monumentos o calles en memoria de Hitler, Mussolini o Pétain. Lo que pasa en este país no es normal. No se puede pasar una página que sigue mal escrita.

¿Se puede salir vivo de un campo de concentración o todo el que entra muere un poco?

Uno de los supervivientes, José Marfil, me dijo algo que me impactó: “Al llegar a Mauthausen y ver a las SS golpearnos, gritarnos y azuzarnos los perros, pensé que nos iban a fusilar. Pero no nos fusilaron, fue peor todavía”. Sobrevivir fue, en general, más duro que perecer entre las alambradas.

Los supervivientes nunca abandonaron del todo el campo de concentración.

“La vida es frágil. La memoria lo es más”

http://www.playgroundmag.net/noticias/actualidad/Mauthausen-deportados-Hitler-Franco_0_1544245561.html

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El testigo de la infamia

70 Aniversario de la liberación de Mauthausen

Francisco Boix, prisionero republicano, robó miles de imágenes a las SS del campo de exterminio que luego fueron utilizadas en el juicio de Núremberg.

El historiador Benito Bermejo relata en un libro la epopeya de este héroe desconocido.

elmundo.es / Pedro G. Cuartango / 05-05-2015

“El horror”. Estas son las últimas palabras de Kurz, el siniestro personaje de Conrad en ‘El corazón en las tinieblas’ cuando se dispone a morir. Esa es también la frase que me vino a la cabeza en el cementerio donde hay enterradas 3.000 mujeres en el campo de exterminio de Mauthausen. El viento mecía la hierba en un atardecer resplandeciente mientras cantaban las pájaros en el bosque cercano. Todo era paz en aquel reino del espanto en el que fueron asesinadas 100.000 personas que contemplaron por última vez el mismo cielo y el mismo paisaje que yo estaba viendo.

Mientras el campo cercano de Gusen era arrasado e incendiado por orden de Stalin en 1947, Mauthausen se ha mantenido esencialmente intacto, ya que fue construido a partir de 1938 con gruesos muros de granito, extraído de una cantera cercana por los presos. Todavía se conservan en buen estado los pabellones donde vivían hacinados los deportados, las instalaciones de las SS, la cámara de gas, el horno crematorio y las torres y alambradas de los vigilantes. Los espectros de los muertos vagan por estos lugares mientras el reloj parece haberse detenido.

Más de 4.000 republicanos españoles están enterrados en las fosas de Gusen y Mauthausen

Los cuerpos descansan en las tumbas desde hace mucho tiempo, pero las almas siguen vivas en los retratos y las lápidas que nos recuerdan las tragedias personales de quienes cruzaron los dos torreones de entrada y que se quedaron en Mauthausen para siempre. Hoy se cumplen 70 años de la liberación del campo por la XI división blindada del Ejército de EEUU. Hay una imagen en la que aparecen unos soldados americanos en un tanque a las puertas del campo, donde se puede leer una pancarta que reza: “Los españoles antifascistas saludan a las fuerzas liberadoras”. No en vano 8.000 combatientes de la República fueron deportados desde Francia a Mauthausen, una pequeña localidad cercana a Linz, en el oeste de Austria. La mitad de ellos perdió la vida. Casi todos están enterrados en las fosas cercanas a las vallas del ‘lager’.

Testimonio gráfico

Hoy disponemos de un valioso testimonio de lo que aconteció en aquel infierno gracias al fotógrafo catalán Francisco Boix, militante del Partido Comunista, deportado a Mauthausen en 1940 cuando se hallaba trabajando en Francia. Boix ingresó en el llamado Erkennungsdienst, el departamento de identificación del campo, en el que existía un archivo con 60.000 fotografías realizadas por las SS.

Sorprendentemente, los miembros de las SS se tomaron la molestia de documentar la rutina cotidiana, las condiciones de vida y los suicidios y asesinatos que se producían en el recinto, tal vez llevados por un mezcla de siniestra meticulosidad y de complacencia hacia sus superiores. No pensaban que esas fotos iban a conducir a la horca a más de 60 oficiales y guardianes del campo, juzgados después de la guerra.

La gran mayoría de los prisioneros murieron a causa de las infernales condiciones de trabajo

En el caos de los días finales del derrumbamiento del régimen de Hitler y la huida de los verdugos, Boix logró sacar en unas maletas cerca de 20.000 imágenes que fueron escondidas en la casa de Anna Pointner, una resistente austríaca. Esas fotografías fueron parcialmente publicadas por la prensa francesa en 1945 y sirvieron en el proceso de Núremberg para mostrar al mundo la barbarie nazi. El propio Boix testificó en el juicio, desmontando la coartada de jerarcas que negaban haber visitado Mauthausen como Ernst Kaltenbrunner, el lugarteniente de Heinrich Himmler.

La peripecia de Boix y los sufrimientos de los presos del campo están minuciosamente narrados en ‘El fotógrafo del horror’, un libro del historiador Benito Bermejo, editado por RBA. Bermejo, nacido en Salamanca en 1963, ha investigado durante más de 20 años las penalidades de los republicanos españoles deportados a los campos de exterminio y, más concretamente, lo sucedido en Mauthausen.

Desenmascarar a un impostor

Benito Bermejo fue el hombre que desenmascaró a Enric Marco, el impostor que se había hecho pasar por víctima de los nazis y preso en Mauthausen y que había llegado a presidir la asociación de los miles de republicanos españoles supervivientes. Marco se creó una falsa leyenda que culminó en su elección como secretario general de CNT. Bermejo nunca se creyó a este personaje henchido de afán de protagonismo y ambigüedad.

420 niños judíos deportados de Hungría fueron asesinados la noche en la que llegaron al campo

“Mauthausen tenía 18.000 prisioneros cuando los americanos llegaron el 5 de mayo de 1945. Había otros 23.000 hombres en Gusen que trabajaban como esclavos en la maquinaria de guerra. Varios miles de ellos murieron en las semanas siguientes porque las condiciones de vida eran infrahumanas. Podemos calcular que en total hubo unas 200.000 personas en los dos campos. Eran austriacos, españoles, polacos, franceses, holandeses y rusos, entre otras muchas nacionalidades”, subraya Bermejo.

“Los españoles lo pasaron muy mal hasta 1943. Sólo sobrevivieron unos pocos como Boix, que, por su destino como fotógrafo, recibía mejor trato que sus compañeros. Pero luego las condiciones mejoraron porque los presos republicanos tejieron una red de solidaridad y se ganaron la confianza de los guardianes de las SS, que también se daban cuenta de que Alemania podía perder la guerra”, comenta Bermejo.

Los prisioneros peor tratados fueron los soldados rusos, que prácticamente eran exterminados a los pocos días de llegar a Mauthausen, casi siempre después de largas caminatas, sin ropa adecuada y carentes de comida. Más de 1.800 cautivos del Ejército Rojo fueron hacinados en un barracón para 200 personas. Era una condena a muerte, ya que la administración del campo no les alimentaba y les sometía a un trabajo brutal. Ninguno de ellos pudo sobrevivir.

En el memorial del campo, hay expuesto un abrigo y un botón de un uniforme soviético. “Esto es lo que queda de los miles de soldados rusos que fueron deportados a Mauthausen. Fueron tratados con extremada crueldad y mucho peor que el resto de los prisioneros. El personal de las SS no tenía piedad con ellos. La gran mayoría moría de inanición. Trabajaban desnudos en invierno y eran golpeados y vejados por los guardianes”, asegura Christian Dürr, funcionario del Ministerio de Interior del que ahora dependen las instalaciones de Mauthausen.

Campos de trabajo

Mauthausen y Gusen no eran técnicamente campos de exterminio, ya que sólo una pequeña minoría de deportados fue gaseada en las cámaras. Casi todos los presos murieron a causa de las durísimas condiciones de trabajo en la extracción de granito en una cantera cercana. Los que no soportaban el acarreo de los bloques de mineral se suicidaban, muchos de ellos arrojándose contra las alambradas electrificadas del recinto.

En un testimonio recogido en el libro de Bermejo, el superviviente Lope Massaguer describe el día a día en el campo: “La muerte se había convertido en parte de nuestra vida, el hambre estrujaba constantemente nuestros intestinos y el frío mordía nuestro cuerpo. Olíamos a muerte y pensábamos siempre en ella. La temíamos mucho menos que al dolor y las humillaciones. La muerte era nuestra amiga y a veces nuestra única posibilidad de escapar”.

Los soldados del Ejército rojo eran hacinados en los barracones y no tenían ropa ni se les daba de comer

Había 35 formas de morir en Mauthausen, según enumeró el prisionero austríaco Ernst Martin, entre ellas, el intento de fuga, el suicidio por salto en el vacío, el ahorcamiento, la cámara de gas, la inyección letal, el encadenamiento en una pared, el despedazamiento por los perros o las duchas con agua helada en invierno.

Lo que queda en el campo evoca este infernal catálogo y el sufrimiento de todas y cada una de las víctimas, despojadas de su dignidad y reducidas a la condición de un número y un símbolo en el uniforme carcelario. Los presos republicanos llevaban una letra S dentro de un triángulo azul. El color rojo identificaba a los comunistas y los judíos llevaban la estrella de seis puntas. Había otros signos de identificación para los gitanos, los homosexuales y los delincuentes comunes, que eran los que mejor trato recibían de las SS.

No hubo muchos judíos en Mauthausen, pero su suerte fue la misma que la de los soldados soviéticos. En febrero de 1945, una noche llegaron a Gusen 420 niños procedentes de Hungría y de origen hebreo. Fueron enviados a la cámara de gas e incinerados horas después de cruzar las puertas del campo. No quedó de ellos ni siquiera un cabello.

Prisioneros esclavos

Gusen, el llamado ‘Campo invisible’, albergaba instalaciones militares construidas en el interior de una montaña. Allí se montaban a partir de 1944 los cazas de combate Messerschmitt en condiciones infrahumanas porque el agua se filtraba por las rocas. Más de 7.000 prisioneros esclavos llegaron a trabajar en esas galerías de la muerte.

Los presos que subían bloques de granito por una gran escalera eran empujados por las SS al llegar arriba

Pero peor todavía era la fábrica de bloques de granito, donde el polvo y los productos tóxicos mataban a decenas de prisioneros cada día. “Si el granito de la cantera de Mauthausen iba destinado a la construcción del campo y a los grandiosos proyectos de Albert Speer en Alemania, el que se producía en Gusen era empleado por los nazis para construir todo tipo de monumentos en Austria”, explica Martha Gammer, profesora y estudiosa de este ‘lager’. Cuenta cómo los guardianes de las SS utilizaban a los presos del campo para sus fiestas y luego, a altas horas de la madrugada, les asesinaban a tiros en la escalinata del casino que existía en el lugar.

Hoy no queda ningún resto de los horrores de Gusen, ya que los barracones y todas las instalaciones fueron destruidas por los rusos, que prohibieron el acceso a la población civil y declararon la zona de alta seguridad militar. Hasta que el Ejército Rojo se retiró en 1955, Gusen permaneció cerrado al mundo. Por ello, los historiadores desconocieron su existencia hasta los años 70.

Gusen es ahora un apacible y atractivo pueblo de varios miles de habitantes, con confortables chalés llenos de flores, bicicletas en los garajes y estatuas de enanitos en sus verdes jardines. Hay un albergue llamado Heimathaus, que significa la casa de la felicidad. Sus habitantes han olvidado que hace 70 años el lugar que pisan hoy era un campo de exterminio donde murieron miles de republicanos españoles.

Más de 7.000 esclavos trabajaban en las galerías subterráneas para construir aviones de combate

Desde Gusen se llega en un corto paseo a la cantera de Mauthausen, al otro lado de la montaña. Allí los presos construyeron una enorme escalera de granito de 186 peldaños. Bermejo relata cómo los presos subían la elevada pendiente cargados con bloques de mineral y, al llegar arriba, eran empujados a culatazos por las SS, que se reían de sus víctimas. Algunos presos optaban por suicidarse desde lo alto.

Varios miles de deportados perdieron la vida en la construcción de esta siniestra escalera que produce vértigo al bajarla por su elevada inclinación. Una inscripción recuerda la desgracia de los que perecieron en este paraje.

Muy cerca se hallan los monumentos construidos por los Gobiernos tras el final de la guerra. Destaca el gigantesco candelabro judío desde el que se domina la cantera. En el levantado por la antigua RDA, hay una cita de Brecht. Y a un centenar de metros se encuentra el erigido por los prisioneros españoles a las víctimas. Una bandera republicana, desgarrada por sus costados, yace al pie del monumento, sujeta por unas piedras.

Triste destino de un símbolo por el que dieron la vida los españoles enterrados en las fosas comunes de Mauthausen y Gusen. Dan ganas de echarse a llorar, pero ahí queda el testimonio de coraje y dignidad de unas personas que dieron la vida por defender sus convicciones. Ese es su legado.

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Fotografía destacada: ÁLBUM de las imágenes robadas por Francisco Boix en Mauthausen.

http://www.elmundo.es/cultura/2015/05/05/5547c50bca4741f71d8b4596.html

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Españoles en Mauthausen

EL 5 DE MAYO SE CUMPLEN 70 AÑOS DE SU LIBERACIÓN

La liberación de Europa, no significó para los republicanos el final de la guerra. La mayoría no pudieron volver a España. El franquismo y los franquistas se lo impidieron. Encontraron asilo en otros países decentes.

nuevatribuna.es / Víctor Arrogante / 03-05-2015

La Comisión Constitucional del Congreso de los Diputados, a propuesta del Grupo Socialista, ha aprobado una proposición no de ley, en la que se insta al gobierno a homenajear a los españoles de Mauthausen; campo de concentración y exterminio nazi de cuya liberación, el día 5, se cumplen 70 años. Murieron 7.000 españoles. Franco se desentendió de los presos, cuando Hitler le informó que tenía españoles en sus campos. Para el devoto nacionalcatólico no eran españoles.

Tuve la oportunidad de intervenir en el Abrazo del Oso, sobre los «Españoles en Mauthausen», programa en memoria de cuantos sufrieron cautiverio, tortura y muerte por la libertad, la democracia y la justicia social. Se habló del cautiverio, tortura y muerte, de cientos de miles de personas, entre ellos muchos españoles. Entonces habían pasado 68 años desde que se liberó el macabro campo de exterminio por las fuerzas estadounidenses, en el que miles de españoles republicanos murieron, por haberse empeñado en defender la libertad en España y fuera de ella. Dos años después siento la misma emoción cuando hablo o escribo sobre ellos.

Cuando terminó la guerra en España, huyendo de Franco y de la sangrienta represión fascista, cerca de quinientos mil republicanos cruzaron las fronteras hacia Europa. La Francia colaboracionista los recibió mal y fueron internados en campos de refugiados en las peores condiciones. La derrota francesa llevó a miles de ellos a caer prisioneros del Tercer Reich, por defender la libertad y luchar contra el nazismo. Todos estos hombres y mujeres, víctimas de la guerra, sufrieron el régimen cruel de la dictadura nazi. El gobierno de Franco nunca les reconoció como ciudadanos españoles.

Poco se habla de lo que no se quiere hablar. La pérdida de memoria, voluntaria o no, destruye neuronas o las transforma, y de forma paulatina se pierde la esencia propia, el sentido del ser y de la historia. Por el campo de Mauthausen pasaron 7.532 españoles, entre los años 1940 y 1945. Republicanos huidos por la frontera francesa en los últimos meses de la guerra civil, los que formaron parte del ejército francés o de la resistencia. También mujeres y niños que procedían de los campos de refugiados del sur de Francia. 2.335 salieron vivos. 9 millones de personas fueron asesinadas durante la guerra en los campos nazis, como el complejo Mauthausen-Gusen. Unos 80.000 sobrevivieron. Después de tanto sufrimiento, de aquellos españoles, sólo quedan 25 con vida.

La dictadura franquista consiguió, durante casi cuarenta años, ocultar aspectos esenciales de la verdadera historia. Años después, en democracia, no se han hecho todos los esfuerzos necesarios, para dar a conocer la tragedia de los hombres y mujeres que la sufrieron. Ahora parece que hay movimiento para estudiar y reconocer jurídicamente a los republicanos deportados en los campos nazis. El texto aprobado por el Congreso, explica que los españoles llegaron a Mauthausen, por la decisión de exterminarlos, adoptada por las autoridades españolas, nazis y del gobierno de Vichy, dejando de ser considerados prisioneros de guerra y pasando a ser apátridas.

 

Fueron «los únicos supervivientes del campo que no fueron recibidos en su país como héroes». El dictador les negó todo. El gobierno francés, país donde terminaron residiendo muchos de ellos, ha concedido la Legión de Honor a todos los deportados españoles. Mientras el mundo les condecoraba, en España olvido. Fueron héroes que lucharon por la libertad y víctimas del totalitarismo.

Setenta años después, el ministro de Educación y Cultura, avanza que el gobierno está dispuesto a estudiar el reconocimiento jurídico y material de los republicanos deportados en los campos nazis. Muchos años han pasado, mucho sufrimiento y demasiados muertos. Bienvenida sea la necesidad de una restitución no sólo simbólica o moral, sino jurídica y material. El diputado Joan Tardá ha recordado que el Estado, aún «no ha reconocido ni dilucidado sus responsabilidades» ni ha pedido «perdón a las víctimas». El régimen de Franco conocía la existencia de esos campos y lo que ocurría en ellos. Los socialistas explican en el texto aprobado, que el campo de Mauthausen-Gussen, era popularmente conocido como «el campo de los españoles» por la notable presencia de los mismos entre los prisioneros.

Los que abandonaron España en febrero de 1939, provenían de todas las condiciones sociales, habían perdido toda esperanza de construir una sociedad moderna y democrática. Su sed de libertad y espíritu de lucha, les llevó a todos los rincones de Europa en malos momentos. De su convicción y valor dieron muestra en la «resistencia francesa», en el ejército o en la «Legión Extranjera». Los primeros vehículos blindados de la División Leclerc que liberaron París, iban conducidos por republicanos españoles. El tributo pagado por la búsqueda de libertad fue muy costoso. Después de 70 años, los representantes del pueblo español, se lo reconocen.

El 6 de agosto de 1940, 470 presos españoles, llegaron en vagones de carga a Mauthausen. Eran los primeros republicanos deportados a los campos de concentración, de trabajo y de exterminio, considerados como enemigos y apátridas. Les marcados con triángulo azul y una «S» de Spanier en el centro. Allí conocieron lo que nunca podían haber imaginado que existía. No eran las únicas víctimas. A su alrededor, miles de prisioneros padecían su mismo destino.

Los trabajos forzados en Mauthausen se realizaban en la cantera de granito. Una larga escalera separaba el tajo de los barracones. Los presos, cargados con grandes piedras, subían la escalera diez o doce veces al día, golpeados por los «kapos». El 26 de agosto de 1940, murió el primer español. Se guardó el primer minuto de silencio de los muchos que se producirían durante el cautiverio de cinco años. Con el paso del tiempo, algunos pasaron a desempeñar trabajos «especializados»: albañiles, peluqueros, administrativos, sastres, intérpretes o fotógrafos. Accedían a más información y disponían de más autonomía para sostener la organización clandestina. Cuando en 1942 comenzaron a llegar prisioneros de la resistencia francesa y del frente ruso, los españoles eran veteranos expertos y buenos estrategas para la supervivencia.

El 5 de mayo de 1945, cuando la 11ª División Acorazada del Ejército norteamericano entró en Mauthausen, banderas republicanas habían sustituido a las banderas nazis, y en la puerta del campo, una gran pancarta decía: «Los españoles antifascistas saludan a las fuerzas libertadoras». Habían muerto en los campos de concentración cuatro mil cuatrocientos cuarenta españoles, según la base de datos del ministerio de Justicia.

 

Sin ánimo de ser exhaustivo ni de regodeo en la miseria y la barbarie, tenemos que recordar. En Mauthausen, los métodos de exterminio incluían: celdas de castigo, sin comida ni bebida, en las que morían en pocos días; flagelación; trabajos forzados en las canteras —20 kilos de carga, 186 escalones—, agotamiento, hambre, enfermedades, castigos y crueldad extrema; duchas heladas; tiroteos masivos; experimentos médicos, con desangrados hasta la muerte; ahorcamientos, fusilamientos y cámaras de gas.

La liberación de Europa, no significó para los republicanos el final de la guerra. La mayoría no pudieron volver a España. El franquismo y los franquistas se lo impidieron. Encontraron asilo en otros países decentes. Ahora, por justicia, el Estado español tiene que pedir perdón y depurar «sus responsabilidades», por las penurias a las que tantos españoles fueron sometidos; así como reparar las consecuencias derivadas del exilio y deportaciones de aquellos luchadores por la libertad.

Destrucción y miseria; odio y exterminio, sufrimiento y muertes provocadas; hoy se sigue produciendo en muchos lugares del planeta. La mayoría de los gobiernos no hacen lo suficiente para evitarlo. La ciudadanía tampoco. Lo que ha sucedido en la historia y lo que hoy sucede, muestra lo que da de sí el ser humano.

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Fotografía destacada: Murieron 7.000 españoles. Franco se desentendió de los presos, cuando Hitler le informó que tenía españoles en sus campos. Para el devoto nacionalcatólico no eran españoles

http://www.nuevatribuna.es/articulo/sociedad/espanoles-mauthausen/20150503200202115410.html

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Ocho triángulos azules

La ARMH rastrea las vidas de los bercianos que murieron como apátridas en los campos de exterminio de los nazis.

Diario de León / Carlos Fidalgo / 14-04-2015

Los identificaban con el triángulo azul de los apátridas. Habían combatido a Franco, habían sobrevivido a las condiciones insalubres de los campos de refugiados en el sur de Francia tras la derrota republicana, y muchos de ellos no vieron otra salida que alistarse, voluntarios u obligados, en el ejército francés que en la primavera de 1940 bajó los brazos ante el empuje de la Alemania nazi. Son los españoles de Mauthausen, de Gusen, de Buchenwald, y terminaron en los campos de exterminio con un triángulo en el pecho después de que ningún Estado se hiciera cargo de ellos. Aprovechando el estreno de un musical sobre uno de los episodios más desconocidos de nuestra historia —el próximo viernes en el Teatro Bergidum de Ponferrada— el historiador de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH) Alex Rodríguez ha seguido el rastro que dejaron ocho bercianos que murieron como esclavos del Tercer Reich. Estos son sus nombres. Y estas sus historias:

Antonio Abella Barredo

Campesino de Paradaseca

Nacido el 26 de junio de 1912, el segundo de cuatro hermanos y militante del Sindicato Único de Campesinos y Trabajadores, vinculado a la CNT anarquista. La sublevación militar de 1936 le sorprendió en su pueblo junto a su hermano pequeño Silvino, afiliado a la UGT. Ambos lograron huir de las tropas procedentes de Galicia y refugiarse en Asturias, pero su padre, Serafín, moriría asesinado un año después. En Asturias, los hermanos Barredo se enrolaron junto medio centenar de huidos del Bierzo en el Batallón de Infantería 207 y al caer el frente en octubre de 1937, Silvino fue detenido en el Hospital de Figaredo, donde se encontraba ingresado debido al tifus que padecía. Silvino fue condenado a 12 años de cárcel en Consejo de Guerra y cumplió buena parte de la sentencia. Antonio logró huir de nuevo, esta vez por mar, primero a Cataluña, después a Francia, según el historiador Gavilanes Laso. La ARMH desconoce más datos de su exilio francés, pero ha podido comprobar que el 3 de abril de 1941 lo registraron en el campo de Mauthausen con el número 3786, procedente del campo de las SS de Hinzter (Trier), en la frontera con Luxemburgo. Murió en Gusen, campo anexo a Mauthausen, el 5 de diciembre de 1941, según documentos recogidos por el Ministerio de Justicia.

Manuel Crespo López

Natural de Villafeile (Balboa)

Nacido el 7 de enero de 1906. Se creía que había muerto gaseado en agosto de 1941, en uno de los camiones fantasma con los que los nazis de deshacían de prisioneros o discapacitados, pero la ARMH confirma que llegó al campo de concentración de Mauthausen el 3 de marzo de 1941 procedente del campo de prisioneros de guerra de Sandbostel y que recibió el número 3313. Falleció el 29 de septiembre del mismo año en Gusen y se comunicó su defunción al vecino de Barcelona Enrique Herrera.

Ceferino García Alfonso

Natural de Tejedo (Candín)

Nacido el 25 de septiembre de 1917. Prisionero en el campo de las SS de Hinzert, el 3 de abril de 1941, el mismo día que Antonio Abella, fue trasladado a Mauthausen, donde recibió el número 3997. Murió en Gusen, el 10 de febrero de 1942.

Eulogio González

Natural de Páramo del Sil

Nacido el 26 de abril de 1918. Se desconocen sus peripecias hasta que el 30 de julio de 1944, casi dos mes después del desembarco de Normandía, lo detienen en Toulouse. Deportado a Buchenwald el 6 de agosto, fue clasificado con el número 69257. Según los datos del Ministerio de Justicia, falleció del 2 de marzo de 1945, apenas un mes antes de la liberación del campo por las tropas aliadas

Elpidio González González

De Palacios al tren de la muerte

Nacido el 26 de abril de 1900. Formó parte del llamado ‘Convoy de los 927’, uno de los primeros trenes de la muerte que transportó deportados desde Francia a los campos nazis. Partió de Angoulême el 20 de agosto de 1940 y cuatro días después llegó a Mauthausen. Falleció el 24 de septiembre de 1941 y su hermana Araceli, que todavía vivía en Palacios, fue informada de su muerte en 1952, según la documentación que figura en el Ministerio de Antiguos Combatientes y Víctimas de la Guerra de la República Francesa.

Agustín Ovalle Ovalle

Soldado republicano de Arganza

Nacido el 18 de octubre en San Juan de la Mata (Arganza). Luchó en el ejército republicano desde 1936 hasta la caída de Asturias, según Gavilanes. Tras la derrota de Francia, ingresó en el campo de prisioneros de guerra Stalag XI-A en Altengrabow, Alemania central, y el 3 de noviembre de 1941 era trasladado a Mauthausen, donde recibió el número 3240 y donde murió el 12 de abril de 1942. El investigador Isabelo Herreros asegura que su viuda y su hija, residentes en Barcelona, cobraron una pensión compensatoria del Estado alemán tras la guerra.

José Pérez Canedo

Natural de Balouta (Candín)

Nacido el 26 de abril de 1908. Nada se sabe de él hasta su traslado al campo especial de las SS de Hinzter, en Trier, de donde será trasladado el 25 de enero de 1941 a Mauthausen. Clasificado con el número 3301, fallece en el campo anexo de Gusen el 15 de enero de 1942.

Eduardo Samprón Cereijo

Huido a Asturias desde Villasinde

Nacido el 25 de mayo de 1908 en Villasinde (Vega de Valcarce). Huyó a Asturias en 1937, motivo por el que recluyeron a su hermano Baldomero en la prisión de Villafranca del Bierzo entre el 15 y el 20 de diciembre de 1937. Al caer el frente asturiano, logró exiliarse, pero su pista se pierde hasta que figura su ingreso en el campo de guerra Stalag XI-A en Altengrabow con la derrota de Francia. Desde allí, lo trasladan a Mauthausen el 26 de abril de 1941. Falleció en el campo anexo de Gusen el 26 de octubre de ese mismo año y hay constancia de que su hermano Antonio recibió la noticia de su muerte en Camagüey (Cuba).

…y dos liberados en 1945

Además de los ocho bercianos fallecidos, la ARMH también tiene constancia de que otro berciano, José Mestre, de Villafranca del Bierzo, desapareció en Gusen en 1942 y que dos hombres más, José Alonso, de Torre del Bierzo, y Rogelio Canedo, de Carracedo, sobrevivieron al exterminio. Los dos, casi seguro, estaban entre los supervivientes que el 5 de mayo de 1945 recibieron con banderas republicanas y una pancarta en español a los soldados norteamericanos de la 11ª División Acorazada, que inmortalizaron aquel momento en una fotografía convertida hoy en un icono. Los españoles antifascistas saludan a las fuerzas libertadoras, decían los presos sobre sábanas blancas.

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Fotografía destacada: La 11º División Acorazada de los Estados Unidos liberó Mauthausen el 5 de mayo de 1945. – usaf

http://www.diariodeleon.es/noticias/bierzo/ocho-triangulos-azules_971226.html

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Las españolas del pijama a rayas

El domingo se conmemoró el Día Internacional de la Mujer sin que el Estado español brindara el más mínimo homenaje al colectivo que, quizás, más lo merecía: el de las luchadoras republicanas que se unieron a la Resistencia en Francia para combatir a las tropas nazis y que pagaron un altísimo precio por su valentía.

Mujeres de Andalucía, Cataluña, Madrid, Valencia, las dos Castillas… que fueron hechas prisioneras por la Gestapo y terminaron encerradas entre las alambradas de campos de concentración como Ravensbrück, Mauthausen o Auschwitz.

Setenta años después de la liberación de esos centros de explotación y exterminio, ha llegado el momento de sacarlas del olvido al que fueron condenadas, primero, por el franquismo y, más tarde, por el llamado “Espíritu de la Transición”.

eldiario.es / Carlos Hernández / 09-03-2015

Camino del infierno

«No supimos valorar lo que habíamos hecho. Por eso permanecimos en silencio, incluso tras la muerte de Franco». Quien así habla es una de las mujeres que más ha luchado y más ha sufrido por defender la libertad en España y en el resto de Europa. A punto de cumplir el siglo de vida, Neus Català me sonríe desde su silla de ruedas. Sus cuidadoras acaban de sacarla de la triste habitación en la que una docena de ancianos dormitaba frente al televisor, para traerla a la luminosa sala de visitas de la residencia geriátrica en la que pasa los últimos años de su larga y tormentosa existencia. «No nos hemos hecho valer como los hombres. La gente no sabe que también hubo españolas en los campos de concentración de Hitler», añade con voz firme.

No hay amargura en sus palabras, simplemente una prolongada resignación. Siete décadas después de recuperar la soñada libertad, Neus es consciente de que ella y sus compañeras son las olvidadas entre los olvidados. Si España enterró la historia de los más de 9.000 compatriotas que pasaron por los campos de la muerte del III Reich, aún más ignorada fue la historia que escribieron las mujeres. Mejor tarde que nunca y, por ello, el Gobierno catalán le acaba de conceder la medalla de oro de la Generalitat. Madrid, sin embargo, sigue mirando para otro lado.

Ignoradas por Franco, despreciadas por nuestra democracia

«Me ha sorprendido tanto saber que hubo mujeres combatiendo en la Guerra de España y, después, en la Resistencia… Yo pensaba que en esa época, en España las mujeres estaban encerradas en casa esperando a sus maridos. No sabía que hubiera tanta igualdad durante la República». Isa es sevillana, tiene 25 años y estudia dirección y administración de empresas.

Al igual que la inmensa mayoría de jóvenes y no tan jóvenes españoles, ha sido víctima de unos planes educativos que mantienen secuestrada la historia más reciente de nuestro país. Yo mismo soy de una generación que en el colegio, instituto y universidad veía cómo el curso terminaba siempre “casualmente” antes de que diera tiempo a explicar lo ocurrido en la España del siglo XX. ¿Te suena el cuento? Seguro que sí.

Los historiadores franquistas escribieron durante cuarenta años un relato manipulado y profundamente falso que no fue corregido con la llegada de la democracia. La vieja cantinela de “no remover el pasado” fue ni más ni menos que eso, dejar las cosas como estaban, es decir como los franquistas querían que estuvieran. Y hoy pagamos el precio de ese error: somos el único país democrático con calles y plazas dedicadas a fascistas y genocidas; el único en que se equipara a víctimas y a verdugos; el único en el que nuestro Gobierno homenajea a quienes combatieron codo con codo con las tropas nazis y desprecia a los que lucharon por la libertad en Europa.

Solo después de explicar este contexto es comprensible que Neus y las más de 300 españolas que sufrieron y murieron en los campos de concentración de Hitler no sean reconocidas como lo que son: heroínas que deberían ser puestas como modelo y ejemplo para las nuevas generaciones. Unas nuevas generaciones a las que se les ha hurtado, sencillamente, la verdad. Porque decir que Franco fue un dictador sanguinario no es una opinión política, es una realidad histórica. Porque decir que durante la II República se alcanzaron las mayores cotas de libertad y de derechos sociales de la historia, no es un juicio de valor, es un hecho contrastado. Como lo es recordar que aquella efímera democracia dotó a las mujeres de una igualdad, derecho al voto incluido, que fue la envidia de los movimientos feministas europeos. Como verdad, y no opinión, es decir que Franco acabó con todos estos avances a golpe de paseíllo, torturas y una represión que coordinó con un aliado y mentor llamado Adolf Hitler.

Libres, luchadoras y resistentes

Neus y el resto de las futuras deportadas crecieron en ese ambiente de libertad e igualdad que surgió durante la II República. La mayor parte de ellas se implicaron a fondo en la política que lo impregnaba todo en aquellos intensos y turbulentos años. Tras la sublevación de una parte del Ejército, las republicanas tomaron las armas con la misma convicción que sus compañeros.

Sabían lo que se jugaban frente a un enemigo que gritaba “Viva la muerte” y a generales como Queipo de Llano que felicitaba a sus “valientes legionarios” por violar a las mujeres: «ahora por lo menos sabrán lo que son hombres de verdad y no milicianos maricas», decía ese siniestro militar que hoy, sin embargo, sigue enterrado en un lugar de honor en la basílica sevillana de La Macarena.

En la retaguardia o en los frentes de batalla trataron de frenar el avance franquista, hasta que la amarga derrota las empujó a cruzar los Pirineos. La democracia francesa recibió al medio millón de españoles como a perros y a las españolas como a putas. Porque eso era, ni más ni menos, lo que representaban las mujeres republicanas para los sectores más conservadores de la sociedad francesa. «Los periódicos de la zona, como El Patriota de los Pirineos, les tachaban de maleantes, de delincuentes que iban a contaminar a la gente. Se decía que las españolas eran unas prostitutas porque abortaban o porque fumaban», recuerda el hispanista francés Jean Ortiz.

Dolors Casadella fue confinada en las playas de St. Cyprien: «Tuvimos que dormir directamente encima de la arena. Sentada en el suelo, pasé la noche con mi niña encima de las rodillas. Rápidamente empezaron a morir los niños españoles. Mi hija vivió 15 días». Como el bebé de Dolors, perecieron más de 14.000 hombres, mujeres y niños víctimas del frío, el hambre y las enfermedades.

Pese al maltrato recibido, el inicio de la II Guerra Mundial y la fulminante ocupación alemana hizo que centenares de españolas se unieran inmediatamente a la Resistencia contra el invasor nazi. Mujeres que desempeñaron todo tipo de misiones, como narraba Neus en su libro De la Resistencia y la Deportación: «En general, las mujeres fuimos utilizadas como enlaces dentro de la densa red de información, en los pasos por las montañas y fronteras, en la solidaridad en las cárceles (…). Los controles de la policía francesa y de las patrullas alemanas los asumíamos primero nosotras. Pero estuvo además el transporte de armas y propaganda. Las mujeres también empuñaron las armas en batallas célebres como La Madeleine».

70 años después, Neus posa con su foto

Si algo sorprende de estas luchadoras, es la poca importancia que dan a lo que hicieron; quizás porque nadie les reconoció su heroico papel. Nunca olvidaré cuando Pepita Molina me contó su historia en su pequeño piso de las afueras de París; era la primera vez que alguien se interesaba por su vida: «El marido de mi hermana Lina se llamaba Luis González. Él estaba muy metido en la guerrilla y nosotros ayudábamos en todo lo que podíamos. Un día a Luis le esperaba la Gestapo en la puerta de casa. Oímos los disparos y cuando salimos ya estaba muerto. En el forro de su gabardina encontraron panfletos con propaganda antinazi. Recuerdo que mi hermana Lina nos dijo: “Aquí no conocemos a nadie”. Poco después registraron la casa y nos llevaron detenidas a las tres. Nos interrogaron por separado pero ninguna contamos nada y, al final, nos dejaron marchar. Yo ni siquiera pude ir al entierro de Luis porque los alemanes temían que se convirtiera en un acto de protesta contra la ocupación. Solo dejaron que asistieran dos personas y, claro, fueron mi hermana y mi madre. Pocos días más tarde, miembros de la Resistencia nos avisaron de que los nazis iban a volver a por nosotras y que debíamos marcharnos cuanto antes. Cogimos unas cuantas cosas y conseguimos escapar con la ayuda de varios compañeros resistentes».

Torturadas y deportadas

Lina tuvo suerte. Entre 300 y 500 españolas, sin embargo, fueron detenidas, torturadas y enviadas a los campos de concentración. A Neus la detuvieron en noviembre de 1943 junto a su marido: «Fue terrible. No recibí ni un solo golpe, pero tuve que controlar mis nervios durante más de media hora, con una pistola en cada sien y una ametralladora en la espalda. Me decían: “Habla, no seas tonta; si tu marido lo ha dicho todo y te lo carga todo a ti… Te engaña con otras mujeres”».

La práctica totalidad de estas españolas fueron deportadas, en vagones de ganado, a Ravensbrück, el puente de los cuervos. Su condición de mujeres fue un agravante más al sádico tratamiento que, de por sí, recibían los prisioneros. A su llegada les era inyectado un producto químico para que se les retirara la menstruación. En el caso de Neus, no volvió a tener la regla hasta 1951. Aún peor lo pasó Alfonsina Bueno que arrastró secuelas durante toda su vida: «Me llevaron a la enfermería junto a otras cuatro deportadas. Una enfermera rusa fue obligada a inyectarnos en la vagina o, mejor dicho, en el cuello del útero, un líquido que ni ella seguramente sabía lo que era. Lo que yo sí sé es que al salir de la maldita enfermería, entre mis piernas caían unas gotas amarillas que al mismo tiempo iban quemando la piel».

Las mujeres fueron especialmente utilizadas como conejillos de indias por los médicos SS. Les amputaban brazos y piernas para después tratar de reimplantárselos; les provocaban heridas que infectaban con bacterias con el objetivo de probar nuevos medicamentos; les cortaban músculos y les rompían huesos para estudiar los procesos de regeneración y practicar técnicas de trasplantes.

Otra de las amenazas que pendía siempre sobre ellas era la de pasar a formar parte del ejército de prostitutas que abastecía los burdeles que el III Reich abrió para “satisfacer las necesidades de sus tropas”. Dolors Casadella, que había perdido a su hija pequeña en los campos franceses, tenía claro que nunca acabaría sirviendo en uno de esos tugurios: «Una mañana, al despertar la jefa de la barraca gritó: “Las que quieran ir a una casa de prostitución que pasen por mi despacho”. Todas gritamos: “Hum”. “Os prevengo que si no hay voluntarias, os cogeremos por la fuerza”. Esto fue terrible, sobre todo las más jóvenes decidimos matarnos si nos hacían esto».

Dolors no tuvo que suicidarse pero vio como otras compañeras sí lo hicieron tras contemplar horrorizadas la forma en que eran asesinados sus hijos. Así lo recuerda Neus: «A las madres que daban a luz en aquella época les ahogaban el bebé en un cubo de agua (…). Cuando el horno crematorio no daba más de sí, se abría una zanja, se llenaba de gasolina y se les prendía fuego. Así desapareció un gran número de niños judíos o gitanos. Las SS les hacían bajar a las zanjas, con un bombón en la mano, bajo el cínico pretexto de protegerles de un bombardeo. Alguna vez lo hacían tan cerca del campo que sus madres oían sus alaridos y se volvían locas de dolor».

Solidaridad y resistencia

Al igual que los hombres, las deportadas destacan la solidaridad como uno de los principales factores que les ayudó a salir con vida de los campos. Simone Vilalta me muestra su tesoro; el regalo que le hicieron sus compañeras durante su estancia en Ravensbrück: «Cuando cumplí 21 años me entregaron este librito que habían hecho a mano y en el que habían escrito una breve historia. Me acuerdo mucho de la solidaridad que tuvimos entre nosotras. Hubo una mujer mayor que yo que me hizo de madre. Esos son los únicos buenos recuerdos que tengo del campo».

Simone Vilalta nos muestra su traje rayado

Esa solidaridad abarcó desde compartir la poca comida que recibían hasta proteger a las compañeras que se encontraban más débiles. Pero también les llevó a montar una organización clandestina para recabar información y organizar acciones de sabotaje.

Muchas de las prisioneras trabajaban en fábricas de armamento que nutrían a la Wehrmacht. Cualquier pequeña acción encaminada a retrasar o paralizar la producción era considerada un éxito por las españolas del pijama a rayas. Neus se especializó en inutilizar los proyectiles que fabricaba en el subcampo de Holleischen: «Saboteábamos las balas que teníamos que fabricar. Unas compañeras se dedicaban a cazar moscas y después las poníamos en la zona que albergaba el detonador. Cuando no teníamos moscas, escupíamos. Estoy segura de que muchas de las cajas de balas que salían de allí nunca pudieron utilizarse. Cuando regresábamos a la barraca nos preguntábamos entre nosotras: ¿Cuántas moscas has matado hoy? “Veinte, treinta, cincuenta”. Cada mosca era una bala que no serviría para acabar con la vida de algún compañero. Estas pequeñas cosas representaban para nosotras una gran victoria. Era peligroso y si te cogían no lo contabas, pero seguimos haciéndolo hasta el final».

Y ese final llegó en 1945 cuando las tropas soviéticas y aliadas fueron liberando, uno a uno, los campos de concentración. Llegó la libertad para las españolas pero no la felicidad. Sin patria a la que regresar, la mayoría se instaló en Francia donde tuvieron que afrontar unas penurias económicas que se veían agravadas por el desarraigo social y por las terribles secuelas físicas y psíquicas que arrastraban de su deportación. Algunas no lo resistieron y llegaron a suicidarse. Otras, como Neus, trataron de rehacer sus vidas sin dejar de mirar a la España que languidecía baja la dictadura franquista.

Sus compañeros sintieron la más amarga de las traiciones tras la muerte de Franco. Ellos pensaban que había llegado, por fin, su momento. Creían que serían reconocidos como el resto de deportados lo habían sido por sus naciones 30 años atrás. Las luchadoras como Neus ni siquiera se lo plantearon. Como ella misma decía al comienzo de este artículo: «No supimos valorar lo que habíamos hecho». Cuarenta años después es el Estado español el que sigue sin querer valorarlas, sin querer reconocerlas. No es ignorancia, no es casualidad, no es dejación… Es una actitud premeditada de olvido. Olvido para tratar de enterrar la verdad y seguir equiparando a víctimas y a verdugos.

(Este artículo se ha elaborado con extractos y testimonios recogidos en el libro Los últimos españoles de Mauthausen de Ediciones B)

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Foto destacada: Neus Català con su traje de prisionera

http://www.eldiario.es/el-holocausto-espa%C3%B1ol/espanolas-pijama-rayas_6_364023606.html

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