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Publicado por ARMH
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El último superviviente del campo de concentración de Gurs

Unos barracones al pie de los Pirineos franceses fueron la ‘cárcel’ de miles de refugiados de la Guerra Civil. Luego pasaron por allí comunistas, gitanos… y 3.907 judíos que acabarían gaseados en Auschwitz.

A sus 100 años, Luis Ortiz Alfau regresa al campo para relatar aquel horror.

elmundo.es / Ander Izaguirre / 06-03-2017

No es un bosque natural: lo plantaron en 1950 para cubrir la llanura de Gurs, para ocultar una vergüenza. Es una masa oscura de robles muy altos, de 20 o 30 metros, que levantan las ramas como brazos agitándose en el cielo, contra las nubes grises, contra la mancha azul de los Pirineos. Han crecido eficaces contra la memoria: entre los árboles, Luis Ortiz Alfau no encuentra vestigios del campo de concentración al que lo trajeron en abril de 1939.

Del campo no queda casi nada, el cementerio y poco más, pero me gusta el barracón -dice Luis, y señala un pabellón de madera medio oculto entre los robles. Es una réplica de los barracones de los presos, construida durante los empeños recientes por recuperar la historia de Gurs.

Entre 1939 y 1945, en este campo de concentración encerraron a 63.929 personas -milicianos, gudaris, comunistas, judíos, gitanos, putas, extranjeros en general-, y de todas ellas ya no queda nadie más que Luis. O al menos, no queda nadie con fuerzas para asistir al homenaje anual.

Luis tiene 100 años. Han pasado 78 desde que encerraron aquí a este republicano bilbaino, que pasó por las peores derrotas de la Guerra Civil -incluyendo el bombardeo de Gernika o la huida bajo la nieve de Cataluña a Francia-, que fue encerrado en Gurs, que después sobrevivió a los campos de concentración de Deusto y Miranda de Ebro y al trabajo esclavo en el Pirineo navarro, que pagó sobornos en la posguerra para que eliminaran su ficha de desafecto al franquismo -porque con esa ficha no conseguía ningún empleo-, que se tuvo que callar toda la vida y que por fin, a los 87 años, empezó a hablar en público.

Yo he estado hibernando como los osos. Y sabes que los osos, cuando se despiertan, tienen mucha hambre y están muy activos, ¿no?

Sólo Luis acude al homenaje anual a los 63.929 presos de Gurs: “No queda nadie más, tengo que venir y dar testimonio”

Un barracón de Gurs Josu Chueca / Archivo Departamental de los Pirineos Atlánticos

Más que un oso, Luis parece un pajarito: un hombre que no llega al metro sesenta, delgado, de movimientos muy ágiles, que achina los ojos y acerca el oído para escuchar mejor. Hoy ha venido desde Bilbao en el coche de un amigo, y por la noche volverán: 500 kilómetros.

-Es que no queda nadie más, así que tengo que venir y dar testimonio.

VASCOS RECHAZADOS POR VASCOS. Gurs fue un campo muy grande sobre el terreno -80 hectáreas y hasta 18.000 personas recluidas al mismo tiempo, cifra que lo convertía en la tercera localidad más poblada de los Bajos Pirineos, solo por detrás de Pau y Bayona-, y ha sido un campo muy pequeño en los libros de Historia. Gurs, el campo del que casi nadie habló durante medio siglo, resume la escalada del horror europeo: enlaza el bombardeo de Gernika con el exterminio de Auschwitz.

Lo construyeron a todo correr, en solo 42 días, para acoger -para encerrar- a refugiados republicanos de la Guerra Civil española.

En la primavera de 1939, el Gobierno francés levantaba campos por todo el país para redistribuir a los más de 250.000 refugiados que se apiñaban en playas mediterráneas como la de Argelès-sur-Mer. Las autoridades francesas aceptaron la petición del Gobierno vasco en el exilio: enviar a los refugiados vascos a un campo en las provincias vascas.

Pero allí no los quisieron.

El diputado labortano René Delzangles pidió al ministro francés de Asuntos Exteriores «la repatriación general» de los refugiados «porque Francia no debe convertirse en el vertedero de Europa». El ayuntamiento de Bayona también exigió que se rechazara a los ciudadanos españoles que habían pasado a Francia a partir del 18 de julio de 1936. Y Jean Ybarnégaray, diputado por Mauleón, primer presidente de la Federación Internacional de Pelota Vasca, luego ministro de la Familia Francesa en el régimen filonazi de Vichy, reclamaba «medidas de extrema urgencia», ante la «intolerable amenaza» que constituía «la presencia de cuatro millones de extranjeros y en particular de 250.000 milicianos españoles».

“Venían a buscar a los judíos en camiones y se los llevaban… nos dieron su ropa, porque ya no iban a necesitar nada”

Vista panorámica del campamento Josu Chueca / Archivo Departamental de los Pirineos Atlánticos

Al final los acogieron en el distrito de Olorón (región del Bearne), gracias a las gestiones del alcalde Jean Mendiondou, diputado de la Izquierda Independiente. El 4 de abril de 1939, Mendiondou recibió en la estación de tren a los primeros refugiados y les estrechó la mano. En la primera semana llegaron más de 4.000 vascos, todos hombres jóvenes, todos soldados, militantes del PNV, del PSOE, del PC, de Izquierda Republicana: perdedores de la guerra. Los enviaron al pueblo de Gurs, donde habían despejado un inmenso campo cenagoso, habían construido 328 barracones y habían rodeado todo con alambradas y garitas de vigilancia.

Luis Ortiz Alfau fue uno de los primeros en llegar.

-Ni siquiera habían terminado los barracones, ni había cocinas ni nada. El Gobierno vasco nos mandaba unas sardinas, unos embutidos, y con alguna cosa más que nos daban los franceses, nos teníamos que apañar. Para dormir, nos metíamos bajo una chapa de cinc. Y para lavarnos, nos ponían agua en las cubetas donde luego hacían el cemento los obreros.

LUIS VUELVE AL BARRACÓN. En la entrada al campo, un hombre da a Luis una pegatina y él se la pone en la solapa: es el triángulo azul con el que los nazis marcaban a los republicanos españoles en los campos de exterminio, un triángulo con la S de Spanier. El hombre es Raymond Villalba, presidente de la asociación Tierra de Memorias y Luchas, hijo de presos españoles que se conocieron en Gurs.

Cuenta Villalba que el año pasado el cónsul español y las autoridades francesas inauguraron un monumento dedicado a los republicanos y a los brigadistas muertos en Gurs, y que al final del acto alguien gritó «¡Viva la República! ¡Viva la Tercera!». Debieron de molestarse, dice Villalba, porque este año han eliminado del programa oficial la pausa y el minuto de silencio que siempre se hacían en memoria de los españoles.

Después de los discursos de las autoridades, Villalba acompaña a Luis por el bosque. Pasan junto a la plataforma de cemento de unas antiguas cocinas y la base de unas cisternas. Cuando llegan a la réplica del barracón -un cobertizo de 24 metros por seis, donde se apiñaban 30 refugiados-, Luis invita a pasar a las personas que les han seguido, como si estuviera de nuevo en su casa.

-No tuvimos nunca ni un camastro, dormíamos en el suelo. Yo conseguí un clavo y lo metí aquí, en esta viga, para colgar el macuto.

-¿En esa viga?

-Sí, sí, mi sitio era justo este. Me acuerdo muy bien: entrando por la puerta, el cuarto a la derecha. ¡Yo dormía aquí!

“Se me empañan los ojos cuando veo que meten a los refugiados en campos como hicieron en Gurs. Seguimos igual que hace 80 años”

Luis Ortiz en sus años de trabajos forzosos Archivo de Luis Ortiz

A finales de la primavera de 1939, Gurs ya albergaba a 18.000 personas: además de los vascos, había republicanos de diversas partes de España y brigadistas internacionales. Se apiñaban para dormir de treinta en treinta, sin ropa limpia, sin jabón: llegaron las pulgas, los piojos, las ratas. Se extendió la sarna. Y el estreñimiento, porque la comida era muy pobre -pan, caldo negro, patatas, lentejas-. Hubo casos de escorbuto por falta de vitaminas, hubo tuberculosis por la humedad y el frío, hubo anemias, paludismo, sífilis, diarreas, reúmas. Con las lluvias, el campamento se convirtió en un barrizal.

-Muchos no tenían ni zapatos -dice Luis-. Se ataban sacos a los pies, para ir de un lado a otro. Íbamos con unas camisas rotas, llenas de agujeros, y nos tapábamos con mantas viejas. Una cosa terrible. Teníamos unos grifos de agua fría, y ahí te lavabas. Pero lavarte con qué, si no había ni jabón.

Los refugiados sufrían un régimen carcelario, encerrados entre alambradas, y necesitaron meses de protestas para que les permitieran recibir visitas -solo los domingos, solo un rato, todos en una misma barraca vigilada por guardias.

-Nuestro barracón estaba cerca de la carretera. Una suerte, porque los domingos venían chicas en bicicleta desde los pueblos cercanos y nos gritaban desde el otro lado de la valla: «¿Os hace falta algo?». Cogíamos un papel y un lápiz y escribíamos: «Me llamo fulanito, estoy en el barracón número tal, necesito jabón, hojas de afeitar, pasta de dientes». Lo tirábamos con una piedra al otro lado. Entonces el domingo siguiente te llamaban por los altavoces: «Luis Ortiz Alfau, tiene visita». Y esa gente de la zona nos traía jabón o pasta de dientes o lo que fuera. Una vez me trajeron unas pastillas de chocolate. ¡Chocolate! Con eso eras capitán general.

Un domingo llamaron a Luis al barracón de visitas.

-No me lo podía creer. Había un señor, monsieur Morin, que venía a sacarme con un contrato de trabajo.

La familia de Luis, desde Bilbao, había contactado con las personas de Francia que intentaban sacar a los refugiados de los campos, con una oferta oficial de alojamiento o empleo. Luis se fue a trabajar de administrador a la fábrica de Morin.

Según la ficha que guarda el Archivo Histórico de Euskadi, Luis Ortiz Alfau salió del campo el 27 de junio de 1939 «reclamado por su familia».

EL EXTERMINIO JUDÍO. Salió unos meses antes de que llegaran las nuevas oleadas de presos, en una transformación cada vez más monstruosa de Gurs.

A principios de 1940, con los nazis ya en Holanda y Bélgica, las autoridades francesas metieron en Gurs a 14.875 personas, casi todas mujeres, muchas judías: habían huido del Tercer Reich, pero Francia las consideró «peligrosas para la defensa nacional» porque eran alemanas o austriacas. Aprovechando el ambiente, también encerraron a comunistas y anarquistas franceses, republicanos españoles y nacionalistas vascos. En los documentos se referían a todos ellos como «indeseables».

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Fotografía destacada: Fotografía por Mauro Saravia

Fuente:http://www.elmundo.es/papel/historias/2017/03/06/58bd49bc268e3e873d8b4664.html

 

 

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