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Más de un tercio de los habitantes de León capital eran prisioneros en 1938 y 1939

[CON GRÁFICO] La documentación de las autoridades franquistas leonesas demuestra que más de una decena de ‘centros de detención’ en la ciudad recluían al menos 12.000 prisioneros tras la derrota republicana en la Batalla del Ebro, cuando vivían en ella unos veinte mil civiles y un par de miles de soldados.

ileon.com / Jesús María López de Uribe / 25-03-2018

12.000 prisioneros en León durante el final de 1938 y principios de 1939. Así lo desvelan unos informes de las autoridades policiales franquistas referentes a la investigación de una supuesta trama para liberarlos a todos. Es decir, más de un tercio de los habitantes de la capital leonesa eran reos por causa de la Guerra Civil.

Un informe, firmado por el jefe de la Comisaría de Investigación y Vigilancia y fechado en 1941, se refiere a las sospechosas actividades durante la guerra del sombrerero Fausto Ríus García que vivía en la calle Ancha (ya llamada Generalísimo) del que se indica: “Ha sido dos veces detenido, la ultima por sus actividades sospechosas en unión de otros muchos de probada desafección al Régimen, con sospechas de que intentaban un levantamiento en León a base de los 12.000 prisioneros que había en las prisiones que se proponían libertar”.

El informe de la policía franquista fechado en 1941 sobre los 12.000 presos en León durante 1938 y 1939.

Una cifra altísima para una ciudad con unos veinte mil civiles durante el conflicto fratricida, de la que se sabe a ciencia cierta que tenía unos 30.000 habitantes en 1936, pero que tras dos años de guerra había ‘perdido’ unos diez mil habitantes: los jóvenes estaban fuera de ella movilizados en los distintos frentes o en ocupaciones de logística para el bando franquista en el territorio controlado por los que se llamaban a sí mismos ‘nacionales’. Sólo habría que sumar a la cantidad de civiles (en su mayoría mujeres, mayores y niños de corta edad) un par de miles de militares entre los de los cuarteles, los guardias civiles y los mandos (oficiales y suboficiales) de la Legión Condor. Así, en aquella época León albergaba 34.000 almas, 12.000 de las cuales no eran libres (el 35%).

Más de diez centros de internamiento en la capital

Lo sorprendente, y desconocido hoy en día por el tupido velo que se echó sobre aquellos acontecimientos, es comprobar dónde se situaban los centros de detención, clasificación e internamiento en la capital leonesa. Muchísima gente aún cree que sólo fue San Marcos, pero eso no era así, ya que había al menos tres o cuatro localizaciones más con miles de presos en las calles leonesas, y otros lugares en los que se procedía a retenciones más cortas e interrogatorios, o de los que aún se carecen de noticias fiables. Son datos extraídos de retazos de los archivos y de pocos conocidas declaraciones escasamente publicadas, ya que la investigación es extremadamente compleja al estar en paradero desconocido las versiones de los propios responsables carceleros y la forma tan vaga de definir lo que ocurría por parte de las autoridades del territorio sublevado.

La estructura de los centros de detención, clasificación e internamiento (también conocidos como campos de concentración) en León tenía entre tres y cuatro tipos distintos. Los más pequeños eran los propios calabozos de la comisaría en el edificio Zarauza donde estaba el Gobierno Civil (en las actuales calles de Padre Isla, Héroes Leoneses y mirando a lo que hoy sería Gran Vía de San Marcos) y del Cuartel de la Guardia Civil en la calle del Cid mirando a la plaza de San Isidoro; también habría que indicar el cuartel del Cid para los primeros días de cautiverio de mandos importantes del Ejército que quedaron en el bando republicano.

A estos se podrían añadir el Gobierno Militar (situado en lo que hoy es el Mercadona de Padre Isla), el propio Palacio de los Guzmanes, sede de la Diputación Provincial (a cuya primera planta se trasladó en abril de 1937 la Comisaría de Investigación y Vigilancia), y varios colegios de la ciudad que se usaron de forma provisional y durante muy poco tiempo como campos de clasificación; ya que algunos documentos se refieren a ‘detenidos’ en ellos. Más de una decena de centros de internamiento en la ciudad, según ha podido descubrir en los archivos Francisco Javier Fernández-Llamazares.

Los verdaderos campos de internamiento

Después estarían los campos de concentración “con miles de presos ‘preventivos’ sin sentencia y a la espera de liberación o juicio, como era el caso del Hospicio, Santa Ana o Ponce. “El hacinamiento insufrible, primero tras la caída del Frente Norte en octubre de 1937, y mucho peor tras la derrota republicana en la Batalla del Ebro entre agosto y noviembre de 1938, donde hubo que ‘acondicionar’ o recurrir (independientemente de las instalaciones penitenciarias existentes) a instalaciones de la Diputación (entre ellas el Hospicio), a colegios como el actual Ponce (que era inmenso), fábricas abandonadas como la antigua de curtidos de Julio Eguiagaray, no la de Lescún como equivocadamente está publicado, y todo tipo de instalaciones militares”, explica el autor de ‘Crónicas de la burguesía leonesa, un episodio de la Guerra Civil en León‘ y ‘Los leoneses que financiaron a Franco‘. De esos 12.000 presos muchísimos eran aragoneses y catalanes, tras la caída del Frente del Ebro, y asturianos de la del Frente Norte (y, por supuesto, leoneses, y de cualquier parte de España).

Un tercer tipo era la cárcel de Puerta Castillo. “Esa era la más seria, penitenciariamente hablando, no por dureza. Si te trasladaban allí sabías que lo más probable es que no fueras a morir paseado”, comenta Javier Fernández-Llamazares. “Los que estaban allí eran condenados con sentencia firme, y sabían lo que les podía esperar; en realidad tal y como andaba la cosa era, paradójicamente, un alivio para sus familias”. Allí había un alto porcentaje de presos leoneses porque eran de su propia jurisdicción.

Y luego está el ya demolido en los 60 Cuartel de la Fábrica, situado donde el Hotel Conde Luna y la actual Subdelegación de Defensa lo que fue el Gobierno Militar en la calle del General Lafuente, precisamente el comandante del Regimiento del Cid que se sublevó el 20 de julio de 1936. De éste edificio ha salido a la luz poca documentación que demuestre haber sido presidio de muchos reclusos, aunque queda mucho aún que investigar sobre él.

Lo que sí es también destacable era una de las ‘mejores’ salidas para los reos de aquellos campos de internamiento y concentración: “Hubo un montón de batallones de trabajo, presos con condena firme que trabajaban realizando carreteras y todo tipo de obra civil para redimir condena y en condiciones más favorables que las del resto de presidiarios”, según el historiador y conservador del Archivo de la Banca Fernández-Llamazares.

San Marcos no era el único campo de concentración

Lo que se puede decir de lo descubierto por los investigadores, como Francisco Javier González Fernández-Llamazares es que San Marcos no era ni mucho menos el único centro de retención de la capital, por lo menos en capacidad. Sí que es cierto que pasaron muchos presos por allí (las cifras no oficiales ni demostradas hablan de entre seis mil y quince mil personas), pero porque este campo de concentración “servía principalmente, tras los primeros y terroríficos meses de la guerra entre paseos y fusilamientos, para clasificar a los detenidos y enviarlos a otros lugares”.

“En realidad San Marcos en 1937 tenía una capacidad de 600 presos, ya habían empezado a disponerse otros lugares como el Hospicio, el Colegio Ponce o la fábrica de Curtidos en Santa Ana —de la familia Eguiagaray; no hay que equivocarla con la de los Lescún, aunque es un error que se ha repetido demasiadas veces—, como campos de concentración de personas sin juicio”, apunta Fernández Llamazares. Para afirmar esto, se basa en el fragmento de una declaración de la causa 493/37 que encontró en el Archivo Intermedio de la Región Militar Noroeste mientras investigaba los encarcelamientos de los hijos de los propietarios de Almacenes Pallarés por parte de los militares sublevados:

…que al médico Pallarés no le oyó decir ni una palabra, aunque lo pretendió l, por ser uno de los que llevaba en cartera para sonsacarle. Que el Lenin [Modesto Pastor] era de muy malos antecedentes, hablaba siempre mucho contra los nacionales. Tiene el convencimiento el testigo de que estaban en combinación con los rojos y se hartaba de decir que el 1º de mayo [1937] ibana hacer en León la gran manifestación izquierdista. Que sobre este mismo plan podía seguir diciendo mucho, pero que no lo cree ya necesario, tanto ya cuando en su día se hizo extensa información que se entregó al teniente coronel jefe deos servicios de Orden Público [Ángel González Vázquez, quien había sustituido a Luis Medina Montoro]. Que “el del puño en alto” [Ambrosio Santos] era también de muy malos antecedentes y se hartaba de hablar en el mismo sentido, siendoel  duplicado del anterior. Convencidos ambos de que a fines de abril entrarían los rojos en León para celebrar el 1.º de mayo su triunfo, tenían la contraseña: “a morir”, a cuya señal se lanzarían los 600 presos a desarmar a los centinelas y a la calle con sus armas. Las salas todas se combinaban por medio de barberos, que eran los que traían y llevaban las contraseñas y noticias […]”.

Cuartel del Cid, el edificio cuadrado con patio a la derecha, en una imagen aérea de finales de los años cuarenta.

Seiscientos presos. San Marcos tenía seiscientos presos en el primer trimestre de 1937. ¿Qué había ocurrido si lo que se conoce según los estudios ‘tradicionales’ allí estuvieron entre seis y quince mil presos? Para Javier Fernández-Llamazares la cosa está bien clara: “San Marcos era campo de concentración pero sobre todo de clasificación. Un lugar donde los presos esperaban a ser juzgados, y de ahí se les trasladaba tras la sentencia militar firme a otros penales: cárcel provincial en Puerta Castillo, Astorga, Valencia de Don Juan, San Simón en Vigo, el Monasterio de Celanova en Orense (donde hubo multitud de presos leoneses), o la espeluznante San Cristóbal de Pamplona entre otras. Por eso pasó tanta gente, pero en períodos relativamente muy cortos de tiempo, hasta que les llegara el juicio; o por desgracia el ‘paseo’ o el fusilamiento en los primeros meses”.

Además, Fernández-Llamazares calcula que ya en abril de 1938 podía tener más de dos mil: “Las instalaciones las iban ampliando y el hacinamiento, por otro lado y a pesar de que ampliaban instalaciones, crecía por momentos”. Lo que también es más que probable “a  falta de investigaciones más concretas”, es que el antiguo Colegio Ponce (que había sido la Escuela Normal de Maestras y en aquella época aún se conocía con ese nombre), el Hospicio y la Fábrica de Curtidos también tuvieron ampliaciones y un número bastante importante de reclusos que podrían superar el millar o millares dados los datos ofrecidos por las autoridades. “En realidad el número concreto en cada uno aún no lo sabemos. Lo sabremos el día que consultemos documentaciones en archivos militares, donde pueden aparecer listas y planos con el número de presos y metros cuadrados de las instalaciones”, reconoce.

El campo de la fábrica de curtidos de Santa Ana, de los Eguiagaray y no de los Lescún

Sobre el otro error de ubicar el campo de concentración de Santa Ana en la fábrica de los Lescún, Javier Fernández-Llamazares asegura: “Los Lescún y los Eguagaray estaban emparentados y tenían dos fábricas de curtidos seguidas en la calle Santa Ana: la primera era la de Lescún y la segunda de los Eguiagaray, que eran primos carnales. Pero la que utilizaron para campo de concentración fue la de los Eguiagaray, y ampliaron el campo con terrenos aledaños que también eran de los Eguiagaray y los rodearon con alambre de espinos, no sólo los presos estaban dentro de lo que era la fábrica de curtidos”.

“Se publicó que era la de los Lescún, pero es falso por la sencilla razón de que la fábrica de los Lescún estuvo operativa durante la guerra fabricando suelas y botas para el ejército como demostré en mis libros, aportando facturas de la requisa. Está claro que no se puede fabricar y tener presos al mismo tiempo y en el mismo recinto”.

Las cifras de víctimas relacionadas con esta represión que se estiman en San Marcos son enormes, aunque quizás necesiten una revisión con más documentación al salir a la luz la existencia de estos otros centros de internamiento. Según algunos historiadores 791 de los ‘detenidos’ que pasaron por allí fueron puestos ante pelotones de ejecución, 1.563 desaparecieron paseados y otros 598 murieron por diferentes razones, fueran enfermedades o torturas. Casi unas tres mil personas en la ciudad de León. De ser precisas estas cifras, más de la mitad de todos los que se estimaron en 2008 que fueron represaliados en la provincia por las Asociaciones de Memoria Histórica: 5.800.

El edificio de de San Marcos,  campo de concentración durante y después de la Guerra Civil Española.

“De lo que no me cabe la menor duda es de que las muertes reales son superiores a las publicadas y de que los leoneses presos en San Marcos fueron muchos más que los que aparecen en las listas. Sencillamente, hubo cientos de leoneses de la capital que fueron retenidos en San Marcos, pero al no habérseles abierto proceso, no figuran en lista alguna”, explica el historiador especializado en la Guerra Civil en la ciudad. “Además hay que tener en cuenta que los estudios que se han hecho sobre San Marcos han fallado también en el listado de las personas que estaban presas, porque incluyen hasta los visitantes que iban a llevar comida y ropa y a hablar con los que sí estaban allí recluidos”.

“Es evidente cuando en el listado de entradas se ve a una señora que, días después, firma algunas órdenes en el Banco de Bilbao  explicando que lo ha de hacer porque un familiar suyo está preso allí: si estuviera encerrada sería imposible que pudiera comunicarse con el banco. Y no es el único ejemplo, queda mucho que precisar y corregir sobre la cantidad de gente que estuvo en San Marcos. Pero es que no es fácil unir todas las piezas. Eso sí, allí pasaron cosas terribles, y lo que es verdad es que el Hospicio, el viejo Ponce y la fábrica de Curtidos de Santa Ana fueron bastante más grandes en número de presos de lo que se cree y peores respecto a las condiciones de hacinamiento durante más tiempo, cosa que se agravó al final de la Guerra porque ya no cabían más soldados capturados de la República. Y cada vez llegaban más según se iba hundiendo el frente republicano”.

León, nodo de clasificación de presos del noroeste español

León, al haber estado desde el principio en el bando franquista, y ser el nudo de comunicaciones del Noroeste, se convirtió en uno de los nodos de clasificación y encarcelamiento de los republicanos capturados durante la Guerra una vez pasados los primeros meses de represión mortal. Y las cifras que se van descubriendo en los archivos oficiales y privados lo demuestran.

Una imagen del Cuartel de La Fábrica, donde el Hotel Conde Luna y la Subdelegación de Defensa en los años 40.

El número de personas despojadas de libertad por causa de la guerra en la provincia es seguramente aún mayor si se suman los campos y cárceles de Astorga, Valencia de Don Juan y Ponferrada y los batallones de trabajos forzados; y más aún las personas que pasaron por el territorio provincial para terminar en otros presidios. Conocer esos datos, que pueden ser de decenas de miles de presidiaros, queda por certificar en los archivos. Aunque es posible que no se conozca nunca con precisión.

Lo más curioso de toda esta historia, es que la investigación en la que se descubre la cifra oficial de 12.000 presos, la que acusaba a varios leoneses de conspirar para “intentar un levantamiento en León para libertar a los prisioneros” se saldó con el cierre del rollo judicial sin acusados en firme. Ni los jueces se lo creyeron, pero la cifra de los falsos acusadores sobre los presos en la ciudad más real no podía ser si querían convencer a los magistrados de meterlos a ‘buen recaudo’. Mentiras que escondían una terrible verdad, descubierta 80 años después, que dejan en evidencia la absoluta discrecionalidad y falta de ética de ciertas autoridades franquistas a la hora de enviar a miles y miles de personas a un infame cautiverio.

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Fotografía destacada: El informe de la policía franquista fechado en 1941 sobre los 12.000 presos en León durante 1938 y 1939.

Fuente:http://ileon.com/historia/084043/mas-de-un-tercio-de-los-habitantes-de-leon-capital-eran-prisioneros-en-1938-y-1939

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“Hay de personas que no se habla, eso es lo peor…”

Esta frase de Francisco Martínez (Quico), miembro de los grupos guerrilleros de El Bierzo, encaja perfectamente con lo ocurrido con los huidos de La Cepeda. La recuperación de la memoria histórica tiene una cuenta pendiente con esta comarca definida por el periodista Emilio Gancedo como el corazón silencioso de la provincia de León. Aunque los maquis cepedanos no llegaron a tener una estructura de guerrilla -militar y política, merecen un reconocimiento.

astorgaredaccion.com / Abel Aparicio / 23-03-2015

“Era un hombre bueno, por eso lo perseguían”, estas palabras son de Francisco Álvarez Cuesta, que, junto a su familia, siguió en 1964 los pasos dados por su tío -Agustín Álvarez Rodríguez (Riofrío 1882 – Toulouse 1974), conocido como el Sastre de Riofrío- camino de Toulouse. Pero, ¿quién era el Sastre de Riofrío?

 

Agustín nació en Riofrío, un pueblo de la comarca leonesa de La Cepeda. Se casó con Ángela Rodríguez y, con ella abrió en Ponferrada la Sastrería Álvarez, en la que trabajaban junto a alguno de sus seis hijos. Conocido por sus ideas progresistas, el 18 de julio de 1936, tras el golpe de estado que pretendía acabar con el gobierno legítimo de la II República, decidieron huir a su pueblo natal, temiendo por su vida. “De la sastrería de Ponferrada no quedó nada, los falangistas se lo llevaron todo”, asegura Natalia, una de las nietas del Sastre. Una vez en Riofrío, empezó a guardarse en casas de familiares y conocidos, pero cuando la represión por parte de los falangistas y de la Guardia Civil empezó a ser más fuerte, decidió echarse al monte, pasando a formar parte de esos cientos de huidos o escapaos que poblaron los montes españoles.
Del Sastre son conocidas a día de hoy dos cuevas de las tres que tenía, o más bien lo que queda de ellas, cuyas entradas tapaba con una mata de urz. Estas cuevas están situadas en el Monte La Casa, paraje entre las localidades de Riofrío y Carrizo de la Ribera. No estaría mal que, desde alguna institución pública, se señalase esta ruta para conocer mejor la historia de aquellas personas que lucharon por defender la democracia contra un régimen dictatorial, tal y como ocurre, por ejemplo, en La Pola de Gordón (León).

Cueva del Sastre.

Algunas de las personas que actuaban como enlace eran Sebastián, hermano del Sastre y María, su madre. Por otra parte, también lo hacían Domingo Pérez y sus hijos, Desiderio, Alipio, Josefa y Virtudes. Modesto, marido de Josefa, aún recuerda la cayada del Sastre, con dos puntas en la parte de abajo, para defenderse del lobo. “Para devolver todos estos favores, Agustín nos enseñaba a coser y hasta nos regaló una bata de domingo”, dice Modesto, “aparte de esto, le hacía cayadas a los pastores que le ayudaban.” Quizás, según Modesto, el que más le ayudó fue Desiderio, que conocía muy bien las cuevas, ya que muchas veces le llevó la comida acompañado por su perra, Laura, que tanta compañía le hizo. “Ay Laurina, Laurina, cuánto te quiero”, comenta Modesto que decía el Sastre. Pero no solo ellos, Adolfo, un vecino que hacía carbón, le ayudó varias veces y el Sastre le correspondía echándole una mano con la leña.

Otra mujer que actuaba de enlace era Ángela Cuesta, “muchas veces al salir al monte con sus ovejas le llevaba comida”, dicen su hermana Nieves y Francisco, viudo de Ángela. En casa de ésta, existía un cuarto al lado de la cuadra donde el Sastre se guardaba cuando las cosas estaban tranquilas por la zona. Francisco, que conserva grandes rasgos del Llionés, ya que marchó a Francia cuando esta lengua permanecía bastante más viva que ahora en la comarca, recuerda la escopeta que tenía el Sastre más las tres bombas que guardaba en la cueva. Explica las contraseñas que usaban nombrando al rebaño concejil, “al llegar la Guardia Civil los que estaban a la entrada del pueblo decían a voces, ¿a quién le toca hoy el rebaño? Y los que sabían si había algún huido en casa, decían su nombre, para que, rápidamente, fueran a avisarle”. Francisco, quiere hacer mención especial al cura de San Feliz, “mucho hizo ese hombre por el Sastre”.

Otro lugar en el que el Sastre se guardaba era en La Casa. El dueño, el Mexicano, se la tenía arrendada a Casimiro Álvarez y, éste, le dejaba guardarse en su pajar y coger leche de las ovejas.

La Casa, refugio del Sastre.

Los hermanos Prieto Fernández
Otras tres personas que se fueron al monte en Riofrío fueron los hermanos Prieto Fernández, Benigno, Eusebio y Manuel. Estos hermanos tenían su refugio y ayudaban de noche, en las labores del campo, a su hermana Manuela. Pero un día, cuando estaban escondidos en su casa, fueron sorprendidos por la Guardia Civil de Carrizo y acabaron en el campo de concentración de San Marcos (León), uno de los más temidos de todo el Estado. Posteriormente, Manuel fue trasladado a la Prisión central de Astorga, Eusebio a la Provincial de León y Benigno a ambas.

Zona en la que se guardaban los hermanos Prieto Fernández con el río Barbadiel.

La guerra acabó pero la represión siguió con la misma intensidad, incluso en aumento, ya que como le explicaba Agustín González a Gabino Diego en la película ‘Las bicicletas son para el verano’, basada en la obra de teatro de Fernando Fernán Gómez, es que no ha llegado la paz, Luis, ha llegado la victoria.”

LOS HUIDOS EN MORRIONDO Y FERRERAS

Riofrío no estaba aislado en este sentido, en los pueblos vecinos de Morriondo y Ferreras también había huidos. Quizás Ferreras fue el pueblo más politizado, ya que en él se encontraba una célula del Partido Comunista, cuyo líder era el conocido como Tío Sebastián. El cuartel de Carrizo era el encargado de vigilar esta zona y, según cuenta un vecino de este pueblo que prefiere mantener el anonimato, allí ejercía Celestino Cabezas, un guardia que simpatizaba con los huidos, ya que conocía a muchos de ellos. “Celestino, los avisaba del día que iban a buscarlos, por donde iban a ir y disparaba al alto o a unas piedras cuando había una batida para ir a por los rojos”, explica. Sus mandos, acabaron enterándose y lo destinaron a Barcelona. Para finalizar, indica que los huidos tenían otro refugio en Cueva la braña, bocamina de una explotación aurífera de los romanos en Escuredo.

Una persona de Morriondo que se suma al anonimato, comenta “el día que estalló la guerra, recuerdo ver a varios hombres con pistolas en el bar de Ferreras. A este bar, con la excusa de comprar cerillas, mi padre me mandaba ir desde Morriondo para informarme de la situación.” También recuerda ver a un grupo de 10 o 15 personas por los montes de Morriondo y, aprovecha para decir el recorrido de los huidos, “estaban por las encinas de Ferreras, La dehesa de La Veguellina, Villar, Quintana y el paraje de Quemadiellu, en Morriondo”. Entre los huidos destacaba Francisco Álvarez (Jedo) de Ferreras. De Riofrío se acuerda del Sastre y Luis Álvarez Cuesta  (El civil) y como al irse el camión de Falange para Castro, los que estaban en el monte bajaban para las casas y majadas.

Pero quien vivió aquello deja muy claro que el Franquismo machacó brutalmente durante casi cuarenta años y repite como un mantra “aquí no pasó nada”, sin embargo, a medida que avanza la conversación, dice, “bueno, aceite de ricino le dieron a casi todos los del pueblo”. Bajando la voz comenta que a Mateo Blanco Martínez lo mataron en el Valle Rozas (Estébanez) después de estar preso en la cárcel de Astorga y, como Andrés Blanco Arienza, al ir a buscarlo, subió a Morriondo diciendo “nunca vi tantos montones de muertos”, mientras vuelve a decir, “aquí no paso nada”. Para finalizar, nos recuerda que uno de los motivos de persecución era el no ir a misa y, que a varios le dieron aceite de ricino por eso, pero “aquí no paso nada”.

“El Sastre se guardaba en casa de Tomás Osorio y, allí, cosía para los vecinos del pueblo y para sus compañeros del monte.  Uno de ellos,  era Orencio Fernández Pérez, de Castro”, comenta una vecina de La Veguellina.

Empezando por la derecha, Balbino (sobrino nieto), Juanín Peláez (Quintanilla del Monte), Ángela Rodríguez, Emerita (sobrina nieta), Agustín (un amigo), Ángela Cuesta (sobrina política) y Teresa (sobrina nieta). Centro español de Toulouse, 1965.

Los años iban pasando y los del monte no veían solución posible. El Sastre, quizás la persona que más huella dejó en la zona, cansado ya y sin ver otra salida, decidió emigrar a Francia, pero, ¿cómo lo hizo? Su sobrino Francisco nos cuenta que Cándido Álvarez, una persona sin recursos de Quintanilla del Monte, tenía una cédula para poder andar libremente por los pueblos para pedir. Cándido le dio sus papeles y así consiguió salir de la zona, para dirigirse a Barcelona. Allí lo estaba esperando una persona que lo acompañó hasta un pueblo del Pirineo. Una vez allí, una familia de pastores, que ayudaba a cruzar la frontera, lo acogió como pastor y, de esta forma, aproximándose a ella, consiguió cruzarla y llegar hasta Toulouse, ciudad de la que ya no se movería hasta la fecha de su muerte, en 1974.

Una vida de lucha por la supervivencia y condenada al exilio, una vida silenciada para los hijos de la Transición. Una frase de Francisco Martínez (Quico), miembro de los grupos guerrilleros del Bierzo, lo explica muy bien en el documental ‘La guerrilla de la memoria’: “Hay de personas que no se habla, eso es lo peor. (…) Hemos existido, se habló muy bien de nosotros y también muy mal. (…) Pero esos intentos de hacer que no se hable… eso es una traición a la historia, no a nosotros.”

Emilio Gancedo, en su día, definió La Cepeda como el corazón silencioso de la provincia de León. Los huidos de La Cepeda no llegaron a tener una estructura de guerrilla -militar y política- como los del Bierzo y La Cabrera, la montaña central y oriental leonesa, pero son dignos de todo reconocimiento. No hubo muertos entre los fugados de esta zona, pero sí personas condenadas a huir al monte o a esconderse para preservar su vida. Quizás, este cantar guerrillero que entona Manuel Zapico (El asturiano), debería contar, en menor medida, con La Cepeda. De nosotros y nosotras depende que a su historia no la cubra el olvido.

Fuentes: Mapa represión de la Universidad de León y Portal de Archivos Españoles (Ministerio de Cultura)

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Fotografía destacada: Agustín Álvarez (el Sastre) y Ángela Rodríguez.

http://astorgaredaccion.com/not/7838/-ldquo-hay-de-personas-que-no-se-habla-eso-es-lo-peor-/

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