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Reencuentro tras Mauthausen: «Meu pai espertábase de noite porque oía as botas dos alemáns»

Dos gallegos se hicieron amigos en un campo nazi del que solo uno logró salir. Reunimos por primera vez a sus descendientes.

lavozdegalicia.es / Mila Méndez / 21-04-2019

No se conocían aunque sí sabían el uno del otro. El vínculo que une a Francisco Pena (Boiro, 1934) con José Luis Alamán Ferreiro (A Coruña, 1955) se remonta a la Austria ocupada de 1940. Allí se conocieron su padre y su abuelo, respectivamente. Uno, Francisco Pena, era un marinero sindicalista arousano de Boiro. Otro, Martín Ferreiro, concejal de obras y teniente de alcalde del Ayuntamiento de A Coruña elegido en 1931. Cuando estalló la Guerra Civil, el destino cruzó sus caminos.

De las trincheras españolas, atravesaron la frontera francesa. Terminaron en un vagón con una única parada: Mauthausen. Gracias al trabajo de la Asociación pola Recuperación da Memoria Histórica que coordina la investigadora Carmen García-Rodeja (deportadosgalicia@gmail.com), los descendientes de los dos deportados han podido encontrarse.

UN MISMO DESTINO

El lugar elegido es la plaza de María Pita, donde el Concello les acaba de rendir un homenaje. Imposible evitar las lágrimas cuando se abrazan. «Martín Ferreiro morreu nos brazos de meu pai. As súas últimas palabras foron: ‘Francisco, xa non vexo máis á miña Coruña’», recuerda Francisco Pena. Tiene 85 años y el mismo nombre que su padre. Vino desde Vigo. José Luis Alamán Ferreiro e Ismael Ferreiro, primos y nietos del político republicano, escuchan atentos el relato. De los cinco hijos que tuvo su abuelo, solo queda con una vida uno, el padre de Ismael. «Preferiu que viñeramos nós, fáiselle duro», admite su sobrino, José Luis.

«En 1936 abríronse os infernos para meu avó. Foi un dos 500.000 españois que pasaron polos Pirineos a Francia. Enviaba cartas facéndose pasar por unha antiga mestra dos seus fillos. Todo indica que se uniu á resistencia para facer a inútil Liña Maginot, que foi rodeada polos alemáns. Apresárono en Estrasburgo e desde aí enviárono a Mauthausen. No campo non daban abasto con tanto asasinato e mandáronlles construír o subcampo de Gusen. Estivo 11 meses, ata que morreu. Así rematou a súa vida», relata José Luis Alamán Ferreiro.

Francisco, xa non vexo máis á miña Coruña

EXILIO EN PARÍS. Francisco Pena con su padre, Francisco Pena, en París en los años 60.

«O armador do barco no que traballa meu pai era da Falanxe e salvouno. Dixéronlle: ‘ou á fronte con Franco ou ó paredón’. Claro, escolleu o primeiro. Mandárono á Talavera de la Reina. A primeira cousa que fixo foi mirar onde estaban as trincheiras republicanas. Un día pola noite, pasouse», cuenta Francisco, su único hijo.

De Mauthausen solo salieron 3.000 de los 10.000 españoles deportadosSu padre fue uno de esos milagros. Entró en 1940 y aguantó hasta la liberación, en mayo del 45. «Era un home forte, pasárono peor os intelectuais», añade. Francisco y su madre tuvieron que esperar a 1948 para reencontrarse con su progenitor en París. Vivieron allí hasta los 80, cuando regresaron a Galicia. En la capital francesa eran habituales las sobremesas con otro superviviente, José Ribada, de Ourense. Pena también era amigo de Antonio García, el otro «fotógrafo de Mauthausen», junto a Francisco Boix.

UNO DE 7.000. Martín Ferreiro en una foto de la corporación municipal de A Coruña en 1931. Aunque nació en Quireza (Cerdedo) desarrolló su carrera en la ciudad herculina. Murió en el subcampo de Gusen en noviembre de 1941. Más de 7.000 españoles fueron exterminados en Mauthausen.

«Tiña momentos malos, sobre todo polas noites. Espertábase con pesadelos, suando e sen respirasión. Gritaba: ‘Escoito aí as botas dos alemáns!’», asiente Pena. «Mandaban aos deportados levar carretillas cheas de cadáveres ao crematorio. El tiña a impresión de que algúns ían vivos. Nunca lle gustou falar de Mauthausen. Foi moi duro ver morrer amigos».

«O que a xente descoñece é como o pasan os fillos. Meu tío nunca superará a falta de seu pai. Miña nai morreu sen facelo. Lévano dentro, néganse a falar, é como se así aquilo non pasase. Teño dúas fillas. Quero o saiban. Hoxe, cando semella que as ideas non teñen valor, eles morreron por unha idea», concluye un emocionado José Luis.

Espertábase con pesadelos. Gritaba: ‘Escoito aí as botas dos alemáns!’

Jorge García

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Fuente:https://www.lavozdegalicia.es/noticia/sociedad/2019/04/06/reencuentro-tras-mauthausen-morreu-brazos-meu-pai/00031554560721216669642.htm#

 

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La ARMH denuncia que tiene paralizado un expediente para abrir una fosa en el cementerio de León desde finales de enero

La organización carga contra la ley de memoria de la Junta porque “ha servido para complicar las cosas”.

diariodeleon.es / 17-04-2019

La Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH) denunció hoy que la ley de memoria aprobada por la Junta a través de un decreto “ha servido para complicar las cosas”. El vicepresidente de la ARMH, Marco Antonio González, explicó que están pendientes de los permisos para abrir una fosa en el cementerio civil de León, donde esperan encontrar los restos de Genara Fernández, una maestra conocida como la ‘Pasionaria de Omaña’. Fue detenida en la dictadura, condenada a pena de muerte y ejecutada en el campo de tiro de Puente Castro, el 4 de abril de 1941. Sin embargo, “el expediente para intervención lleva paralizado en León desde el pasado 28 de enero, incumpliendo el propio decreto de la Junta”, comentó.

“La concejala de cultura de León forma parte del consejo asesor de la memoria y ya vemos el compromiso que tiene con la búsqueda de personas desaparecidas y la ayuda a sus familias; el decreto ha añadido más burocracia para quienes desde hace años y sin ninguna ayuda de la Junta hemos atendido a cientos de familias castellano leonesas”, añadió.

A esa misma concejala la ARMH, dijo, le ha solicitado la retirada de varias calles con denominaciones franquistas en la ciudad de León, como hizo antes con el gobierno municipal del PSOE, y siendo parte del consejo asesor de la memoria histórica “no ha hecho nada por solucionar y renombrar espacios que rinden homenaje a significados franquistas en una ciudad en la que nunca hubo una guerra porque los golpistas de 1936 se dedicaron a llevar a cabo una terrible limpieza política”.

La ARMH también tiene prevista la búsqueda de un vecino de Burón, Andrés Armentia Pajín, que estaría en  Crémenes. La intervención más grande prevista para este año será en Santa Lucía de Gordón, donde se encontrarían los restos de once personas (diez hombres y una mujer) en varias fosas extramuros del cementerio.

“Realizaremos una prospección previa a finales de mes y  pasadas las elecciones municipales, entre finales de mayo y principios de junio, reuniremos un equipo técnico para la exhumación de las víctimas”, precisó el vicepresidente de la ARMH. Además, desde esta pasada semana ya están procesando las muestras genéticas de la exhumación realizada en agosto del año pasado en Boadilla (Salamanca), donde se recuperaron los cuerpos de cuatro represaliados de la localidad de Robleda.

En este contexto, la ARMH denunció la “precaria” política de memoria histórica que lleva a cabo el Gobierno de la Junta de Castilla y León. La ARMH constató que el Ejecutivo regional “anunció a bombo y platillo” su ley de memoria y presupuestó para el año que viene 130.000 euros que permitirán exhumar e identificar “a 30 de los cientos de personas desaparecidas que hay en la comunidad autónoma”. En este sentido, recordó que la ARMH surgida en el Bierzo, “ha exhumado a 800 personas en territorio castellano y leonés”, y “ni se ha presentado ni se presentará a las subvenciones porque considera que estaría legitimando una falsa política de memoria”.

El colectivo que surgió a raíz de la primera exhumación científica de una fosa de represaliados del franquismo en España, llevada a cabo en el año 2000 en Priaranza del Bierzo constató que ha criticado el decreto de la Junta desde su primer texto y reiteró que “se debería haber elaborado mediante una comisión parlamentaria que escuchase a las víctimas, a los investigadores y a otros expertos que sin ninguna ayuda de la Junta han hecho que sea la comunidad española con más fosas comunes exhumadas”.

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Fotografía destacada: Genara Fernández / Jesús F. Salvadores

Fuente:https://www.diariodeleon.es/noticias/leon/armh-denuncia-tiene-paralizado-expediente-abrir-fosa-cementerio-leon-finales-enero_1328954.html

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La ARMH prepara la intervención para recuperar en junio los restos de 11 personas en varias fosas de Santa Lucía de Gordón

La Asociación para la recuperación de la memoria histórica critica que la Junta «ha complicado y alargado los plazos para exhumar».

leonoticias.com / 17-04-2019

La Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH) prepara la intervención más grande prevista para este año en Santa Lucía de Gordón, donde se encontrarían los restos de 11 personas (diez hombres y una mujer) en varias fosas extramuros del cementerio. «Realizaremos una prospección previa a finales de mes y pasadas las elecciones municipales, entre finales de mayo y principios de junio, reuniremos un equipo técnico para la exhumación de las víctimas«, precisó el vicepresidente de la ARMH, Marco Antonio González. Además, tiene prevista la búsqueda de un vecino de Burón, Andrés Armentia Pajín, que estaría en Crémenes.

Pero apuntan al palo en la rueda de un decreto de la junta que ha servido para «complicar las cosas». «Estamos pendientes de los permisos para abrir una fosa en el cementerio civil de León, donde esperamos encontrar los restos de Genara Fernández, una maestra conocida como la ‘Pasionaria de Omaña‘. Fue detenida en la dictadura, condenada a pena de muerte y ejecutada en el campo de tiro de Puente Castro, el 4 de abril de 1941. El expediente para intervención lleva paralizado en León desde el pasado 28 de enero, incumpliendo el propio decreto de la Junta», explica Marco Antonio González, vicepresidente de la ARMH.

La asociación lamenta la precaria política de memoria histórica que lleva a cabo el gobierno de la Junta de Castilla y León, que anunció a bombo y platillo su ley de memoria y presupuesta para el año que viene 130.000€ que permitirán exhumar e identificar a 30 de los cientos de personas desaparecidas que hay en la comunidad autónoma. La ARMH surgida en el Bierzo, que ha exhumado a 800 personas en territorio castellano y leonés, ni se ha presentado ni se presentará a las subvenciones porque considera que estaría legitimando una falsa política de memoria.

El colectivo que surgió a raíz de la primera exhumación científica de una fosa de represaliados del franquismo en España, llevada a cabo en el año 2000 en Priaranza del Bierzo lleva denunciando el decreto de la junta desde que su primer texto se hizo público y afirmando que se debería haber elaborado mediante una comisión parlamentaria que escuchase a las víctimas, a los investigadores y a otros expertos que sin ninguna ayuda de la Junta han hecho que sea la comunidad española con más fosas comunes exhumadas, según y como mantiene dicha asociación.

Añaden que «la concejala de cultura de León forma parte del consejo asesor de la memoria y ya vemos el compromiso que tiene con la búsqueda de personas desaparecidas y la ayuda a sus familias; el decreto ha añadido más burocracia para quienes desde hace años y sin ninguna ayuda de la Junta hemos atendido a cientos de familias castellano leonesas».

A esa misma concejala la ARMH le ha solicitado la retirada de varias calles con denominaciones franquistas en la ciudad de León, como hizo antes con el gobierno municipal del PSOE, y siendo parte del consejo asesor de la memoria histórica no ha hecho nada por solucionar y renombrar espacios que rinden homenaje a significados franquistas en una ciudad en la que nunca hubo una guerra porque los golpistas de 1936 se dedicaron a llevar a cabo una terrible limpieza política.

Además, apuntan a que desde esta pasada semana ya están procesando las muestras genéticas de la exhumación realizada en agosto del año pasado en Boadilla (Salamanca), donde se recuperaron los cuerpos de cuatro represaliados de la localidad de Robleda.

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Fotografía destacada: Lugar en el que se encontraría una fosa en el cementerio de León.

Fuente:https://www.leonoticias.com/comarcas/armh-prepara-intervencion-20190417130420-nt.html#vca=fixed-btn&vso=rrss&vmc=wh&vli=Comarcas

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In Memoriam, “Darío Rivas, el hombre que se vengó del franquismo”

Darío Rivas Cando, de 99 años de edad, ha fallecido la pasada noche en Buenos Aires. Nunca dejó de luchar por buscar los restos de su padre, Severiano Rivas, alcalde republicano de Castro de Rei, secuestrado y asesinado el 29 de octubre de 1936 por “traición a la patria”.

La querella argentina que Darío abrió en Buenos Aires sigue abierta y desde que él abrió aquella puerta se han sumado a ella numerosas víctimas y organizaciones que han seguido sus pasos.

ARMH / 16-04-2019

Se despidió de su padre a los 9 años, desde el barco que lo llevó a Buenos Aires. Lo hizo de nuevo a los 17, cuando avisaron por carta de que había sido asesinado por falangistas en Portomarín, en Lugo, por su actuación como alcalde de Castro de Rei en favor de los despojados. Y aún se despidió otra vez en 2005 cuando fue capaz de exhumar su cuerpo de la fosa común en la que lo habían escondido. La historia de este gallego residente en la Argentina dio inicio al histórico proceso judicial que está investigando los crímenes del franquismo entre 1936 y 1977.

luzes.gal / Débora Campos / 23-10-2018

La taza tiene un tamaño singular. No va con las de su talla, las del café, que son pequeñas. Pero tampoco casa con las grandes, las del té. «Entonces se hacían los juegos bajo petición y mi padre había comprado las doce piezas tradicionales con su platito y además esta enorme para beber él en ella a su gusto, y también una muy pequeñita para mí, que era el menor de los hijos», recuerda Darío Rivas, 97 años, en la serenidad de una tarde en el extrarradio de la ciudad de Buenos Aires a la que llegó de Lugo en 1930. Aunque aquí el tiempo se paró hace muchas horas, las referencias dicen que sólo en esta semana, este gallego que ahora guarda la taza en una vitrina con dedos rápidos, ha participado en cuatro actos y pasado dos veces por los tribunales porteños acompañando a nuevos declarantes en la querella que presentó en 2010 para investigar los crímenes del franquismo.

La taza que conserva de su padre, con una fotografía suya de niño

El proceso judicial iniciado el 14 de abril de 2010 en la capital argentina —coincidiendo con el 79 aniversario del inicio de la II República en España— tenía la firma de colectivos de defensa de los derechos humanos, de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica de España y de las Abuelas y las Madres de la Plaza de Mayo. Con todo, el caso insignia, el que permitió que la justicia abriera unas puertas siempre difíciles, siempre bien cerradas, fue justamente el caso que presentó Darío Rivas. «Pasé décadas reuniendo todos los documentos. Todo lo denunciado está probado por escrito y con sellos y firmas», dice y pega con el dedo índice sobre la mesa para acompañar las últimas sílabas.

La querella no se andaba con rodeos: denunciaba al Estado español como responsable de los delitos cometidos entre el día 17 de julio de 1936 y el 15 de junio de 1977, fecha de las primeras elecciones después de la muerte del dictador Francisco Franco. Se entiende que se trata del genocidio de parte de la población y de crímenes de lesa humanidad y que, como tales y a pesar de la Ley de Amnistía de 1977, no prescriben bajo el criterio de la justicia universal.

En una concentración contra la impunidad del franquismo.

Con el patrocinio del abogado Carlos Slepoy, el requerimiento de Rivas junto con Inés García Holgado, también familiar de un represaliado, y Silvia Carretero, torturada en Extremadura y Madrid, pedía a la jueza federal argentina María Romilda Servini de Cubría que buscase la información necesaria para hacer una lista de los ministros de aquel período, de los responsables militares y policiales y de los dirigentes de la Falange, así como también de las víctimas: los represaliados, desaparecidos, torturados, asesinados, sin olvidar el detalle de las fosas comunes sembradas por toda la Península y referencias sobre los niños y las niñas apropiadas ilegalmente con la ayuda, en no pocos casos, de la propia Iglesia católica. Por último, también querían el nombre «de las empresas beneficiadas con el trabajo forzado y esclavo de los presos republicanos».

La justicia argentina pidió precisiones a los jueces españoles. Las respuestas, cuando llegaban, siempre ponían por delante la Ley de Amnistía de 1977, una añagaza, ya que este tipo de normas no pueden pasar por encima del derecho internacional. Así las cosas, el 18 de septiembre de 2013, Servini de Cubría pidió la extradición de cuatro represores españoles —dos de ellos ya fallecidos—. El 30 de octubre de 2014 la jueza dictó una  orden internacional de detención preventiva y extradición contra el ex ministro franquista Rodolfo Martín Villa, acusándolo, entre otros delitos, del asesinato de los cinco obreros tiroteados en Vitoria en marzo de 1976. Desde entonces, Martín Villa, con la ayuda de la justicia española, ha tenido que entablar un largo litigio para evitar ser extraditado. Uno de los últimos intentos fue la solicitud de prestar declaración en Argentina con la condición de quedar en libertad, petición que denegó María Servini.

El tiempo ya no corre en esta casa bonaerense en la que Darío Rivas retira ahora de la vitrina una pequeña bandeja conmemorativa del homenaje que le hizo a su padre en el año 1994, casi una década antes de poder sepultarlo. Y cuenta. Porque en el origen de la querella que ya hizo historia hay un padre y un hijo. Y también un gabán y una placa.

Aún se repiten las historias en Castro de Rey sobre como recuperaba tierras sin dueño —o con un dueño que no las atendía— y se las asignaba a los despojados para que pudieran trabajar en ellas las semillas que él incluso les conseguía

«Recuerdo bien mi casa, era enorme, como un pazo. Por la izquierda tenía la cuadra para los animales y también un horno de piedra. Y por la derecha, un jardín. Más allá, estaba el sitio en el que se cortaban los robles para hacer las traviesas del tren», vuelve Rivas, ahora mismo un niño pequeño en un mundo de adultos. Fue el más pequeño de nueve hermanos y, aunque no lo dice de todo, puede que fuese también el más mimado por el padre que, en pocos años, quedó viudo y con el chaval de cinco años por criar, además de los otros ocho hijos.

Mucho ha hablado Darío Rivas sobre su padre, Severino Rivas Barja, alcalde de Castro de Rei, fusilado en una cuneta pocos meses después del Alzamiento, el 29 de octubre de 1936. Tanto ha contado sobre este gallego que 68 años después de su asesinato se transformó en el primero exhumado e identificado en Galicia, que ahora se ve en el problema de tener que ajustar las historias publicadas sobre su recuerdo.

«Dicen que mi padre era socialista. Pero no. Yo no le recuerdo participación alguna en mítines ni en cosas de la política», quiere corregir el hijo que escapa de los intereses partidarios como de la peste. La confusión tendrá inicio, a lo mejor, en el hecho de que el señor Severino era un hombre bueno y generoso. Aún se repiten las historias en Castro de Rey sobre como recuperaba tierras sin dueño —o con un dueño que no las atendía— y se las asignaba a los despojados para que pudieran trabajar en ellas las semillas que él incluso les conseguía.

No se lo contaron. Darío lo vivió: «En mi casa, la matanza se hacía para los nuestros y para el resto. Mi padre nos mandaba a los más pequeños llevar paquetes de carne a las personas más pobres de la aldea. ‘¡Y cuidadito con aceptarles ni una peseta!’, nos advertía». El señor Severino no es que fuera rico, pero había tenido la inteligencia necesaria para sacar beneficio de las oportunidades. Trabajaba sus tierras, arrendaba otras que también explotaba y administraba las de los señores de la zona. Cuando tuvo oportunidad, también se hizo con unos robles que luego cortaba para hacer traviesas para el tren, que vendía.

«Aún me sorprende que fuera capaz de conseguir tanto, siendo como era hijo de soltera», reconoce su hijo, que también se pregunta ahora si su padre sabía siquiera leer y escribir. «Algo sabría, claro. Pero yo recuerdo perfectamente que, en casa, mandaba leer el periódico a alguien. Yo pienso que sabía lo mínimo», apunta. Con o sin formación, el señor Severino Rivas era, claro está, un lúcido intérprete de la realidad europea y española de los años 20 y 30. Ventaba un futuro difícil para su prole. Un futuro que, desde luego, era hijo del pasado reciente: ya había mandado un hijo a la guerra y no estaba dispuesto a mandar otros. Poco había para ellos en la aldea: décadas de reverencias delante de la tierra para ser tanto o más pobres aún. No, sus hijos tendrían mejor destino en la emigración.

«En la primera semana de clase, un chaval me llamó gallego despreciativamente y llevó unos cuantos golpes. Yo no sabía si se podía pegar en la escuela, pero otro niño me alentó y pienso que el burlón no se volvió a meter conmigo»

«A los 9 años, mi padre decidió que yo marchara. Me mandó a Buenos Aires donde ya vivía una de mis hermanas y donde, con los años, vendrían otros cinco más. Aún recuerdo la lancha que nos llevó en la Coruña hasta el barco que aguardaba en el mismo centro del mar. La gente, que trepaba por una escalerita de nada, se mareaba mucho con el movimiento de aquella mole, pero como yo era un niño, no me enteraba de nada». Darío sonríe desde su mirada de niño espabilado delante de aquellos adultos tristes y asustados. Casi ni pisó el camarote. El padre le había metido algo de dinero en el bolsillo y el resto se lo entregó la un paisano que trabajaba en el transatlántico para que le echara un ojo al niño durante el viaje. No sabe si el hombre hizo tal, porque pasó las noches durmiendo bajo las estrellas y los días comiendo chocolate y cuanto dulce comprara aquel dinero.

Pero los días de libertad duraron poco y, cuando pudo enterarse, ya estaba en Villa Ballester, en la periferia noroeste de Buenos Aires, alistándose para una experiencia nueva: ir a la escuela todos los días. «En la primera semana de clase, un chaval me llamó gallego despreciativamente y llevó unos cuantos golpes. Yo no sabía si se podía pegar en la escuela, pero otro niño me alentó y pienso que el burlón no se volvió a meter conmigo», dice, y las fotos que tira de una carpeta aún lo retratan alto y fuerte en el final de la infancia.

Al mes ya no hablaba gallego y, como tantos y tantos, fue un alumno esmerado que recuerda y presume de una lección de Historia de México que le valió, dice, un diez para el resto del año por parte de la señorita de 6º grado. «Siempre me gustó mucho aprender y descubrir», apunta. Y la vida le da la razón. Darío Rivas hizo los dos primeros años de la escuela de golpe y luego avanzó como el resto hasta rematar los estudios básicos. Como tantos niños de aquella, también ayudaba en la tienda de su tío sastre:

«Ordenaba las cosas o barría el sitio moviendo la escoba de un lado y luego del otro para que se gastara sin desniveles», recuerda. Mientras el niño crecía en Villa Ballester y aterrizaba en el mundo del trabajo sin escalas, el padre también crecía en prestigio y respeto entre los vecinos de Castro de Rey. «Después de la escuela fui a trabajar de encargado en la panadería que uno de mis hermanos tenía en Chascomús [a 123 kilómetros de la ciudad de Buenos Aires]», adelanta. Aún era un niño pero trabajaba como los adultos. Tanto es así que un hombre que lo conocía le ofreció un negocio: podían ir de socios en un emprendimiento de apicultura. El hombre ponía los cuartos y Darío, el trabajo.

¿Y usted qué sabía de las abejas?
—¡Nada, yo qué iba a saber! Pero compré unos libros, los leí y descubrí todo. El resto me lo enseñó el hombre aquel y allá estábamos, con docenas de colmenas a producir.

De las colmenas pasó, de vuelta en Buenos Aires, a una confitería que compró con su hermana a medias sobre la avenida Córdoba con Uruguay, en el centro de la ciudad; y como el día tenía muchas horas, también hacía ventas para una empresa inglesa; y administraba una pequeña compañía de construcciones que había fundado con unos primos: «Ellos tenían estudios pero el encargado era el gallego», dice. Cuando el día acababa, Darío se iba a beber el café con los republicanos que se daban alientos los unos a los otros en los bares de la avenida de Mayo. «Leíamos el periódico Crítica porque decía que la República iba ganando la guerra. Pero no era verdad», reconoce.

«Los dejaron en las cunetas muchas horas, al cuidado de un chaval de 17 años, para escarmentar a la gente, y luego mandaron a mis hermanos a enterrarlo en una fosa común»

Pocos años antes, el prestigio ganado por su padre entre los vecinos de la aldea lo había llevado a convertirse en alcalde de Castro de Rey. «Una de sus primeras medidas fue a traer un maestro y montar en nuestra casa una escuela para todos los niños», repite el hijo. Tal audacia, entre otras, no pasó inadvertida y sólo semanas después del alzamento de julio de 1936, fueron buscarlo.

Severino Rivas fue capturado en el Hotel España de Lugo y aunque tuvieron que liberarlo, la segunda vez no dudaron: fue asesinado el 29 de octubre de 1936 de cinco tiros al lado de la capilla de Cortapezas, en Portomarín, junto con otro republicano. «Los dejaron en las cunetas muchas horas, al cuidado de un chaval de 17 años, para escarmentar a la gente, y luego mandaron a mis hermanos a enterrarlo en una fosa común», desvela el hijo. Los falangistas acusaron el ex alcalde por «traición a la patria», porque el mal, además, siempre sabe ser muy bruto. El miedo sembrado dio enseguida frutos amargos. Darío Rivas supo de la muerte del padre por carta. Tenía 17 años. También supo que había muchas más palabras calladas que dichas en esa historia. «Y decidí que yo, a España, no volvía nunca jamás en la vida», dice.

Pero volvió. Casi que sin quererlo. En el año 1952, su esposa, Clotilde, le pidió visitar una tía que había dejado también en Galicia. Y fueron. «Al llegar sentí curiosidad y fui allá, a la aldea», recuerda. Cuenta que hizo preguntas que nadie le respondía o sobre las que le daban razones dudosas, confusas. Pero Darío no es hombre que se contente con evasivas. En lo que todos coincidían en aquel año 1952 era en el reconocimiento a don Severino.

«Los vecinos querían hacerle homenajes e incluso que una calle de la villa llevara su nombre. Pero para que eso fuera posible había que documentarse», y Darío se documentó. Mucho más de lo que imaginaban los funcionarios franquistas que le pedían pruebas de la valía de su padre. Con la ayuda de unos y de otros, a lo largo de varias décadas, el hijo fue consiguiendo todos los papeles necesarios para probar el asesinato de su padre, incluso tiene el archivo de su detención en la cárcel de Lugo y la orden de fusilamiento «por comunista» firmada por los mandos militares de la región. Sólo quedaba descubrir dónde estaba el cuerpo, porque él no tragaba la trola de que lo habían sepultado en un cementerio que había quedado bajo las aguas del embalse que sepultó al viejo Portomarín en 1963, a pesar de haber sido declarado Conjunto Histórico Artístico en 1946, y de que allí habían pernoctado los Reyes Católicos, Carlos V y Felipe II.

Siempre por la buenas, Darío Rivas pidió al cura de Cortapezas poner una placa en memoria de su padre. No, no se puede. Entonces pidió poner una cruz de madera, por fuera de la iglesia. No, tampoco se puede porque es tierra santa. Tuvo que ser por las malas.

«Mucho pregunté, pero mis hermanos se habían llevado el secreto a la tumba y nadie me daba razón», dice y anuncia el momento que aún lo emociona del relato. Lo contó docenas de veces y lo vuelve a contar ahora, en esta tarde bonaerense en la que va un calor impúdico: «En el año 2004 fui a participar de un homenaje a mi padre. Fue un acto muy especial y quise cerrarlo visitando Portomarín», dice. No había sepultura, pero allí era dónde habían asesinado a su padre, de suerte que allá fue Darío, a acercarse a su memoria, sentir que estaban juntos. «Entramos en una tienda de recuerdos y, mientras mi sobrina compraba, la propietaria me preguntó si era yo turista. Pensé que me querría cobrar los chismes esos más caros, y entonces le expliqué que era de Castro de Rei», recuerda y bromea. Por decir cualquier cosa, la mujer comentó de unos hombres que había visto asesinados en el 36 que eran de aquella aldea. Habló del gabán que vestía uno de ellos y de que el rumor decía que era alguien de importancia.

Casi sin aire, Darío recordó el gabán que le habían mandado de regalo a su padre desde Buenos Aires y pidió más detalles. «Quien bien sabe de esta historia es el carnicero», añadió la señora. Darío Rivas salió corriendo de la tienda. «Los mataron contra la capilla de Cortapezas. Pero quien bien sabe de esta historia es el anciano que vive al lado de la iglesia», añadió el carnicero. Correr y correr. El viejito confirmó no solo la muerte, sino que habían sido sepultados allí mismo por las familias y que él era el chaval que lo veló durante varias horas, cuando tenía 17 años.

Darío, con el hombre -entonces un joven de 17 años- que vio como enterraban a su padre

«¿Y aún están aquí?», preguntó Darío, que no podía creer que debajo de aquella tierra, de aquellas hierbas silvestres, finalmente, 68 años después, estuviera su padre. «Estar, solo está su padre, porque al otro la familia lo desenterró por la noche y lo llevó al cementerio de la aldea», confirmó el señor. Por las buenas. Siempre por la buenas, Darío Rivas pidió al cura de Cortapezas poner una placa en memoria de su padre. No, no se puede. Entonces pidió poner una cruz de madera, por fuera de la iglesia. No, tampoco se puede porque es tierra santa. Tuvo que ser por las malas.

Con la documentación en la mano y con el acompañamiento de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica, el 19 de agosto de 2005, un grupo de amigos acompañó el hijo en la exhumación. Fue lenta e inquietante. Pero allí estaba. Severino Rivas Barja fue sepultado con todos los honores en el panteón de la familia, en Loentia. La lápida dice: «Fue alcalde de Castro de Rei, nacido el 13 de septiembre de 1875. Lo asesinaron en Portomarín los falangistas el día 29 de octubre de 1936. Volvió a casa para descansar en paz el día 19 de agosto de 2005».

La lápida de Severino Rivas en el cementerio de Castro de Rei.

Y, sobre ella, una placa añade una petición: «Papá, descansa en paz. Te lo pide tu niño mimado, Darío». La taza baila en los dedos ágiles del señor Rivas, que rechaza la política aunque reconoce que sus acciones también lo son: «Porque estamos luchando contra el franquismo», dispara. El médico le recomendó evitar las emociones, y por eso ya no habla en público. Escribe discursos, con una caligrafía de rasgos aun escolares, y luego pide que alguien los lea. Con todo, el 30 de junio de 2011, la multitud con la que marchó en la Ronda de la Dignidad en la Puerta del Sol, en Madrid, reclamó escucharlo. Y él habló. «Os pido que no recordemos a los nuestros cómo víctimas sino como héroes. El Gobierno de España no busca sus desaparecidos y muchos niños secuestrados no conocen su verdadera identidad. Eso es una vergüenza. Es dejar vivo el antecedente de un genocidio impune que van a pagar las generaciones futuras».

La luz del ventilador se refleja en la taza en esta noche en Ituzaingó. «Yo no heredé nada de mi padre. Mis hermanos que allá habían quedado repartieron las cosas entre ellos y bueno… pero cuando volví, fui a echar cuentas y dije: «No quiero nada, solo esta», acaba el hijo, que ya dejó un legado propio a la humanidad.

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Fotografía destacada: Dario Rivas – Fotografías: Romina Franceschin [Buenos Aires]

Fuente:https://luzes.gal/ct/2018/10/23/5782/en-aberto-ct/debora-campos/dario-rivas-el-hombre-que-se-vengo-del-franquismo/

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Muere a los 103 años Neus Català, militante comunista y superviviente de los campos de concentración nazis

Català pasó 15 meses en el campo de Ravensbrück, en Alemania, y luchó toda su vida por la memoria.

eldiario.es / 13-04-2019

La última catalana superviviente a los campos de concentración nazis, Neus Català, ha muerto este sábado a los 103 años. Català, que mantuvo su militancia comunista hasta el final, pasó 15 meses en el campo de Ravensbrück, en Alemania, y luchó toda su vida por la memoria después de luchar primero a favor de la II República y, posteriormente, junto a la resistencia francesa contra los nazis. Después de que su familia confirmara la noticia de su fallecimiento, la militante ha sido despedida por varias organizaciones de izquierdas catalanas.

Neus Català, nacida en Guiamets (Tarragona) en 1915 y de profesión enfermera, luchó toda su vida por la memoria de sus compañeros y de todos los deportados, detenidos y asesinados por régimen nazi. Militante comunista desde la juventud, durante sus últimos años mantuvo su implicación política en el Partido Comunista de Catalunya (PCC) y en Izquierda Unida y Alternativa (EUiA).

En 1939 cruzó la frontera francesa con 180 niños huérfanos que estaban a su cuidado en Premià de Dalt (Barcelona) y, junto con su marido, colaboró en actividades de la resistencia francesa contra la invasión nazi. En 1944 fue deportada a Ravensbrück donde fue obligada a trabajar en la industria de armamento, donde formó un comando que clandestinamente boicoteaba la fabricación de armas.

Tras ser liberada, Català, regresó a Francia donde continuó su lucha clandestina contra el franquismo. La Generalitat le concedió en 2005 la Creu de Sant Jordi y en 2015 la Medalla de Oro, y en 2014 el Ayuntamiento de Barcelona le otorgó la Medalla de Oro al Mérito Cívico.

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Fotografía destacada: La última superviviente española de Ravensbrück, Neus Català EFE

Fuente:https://www.eldiario.es/catalunya/politica/Muere-Neus-Catala-superviviente-concentracion_0_888211549.html

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La represión franquista se heredaba: “Se ensañó con quienes quedaban, las mujeres y los niños”

José Castiello, padre de Eugenia, a sus diez años era el único niño en el campo de concentración de Arnao: “Soñó con el campo y con la guerra toda la vida”.

Le llevaron a él y a sus hermanas, a pesar de que las mujeres eran minoría en los campos, por ser familias de guerrilleros republicanos que luego fueron fusilados.

“Que se hable de la represión y sufrimiento de estas mujeres que se quedaron sin hijos, sin padres, sin marido, sin hermanos, y sin nada”.

eldiario.es / Belén Remacha / 10-04-2019

La historia de represión de los Castiello es como la de muchas familias españolas pero también diferente a otras. Lo es porque el padre de Eugenia, José María, era, a sus 10 años, el único niño del campo de concentración franquista de Arnao (Asturias). Le habían enviado ahí desde su pueblo, Peón, después de haberle dejado solo al cuidado de un abuelo enfermo. Había estado solo porque meses antes, en 1939, su madre y hermanas habían ingresado ya en Arnao.

A todos les estaban castigando y torturando por no confesar dónde estaban sus hermanos, dos guerrilleros republicanos que huyeron al monte cuando, acabada la Guerra, la Guardia Civil fue a buscarles a su casa. No confesaban dónde estaban porque aunque hubieran estado dispuestos no podían, ya que no lo sabían: un modo típico de los guerrilleros para preservar la seguridad de las familias era no contarles dónde se escondían. En el campo permanecieron hasta 1942.

Otro motivo por el que su historia tampoco es habitual es porque José María escribió un libro sobre la experiencia de su familia, Los Castiello, la lucha por la libertad –que se convirtió incluso en documental–. Lo publicó unos cinco años antes de participar en la investigación del periodista Carlos Hernández sobre los 300 campos de concentración de Franco. Primero un ejemplar para cada miembro de la familia, luego, tras la insistencia de un amigo, una tirada de cien que se agotaron el mismo día de la presentación, en Oviedo.

Desde hace pocos años es Eugenia la que se encarga de reimprimir las ediciones que se venden en librerías de Asturias. A su padre su estado de salud ya no se lo permite. Ahora ella insiste “en que se hable de la represión y sufrimiento de estas mujeres que se quedaron sin hijos, sin padres, sin marido, sin hermanos, y sin nada. Se ensañaron con ellas y con los niños, los que se quedaron, para hacer sufrir a los huidos y que cantasen. Una vez sacaron a mis tías a rastras de casa y les pegaron tal paliza que se les quedaron los hilos de la ropa incrustados en la piel. Mi abuela les suplicó que pararan pero no lo hicieron hasta que se desmayaron”.

“Nadie está preparado para vivir algo así de niño”

Son historias que Eugenia lleva oyendo desde la adolescencia: “Mi padre estuvo muchos años sin querer hablar. Tuvo unas secuelas tremendas y muchos años después tuvo que recibir tratamiento. Nadie está preparado para vivir algo así de niño. Ellos simplemente eran madre, hermanas y hermano de guerrillero, no estaban implicados en nada. Cuando yo ya me hice mayor empecé a oír en casa eso de que mejor no me significase ni llamase mucho la atención. Seguía habiendo miedo, sobre todo cuando vivía Franco pero también luego. Así me fui enterando de todo lo que había pasado”.

Sobre el papel, los campos de concentración estaban destinados solo a hombres. “En la mentalidad machista y falsamente paternalista de los dirigentes franquistas, las mujeres no encajaban en los campos de concentración”, explicaba Carlos Hernández. Las mujeres durante la guerra y el franquismo solían ser sometidas a idénticas torturas en cárceles, pero hubo excepciones como los grupos de Cabra (Córdoba), y también en Arnao. “A mis tías las pusieron a recoger grijo. Los hombres, con ese material, construyeron una ferretera”. Luego, tal y como cuenta José Castiello, las reubicaron en la enfermería para oficiales y la cocina.

En el libro de José Castiello, escrito 75 años después de entrar al campo, hay una detallada descripción de Arnao: a la derecha, un barracón de madera estancia de los soldados; a la izquierda, un edificio destinado a los oficiales. Ya dentro, en línea recta, el primer barracón para hombres. Le separaba del de mujeres por unas alambradas. Los primeros meses, también le separaban a él, niño de 10 años, de su madre y hermanas mayores.

También relata un preciso recuerdo de la rutina de entonces, un crío rodeado de presos comunes: cada mañana recogían la colchoneta, barrían su espacio y se aseaban superficialmente, “ya que en el barracón se carecía de agua corriente”. A continuación, formaban filas hasta el lugar donde se izaba la bandera y, mano en alto, cantaban el Cara al Sol y vivas a Franco. Después, por desayuno se les daba “una especie de café y un bollo de pan, todo de la peor calidad”. Para comida y cena, “masa caldosa de garbanzos, lentejas alubias, arroz o patatas. Aparecía enseguida el hambre”.

Tenía un único plato y cuchara que tenía que servir para todo, incluso para su propia limpieza personal. Los prisioneros capturaban ranas de un riachuelo que corría desde un pozo y las comían asadas. De lejos, observaban a los campesinos: “Cualquier persona que veíamos faenar nos producía cierta nostalgia de libertad”. El oficial jefe, no recuerda si de nombre Félix o Víctor, “con rudeza me dijo que debería cumplir las normas disciplinarias como cualquier adulto”. Era además “implacable a la hora de reclutar a los detenidos para el trabajo”. Recordaba con especial dolor a un compañero anciano y enfermo que falleció por la falta de atención.

La familia Castiello al completo, en su casa de Peón en 1927. ARCHIVO CASTIELLO

Vigilados hasta los 50

Tiempo después, a José María le juntaron con su madre y hermanas, “y aquella ya fue la época menos mala”. En 1942 les dieron la libertad definitiva, pero “no les dejaron en paz”, continúa narrando Eugenia. Podían irse con la condición del destierro, es decir, no podían volver a Peón. Eligieron Valladolid porque otra hija ya estaba desterrada ahí. Años después volvieron a Asturias para instalarse en Oviedo.

Sus dos tíos ya nunca volvieron a casa y fueron asesinados junto a otro compañero en 1948 en la playa de La Franca después de que les delataran, “aguantaron tanto gracias a que la gente les ayudaban. Queda el consuelo de que serían buenas personas, si tantos les protegieron”.

Mientras, las mujeres y los niños siguieron haciendo un papel clave: de enlaces. “Si una mujer iba a lavar, dejaba en una piedra escondido un papelín que les decía dónde ir a buscar armas, comida, avisar de que les estaban persiguiendo o si alguien se iba a unir… un niño, si estaba jugando con la pelota, igual. A los hombres les tenían más controlados y ellas se arriesgaban así”.

Hasta que asesinaron a sus tíos, mientras vivían en Valladolid el régimen les había seguido acosando para descubrir dónde estaban. Después, como pasó con otros entornos de represaliados a los que incluso vetaron de empleos, siguió la vigilancia durante unos años, “cuando vieron que, por la cuenta que les traía, nadie se metía ya en temas políticos, les dejan por fin en paz. Eran los 50″. “La familia sufrió todo esto pero es que la gente se vuelve triste, recuerda… mi padre soñó con su tiempo en el campo y con la guerra y posguerra toda la vida”.

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Fotografía destacada: José, a sus 10 años, con su hermana Pilar en el campo de concentración de Arnao.  ARCHIVO FAMILIA CASTIELLO

Fuente:https://www.eldiario.es/sociedad/Campos-concentracion-mujeres-represion-familias_0_884362552.html

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La Asociación de la Memoria Histórica cierra la campaña de Beade sin resultado

El colectivo buscará nuevos datos en el juzgado de Ribadavia y en el Archivo Militar de Ferrol.

lavozdegalicia.es / Santi M. Amil / 09-04-2019

Los peores temores de los miembros de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH) y de los vecinos de Beade que aún pueden dar testimonio de los hechos ocurridos el 25 de agosto de 1936 -el asesinato de dos vecinos de Amoeiro a manos de los falangistas- se cumplieron y la campaña de intervención «para la búsqueda y exhumación de una fosa común en el cementerio de Beade» se cerró sin resultados.

Cuando los miembros del colectivo y los voluntarios que participan en el proyecto comenzaron a trabajar en el cementerio -en la zona que hace 83 años estaba extramuros y que en la actualidad forma parte del recinto funerario- uno de los vecinos que recordaba haber estado en el lugar el día que enterraron a Castor Sánchez Martínez y Antonio Pérez Guitérrez manifestó su temor a que la zona que entonces era un descampado quedase debajo de donde está en la actualidad la fila de los panteones. Fue entonces cuando los miembros de ARMH preguntaron a Antonio Estévez, el vecino que con seis años estuvo presente cuando arrojaron desnudos a los asesinados en la fosa, si recordaba en qué posición estaban. En función de la misma, según aclararon desde el colectivo, se podrían localizar igual aunque estuvieran debajo de los panteones.

Buscar más documentación

Desde la asociación. Marco González señalaba que se está a la espera de conocer nuevos datos. «La campaña se ha cerrado al no encontrar ningún rastro. Barajamos que pueden estar debajo de los panteones, lo que complica los trabajos. Ahora trataremos de encontrar el expediente en el Juzgado de Ribadavia o el acta de enterramiento en el Archivo Militar de Ferrol», señaló.

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Fuente:https://www.lavozdegalicia.es/noticia/ourense/beade/2019/04/09/asociacion-memoria-historica-cierra-campana-beade-resultado/0003_201904O9C79910.htm#

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La arquitecto Carmen Moreno Álvarez galardonada por su obra Celosía de la Memoria

La arquitecto Carmen Moreno Álvarez ha ganado el Premio Gallego Burín por su obra Celosía de la Memoria, ubicada en el cementerio de Granada, un homenaje a las víctimas de la guerra civil y de la posguerra, escenario de fusilamiento de cuatro mil personas que ha tratado de restañar las heridas y el olvido de uno de los episodios más oscuros de la historia de España en el pasado siglo. El premio ha sido otorgado por el Colegio de Arquitectos de Granada y junto a ella han sido galardonados otros profesionales en distintas categorías profesionales.

elmundo.es / Manuel Mateo Pérez / 04-04-2019

La obra Celosía de la Memoria, ubicada en el cementerio de San José de Granada es un homenaje a las víctimas, un sitio de recuerdo para los familiares y una contribución a preservar la memoria histórica de este ámbito. El lugar de la intervención es un espacio extramuros del cementerio situado en el territorio de la Dehesa del Generalife junto al conjunto monumental de la Alhambra, rodeado por un olivar, un camino y una hilera de cipreses. El trabajo parte de una reflexión sobre cómo proyectar con la memoria para convertir el recuerdo en un elemento de paisaje vivo y en estrecha relación con el lugar.

Sobre un muro de piedra existente la arquitecto granadina dispuso una celosía de hierro de cuarenta y tres metros de longitud, fabricada a partir de la información registrada sobre los fallecidos -nombre, lugar de procedencia, fecha de fallecimiento y edad-, un elemento transparente y ligero que se integra en el territorio sin transformarlo, un recurso poético que superpone los nombres y las historias de cada uno de ellos sobre este emblemático paisaje. La celosía permite leer los nombres de la gente anónima suspendidos en el aire sobre el olivar; también sobre las tapias del camposanto que conservan aún los agujeros de las balas, elementos que conforman este ámbito y que construyen ahora nuevos paisajes en torno a los nombres recortados en hierro.

Situada a contraluz del amanecer, produce un juego de sombras arrojadas que proyectan los textos sobre la topografía del terreno llegando a alcanzar, en determinados momentos del año, las tapias del cementerio. En palabras de la creadora “los vacíos entre las palabras se pueden utilizar para colocar las flores llevadas en homenaje a los fallecidos; los círculos que solidifican la chapa de hierro recortada, para alojar los ramos, convirtiendo la celosía en un muro repleto de vegetación y color en algunas fechas señaladas, dinámico y cargado de simbología, que proporciona una contigüidad entre la memoria colectiva, el recuerdo y el paisaje de este ámbito”.

No es el único premio que Carmen Moreno ha recibido en esta edición. El galardón que lleva el nombre del pintor José Guerrero ha recaído también en ella y en el catedrático Juan Domingo Santos, uno de los más reconocidos arquitectos españoles actuales, por el trabajo de ambos en la XIII Bienal Española de Arquitectura, celebrada el pasado año en Madrid.

El Colegio de Arquitectos de Granada ha premiado a Antonio Cruz Villalón y Antonio Ortiz García por el edificio central del Campus de Ciencias de la Salud de la Universidad de Granada. El creador Juan Manuel Benítez González ha sido reconocido también por su casa estudio Abal y Víctor López Cotelo se ha hecho merecedor del Premio Torres Balbás por la creación de la Escuela de Arquitectos de Granada, ubicada en el Campo del Príncipe. El jurado ha estado formado por Luis Alberto Martínez Cañas, en calidad de presidente, y por José María Manzano, José María Sánchez, Ángel Martínez García-Posada, Ernesto Páramo y Rafael Soler Márquez.

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Fotografía destacada: La arquitecto Carmen Moreno Álvarez frente a su obra. EL MUNDO

Fuente:https://www.elmundo.es/andalucia/2019/04/04/5ca5ada621efa0af628b4689.html

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Hambre y corrupción franquista en Castuera: el campo de concentración que apresó a 15.000 personas

Se cumplen 80 años de la apertura de este campo, que abrió sus puertas con el final de la guerra civil en la llamada capital ‘Roja’ del frente de La Serena.

Los relatos de los supervivientes narran un infierno de alambre y espinos, alrededor de unos barracones desmontables, donde tenían mucho tiempo libre y poco pan.

Destaca una corruptela por parte de sus responsables, que desviaron parte del dinero destinado a la alimentación de los presos. Este hecho multiplicó las muertes por inanición y enfermedades.

eldiario.es / Jesús Conde / 06-04-2019

La clasificación de los presos que llegaban a Castuera, la represión sistemática y la reeducación bajo los valores del nacional-catolicismo resumen la esencia de este campo de concentración. Se cumplen 80 años de la apertura de un ‘infierno’ de alambre y espinos por el que pasaron alrededor de 15.000 personas a lo largo de un año.

Su ubicación no era casual, ya que Castuera se había convertido en la capital ‘Roja’ del frente de La Serena, una línea de resistencia republicana que surcaba las estribaciones de la comarca pacense hasta la frontera con la provincia de Cáceres. Allí las trincheras y el combate cuerpo a cuerpo se mantuvieron hasta el verano de 1938.

Fue uno de los campos de prisioneros de Extremadura, una región donde hubo al menos 17 según las investigaciones del periodista Carlos Hernández de Miguel. Se levantó semanas antes del final de la guerra, cuando los militares franquistas ya tenían claro cuál iba a ser el resultado de la contienda. Tuvo cautivos a militares afines al régimen, civiles, sindicalistas o políticos.

Los testimonios orales de los supervivientes narran la falta de higiene y las duras condiciones que soportaron alrededor de unos barracones desmontables, en los que había mucho tiempo libre y poco pan.

El historiador Antonio López, autor del libro ‘Cruz, Bandera y Caudillo’, explica que el hambre se agravó con un caso de corrupción perpetrado por los responsables del campo, que desviaron parte del dinero destinado a alimentar a los presos. Con sus ‘mordidas’ eliminaron el rancho caliente previsto en su dieta, que quedó reducida a escasas latas de sardina para compartir y mendrugos de pan.

Se vieron implicados el jefe del campo y el director de la prisión provincial de Badajoz, junto con los directores de las cárceles de Herrera del Duque y Puebla de Alcocer. El caso se destapó cuando se multiplicaron las muertes por inanición y las enfermedades, a lo que se sumó un importante incremento de fugas. Tras los interrogatorios militares los implicados fueron multados e inhabilitados, sólo unos meses, como muestra la documentación que se conserva en el Archivo General de la Administración.

Uno de los testimonios orales recogidos por el investigador, un guardián original de Fuente de Cantos, relata que las primeras bajas por hambre y enfermedad fueron las de los ‘valencianos’. Se trataba de prisioneros llegados desde la zona del Levante, cuyos cadáveres fueron arrojados a unas de las fosas cercanas al campo.

La muerte les sacudió con más virulencia porque estaban lejos de sus casas y no podían recibir apoyo familiar. No tuvieron la suerte de los reclusos de Extremadura, que tenían el respaldo de los allegados que se desplazaban hasta allí. Algunos incluso se establecieron en Castuera.

Terror y violencia

La práctica del terror y la violencia con la entrada de los jefes de la Falange fue una constante. Un modo de amedrentar a todos los prisioneros que se sumaba a las condiciones infrahumanas en las que vivían.

El mejor testimonio que han documentado hasta el momento es el de Albino Garrido, fallecido hace dos años. Conoció el barracón de incomunicados, destinado a quienes iban a morir en un consejo de guerra. Fue protagonista de una historia de resistencia en mayúsculas, porque Albino escapó del campo, estuvo preso casi un año y salió con vida. Más tarde se refugió en Francia, donde fue apresado y trasladado a un campo nazi.

En su libro de vivencias relató la crudeza y la sangre fría de los franquistas. Cuenta el caso de su amigo Isaías Carrillo Sosa, asesinado mientras estaba despiojando a otro preso. En mitad de la rutina de la limpieza que se hacían unos a otros se acercó un falangista, sacó su pistola y lo mató sin mediar palabra. A la víctima la sacaron del barracón ante el pavor y el terror de todos sus compañeros.

La peana de ceremonias

‘Cruz, Bandera y Caudillo’ es el nombre que da título al trabajo documental del investigador extremeño Antonio López, un título que resume a la perfección la estampa que daba la bienvenida a la finca.

Se conserva muy poco de la estructura del campo, por su carácter desmontable, aunque llama la atención una peana de grandes dimensiones que soportaba una cruz erigida en el patio de ceremonias. Un elemento simbólico que dejaba claro el interés del régimen por reeducar a todos aquellos que habían sido fieles a la República, o que habían participado de alguna manera en la revolución social años atrás.

La bandera franquista estaba fuera del recinto alambrado, a 90 pasos. “Un modo de decirle a los prisioneros: tenéis que ser buenos católicos, y luego ya españoles cuando nosotros queramos, claro”, señala López, que también es miembro de la Asociación Memorial Campo de Castuera.

Castillete de la mina La Gamonita, donde algunas fuentes indican que se practicó ‘La cuerda india’ como modo de asesinato ASOCIACIÓN MEMORIAL CAMPO DE CONCENTRACIÓN DE CASTUERA

El campo

Había unos 80 barracones que se distribuían en torno a un patio central, con dos núcleos de filas a ambos lados. Eran estructuras desmontables, con cubierta de uralita y chapa que rápidamente se llenaron de presos.

El gran volumen de internos hizo necesaria una ampliación del campo y se levantaron ‘covachas’, cabañas recubiertas de matorrales en los que eran ubicados de dos en dos. Eran conocidas con el nombre de ‘Villaverde’. Ellos mismos tenían que dar forma a las estructuras para refugiarse, al mismo tiempo que se encargaban del adecentamiento de las calles.

Una de las claves de Castuera es la llegada de Ernesto Navarrete como jefe del campo, “que ya tenía a sus espaldas una hoja de servicios lo suficientemente sangrienta como para estar al frente”. Además estará en la sombra Manuel Carracedo, encargado del servicio de información de policía militar, tal como confirmó él mismo en unos testimonios grabados.

Los avales

En su cautiverio los presos veían el tiempo pasar, a la espera de un destino incierto y al antojo de las órdenes del jefe del campo y del resto de militares. Permanecían a la espera de recibir informes políticos y sociales. A favor o en contra.

Lo primero que se hacía con ellos, tras ser detenidos a pie de trinchera, era una hoja declaratoria. En ella se reflejaba información relativa a la guerra, su lugar de origen y su municipio.

Una vez recopilados todos los datos los servicios de información se ponían manos a la obra y contactaban con la localidad. Solicitaban informes políticos y sociales al alcalde, el jefe de la Falange, el cura y a otras personas ‘de bien’ –todas de derechas– para que dieran su correspondiente opinión.

A partir de los datos se clasificaba al reo. Se le podía abrir diligencias, con las que comenzaba la instrucción de un consejo de guerra o se le podía dejar allí. “El servicio de información va a facilitar la represión y los juicios sumarísimos en menos de una semana, algo que va a permitir acelerar los fusilamientos”.

Los representantes de la resistencia republicana van a acabar en barracones incomunicados, de los que no paraban de salir nuevas ‘sacas’ de fusilamientos. Las diferentes campañas de catas y excavaciones han constatado varias fosas comunes, como la que se localizó en el cementerio.

El historiador habla de otras fuentes que apuntan a la práctica de la “cuerda india” en Castuera, por la que decenas de presos habrían sido atados y empujados al interior de la mina de La Gamonita, cercana al municipio. Posteriormente se habrían arrojado bombas de mano a su interior para acabar con sus vidas. Es una versión que ya relata Justo Vila en su libro sobre la guerra civil en 1985, y a la que también han hecho referencia los testimonios de los prisioneros supervivientes.

Marcha al campo de concentración de Castuera en la Serena RAFAEL GONZÁLEZ

¿Cuántas personas pasaron por Castuera?

El campo funcionó hasta abril de 1940, a lo largo de un año completo. No se sabe cuántas personas llegaron a pasar con exactitud por la falta de documentación que existe.

Antonio López aclara que la cifra de 15.000 presos debe entenderse de manera orientativa, porque la información que se conserva está incompleta y es heterogénea. Hubo gente que sólo estuvo un día, mientras que otros pudieron estar meses cautivos, o el año entero.

A día de hoy se sigue sin tener acceso a toda la información de la represión franquista. Los investigadores y familiares denuncian que no tienen vía libre al archivo de la Guardia Civil, a lo que se suman los documentos depositados en dependencias del Ejército, que custodia documentación histórica. Por ello han reclamado de manera reiterada que la información sea depositada en el Ministerio de Cultura y en los archivos correspondientes para su libre acceso.

No obstante se sabe, a través de algunos archivos militares y las estimaciones realizadas, que en el mes de abril llegó a haber casi 6.000 prisioneros, y en mayo la misma cantidad. Mientras, en los meses de comenzó a bajar la cifra hasta las 3.000 personas. El número va fluctuando hasta el final, cuando se cierra con unos 1.200 prisioneros.

El número de desaparecidos sigue aumentando, “no paran de llegar biografías que se truncan cuando llegan al campo”. Se trata de familiares de víctimas que pierden el rastro de sus seres queridos allí, como confirman las cartas conservadas, y que ahora reclaman verdad, justicia y reparación.

El campo se cierra finalmente por la propia degradación de las instalaciones y porque las funciones para las que estaba destinado pasan a Mérida, Badajoz o Almendralejo. Los 1.200 prisioneros que quedaban dentro cuando llegó el momento de la clausura fueron repartidos entre Puebla de Alcocer y Herrera, donde los conventos funcionaron a modo de prisión.

Otras personas fueron enviadas a un batallón de trabajos forzosos, al no tener nada que imputarle. Llegan a parar a lugares como las colonias penitenciarias de Montijo, el eufemismo usado para ocultar al campo de concentración que mantuvo en Montijo y otras dos localidades a a 1.500 presos. Fueron obligados a construir parte del actual canal de Montijo y la presa que lleva el mismo nombre.

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Fotografía destacada: Peana de una cruz del campo, campo de concentración de Castuera ASOCIACIÓN PARA EL ESTUDIO Y RECUPERACIÓN DEL PATRIMONIO BÉLICO RECIENTE “FRENTE EXTREMEÑO”

Fuente:https://www.eldiario.es/eldiarioex/sociedad/Hambre-corrupcion-franquista-Castuera-concentracion_0_885411842.html

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El mundo del arte expone el desastre de la Guerra Civil

Un total de 19 artistas reflexionan sobre el aniversario del final de la contienda española en una muestra en el Centro Cultural Galileo de Madrid.

diario16.com / Agustín Millán / 05-04-2019

Un grupo de artistas interesados en la Memoria Histórica, y liderados por Cayetana Galbete, muestran conjuntamente sus obras en una exposición con un eje común: el desastre que supuso la Guerra Civil Española, ahora que se conmemora el 80 aniversario del final militar del conflicto.

Almudena Tapia Porras,  Genovés, Amparo Climent y Monika Rülhe son algunos de los artistas que a través de la pintura, la escultura y el videoarte tocan temas como «La Desbandada» de Málaga, la cárcel de Zamora,  los bebés robados o la masacre de Badajoz, entre muchos otros temas. La artistas Cayetana Galbete y María Jesús Aragonés son las comisarías de la exposición, que podrá visitarse en el Centro Cultural Galileo, en la calle Fernando el Católico 35 de Madrid, hasta 28 de abril de 2019

«Queremos poner el foco artístico en esos lugares y sucesos en los que el tiempo se paró a fuerza de querer olvidar»,  ha declarado Cayetana Galbete, destacando que  el grupo de artistas pretende dar visibilidad a una realidad pasada que se resiste a descansar.

NUESTRA DEMOCRACIA NO ALCANZARÁ PLENA MADUREZ HASTA QUE NO COMPRENDAMOS QUE EL OLVIDO ES ESTÉRIL

Durante la inauguración de la muestra, el  pasado lunes 1 de abril, el grupo de artistas subrayó que: “Estamos contando todo esto como una necesidad vital de sanar nuestra existencia, de no dejar abandonado a nadie en el olvido”. 

La exposición arrancó con una conferencia “Sobre la Memoria Histórica” en la que intervinieron Cristina Almeida, abogada; Jaime Ruiz Reig, presidente de AMESDE y la historiadora Manuela Bergerot, en la que se analizó la situación actual en España del Derecho a la Verdad “Un derecho universal, reconocido por Naciones Unidas”, en palabras de Jaume Ruiz Reig. Cristina Almeida analizó el papel de los tribunales españoles, destacando que han sido «los primeros en no impartir justicia con las víctimas de la Guerra Civil». También se analizó la perspectiva de género en la recuperación de la Memoria Democrática en España. En ese sentido Bergerot destacó como “hay que hablar más de todas esas mujeres que fueron despojadas de sus derechos adquiridos y relegadas al ámbito familiar”.

El próximo 26 de abril, se celebrará una segunda conferencia en la que se analizará el  trauma que supone a nivel social, y familiar y personal para muchas personas en este país la Guerra Civil. En el coloquio, titulado “Desenterrar las palabras”, y moderado por Emilio Silva (Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica), se contará con los reputados psiquiatras Pau Pérez y Alain Dannars; con la antropóloga María Montoto, la psicóloga Silvia Erice y el sacerdote, José Ángel Echevarría.

80 años del fin de la guerra cuenta con el apoyo del Ayuntamiento de Madrid y el Ministerio de Justicia del Gobierno de España y la colaboración de AMESDE y la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH).

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Fuente:https://diario16.com/el-mundo-del-arte-expone-el-desastre-de-la-guerra-civil/

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