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Primera mujer inscrita en el colegio de abogados /
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La primera abogada de León tenía expediente de ‘roja’

Ya habían pasado más de 100 años desde que se creó el Colegio de Abogados de León, en 1844, cuando la primera mujer se propuso traspasar sus puertas y ejercer la abogacía en la provincia. Se trata de Rudesinda Fernández Pereiro (Villafranca del Bierzo, 1910-?), una mujer que por entonces ya contaba con 36 años de edad y estaba casada.

diariodeleon.es / Ana Gaitero / 28-03-2017

Poco se sabe de esta berciana que obtuvo el título de Licenciado en Derecho —como se ponía y se pone aún en muchas titulaciones oficiales— en la Universidad Central de Madrid aquel mismo año en el que el país trataba de salir de la posguerra a duras penas.

En el archivo del Ilustre Colegio Oficial de Abogados de León (Ical) consta la solicitud de puño y letra de esta pionera, junto con una copia de los pagos al Estado por el título provisional de letrada.

Pero su rastro se pierde entre estas dos hojas que se guardan en una carpeta verde. No se ha podido constatar si se le autorizó la colegiación, aunque parece que no había ningún obstáculo para ello, y si llegó a ejercer como abogada en León.

Su rostro permanece aún en el anonimato. De Rudesinda Fernández Pereiro se conocen, sin embargo, otros datos de su vida debido a que durante la Guerra Civil fue detenida en León «por haberse negado a saludar en el momento en que la banda de música de FET interpretaba el himno nacional y era arriada la bandera frente al monumento a los Caídos».

Así se desprende del expediente rescatado por la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH). Esta asociación busca desde hace tiempo a familiares de Rudesinda Fernández Pereiro para entregárselo. Su nombre forma parte del listado de víctimas F junto a varias decenas de personas de las que la asociación tiene información y busca a familiares.

El expediente de auditoría de guerra que abrieron a Rudesinda Fernández Pereiro desvela que en 1938 vivía en León, más en concreto en la plaza de la Pícara Justina, y que por entonces era estudiante de Derecho.

 

Rudesinda es tachada de «izquierdista» y se le reprocha que aconsejara a su hermano, Domingo Fernández Pereiro, que no declarara nada en contra de su voluntad antes de ser fusilado. De su conducta se dice que se atiene a los cánones morales aceptados y se deja constancia de que, antes de ser fusilado el hermano, asistía alguna vez a la iglesia católica.

La auditoría de guerra se cerró sin propuesta el 29 de julio de 1938, un mes y diez días después de su apertura. El comandante juez instructor concluyó que los hechos que se aportaban no eran hechos que «ofrezcan la apariencia de delito» por lo que se acordó el sobreseimiento provisional de la causa.

No obstante, el auditor de guerra deja la posibilidad de que le sea impuesta a la joven, que por entonces contaba con 28 años, una multa de doscientas pesetas. Si le obligó a pagarla o no, también es un misterio.

Lo que sí parece, a tenor de sus declaraciones, es que era una mujer valiente. Rudesinda Fernández Pereiro declaró que se dirigía a su casa cuando, al pasar a la altura del colegio Carmelitas de León, casi en la esquina de Alfonso V, «oyó tocar la marcha real y no levantó el brazo ni se paró para saludar por considerar que dada la distancia al monumento de los Caídos y por no verlo, no tenía esa obligación». Relató también que «un señor desconocido de una manera imperiosa y grosera le mandó pararse y levantara el brazo».

Rudesinda aseguró que obedeció la orden, pero que al hombre «no le gustó» y le ordenó levantarlo de nuevo y rectificar la posición, a lo que se negó porque le pareció que la intención del desconocido era «únicamente molestarla». El hombre tomó sus datos y la mujer siguió su camino. Según su declaración oficial, cuando llegó a la altura del comercio de Lubén, en Ordoño II, «le mandó que le acompañase a las oficinas de Falange» donde fue interrogada. Luego la dejaron irse a casa.

Al día siguiente se presentó en su casa la delegación de orden público para comunicarle que tenía que personarse en San Marcos. La mujer declaró que como no le precisaron la hora pensó en hacerlo a las cinco y media, cuando iba a dar clases de las asignaturas de Derecho que cursaba, para no alarmar a su madre. Sin embargo, pocos minutos antes se presentaron los guardias en su casa y la llevaron a San Marcos.

De las pioneras a la paridad

De la época romana se conoce el nombre de la jurisconsulta Hortensia, pero hasta el siglo XIX hay un enorme vacío. Las mujeres fueron apartadas de las profesiones liberales en la edad moderna La insigne Concepción Arenal tuvo que disfrazarse de hombre para asistir como oyente a las clases de la Facultad de Derecho entre 1842 y 1845 y María Ascensión Chirivella (Valencia.1893 – México 1980) es la primera española colegiada, tras licenciarse en 1921. En León, después de la petición de Rudensida Fernández Pereiro en 1946, consta la colegiación, en 1962, de Mª del Carmen Sánchez González, una oscense nacida en 1938, que ejerció hasta 1967 y por un breve período en 1985 en la calle Sampiro. En 1994 había un 12% de letradas y actualmente la profesión roza la paridad en León.

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Fotografía destacada: MARCIANO PÉREZ –

Fuente:http://www.diariodeleon.es/noticias/sociedad/primera-abogada-leon-tenia-expediente-roja_1148743.html

 

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Miguel Hernández, tu rayo no ha cesado todavía

Con motivo del 75 aniversario de la muerte de Miguel Hernández, varias voces de la poesía actual española hablan de su influencia y honran su legado.

Antonio Lucas, Raquel Lanseros, Jorge Villalobos o Aitor Larrabide, presidente de su Fundación, exponen la importancia de revivirlo leyéndolo.

eldiario.es / Álvaro Macías / 27-03-2017

¿Quién era Miguel Hernández? ¿Cómo un oriundo de Orihuela, destinado a ser otro jornalero de frente y manos duras, acabó dotando a la poesía española de todo un aliento agro, un  savoir faire de entraña, un relámpago sin mística? ¿Cómo pudo una mala tisis llevárselo tan pronto, en una cárcel, sin una cebolla blanca en la boca? ¿Qué versos futuros perdía la Historia -y su Josefina- de quien fue joven hasta para morir? ¿Quién era Miguel Hernández? Pero, sobre todo, ¿quién sigue siendo Miguel Hernández?

Se cumplen 75 años desde que falleciera el ‘hijo español’ de Pablo Neruda -su ‘padre’, Alberti; su ‘hermanísimo’, Lorca, otro que se fue sin mirar atrás-. Miguel Hernández sigue vivo. En cada verso de poeta contemporáneo su influencia no es errata. Generación tras generación, hay un ‘post-miguelhernandismo’ en la metáfora patria. Conversamos con algunas de las voces de la poesía actual española para saber de primera mano cómo hay un ‘viento del pueblo’ que sigue su rumbo en los pulmones de los otros.

“La influencia de su escritura ha sido menor que el calado de su actitud y de su leyenda abaratada. Miguel Hernández fue más de lo que nos dijeron”, afirma el poeta Antonio Lucas (Madrid, 1975) en un hilo que recoge con el mismo impulso Momo Galera (Murcia, 1997), coordinador de la Jam de nakama y del Micro Abierto de ‘La Casa Vieja’ en Albacete: “De los poetas actuales, son muchos los que se han dejado bañar por la tinta crítica de Miguel Hernández, aunque posiblemente son menos de los que deberían”.

La libertad es algo
que sólo en tus entrañas
bate como el relámpago.

“Miguel Hernández no es un poeta cuya influencia pueda rastrearse fácilmente porque la suya no fue una obra revulsiva, que sentara las bases de una estética propia”, explican desde la editorial Esto no es Berlín. “Lo valioso es que, aún así, fue un poeta original.  Su influencia está, o debería estarlo, en su actitud poética indesmayable”. Una actitud en donde cada víscera está al servicio del siguiente verso, cada músculo tensado para asombrar con una tilde nueva al lector.

Desde la Fundación Miguel Hernández advierten de que la vigencia de su verbo radica en “su autenticidad, intemporalidad del mensaje, su rebeldía por aquello impuesto”. Hablan de que sus libros “suponen un gran esfuerzo por aspirar a la belleza partiendo de lo simple”, de que su influencia en la poesía contemporánea promueve “una vuelta al yo, al intimismo”. Y con un vistazo a los poetas del hoy que serán poetas mañana:  el ‘yo poético’ de Miguel ha alargado su sombra telúrica hasta nuestros días.

Miguel Hernández arengando a las tropas en la Batalla de Extremadura (1937)

Un legado en lunas

“Miguel Hernández es un poeta de un extremo virtuosismo y un deslumbrante talento natural, que supo cantar a la vida, tomar partido en los duros dilemas de su tiempo y no renunciar jamás a su sentido de la dignidad y la verdad”. Las palabras de Raquel Lanseros (Jerez de la Frontera, 1973) sirven de cimiento para cantar qué delimita la poesía del oriolano. “Si algo la define, es esa extraña resiliencia de la juventud en la libertad. Estos son sus dos mayores pilares: el amor y la libertad”, expone desde su Málaga natal el joven vate Jorge Villalobos (1995).

Para Momo Galera, el mejor sinónimo de Miguel Hernández es “la lucha”. “Es el consagrado ‘poeta del pueblo’ por el fiel reflejo que hace de ese sentimiento de lucha obrera, de causa republicana. La obra de Miguel es un retrato detallado de una España atrasada”. Para su Fundación, los lendeles que dejó Miguel se escriben con tres adjetivos fieros: “Auténtico, profundo, sencillo. Su obra bebe de las fuentes del pueblo”.

Miguel Hernández con Josefina Manresa, 1935

Un pueblo que de alguna forma le dio la espalda y la cruz de la moneda de una idea. Hubo que reivindicarlo, aunque su herencia poética aún galopa rauda. Para Villalobos, Miguel Hernández “fue mártir porque no aceptó cadenas, porque no renunció a la sonrisa ni su voz.  En cada poema se ve una honestidad titánica, eso es su legado”. Raquel Lanseros coincide y lanza el órdago: “Sin su figura no es posible explicar la producción poética posterior”.

Y Antonio Lucas lo resume, ¿qué define la poesía de Miguel Hernández? “El instinto. La calentura de un verso que sube alto la imagen poética y que cuenta con una potencia verbal asombrosa”. ¿Cómo definiría su legado? “Como el de un hombre que nació fieramente para la poesía, para el asombro y para el dolor”. Quedan por saber las razones por las que debe su sangre seguir estercolando el territorio poético.

Leer una ausencia

La editorial Esto no es Berlín da su impresión, que no va mal encaminada: “Hay que leerle, primero, porque, admitámoslo, no lo leemos todo lo que deberíamos, pero la España de la crisis probablemente sea más sensible a la magnitud de su voz”. La poeta Luna Miguel (Madrid, 1990), sin embargo, retrata en esta anécdota una razón que tiene raíz (de ser) y árbol (genealógico):

“Yo nunca había leído a Miguel Hernández, sentía que sus palabras no representaban ni mi vida ni mis sentimientos. Sin embargo, al cumplir los 18, mi abuela me regaló una antología de su obra que agradecí y en seguida olvidé en mi estantería. En aquella época, yo vivía con mi abuela en Alcalá de Henares. Recuerdo que a veces, en el desayuno, ella recitaba de memoria algunos de sus versos. Por supuesto, yo no los reconocía.

Un día, no sé por qué, leí la antología de principio a fin. Volví a no sentirme identificada con Hernández, y sin embargo sí que me sentí más unida a mi abuela. Es curioso cómo un poeta que nunca terminó de gustarme acabó haciéndome sentir así: más orgullosa de ser nieta de esa mujer que durante años fue profesora de literatura y recitó de memoria los versos de grandes poetas y, por supuesto, los de Hernández”.

Miguel Hernández (arriba a la izquierda) junto a otros poetas como Neruda, Pedro Salinas o Gerardo Diego en el homenaje a Aleixandre

Momo Galera, desde su propia trinchera de juventud, no negocia: “Cualquier joven escritor que pretenda en sus textos virar el timón a contracorriente, ser en definitiva crítico y autocrítico, debería impregnarse de la tinta libertaria de Miguel”. Otro que se afianza en esa idea es Jorge Villalobos: “Tanto para la vida como para escribir es mucho lo que puede enseñar , reflejarnos, abrazarnos en momentos adversos o difíciles”. Elige un verso: voy entre pena y pena sonriendo.

¡Dejadme la esperanza! es el que elige desde la fundación del poeta Aitor Larrabide, su presidente, puesto que “resume muy bien la filosofía vital de Miguel Hernández. Su obra representa no sólo un ejemplo de la evolución de la poesía española del siglo XX sino también de la pasión por la escritura y por la cultura como única forma de progreso”.

“Se trata de un poeta hondo y luminoso. Cuando leí El rayo que no cesa en la adolescencia, me impresionó tanto que se convirtió en uno de mis libros de cabecera”, dice y concluye Raquel Lanseros, quien elige mismo libro que Antonio Lucas, que aprovecha para dar el porqué de su lectura: “Porque abre el idioma, porque dota las palabras de lumbre, amor, rabia y autenticidad. Porque su escritura es un trallazo. Es uno de esos hombres que lanzan las palabras más lejos que la vida”.

Una vida que se le escapó de las manos bajo el frío que da el azul entre los barrotes. Esas mismas manos que escarbaban la tierra a dentelladas, esos mismos ojos que dio a los cirujanos para la libertad o esa misma boca que apenas si pudo decir adiós -a su Josefina- una sola vez. Y no volvió. Pero siempre se vuelve a él. Hay testigos.

Miguel Hernández en San Petesburgo, 1937

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Fotografía destacada: Miguel Hernández

Fuente:http://www.eldiario.es/cultura/libros/poesia/Miguel-Hernandez-poesia-rayo_0_625387991.html

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Diario de una víctima del franquismo: “Que cante, dicen. Pero de esta boca violada sólo salen alaridos”

Gloria Bosque, víctima de torturas durante el régimen franquista, eligió vivir y hoy forma parte de la querella conjunta que pide la declaración de genocidio.

“Algún día, el Gobierno que sea, tendrá que pedir perdón por la monstruosidad que fue el franquismo”.

eldiario.es / N. Elia / 26-03-2017

Noviembre de 1975, Valladolid. “ Hace frío. Pero tiritar de frío es el menor de los males. Desnuda delante de tres agentes. Ahora con los brazos en cruz, ahora andando en círculos con los pies para afuera, ahora arrodillada y hecha un ovillo mientras me contemplan por detrás y se ríen. Llueven los golpes y arden sobre la piel. Que cante, dicen, que cante. Pero de esta boca violada sólo salen alaridos. Otra vez la sal, por toda la cara, sobre los ojos, en la boca, hasta la garganta. Escuece, quema, asfixia, necesito quitármela, arrancar el dolor. Pero las manos siguen a la espalda, atadas, entumecidas.

Tal vez vaya a morir así, tal vez sea hoy, con la voz arrasada por la sal y el cuerpo sembrado de golpes. Ya no intento gritar. Me vale con que el aire llegue a los pulmones. Pienso en los míos, en Pamplona, en el monte, en el aire frío y limpio que respirábamos con ímpetu a la carrera … Un manotazo en la cara me obliga a abrir los ojos.

Es otra vez él. Que no me duerma, grita. Que vamos a aprender los vagos y maleantes lo que cuesta vivir. Se aleja un par de pasos y vuelve con un trapo mugriento. Gotea. Siento un calor húmedo que se extiende hasta las rodillas y sé que me he vuelto a orinar encima. Se ríen. Se quejan de que huelo mal. Me insultan, guarra, me soban, no sirves ni para dar por culo, me salpican con mi propia orina, cerda, que eres una cerda.

No puedo más. Quiero terminar ya. Que acabe este sufrimiento. Quiero morir. El más grande me agarra del mentón y me abre bruscamente la boca. Algo húmedo y áspero me la invade. Creo que es el trapo, que ahoga mis gritos. Ponle también la toalla, escucho antes de que la luz de la celda se transforme en sombras y oscuridad. Llevo una toalla mojada sobre la cabeza y tengo encajado un trapo en la boca, las manos atadas, el cuerpo molido a palos, vejada, rendida, muerta de miedo. ¿Qué viene ahora?”

A Gloria Bosque Ezker la detuvieron en noviembre de 1975 en Valladolid y pasó 10 días de torturas e interrogatorios en diferentes dependencias policiales. Se enteró de la muerte de Franco estando presa. Pero, lejos de pensar que con el fallecimiento del dictador llegaba también el final de su calvario, Gloria Bosque se dio cuenta de que había barra libre aquellos días para sus torturadores. Cuenta que quiso morir en muchos momentos. Que mentalmente suplicaba que la matasen. Pero la obligaron a elegir y escogió la vida.

Suplicó por su vida, literalmente, cuando fue llevada a punta de metralleta a un bosque de pinos en las afueras de Valladolid y los agentes que llevaban diez días sometiéndola a todo tipo de torturas decidieron hacerle creer que la iban a fusilar. “¿Qué hacemos, la matamos, o que vuelva y que cante?”, les escuchó a su espalda. “¡Quiero vivir!”, eligió ella a grito limpio. Sus captores decidieron no matarla.

Desde 1975, Gloria Bosque ha vivido a la sombra de estos recuerdos que la marcaron a fuego. Ahora forma parte, a título personal, de la querella compartida que el Ayuntamiento de Pamplona ha presentado ante la Audiencia de Navarra para que los crímenes del franquismo sean declarados delitos de lesa humanidad, es decir, delitos que nunca prescriben, delitos que deben ser juzgados de una vez. “Ningún futuro de paz, justicia y solidaridad podremos construir negando lo anterior”, advierte Gloria Bosque.

“La querella reclama la justicia negada a todas y todos los que fueron asesinados y desaparecidos, mujeres vejadas y violadas, familias despojadas, humilladas y perseguidas durante décadas, gentes exiliadas, detenidas, maltratadas, torturadas, encarceladas; sindicalistas despedidos y perseguidos, mujeres despojadas de sus más elementales derechos durante décadas. En definitiva, a todo un pueblo ninguneado al que durante 40 años se le negó todo tipo de libertades democráticas y derechos humanos”, explica. Aunque no se muestra demasiado optimista sobre el resultado final de la querella en los tribunales, sí muestra su esperanza de que la justicia en Navarra “esté a la altura de las circunstancias y haga frente a sus responsabilidades, tal y como están comenzando a hacer las instituciones forales y municipales”.

Las cifras del oprobio

Aunque en Pamplona no hubo un frente de guerra propiamente dicho, el franquismo dejó tras de sí una estela de muertes, desapariciones, encarcelamientos y torturas a las que un estudio encargado a la Universidad Pública de Navarra ha puesto cifras, nombres y apellidos. En total 309 muertes y más de 1.000 encarcelamientos durante la guerra civil y el franquismo.

Según ha explicado la letrada que dirige la querella, Lourdes Etxeberria, los hechos objeto de la demanda “nunca han sido investigados penalmente por los tribunales de justicia del Estado español”, por lo que se apela al “principio de interdicción de la impunidad”, a la obligación de las instituciones para “remover todos los obstáculos fácticos y jurídicos que impidan la investigación, enjuiciamiento y, en su caso, condena de las violaciones masivas, sistemáticas, planificadas y generalizadas de Derechos Humanos”.

Emilio Majuelo, doctor en Historia Contemporánea y profesor de la UPNA, ha dirigido el proyecto del Fondo Documental de la Memoria Histórica de Navarra. Un recopilatorio que sirve de base al informe pericial que acompaña la querella y que permitirá a los jueces conocer de primera mano miles de testimonios. Horas y horas de grabaciones de entrevistas realizadas a familiares de desaparecidos y a víctimas en primera persona de la represión franquista.

El nombre de Gloria Bosque Ezquer figura en el citado Fondo Documental de la Memoria Histórica de Navarra junto a unos asépticos parámetros con los que se ha intentado clasificar el horror: “Represión: encierro en prisión provincial o penal, comisarías, cuarteles… Torturas y agresiones físicas: Tortura”. El apartado ‘Informe de muerte’ deja los campos de año, mes y día vacíos. Hace más de 40 años que Gloria Bosque suplicó por su vida y los agentes que iban a fusilarla se la perdonaron.

“Si no se reconoce este genocidio, es muy difícil avanzar a nivel de justicia y paz. Es imprescindible. Y que se depuren responsabilidades, porque parece que seguimos con la sombra del franquismo, que es intocable. El dictador murió hace 40 años. Y sin embargo no se atreven y no les interesa que se reconozca la verdad”, lamenta Gloria Bosque. “Algún día, no sé cuándo pero creo que no lo conoceré, el Gobierno que sea tendrá que pedir perdón por la monstruosidad que fue el franquismo”.

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Fotografía destacada: Homenaje a desaparecidos del franquismo

Fuente:http://www.eldiario.es/norte/navarra/ultima_hora/Llueven-golpes-cante-violada-alaridos_0_626087636.html

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Muere con 96 años el brigadista mexicano Juan Miguel de Mora: “De la España de la Guerra Civil solo queda la derecha católica”

El pasado 18 de marzo falleció en su tierra natal Juan Miguel de Mora, brigadista internacional que acudió a España para luchar contra el fascismo. Fue uno de los primeros en llegar en 1936.

publico.es / Alejandro Torrús / 25-03-2017

“Ya veo a la Pelona (así llamamos a la muerte en México) que me sonríe a veces, pero no me llama. Lamento que mi cita con ella no sea en Samarcanda, como en el cuento oriental, porque así conocería Samarcanda, capital de Uzbekistán, antes de irme…” Estas fueron las últimas palabras que escribió Juan Miguel de Mora para la Asociación de Amigos de las Brigadas Internacionales. Fue en el mes de noviembre con motivo del 80 aniversario de la llegada de las Brigadas a España para luchar durante la Guerra Civil. La semana pasada, 18 de marzo, Juan Miguel falleció con 96 años de vida y lucha a sus espaldas.

Juan Miguel de Mora fue uno de los primeros brigadistas internacionales en llegar a España. Sólo los atletas que estaban participando en la Olimpiada Popular y se alistaron al Ejército republicano llegaron antes de él. Así lo contó él a Público en 2014 durante la última visita que realizaría a España. En su opinión, lo único que queda de la España de 1936 es la derecha tradicional católica.

“Los que capitalizaron la guerra no fueron los fascistas ni los nazis que había en España, sino los católicos”

“Este país no tiene absolutamente nada que ver con el país que yo conocí. Nada de nada. Lo único que queda es la derecha española tradicional clerical. Esa derecha, por cierto, que fue la que supo capitalizar la ayuda de Hitler, quien, por cierto, era ateo. Cuando Alemania perdió la guerra, la Falange también perdió poder en España en detrimento del sector más católico y ultraconservador. Los que capitalizaron la guerra no fueron los fascistas ni los nazis que había en España, sino los católicos. Si llega a ganar Hitler la II Guerra Mundial hubiera mandado mucho más la Falange y la Iglesia lo hubiese pasado peor.

Tenía entonces 14 años cuando llegó a España, pero convenció a un amigo para que lo trajera a España en su coche y a finales de julio de 1936 pidió alistarse al Ejército. Sin embargo, su edad era un impedimento. De hecho, recordaba su vergüenza cuando nada más llegar vio que los republicanos tenían una guardería para chavales de entre 2 y 14 años: “Discutí durante horas con el comisario general del Ejército republicano para luchar en el Ebro. Me preguntó si pensaba que el ejército republicano tenía alguna posibilidad de ganar la guerra. Le dije que no. Entonces, me respondió que por qué quería luchar. Y yo le dije: Pues por eso mismo. Finalmente, no le quedó otra que aceptarme por mi tozudez”, recuerda.

Llegaba desde París, donde con 14 estudiaba en el Liceo. Así recordaba Juan Miguel los motivos que le trajeron a España para luchar contra el fascismo: “Hoy la gente es indiferente ante la política, pero entonces había un problema con el fascismo y todo el mundo era consciente de ello. En Francia informaban de la existencia de dos bandos. Uno, el de los leales a la República y otro, el de los fascistas. Las claves de rojos y nacionales eran de consumo interno español. En Europa se utilizaban otros términos. Yo vi a unos militares con el brazo en alto, como si estuvieran comprobando si llovía o no, y decidí que tenía que luchar”. Descanse en paz.

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Fotografía destacada: Juan Miguel de Mora durante su última estancia en Madrod.- A.T.

Fuente:http://www.publico.es/politica/muere-96-anos-brigadista-mexicano.html

 

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“Qué clase de persona hay que ser para humillar a gente que quiere sacar a su padre de una cuneta y llevarle a un cementerio”

La Asociación por la Recuperación de la Memoria Histórica (AMRH) valora negativamente que por segunda vez la Justicia no vea delito en las palabras de Rafael Hernando (PP) sobre las víctimas del franquismo y sopesan llevarle ante el Supremo.

cadenaser.com / Alberto Pozas / 22-03-2017

“Qué tipo de persona hay que ser para atacar o humillar a gente muy mayor que lo que quiere es sacar a su padre de una cuneta y llevarle al cementerio”. Son las palabras de Emilio Silva, portavoz de la Asociación por la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH), tras saber que la Fiscalía no encuentra nada reprochable por la vía judicial en las palabras del portavoz ‘popular’ en el Congreso, Rafael Hernando, sobre las víctimas del franquismo.

“Su partido debería ser el primero en aplicarle el artículo 3 de sus estatutos, en el que se declara un partido solidario con las víctimas de cualquier tipo de violencia”, explica Silva.

En declaraciones a la Cadena SER el mismo día en que han conocido la posición de la Fiscalía General del Estado, Silva también explica que están sopesando, junto con sus servicios jurídicos, llevar a Hernando ante el Supremo de todas maneras. “Tenemos una especie de deber, ser un martillo pilón y denunciar esto allí donde ocurra”.

Por último, Silva también relata cómo reciben las víctimas este tipo de comentarios. “Es una vergüenza que entre la clase política alguien desde esa tribuna se dedique a tratar de humillar a gente que no ha hecho nada, que lo único que ha hecho es sufrir”, dice.

Desde la ARMH sostienen también que la Fiscalía “habría actuado de oficio” si los comentarios se hubiesen producido sobre las víctimas del terrorismo.

“Los muertos para arriba y para abajo”

En este caso, la Fiscalía ha comunicado a la ARMH que “no se va a emprender ningún tipo de actuación” contra Hernando por sus palabras recientes. Tildó de “entretenimiento de algunos” estar “con los muertos para arriba y para abajo“. Días después, reafirmaba sus palabras en una entrevista concedida a eldiario.es donde preguntaba: “¿Por qué voy a pedir perdón?”.

Eran unas declaraciones que hacía tras ser preguntado por la resolución del Tribunal Supremo sobre la petición de exhumar a Franco del Valle de los Caídos. Sus palabras fueron llevadas ante la Fiscalía General del Estado, que tras analizarlas asegura que “no se encuentran elementos suficientes para ejercer acciones penales o civiles”, añadiendo que “por parte de la Fiscalía General del Estado no se va a emprender ningún tipo de actuación”.

Dejando la puerta abierta, eso sí, a que tal y como sopesa la ARMH sean las propias víctimas las que tomen la iniciativa: “Sin perjuicio de la facultad que le asiste para ejercer por sí mismo cuantas acciones estime pertinentes”, asegura el escrito del Fiscal Jefe de la secretaría técnica, José Miguel de la Rosa.

“Algunos sólo se acuerdan de sus padres cuando hay dinero”

No es la primera vez en que las víctimas de la dictadura y sus familiares llevan a Hernando ante los tribunales por declaraciones parecidas. El entonces portavoz adjunto del PP en el Congreso y diputado por Almería aseguró que “algunos se han acordado de su padre cuando había subvenciones para encontrarlo” en una tertulia de la cadena 13TV en noviembre de 2013.

En esa ocasión, a Hernando le salvaron el “parece ser” y el “algunos“: después de que la Fiscalía se apartase del proceso, los cinco jueces de la sala de lo penal decidieron inadmitir la querella de la ARMH por entender que sus palabras estaban “amparadas por la libertad de expresión“. Destacaba que, tal y como decía Hernando en la entrevista que también reflejaba el auto, la opinión “no contiene expresión vejatoria”, no utilizó “una expresión ni generalizada ni categórica” y además surge “en un programa de debate público“.

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Fotografía destacada: El portavoz del Partido Popular en el Congreso, Rafael Hernando, durante la rueda de prensa ofrecida tras la reunión de la Junta de Portavoces / Emilio Naranjo (EFE)

Fuente:http://cadenaser.com/ser/2017/03/21/tribunales/1490121743_935534.html

 

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Cumplir con el deber de olvidar

La salvaguarda de la memoria histórica se ha convertido en una obligación moral de nuestra época. Pero en ocasiones los recuerdos cometen grandes injusticias con el presente.

cultura.elpais.com / David Rieff / 19-03-2017

La mayoría de la gente decente en España, como en casi todas partes, convendría con el célebre precepto de George Santayana: “Aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo”. La consecuencia de esto es que hoy la memoria se ha convertido en una de las devociones más inatacables. Se nos ha inculcado que el recuerdo del pasado y su corolario, la conmemoración de la memoria histórica colectiva, es una de las más elevadas obligaciones morales de la humanidad.

Sin embargo, ¿qué ocurre si, no siempre pero con mucha frecuencia, esto es una equivocación? ¿Qué ocurre si la memoria histórica colectiva, tal como la emplean las comunidades y las naciones, ha conducido demasiadas veces a la guerra más que a la paz, al rencor y al resentimiento más que a la reconciliación y a la determinación de vengarse por los agravios reales e imaginarios en lugar de comprometerse con la ardua tarea del perdón? En suma, ¿no hay épocas en que es mejor olvidar algunas cosas?

Es lo que pasó en el sur de EE UU después de 1865, cuando tras la guerra de Secesión, otra modalidad de batalla se libró sobre la versión del conflicto que prevalecería: la victoria de la Unión o la derrota de la Confederación. Esa batalla por la memoria, aunque atemperada, continúa, como quedó demostrado en el reciente debate sobre la bandera confederada. Y así como la memoria histórica colectiva arrasó a la exYugoslavia en los años noventa, lo mismo ocurre hoy con Israel-Palestina, en Irak y en Siria, con el populismo nacionalista hindú del partido Bharatiya Janata de India y entre yihadistas e islamistas, tanto en el mundo musulmán como en la diáspora musulmana en Europa occidental, Norteamérica y Australia.

No hay una solución sencilla. Al contrario, es probable que el ansia de comunidad de los seres humanos, ya imperiosa en tiempos de paz y abundancia, llegue a sentirse como una urgencia psíquica y moral en tiempos difíciles. Pero, al menos, no se ha de hacer la vista gorda al tremendo sacrificio que las sociedades han de asumir y siguen asumiendo en aras del consuelo de la rememoración.

Que la memoria histórica colectiva no respeta el pasado debería ser evidente. Y para que quede claro, no se trata solo de inexactitud, voluntaria o involuntaria, como la que abunda en las actuales series de televisión que pretenden recrear un periodo histórico —como Los Tudor o Roma—. Cuando los Estados, los partidos políticos y los grupos sociales hacen un llamamiento a la memoria histórica, sus motivos no son triviales. Hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XX, el objetivo de dichos llamamientos, casi invariablemente, era alentar la unidad nacional. Resultaría reconfortante creer que los regímenes reprobables han sido más propensos a esta práctica que los decentes, pero la realidad es que casi todos se han empeñado en la movilización y manipulación de la memoria o en su creación.

Incluso movimientos políticos rivales han llegado a disputarse la propiedad de una figura histórica particular, que supuestamente encarna a la nación, como ocurrió con Juana de Arco en la Francia del siglo XIX. La derecha la tenía por emblema de la determinación francesa que rechazó a los invasores extranjeros; en cambio, para la izquierda, mayoritariamente anticlerical, fue una víctima de la Iglesia católica que la condenó a morir en la hoguera. Cuando fue beatificada en 1909 (y canonizada en 1920), la izquierda no pudo reclamarla como propia. Pero la memoria de Juana de Arco continuó en el centro de la controversia; fue un referente para la derecha, primero para el extremista movimiento conservador católico, Action Française, y el Gobierno de Vichy y, en los ochenta, para el ultraderechista Frente Nacional, que conmemora a Juana de Arco cada 1 de mayo, coincidiendo no por casualidad con la fiesta anual más importante de la izquierda.

En la mayoría de los casos al menos, el olvido comete una injusticia con el pasado. El problema se agrava cuando al recordar se incurre en una injusticia con el presente. En este caso, cuando la memoria colectiva condena a las comunidades a sentir el dolor de sus heridas históricas y el enconamiento de sus agravios, no es preciso cumplir con el deber de recordar, sino con el deber de olvidar. En este tipo de situaciones, ¿se puede decir qué es peor, el recuerdo o el olvido?

No existe una respuesta categórica. Pero dadas las tendencias agresivas de la humanidad, es posible como mínimo que el olvido, a pesar de todos los sacrificios que impone, sea la única respuesta prudente; y en ese sentido debería ofrecer cierto consuelo más que causar consternación. Sobran los ejemplos históricos en que dicho olvido se produce más pronto de lo que razonablemente cabría esperar. Sirva para ilustrar esto el momento en que el general De Gaulle decidió que Francia tendría que aceptar la independencia de Argelia; se cuenta que uno de sus asesores protestó exclamando: “Se ha derramado demasiada sangre”. De Gaulle respondió: “Nada se seca tan pronto como la sangre”.

Una mujer es abucheada en Chartres (cerca de París) tras haber sido rapada por haber tenido un hijo con un soldado alemán, en agosto de 1944. ROBERT CAPA (MAGNUM)

Con lo anterior no estoy prescribiendo una amnesia moral. Estar desprovisto de memoria es estar desprovisto de un mundo. Tampoco se discute la decisión de los colectivos de recordar a sus muertos o exigir el reconocimiento a los sufrimientos causados, sobre todo por los estados nacionales. Hacerlo sería recomendar una suerte de mutilación moral y psicológica de proporciones trágicas. Por otra parte, el exceso de olvido no es con mucho el único riesgo. También lo es el exceso de recuerdo, y a comienzos del siglo XXI, cuando en todo el mundo la gente está, en palabras del difunto Tzvetan Todorov, “obsesionada con un culto nuevo, el de la memoria”, lo último parece haberse convertido en un riesgo mucho mayor que la primero.

Para presentar el dilema de forma más cruda: la conmemoración puede ser aliada de la justicia, pero no es una amiga fiable de la paz, y el olvido sí puede serlo. Un ejemplo de ello es el llamado pacto del olvido en España entre la derecha y la izquierda que, si bien nunca se formalizó, resultó esencial para el acuerdo político que restauró la democracia tras la dictadura de Franco. La transición democrática aterrizó sobre las alas de la reescritura y del olvido. La mayoría de avenidas y paseos —aunque por supuesto no todos los miles de calles— que tras la victoria fascista de 1939 ostentaban el nombre de Franco y otros subordinados suyos fueron rebautizados. En lugar de sustituirlos con los nombres de héroes y mártires republicanos, se eligieron denominaciones que se remontaban más atrás.

El pacto del olvido pretendía apaciguar a los leales a Franco en una época en que la disposición de la derecha a consentir siquiera la transición no estaba garantizada. Desde un principio el pacto tuvo numerosos detractores, no sólo de la izquierda. Incluso una parte importante de los que no se opusieron de entrada pensaban que no tendría éxito a menos que fuera acompañado de una comisión de la verdad parecida a la sudafricana o a la argentina. Pero finalmente le tocó a un magistrado intentar iniciar por medio de procesos judiciales lo que los políticos se habían negado categóricamente a plantearse. En 2008, el juez Baltasar Garzón emprendió la investigación de la muerte de las 114.000 personas que se estima fueron asesinadas por el bando fascista durante la guerra y en las décadas posteriores. Se ordenó la exhumación de 19 fosas comunes.

Casi sobra recordar a los lectores españoles la controversia desatada por los empeños de Garzón, y no sólo porque muchos aún estaban convencidos de que el pacto del olvido había sido eficaz, sino también porque la Ley de Amnistía de 1977 mantenía que los asesinatos y atrocidades cometidos por cualquiera de los dos bandos, con “intención política”, estaban protegidos de la acción judicial. Garzón argumentó que “toda ley de amnistía que busca encubrir un crimen de lesa humanidad es inválida ante la ley”. Sus partidarios, los más apasionados de los cuales pertenecían a la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica, estaban de acuerdo. Y, aunque a la postre el Tribunal Supremo no sólo desautorizó a Garzón, sino que se empeñó en suspenderlo de la judicatura (en 2014 fue uno de los principales abogados defensores que representó al fundador de Wikileaks, Julian Assange), sus partidarios siempre han estado convencidos de que sus acciones representan la única respuesta ética lícita. Lo anterior quedaba compendiado en la pregunta retórica que se publica de forma intermitente en la parte superior de la web de esa asociación: “¿Por qué los padres de la Constitución dejaron a mi abuelo en una cuneta?”.

Los defensores de los derechos humanos, entre ellos algunos miembros de la judicatura, como Garzón, en general han presentado la ley y la moral como inseparables, al menos en los casos en que el asunto examinado compete con toda claridad al ámbito jurisdiccional de un tribunal. Y puesto que la mayoría de ellos supone que la justicia es el requisito esencial de una paz duradera, tienden a restar importancia al riesgo de que sus acciones tengan consecuencias políticas y sociales negativas. Cuando estas consecuencias se han hecho efectivas, su postura ha solido ser declarar que la responsabilidad de solucionarlas es de los políticos, no suya.

No sería honrado limitarse a señalar las ocasiones en que el recuerdo todavía no es útil (para la paz o la reconciliación), o en que ha dejado de ser provechoso, sin reconocer también los abundantes casos en los que el olvido también tiene fecha de caducidad, a veces muy cercana. Otro tanto reiteró la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica en su campaña de apoyo a lo que intentaba lograr Garzón. Desde un punto de vista analítico, además, el grupo tenía razón cuando sostenía que “la Ley de Amnistía fue clave para avanzar hacia la democracia tras una dictadura atroz y gozó durante años de un gran apoyo social. Pero a finales de esta década [la primera del siglo XXI], las víctimas empujaban a un Gobierno de izquierdas para que los crímenes de lesa humanidad [cometidos en la Guerra Civil y bajo la dictadura de Franco] no siguieran gozando de impunidad”.

La Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica probablemente estaba en lo cierto cuando sostenía que la España del siglo XXI ya no necesita el pacto del olvido; una situación semejante a la de Francia cuando, tras la emisión televisiva de Le Chagrin et la pitié, pronto quedó claro que el país había cambiado lo suficiente para que la verdad sobre lo ocurrido durante la Ocupación no causara un daño tan grave a la ecología moral o histórica del país.

Incluso en el supuesto de que lo dicho sea ahora el caso en España, es demostrablemente falso en otros lugares. En los Balcanes, en Israel-Palestina (y gran parte del resto del Medio Oriente), hasta hace poco en Irlanda del Norte, no es tanto una cuestión de “olvidar ahora” como de darse cuenta de que en algún momento del futuro, independientemente de si el momento llega más o menos pronto o se aplaza mucho tiempo, sería mejor abandonar las victorias, las derrotas, las heridas y los rencores que se conmemoran.

Ese listado incluiría a Sri Lanka, Colombia y Ucrania. También a EE UU y el recuerdo de los ataques del 11 de septiembre de 2001. Pese a que los estadounidenses aún no están preparados para afrontar aquello, la llamada guerra mundial contra el terror terminará algún día, al igual que la II Guerra Mundial, y tarde o temprano el 11-S no tendrá más resonancia que el ataque japonés contra la flota estadounidense en Pearl Harbor en 1941.

El crítico social estadounidense Leon Wieseltier advirtió en una ocasión que la política nacionalista fundada en la memoria colectiva puede “destruir la actitud empírica necesaria para el responsable ejercicio del poder”. Los acontecimientos en Oriente Próximo —campo de pruebas del uso irresponsable del poder— parecen confirmar esa afirmación todos los días. Para citar un solo ejemplo, cuando las fuerzas israelíes rodearon Beirut en 1982, el primer ministro israelí, Menahem Begin, anunció que tenían a los “nazis rodeados en su búnker”, aunque los que estaban atrapados en la capital libanesa eran Yasser Arafat y los combatientes de Fatah. Se trata de un ejemplo paradigmático de lo que ocurre cuando la memoria colectiva nacida del trauma encuentra una expresión política y sobre todo militar.

Israel es un ejemplo del desastroso modo en que la memoria colectiva puede deformar una sociedad. El movimiento de los colonos recurre rutinariamente a una versión de la historia bíblica cuya distorsión de lo ocurrido en realidad es flagrante. En la entrada del asentamiento de Givat Assaf, en Cisjordania, hay un letrero en le que se lee: “Hemos vuelto a casa”. Benny Gal, uno de los dirigentes de los colonos, en una entrevista reciente reiteraba que “en este lugar exacto, hace 3.800 años, la tierra de Israel fue prometida al pueblo hebreo”. ¡Tres mil años de historia! ¿Cómo puede rivalizar con ello la actitud empírica necesaria para el ejercicio responsable del poder? Y las fantasías en el lado árabe del conflicto son tan históricamente absurdas como para que los yihadistas se refieran a los cruzados y comparen Israel con el reino de Jerusalén del siglo XII.

Pero nada de lo anterior debería sorprendernos. Si la historia algo nos enseña es que, ni en la política ni en la guerra, los seres humanos están dispuestos a la ambivalencia; responden a la lealtad y a la certeza. Y como sostenía el historiador francés del siglo XIX Ernest Renan, en la medida en que puedan ser fortalecidos por la memoria colectiva, no importa si los recuerdos son históricamente fieles.

El gran historiador y filósofo judío Yosef Yerushalmi pensaba que el problema fundamental de la edad moderna es que sin alguna forma de autoridad dominante, o ley moral, la gente ya no sabe lo que necesita ser recordado y lo que sería posible olvidar sin percances. Pero si los temores de Yerushalmi están justificados y toda continuidad real entre el pasado, el presente y el futuro ha sido sustituida por memorias colectivas del pasado que no son más reales que las tradiciones inventadas, entonces sin duda ha llegado el momento de escudriñar nuestras heredados devociones sobre la rememoración y el olvido.

Un buen precedente podría ser el edicto de Nantes, proclamado por Enrique IV en 1598 con el propósito de poner fin a las guerras de religión en Francia. El monarca se limitó a prohibirle a sus súbditos, tanto católicos como protestantes, que revivieran sus recuerdos. “Que la memoria de todos los acontecimientos ocurridos entre unos y otros, tras el comienzo del mes de marzo de 1585 —decretaba el edicto— y durante los convulsos precedentes de los mismos, queden disipados y asumidos como cosa no sucedida”. ¿Habría podido funcionar? ¿Habría logrado atemperar semejante resentimiento la orden real? Como Enrique fue asesinado en 1610 por un católico fanático opuesto al edicto, revocado al poco tiempo, nunca lo sabremos. Sin embargo, ¿no sería concebible que si nuestras sociedades dedicaran al olvido una parte mínima de la energía que ahora dedican a recordar, la paz en algunos de los peores lugares del mundo podría estar más cerca?

Presencié la guerra de Bosnia entre 1992 y 1995, que fue sobre todo una masacre avivada por la memoria colectiva o, más concretamente, por la incapacidad para olvidar. Allí siempre llevaba conmigo dos poemas de la poeta polaca Wislawa Szymborska. En ellos —‘Fin y principio’ y ‘La realidad exige’— la más antidogmática y humanitaria de los poetas, una mujer que dijo que su frase predilecta es “no sé”, entendía el imperativo moral del olvido. Nacida en 1923, vivió el desesperado sufrimiento de Polonia bajo los nazis y los rusos. Y, sin embargo, escribe:

La realidad exige

que también se diga:

la vida sigue.

Sigue en Cannas y en Borodino

y en Kosovo Polje y en Guernica.

Szymborska expresa el imperativo ético del olvido, si la vida ha de continuar, como corresponde. Y tiene razón. Porque todo debe llegar a su fin, incluso el duelo. Si no la sangre nunca se seca, el fin de un gran amor se convierte en el fin del amor mismo y, como solían decir en Irlanda, mucho después de que la disputa haya dejado de tener sentido, perdura el recuerdo del rencor.

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David Rieff es periodista estadounidense. Esta semana presenta en España su libro ‘Elogio del olvido’ (Debate).

Traducción de Aurelio Major.

Fotografía destacadaReloj encontrado, en diciembre de 2014, en una fosa común en el cementerio de San Roque de Puerto Real (Cádiz). DANIEL OCHOA DE OLZA (AP)

Fuente:http://cultura.elpais.com/cultura/2017/03/17/actualidad/1489750131_452411.html

 

 

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Qué hace el escudo del águila en un centro comercial de Kansas City

Uno de los primeros centros comerciales del mundo, en Kansas City, mantiene desde los años 60 el escudo del águila en uno de sus edificios.

La ciudad de EEUU está hermanada con Sevilla desde finales de los 60, en pleno franquismo, y el complejo de ocio copia el aspecto de un “cortijo andaluz” con Giralda incluida.

La Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica denuncia el caso, aunque el emblema podría ser el de los Reyes Católicos, que el franquismo copió para su escudo.

eldiario.es / Juan Miguel Baquero / 17-03-2017

Es el escudo del águila de Kansas City y está en una fachada del Country Club Plaza, centro comercial de la ciudad de Missouri (EEUU), que mantiene una reproducción en cerámica del símbolo franquista: el águila de san Juan. Un turista español ha comunicado el hallazgo a la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH), que ha denunciado públicamente el emblema.

La historia viene de lejos y su origen está en el hermanamiento entre Kansas y Sevilla.  Los años 60 eran tiempos de trasiego entre ambas ciudades. Viajes de ida y vuelta que incluían la participación de los respectivos alcaldes, Félix Moreno de la Cova e Ilus W. Davis, el rector de la Universidad de Kansas City, Randall M. Whaley, o del cónsul general de España en Chicago, Carlos Villanueva. Y hasta próceres del franquismo como el poeta fascista José María Pemán .

Un par de años antes del hermanamiento oficial quedó inaugurado el edificio Swanson’s, el 4 de septiembre de 1967. Es una especie de cortijo andaluz rematado con réplicas de dos emblemas sevillanos: la Giralda y la fuente de la plaza Virgen de los Reyes. El escudo con el águila corona desde una pared el homenaje de Kansas a Sevilla.

El turista español que hizo el hallazgo cuenta en su correo al colectivo memorialista: “En una calle me encontré con una reproducción en cerámica del escudo franquista del águila, como de un metro cuadrado adosado a una pared”. El “ominoso hecho”, escribe el descubridor, “no creo que se deba a una acción malintencionada, sino a ignorancia”.

Otra posibilidad, como señalan varios lectores, es que el emblema que figura en la fachada del edificio sea el de los reyes católicos, en cuyo escudo se inspiró el del franquismo, aunque en Kansas se han suprimido el yugo y las flechas que aparecen en ambos emblemas.

Escudo de los reyes católicos (izda) y de Franco (dcha,).

Entre las diferencias entre ambos figuran las columnas de Hércules, la divisa “una grande y libre” y las armas de Navarra en lugar de las de Aragón-Sicilia. En cualquier caso y sea el escudo inspirador de Franco o el franquista, la ARMH ha denunciado la presencia del emblema del águila de San Juan, que fue instalado en 1967, en pleno franquismo.

El “escudo franquista del águila”, en el Country Club Plaza. | GOOGLE MAPS

La unión entre las dos ciudades fue oficial el 25 de marzo de 1969. Una iniciativa más, de muchas, que servía a Franco para vender la supuesta apertura del régimen. Ambas metrópolis tienen nominada una avenida con el topónimo de la contraria y en la hispalense queda otro vestigio foráneo con origen en el Pabellón de EEUU en la Exposición Universal de Sevilla de 1992: la estatua de un indio montado a caballo que otea el horizonte, conocido como ‘el explorador’.

Portada de ABC del 21 de junio de 1967. | HEMEROTECA ABC

Desde el Country Club Plaza responden a eldiario.es que van a “investigar” el asunto y decidirán “qué hacer” una vez confirmados “los hechos relacionados con la pieza”. Un escudo colocado “antes de nuestra compra de la propiedad” y cuyo origen y finalidad, puntualizan, será “producto de la investigación”. Y agradecen el hecho de haber sido alertados, según indica la gerente del complejo de compras y ocio, Meredith B. Keeler, en un correo.

El Gobierno de Kansas también ha respondido a este medio y confirma el desconocimiento del significado del elemento decorativo. “Le enviamos este mensaje a nuestros contactos en la Union Station –centro de cultura, educación y entretenimiento con más de un siglo de antigüedad– que son quienes pueden averiguar algo al respecto”, dicen a eldiario.es. De momento no ha habido una respuesta. El Ayuntamiento de Sevilla no ha respondido las preguntas sobre el caso.

La réplica de la Giralda corona una esquina del edificio Swanson’s. | GOOGLE MAPS

La historia del Country Club Plaza nace del viaje por Europa en 1922 del promotor inmobiliario Jesse Clyde Nichols. Tras visitar Sevilla, decide crear un complejo de compras y ocio en Kansas City cuya arquitectura “intenta ser un homenaje al estilo español”. En 1923 ya está abierto el considerado primer centro comercial del mundo, con su copia de la Giralda, años después, en una esquina del edificio Swanson’s. Y, por error, desconocimiento u homenaje, con su escudo franquista.

*El texto original ha sido actualizado con la posibilidad de que el escudo sea el de los reyes católicos tras los comentarios de algunos lectores de eldiario.es que han avisado de esta posibilidad. 

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Fotografía destacada: El escudo franquista de Kansas City. | GOOGLE MAPS

Fuente:http://www.eldiario.es/sociedad/franquista-Kansas-City-homenaje-espanol_0_621888700.html

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Pamplona lleva ante la Justicia el asesinato de 309 ciudadanos durante el franquismo

La querella del Ayuntamiento de la capital navarra se centra en 17 casos concretos, de los que cuatro, ya sea en primera persona o a través de familiares, se adhieren personalmente a la denuncia. Se interpondrá el viernes ante los tribunales.

publico.es / 13-03-2017

Pamplona abre el camino contra la impunidad franquista. El Ayuntamiento de la capital navarra interpondrá este viernes ante la Justicia una querella criminal en la que solicita que se investiguen hasta 309 asesinatos y más de 1.000 encarcelamientos durante la Guerra Civil y el franquismo en la capital navarra.

La querella, que plasma la línea de acción de la Red de Ciudades por la Justicia y la Memoria, prestará especial atención a 17 casos concretos, de los que cuatro, ya sea en primera persona o a través de familiares, se adhieren personalmente a la denuncia que, por tanto, no será únicamente del Ayuntamiento, sino que será compartida.

El Ayuntamiento engloba los asesinatos producidos en Pamplona como crímenes de lesa humanidad por lo que aún no estarían prescritos ya que este tipo de delitos no caduca hasta su resolución. Así lo ha anunciado este lunes el alcalde de Pamplona, Joseba Asiron, que ha comparecido en rueda de prensa junto al director de la Oficina de Información sobre Memoria Histórica de la represión franquista en Pamplona, Emilio Majuelo, y la abogada, Lourdes Etxeberria.

Según ha explicado Lourdes Etxeberria, del despacho Arankoa, encargado de llevar el proceso, la estrategia de la acusación pasa por formular el principio de “interdicción de la impunidad” y la obligación de todos los estados de remover todos los obstáculos fácticos y jurídicos que impidan la investigación, enjuiciamiento y, en su caso, condena de las violaciones masivas, sistemáticas, planificadas y generalizadas de Derechos Humanos.

309 asesinatos

La querella se basa en el informe pericial encargado por el Ayuntamiento de Pamplona sobre la vulneración de derechos humanos durante la Guerra Civil y el franquismo en Pamplona, informe que se elaboró durante casi seis meses en los locales de la Oficina de la Memoria Histórica en la que se han recogido testimonio y documentación.

Las conclusiones de ese informe, dadas a conocer en octubre del año pasado, confirmaron que 309 pamploneses y pamplonesas fueron asesinados o muertos en cautividad durante el franquismo por razones políticas, en la mayoría de los casos, sin juicio previo ni sentencia firme.

En total, se tiene constancia de que fueron represaliadas y objeto de vulneración de derechos humanos 1.310 personas en la ciudad, cifra que supone una primera aproximación ya que existen otros 451 casos sobre los que se tiene noticia pero aún no se han podido validar y cientos más que saldrán a la luz a raíz de la realización de este trabajo.

El informe además de asesinatos, muertes en cautividad, desplazamientos y encierros (que en conjunto suman un 85,58% de los casos comprobados), contabilizaba también testimonios sobre agresiones de género, represión económica y laboral, represión lingüística y cultural y tortura y agresiones físicas.

Red de ciudades por la Justicia y la Memoria

El Ayuntamiento de Pamplona ha sido uno de los principales impulsores de la Red de Ciudades por la Justicia y la Memoria, que busca impulsar las querellas de los ayuntamientos para que se investiguen los crímenes del franquismo. La red está constituida por los consistorios de Barcelona, Zaragoza, A Coruña, Vitoria-Gazteiz, Cádiz y Rivas.

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Fotografía destacada: Performance del artista navarro Abel Azcona en la que entierra simbólicamente a decenas de familiares fusilados y exiliados de la Guerra Civil. Se realizó el pasado 1 de mayo.- EFE

Fuente:http://www.publico.es/politica/pamplona-lleva-justicia-asesinato-309.html

 

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Carilanteras. Mujeres y franquismo en un pueblo andaluz

El historiador gaditano analiza esta represión específica a partir del caso de las paterneras: “Fueron asesinadas, encarceladas, violadas, se les administraron purgantes, se les rapó y fueron separadas de sus hijos. Una represión ejemplarizante que las devolvió a la invisibilidad de la que no habían debido salir”.

lamarea.com / José Luis Gutiérrez / 08-03-2017

Es lugar común afirmar que los golpistas del verano de 1936 tuvieron como su principal objetivo aniquilar a quienes consideraban sus enemigos. Para ello asesinaron, encarcelaron y persiguieron sin más límites que sus propios intereses. Las mujeres no escaparon a ese destino. También, sobre ellas recayó una violencia específica de carácter “ejemplarizadora”. Como los hombres, fueron asesinadas, encarceladas, robadas y sometidas a consejos de guerra, pero además sufrieron violaciones y humillaciones, fueron rapadas y se les arrebataron sus hijos.

En mi trabajo sobre las figuras de Miguel Pérez Cordón y María Silva Cruz, en los capítulos dedicados a la violencia golpista en Paterna de Rivera, dediqué uno específico a la que sufrieron las mujeres de ese pueblo gaditano. Pretendía con ello que quedara claro al lector que lo ocurrido con Miguel y María no habían sido unos hechos puntuales, extraordinarios, sino que, al contrario, pertenecían a una voluntad declarada de terminar para siempre con quienes ponían en duda la existencia del orden “natural” de las cosas. A las que llamaban a menudo carilanteras. Un término local que designaba a aquellas personas de conducta estridente, chismosa y fuera de lugar. “Castigos y humillaciones” lo llamé. Ahora, vuelvo sobre lo allí tratado con una mayor información y detenimiento en el análisis.

1. Los sublevados y las mujeres

Quienes patrocinaron y ejecutaron el golpe de Estado de julio de 1936 buscaban terminar definitivamente con quienes pretendían modificar la situación económico-social existente. Les daba igual el grado en que pensaran: fueran moderados liberales republicanos, socialistas o anarcosindicalistas. Su fracaso terminó por desencadenar lo que más temían: la revolución. Así, el conflicto que se desarrolló en España hasta 1939 no fue una guerra “civil” -¿qué guerra no lo es?- sino una social en la que sus protagonistas tuvieron diferentes papeles y objetivos. El verano de 1936 no fue el mismo para un burgués “de orden” de Izquierda Republicana de Manuel Azaña, para un militante cenetista o para otro comunista, de la Esquerra catalana o del nacionalismo vasco. Pero a todos ellos los igualó que eran objetivo común para los golpistas. Todos eran “rojos”, aquellos que pensaban que otro mundo -fuera el que fuer- diferente al conocido era posible.

En todo conflicto existe la propaganda y la deshumanización del adversario. La primera sirve para definir -de forma favorable por supuesto- los términos en los que esté planteado el choque. Da igual que corresponda o no a su realidad. En el caso de España de 1936 obviaban elementos fundamentales para la comprensión de lo que estaba ocurriendo tanto la consideración de los sublevados de que se estaba en una “cruzada anti-marxista”, como la de determinados grupos leales de que era exclusivamente una guerra “antifascista”. Ni había cruzada -solo como elemento legitimador de la alianza reacción-Iglesia católica- ni mucho menos el marxismo -el comunismo soviético- era el principal enemigo a batir. Tampoco el “antifascismo”, entendido como oposición al avance de la Alemania nazi, fue la única motivación de quienes hicieron fracasar el golpe de Estado ni, tan siquiera, la de muchos de los miles de jóvenes que vinieron a tierras ibéricas.

La segunda forma parte de la justificación del propio ejercicio de la violencia y de cohesión interna. El nivel del terror golpista en 1936 fue desconocido. No existían antecedentes de hasta dónde podía llegar. Lo que puede considerarse una especie de “genocidio social”, se basó en un “pacto de sangre” que, además de exterminar al adversario, unió indisolublemente a quienes lo protagonizaron. Como ocurrió en el caso de la corrupción, otro de los pilares de la “nueva España” golpista. Un ejercicio que necesitaba de que, quienes eran sometidos a las más crueles e irracionales sevicias, perdiera su contorno humano. Bien es sabido que el género humano es el único de los animales que tiene la capacidad de hacer leyes y, a la vez, incumplirlas seguidamente. Pero también existe una gradación que saltó hecha trizas en 1936.

Deshumanización del enemigo que, en el caso de las mujeres, tuvo su especificidad. Como han señalado Maud Jolie y Pura Sánchez, la represión, las represalias, contra las mujeres tuvieron además del “ideológico” otro de género, de sexo. El cuerpo y la condición de mujer se convirtió en “territorio de combate” y elemento específico de su proceso de deshumanización. No podían tener menor castigo quienes habían transgredido todas las líneas posibles, las sociales y las morales. De forma clara y en número creciente, desde 1931, las mujeres osaron cuestionar su papel tradicional. Tanto las que buscaban abrirse paso en el mundo burgués, como las que, además, pensaban que tenían un espacio en la construcción de una nueva sociedad. No se trataba solo de la obtención de nuevos derechos -divorcio, acceso profesional, patria potestad, educación, delitos contemplados en el código penal- sino de transformar por completo su papel en una nueva sociedad.

Tenía tanto una perspectiva de género como también, y fundamentalmente, social.
Individuas de dudosa moral, ha titulado con atino Pura Sánchez su trabajo sobre la represión de las mujeres en Andalucía. Una caracterización que se repite en la documentación golpista. Las mujeres no sólo se habían atrevido a transgredir el espacio social que debían ocupar, su condición subalterna, sino también la moralidad que se les consideraba “natural”. Si de los “rojos” se esperaba que lucharan, se defendieran -“tener cojones” es el atributo de los hombres- de las “rojas” no lo cabía esperar. Habían puesto en cuestión el estado de las cosas -perdido el respeto debido a los amos- y atrevido a ocupar espacios públicos que no les correspondían, abandonando las labores propias de su sexo. Así que su castigo debía ser doble, como revoltosas, díscolas, y como mujeres desnaturalizadas.

Fueron asesinadas, sometidas a la “autoridad militar”, encarceladas durante años y, a las que los tenían, despojadas de sus bienes. Pero también protagonizarían espectáculos humillantes. Sus cuerpos serían considerados botín de guerra y objeto de una redefinición verbal específica. Desfiles y fotografías de rapadas, exposición pública de cuerpos, situaciones degradantes tras la ingesta forzada de purgantes, restitución de su condición de esclavas económicas y sexuales, secuestros de hijos, vejaciones y mutilaciones específicas e, incluso, la creación de unos términos propios para designarlas. Tales serían algunos de los componentes de esta arma de guerra utilizada por los golpistas de 1936. No la abandonarían hasta bien entrada la dictadura franquista, cuando consideraron que las cosas habían vuelto a ser como nunca debieron dejar de serlo.

2. Las “rojas” de Paterna

La proclamación de la Segunda República en Paterna no significó solo la irrupción de las masas en la vida pública, sino también la ruptura de diques sociales largo tiempo existentes. En el caso de las mujeres encontramos antecedentes en los años diez. En 1915, el periódico anarquista barcelonés Tierra y Libertad (6 octubre 1915) daba cuenta de que Fernando Morales y Manuela Noble Díaz habían unido su existencia sin la “beatífica bendición de un intruso”. Tres años más tarde funcionaba en la localidad un grupo femenino, denominado “Amor y Odio”, una de cuyas integrantes, María Moreno, intervino en el acto de reapertura del centro tras un periodo de clausura.

En 1931 lo pusieron de manifiesto tanto la huelga general de abril como el escrito publicado en la prensa anarquista por el joven Miguel Pérez Cordón unos meses más tarde. La primera, convocada para pedir la reapertura del centro obrero clausurado desde diciembre de 1930, fue secundada masivamente por las criadas de las casas de los pudientes. El segundo era toda una declaración de principios y compromiso. Trece parejas, con nombres y apellidos, manifestaban, a quien quisiera leerlo, que convivían al margen de las “rutinas y dogmas” tanto de la Iglesia como del Estado. Es decir, que ni habían pasado por la vicaría ni por el registro civil y su unión era libre.

Si la huelga manifestaba la decisión de las paterneras de abandonar su sumisión y ocupar el espacio público, el artículo de Pérez Cordón era una declaración de guerra a quien se consideraba la única que tenía el derecho a dictar normas morales: la Iglesia católica. Una institución que, desde hacía siglos, regulaba el ciclo vital de la mayoría de los españoles registrando sus nacimientos, matrimonios y muertes. Ahora veía cómo su papel no solo era cuestionado por las nuevas autoridades sino que las gentes de a pie la abandonaban, cuando no se manifestaban abiertamente hostiles.

El historiador Fernando Romero ha estudiado esta cuestión en diversas localidades de la provincia de Cádiz en donde tuvo diferentes manifestaciones: el descenso de inscripciones bautismales, matrimoniales y de defunción, el abandono del cumplimiento de los ritos y la violencia e, incluso, “guerras de campanas”. De todo ello hubo en Paterna además de la ejecución por las autoridades municipales de la normativa laica promulgada por los gobiernos republicanos respecto a la educación y cementerios. Hubo dos momentos especialmente significativos: el incendio de la iglesia parroquial en abril de 1936 y la expulsión de un sacerdote unos días después. En ambos sucesos participaron mujeres.

También la decisión de un importante número de paterneras de abandonar la posición subalterna que se suponía debía tener, se puso de manifiesto en julio de 1936. Durante los seis días en los que el pueblo permaneció sin ocupar, su presencia en las calles fue numerosa. Abarrotaban la calle Real en donde, a través de los aparatos de radio, la población oía las noticias de las emisoras leales. Aunque un oficial de carabineros de Medina se había instalado en el ayuntamiento con el apoyo de una veintena de guardias, las fuerzas permanecían acuarteladas y las calles estaban dominadas por la población.

Una espera que terminó la noche del jueves 23. Según la versión de los golpistas, hacia las nueve “grupos en actitud descompuesta” intentaron asaltar el cuartel de la Guardia Civil y la central de teléfonos. Muchas mujeres, “incluso con niños de pecho”, formaban parte de ellos. Estaba claro que en Paterna existía un número de mujeres de “dudosa moral” que habían hecho público su “amancebamiento”, no acudían a la iglesia, frecuentaban el centro obrero y, ahora, hasta eran capaces de sumarse activamente a la defensa de la población.
Una muestra para los golpistas, los defensores de la España tradicional e inmutable, de que la revolución estaba en marcha. La mujer tenía un papel decisivo en la sociedad: era la transmisora de creencias y hábitos a los niños. Era “la reina de la casa”, en especial de la cocina, la que debía transmitir los preceptos educativos y morales de la iglesia. Hasta ahí habían llevado la educación mixta, el matrimonio civil, el divorcio, el desmantelamiento de la “patria potestad”, las exclusiones del código penal del parricidio por honor y el adulterio y la propaganda anticonceptiva. En definitiva como había escrito el catedrático de Higiene Rafael Foros la mujer debía preocuparse de su belleza y sanidad, ya que la inteligencia era un tanto difícil encontrársela. No cabía duda de que debían ser castigadas.

3. Terror, castigos y humillaciones

Las mujeres de Paterna que se habían atrevido a cuestionar su papel social sufrieron toda la gama de represalias que llevaron a cabo los sublevados. Tanto las generales como las específicas. Fueron asesinadas, encarceladas, comparecieron ante consejos de guerra, fueron violadas, se les administraron purgantes, se les rapó y fueron separadas de sus hijos. Una represión ejemplarizante que las devolvió a la invisibilidad de la que no habían debido salir.

Los asesinatos se produjeron en la primera oleada represiva del verano bajo la cobertura de los bandos de guerra. Fueron los de María Silva Cruz, Catalina Sevillano Macho, María Arias Pantoja y Antonia Moreno Becerra. Las cuatro eran destacados símbolos de las transformaciones de los años anteriores y sus muertes cumplían el papel de aviso y castigo. María Silva, La Libertaria, no solo era la compañera de uno de los más destacados anarcosindicalistas locales, Miguel Pérez Cordón, sino el referente de Casas Viejas, de quienes luchaban por un mundo nuevo. Catalina Sevillano Macho era también compañera de otro destacado militante obrero local, Francisco Vega García, que también fue asesinado.

María Arias Pantoja La Cuina representaba a quienes ponían en cuestión el papel de la Iglesia católica. Se decía que había sido una de las personas que habían impedido al cura dar misa y le había perseguido para expulsarle del pueblo. Se le acusaba de gritarle a Antonio Piñero Barroso que le detuviera cuando pasó ante su taberna. Fue detenida, torturada, purgada y rapada. María terminó por perder la cabeza y, entonces, la asesinaron. Finalmente Antonia Moreno Becerra, La Culito o La Florera, estaba casada con José Barroso, hermano de Miguel Lagares, otro destacado cenetista asesinado la noche de la ocupación del pueblo. Había frecuentado el centro obrero e, incluso, al decir de algunos vecinos, “presumido” de comunista. Logró esconderse pero terminaron por encontrarla y la asesinaron, al parecer, junto al cementerio.

La misma noche de su ocupación la gran mayoría de los hombres abandonaron el pueblo. Era lo que se había hecho en ocasiones anteriores parecidas. Las mujeres, en su mayor parte, se quedaron en las casas. No existía precedente del horror que había comenzado a desatarse. Aunque, a medida que se fue conociendo, muchas emprendieron la huída. Fueron los casos, por ejemplo, de Catalina Silva Cruz, la hermana de La Libertaria y Ana Castejón Cote, la compañera del asesinado Miguel Barroso Becerra. Que otras muchas lo hicieron nos lo dicen los registros de entrada y salida de correspondencia del ayuntamiento en los que constan las peticiones de informes de conducta y certificado de bienes de las autoridades franquistas.

Huyeron no solo para salvar la vida sino también para escapar a la reinstauración completa del sistema patriarcal que se realizaba no solo mediante el adoctrinamiento sino con esas represalias específicas. Se trataba de que las mujeres volvieran a difuminarse en el espacio. Como declaró al juez la hija de un propietario asesinado en Utrera, no podía recordar qué mujeres habían participado en el crimen porque “todas vestían igual, con ropas oscuras y faldas”. Veamos dos ejemplos: el de su forzado regreso al redil eclesial y el de la rapiña de bienes. El primero castigaba su osadía y el segundo la reducía a la dependencia.

En septiembre de 1936 los hijos de Miguel Barroso y Ana Castejón Cote y Miguel Pérez Cordón y María Silva Cruz fueron bautizados y cambiados sus nombres. Un paso más para la vuelta a la “normalidad” de las cosas. Ana y Miguel tenían cuatro retoños: Floreal, Acracia, Esperanza de Libertad y Armonía. María y Miguel uno, Sidonio. Ninguno de sus padres permanecía en Paterna. A María y Miguel Barroso los habían asesinado ya. Miguel Pérez Cordón y Ana Castejón estaban en Málaga. También había logrado escapar, de forma rocambolesca, a su fusilamiento Floreal de 19 años.

El día 20 Acracia, de 16 años, Esperanza de Libertad, de 10, y Armonía de 4, fueron llevadas a la iglesia parroquial Nuestra Señora de la Inhiesta. Allí les esperaban el párroco, Camilo García Valenzuela, y quienes iban a apadrinarles. Acracia cambió su nombre por el de Julia María Soledad. El primero por el de su madrina, Julia Díez Fernández, hija del alcalde de Unión Patriótica, y el segundo por la patrona del pueblo cuya imagen había sido destruida en el asalto de abril de 1936. Quien le apadrinó fue Luis Orellana García, perteneciente a una de las familias que había tomado un especial protagonismo en la Falange y en la administración golpista local.

También ocupaba un destacado papel Juan Lobatón Ruiz, jefe de las Milicias Patrióticas y de la Falange local en estos primeros momentos. Fue el padrino de Soledad Trinidad, el nuevo nombre de la pequeña de 9 años Esperanza de Libertad. Su madrina fue Isabel Gutiérrez Caña. El hermano de esta última, Rafael, apadrinó a la hija menor de Ana y Miguel, Armonía, de 4 años. Le impusieron, como a su hermana mayor, el nombre de su madrina, Rosario, además del obligatorio Soledad. Isabel y Rafael Gutiérrez eran hermanos de María, la telefonista que la noche del 23 de julio avisó a la cercana Medina de que el pueblo se había movilizado. Una insistencia que evidenciaba la intencionalidad de expiación que guiaba a quienes protagonizaban, de forma evidente, la alianza entre la espada y la cruz. La primera limpiaba de la faz de la tierra a los progenitores, la segunda se encargaba de hacer lo mismo con los nombres de su descendencia.

Unos días después, el 28 de septiembre, fue llevado a la iglesia el pequeño de 17 meses Sidonio Pérez Silva. En esta ocasión quienes le apadrinaron fueron sus abuelos paternos, Juan Pérez Mena y Antonia Cordón Morales. Asesinada su madre y huido su padre, su custodia había recaído en la tía paterna Francisca Pérez Cordón. Ese día Sidonio dejó de existir y nació Juan. Con estas ceremonias, como con las de los matrimonios y entierros religiosos, dejaban claro, a quien quisiera verlo, cuál era el lugar que le correspondía a la mujer y bajo qué obediencia moral debía estar.

Los vencedores se dispusieron a repartirse el botín conquistado. Lo harían mediante la apropiación del cuerpo de la mujer, en diversas formas, y también de sus propiedades. Estuvieran a su nombre o a la de su marido. Entre las 44 mujeres que Alicia Domínguez incluye en sus apéndices como que sufrieron incautación de bienes no figura ninguna paternera. Como tampoco ninguna de las 33 a las que les fue abierto expediente por el Tribunal de Responsabilidades Políticas. Datos que no significan que no hubiera en Paterna mujeres que sufrieran tanto el robo como la depuración. Veamos dos casos.

Petra Chacón Pantoja era la mujer de Manuel García González, también conocido en Paterna como El Sillero o El Petro. Pertenecía a la directiva local de Izquierda Republicana y, en febrero de 1936, formaba parte de la nueva comisión gestora municipal nombrada tras el triunfo del Frente Popular. Fue otra de las personas que salvó de casualidad la vida la madrugada del 24 de julio. Considerado como un peligroso extremista, igual que dos de sus hijos acusados de participar en el incendio de la iglesia, fueron a buscarlo a su casa.

Refugiado debajo de una cama le descerrajaron varios tiros y lo dieron por muerto. No era así, herido pudo esconderse y pasar a la zona republicana.

La presa se les había escapado, pero los sublevados no dejaron pasar la oportunidad de arrebatarle el pago y la casa que tenía. Así que apenas un mes más tarde, el 20 de agosto, Petra Chacón tuvo que acompañar al empleado municipal Francisco Gómez Pérez para asistir a la incautación de la finca y de todos los víveres y animales que en ella se encontraban. Después se dirigieron al pueblo e hicieron lo mismo con la casa y el almacén. De un día para otro Petra había quedado en la más completa indigencia. Manuel García nunca volvió a Paterna.

También se llamaba Petra, Petra Bustillos Pérez, la mujer de Federico Villagrán Galán, el secretario del ayuntamiento de Paterna. Sobre ambos cayó como un rayo el golpe de Estado. Federico, hombre de ideas moderadas, formado en el ambiente liberal de una familia de comerciantes, se encontró por su cargo en el ojo del huracán los días de julio. Bien fuera por su dubitativa actitud en los momentos claves, bien por las envidias profesionales y agravios personales que tuviera con el nuevo alcalde, Julio Romero Franco, el caso es que la tarde del 31 de julio fue detenido y trasladado a la cárcel de Medina por orden del propio general Varela. Días después su casa, como lo habían sido las de Gonzalo Cote Galán, Francisco Coca, alcalde y dirigente de Izquierda Republicana, y Miguel Pérez Cordón, fue saqueada.

A partir de este momento Petra movió Roma con Santiago para sacar a su marido del trance en el que se encontraba. Logró salvarle la vida aunque no pudo evitarle un calvario de cuatro años de prisión. Ella misma, maestra en la Escuela de Párvulos nº 1 de Jerez, fue depurada por la Comisión Gestora Provincial de Primera Enseñanza. Durante un año, de octubre de 1936 al mismo mes de 1937, fue suspendida de empleo y sueldo. Después la repusieron, aunque la inhabilitaron para ejercer cualquier cargo directivo y de confianza.
Entre los castigos y humillaciones que se impusieron específicamente a las mujeres estuvieron los de la ingesta de purgantes y el rapado. Tanto Maud Jolie, autora de un trabajo específico sobre la cuestión, como Pura Sánchez han hecho hincapié en que la visión y los desfiles de mujeres rapadas por las calles de las ciudades en las que triunfó el golpe de Estado fueron habituales. Se trataba de una forma de destruir su condición femenina y provocar su humillación. Afectó por igual a burguesas de ciudades o pueblos que a militantes o familiares obreros.

La dimensión visual de la vejación era esencial. Mostraba la violencia y la degradación física que provocaba y era un arma para paralizar y aterrorizar al enemigo. Como las hazañas sexuales de los cruzados con las “rojas” y las violaciones y mutilaciones que se atribuían a las tropas mercenarias marroquíes. Un método, producto de una mentalidad falócrata que, como proyecto institucional, convertía esas prácticas en un arma de guerra más. Porque rapados, ingesta de aceite de ricino, violaciones, acosos y desnudos fueron prácticas que se extendieron por toda Andalucía.

Para la provincia de Cádiz basten recordar los ejemplos de las acusaciones de violaciones contra los Leones de Rota, de Fernando Zamacola y el cabo de la Guardia Civil Juan Vadillo Cano en los pueblos de la serranía gaditana. O la documentada por Romero en Torre Alháquime. En cualquier caso, como asegura Pura Sánchez, en todos los relatos de las ocupaciones de pueblos por las tropas sublevadas se encuentran episodios espeluznantes de violencia contra las mujeres que denotan su carácter ejemplarizante. Como el que relata Manuel Velasco en la localidad sevillana de Los Corrales. Allí, Victoria Macías Gutiérrez fue fusilada embarazada y su cadáver violado por un antiguo pretendiente rechazado.

En Paterna no está comprobado que se realizaran violaciones. Existen rumores pero nada seguro. Lo que sí está confirmado es el empleo del rapado y los purgantes. Entre quienes tuvieron que ingerir casi un litro de aceite de ricino, migado en pan, estuvieron María, la hija de un caminero de los Isletes, una de las hijas de Antonio Tenorio y Ana Gil, ambos encarcelados, y una hermana de Diego Díez Ríos, Diego Planes, uno de los “topos”. Aunque el caso que más se ha recordado en el pueblo ha sido el de Ana Castejón Cote, la viuda del cenetista Miguel Barroso. Un hecho que es ejemplar tanto para mostrar la especificidad de las represalias contra las mujeres como la manipulación de la memoria realizada durante el franquismo.

Ana, de 39 años, tras el asesinato de su compañero huyó a Málaga, donde permaneció hasta que la ciudad fue ocupada en febrero de 1937. Después, como otros muchos huidos, regresó al pueblo. La viuda de uno de los más destacados cenetistas era la víctima propiciatoria para un castigo ejemplar. Hasta que compareció ante el juez instructor su vida fue un infierno. Recordemos que ya le habían cambiado los nombres de sus hijas. Además una, Trinidad, estaba acogida en casa de uno de los más importantes falangistas locales. Ahora, ella misma, iba a pasar un calvario como botín de guerra que era.

Fue llevada al cuartel de la Falange, donde la raparon salvo dos moñitos en los que le colocaron cintas con los colores de la bandera monárquica y la falangista. Después le obligaron a ingerir medio litro de ricino con pan. A continuación la pasearon por las calles hasta que llegaron a la iglesia. Los vecinos se fueron acumulando ante el espectáculo. Sus gritos acompañaron el camino de Ana Castejón hasta el templo. Allí le esperaba el párroco, Camilo García Valenzuela. Tras un rato, para acabar de exorcizar los restos del diablo que no hubiera logrado expulsar el aceite, fue sacada por una puerta lateral y devuelta a su encierro. El 3 de marzo compareció ante el teniente de la Guardia Civil de Medina, Manuel Martínez Pedré, quien ejercía de juez instructor, con la ayuda del guardia local Manuel Marín Galindo como secretario, de la causa abierta contra ella y otras diez mujeres de Paterna.

Lo ocurrido con Ana Castejón tiene todos los elementos que caracterizaron a los castigos franquistas contra las mujeres que se habían atrevido a hacerse visibles. Fue tratada como un botín de guerra. Su cuerpo no le pertenecía, había pasado a ser de los vencedores y, como tales, hacían con él lo que creían oportuno. En este caso humillarla y destruirla como mujer mediante el rapado y el ricino. Para que su destrucción como ser humano fuera completa debía ser visible. De ahí que fuera paseada por las calles ante la mirada de sus vecinos. Hay que decir que éstos aprovecharon el momento, unos de grado y otros de fuerza, para manifestar su adhesión al nuevo estado de cosas y disipar cualquiera sospecha de complicidad con la martirizada. Así que la insultaron, amenazaron y dirigieron todos los improperios que les parecieron.

Que la llevaran a la iglesia no era gratuito. Tenía que regresar al redil de la moral cristiana. Se había vanagloriado de que no acudía al templo y escapado a su tutela en el matrimonio y los bautizos de sus hijos. El purgante le expulsaba el comunismo del cuerpo, el párroco, Camilo García Valenzuela, terminaría el exorcismo volviéndola a situar en el terreno de la invisibilidad que le correspondía. Así que la sacaron por la puerta falsa. La representación del terror había terminado. Durante años se mantuvo la historia de que, por intervención de la madre del cura, Ana salió del pueblo y se refugió en Setenil de las Bodegas. Una versión que hizo fortuna, quizás, para calmar la mala conciencia de la población por su participación en tal auto de fe.

Los golpistas disfrutaban de los frutos de su política de terror. Consolidar su victoria no era tan fácil. La provincia gaditana no sólo era uno de los puntos fuertes del anarquismo sino que su estructura social hacía imposible la eliminación física total. Debían castigarse a los elementos más transgresores e incorporar al “Movimiento” al resto. Una tarea en la que tenían un papel fundamental acciones como las que había sufrido Ana Castejón y en la que habían participado, haciéndose cómplices, muchos de sus vecinos. Emergía una sociedad basada en el silencio, el miedo y la corrupción. Mientras, Ana, tras su expiación moral, debía pagar el castigo social. Comparecería ante un consejo de guerra.

4. El castigo de los hombres

Fueron numerosos los vecinos que comparecieron ante la justicia de los vencedores. Entre 1937 y 1945, al menos, casi doscientos, 191, paterneros estuvieron en el punto de mira de los jueces militares. De ellos 27 fueron mujeres. Una cuarentena terminaron procesados, 12 de ellas mujeres. Unas cifras que no agotan con seguridad todas las encausadas. Existen indicios documentales de que además del que conocemos hubo otro consejo de guerra colectivo de mujeres. En el fichero del archivo del Tribunal Militar Territorial 2 existe la referencia a un consejo de guerra ante el que compareció Juana Granado Torrejón. Puede que sea la primera procesada de uno colectivo o que solo le afectara a ella. El deficiente funcionamiento de ese archivo ha impedido que pueda acceder a él para comprobarlo, que funciona gracias a la voluntad de los trabajadores.

De los que conocemos, una, María Velasco Panal, fue juzgada junto a su marido Luis Pérez Ibáñez. Otras 11 comparecieron juntas en uno de esos consejos colectivos, que tanto gustaban a la Auditoría andaluza para aliviar la carga de trabajo. Fueron Cristobalina Sánchez Lima, Antonia Sevillano Macho, Ana Castejón Cote, María Tenorio Gil, Josefa Rosado García, Ana Gil Naranjo, María Villegas García, Josefa García Lozano, Ana Ramírez Sánchez, Ana Menacho Gómez y Adelaida Galvín Colón. Todas pertenecían a familias izquierdistas del pueblo y participado en la vida social y sindical de los años anteriores. Sus maridos habían sido destacados militantes obreros o concejales del ayuntamiento. Unos ya habían sido asesinados. Como los de Ana Castejón, viuda de Miguel Barroso, María Villegas García, viuda del histórico dirigente cenetista Martín Menacho, Cristobalina Sánchez Lima, viuda de uno de los conocidos como Los Chaleros, y Ana Ramírez Sánchez, viuda de José Vega García, de la directiva del centro obrero. Otros estaban huidos. Eran los casos de Antonia Sevillano Macho, hermana de la asesinada Catalina y compañera de Miguel García Lozano, peligroso extremista para las autoridades; Josefa Rosado García que estaba casaba con José Madera García, cenetista acusado de participar en la quema de la iglesia; Josefa García Lozano, mujer de otro destacado anarcosindicalista, Francisco Caballero Torrejón; Ana Menacho Gómez, mujer de Juan García García y Adelaida Galvín Colón, mujer de José Jiménez García.

María Tenorio Gil era soltera, pero su familia estaba considerada como izquierdista y además, sus amistades eran de izquierdas. Como le sucedía a su madre Ana Gil Naranjo.
María Velasco regresó en 1939 al finalizar las operaciones militares. Lo hizo junto a su marido Luis Pérez Ibáñez, concejal del ayuntamiento y militante de Izquierda Republicana. Las demás, en 1937, tras la ocupación de Málaga. Tenían entre 21 y 75 años y, salvo una, estaban casadas. Aunque en febrero de 1937 cinco eran ya viudas y dos desconocían dónde estaban sus maridos. Una vez en la localidad fueron detenidas, ingresadas en el depósito carcelario del pueblo primero y en la prisión de Medina después. Finalmente, trasladadas al penal de El Puerto de Santa María a la espera de la vista del consejo de guerra.

Sus peripecias desde julio de 1936 habían sido muy parecidas. Marcharon a la zona republicana durante el verano, entre julio y septiembre. ¿El motivo? Que tenían miedo por las cosas que habían visto y oído, por la militancia sindical o política de sus maridos o por la suya misma. Huyeron solas o en compañía de esposos e hijos. Las que regresaron en 1937, tras estar unos días en la sierra, alejándose del avance rebelde, se habían dirigido por La Sauceda y Jimena hacia Ronda y la costa malagueña. Marbella, Estepona o San Pedro de Alcántara habían sido sus primeros destinos. Después llegaron a Málaga o a otras poblaciones cercanas como Alfarnatejo, Campanilla o Coín. Allí trabajaron en las más diversas faenas hasta la ocupación de la provincia malagueña. Entonces, empujadas por la desesperación o por sus captores, regresaron a Paterna. María Velasco continuó su peregrinaje, por las provincias de Almería y Granada, hasta 1939.

Tanto los informes de sus vecinos como los de las autoridades locales se preocuparon en destacar que todas tenían ideas marxistas, que algunas habían acudido al centro obrero, participado en actos públicos de forma destacada e, incluso, estaban quienes habían alentado a los hombres a comportarse como tales durante las jornadas de julio y tenían “mal ambiente” en el pueblo. Unas conductas que eran incompatibles con las que se esperaba de su condición femenina. “Una callejera que no se dedicaba a las faenas de su casa” y había alentado a los hombres a rebelarse, aseguraba el testigo José Colón Torres de Ana Castejón. Como tampoco era muy amante de las tareas domésticas Adelaida Galvín Colón que prefería, en opinión del juez instructor, apedrear a los curas y animar a los vecinos a desplazarse a Cádiz a un mitin de Largo Caballero. De Antonia Sevillano Macho decía el cabo de la Guardia Civil, Manuel Marín Galindo, que tenía una conducta privada “bastante defectuosa” y era una “vocinglera e insultante”.

Ana, Adelaida y Antonia eran consideradas las más peligrosas extremistas del pueblo. Las tres habían convivido con algunos de los más destacados cenetistas. Quedaba claro para los instructores que no sólo habían cometido “delitos de adhesión a la rebelión” sino que se habían saltado la principal norma que regía la conducta femenina: la pasividad. Consciente o inconscientemente lo escribió el ponente en la sentencia. Las procesadas no habían permanecido en una actitud pasiva, como era su obligación femenina, si consideraban al nuevo Estado perjudicial para sus intereses de clase. Por el contrario, se habían fugado al campo enemigo para auxiliarle y cooperar con él.

Tampoco podía faltar la utilización de términos dirigidos a denigrarlas. Como ha estudiado Pura Sánchez, los franquistas utilizaron el lenguaje para crear o modificar significados de términos existentes con los que referirse tanto a la nueva realidad que creaban como a los vencidos. En el caso de la mujer se les arrebató cualquier término que las dignificara, como el tratamiento, para designarlas con otros peyorativos y genéricos. Una forma más tanto de describir sus actuaciones, que consideraban impropias, como de devolverlas al anonimato. Estas mujeres paterneras fueron descritas como individuas vocingleras, insultantes, amancebadas, “callejeras” y exaltadas.

Además, los testigos ponían la nota local, utilizando términos como el de “carilanteras”. Finalmente, como supremo argumento, las principales acusadas tenían “mal ambiente” en el pueblo. Tanto que su vuelta había generado alarma y “consternación” entre las personas “honradas”.

De las 11 fueron procesadas y condenadas 8. Las tres citadas más María Villegas García, Cristobalina Sánchez Lima, Ana Menacho Gómez, Josefa García Lozano y Josefa Rosado García. Las demás -María Tenorio Gil, Ana Gil Naranjo y Ana Ramírez Sánchez- vieron sus procesamientos sobreseídos y puestas en libertad. De lo que no se libraron, al menos la primera, fue del rapado y del ricino. Por su parte María Velasco Panal no escapó a las acusaciones de ser “avanzada”, “bulliciosa y comprometedora”, de conducta indeseable, “adicta a la chusma del Frente Popular” y, por supuesto, carilantera. Desconozco la pena que se le impuso aunque fue puesta en libertad en la cárcel de Gerona el verano de 1940.

Quien se llevó la peor parte fue Ana Castejón. Sobre ella se volcó todo el rencor y las represalias de las que eran capaces. La habían agredido y violado físicamente y ahora la hacían desaparecer del pueblo. Fue condenada, a diferencia de sus compañeras, por cooperación y “adhesión” a la rebelión. Lo que le valió una condena a perpetuidad. Nunca regresaría a Paterna. Tras pasar por diversas cárceles fue puesta en libertad en septiembre de 1941 en la de Palma de Mallorca. Se instaló en Torre Alháquime y, después, en Setenil, en donde en 1945 vivía “dedicada a las labores de su sexo” en el casino de la localidad en compañía de su hija Trinidad. No fue la única que no volvió a Paterna. Tampoco lo hicieron Ana Sevillano y Cristobalina Sánchez, que se establecieron en El Puerto de Santa María y Jerez.

5. En el túnel

Asesinadas, humilladas, encarceladas, las mujeres paterneras pagaron una importante contribución de sangre. Como la población española en general. Decenas de miles de muertos, millones de vidas destrozadas. Desde luego en la piel de toro ibérica no regía el dicho de que para que todo permaneciera igual hacía falta cambiar todo. Ni las mínimas reformas republicanas fueron aceptadas. A sangre y fuego se impuso el movimiento que, cosas de la física, no se movía.

De quienes he escrito eran una representación escogida del mundo que pretendían eliminar los sublevados. Primero lo hicieron con parte de sus familias, después, con las que terminaron cayendo en sus manos. Además tuvieron que pagar ser mujeres. Iglesia y organismos de adoctrinamiento franquistas, como la Sección Femenina, se encargaron de volverlas a colocar en su sitio. Tuvieron que pasar décadas para que pudieran ocupar determinados puestos, concurrir a ciertas oposiciones, poder aprender en una escuela mixta, casarse por lo civil, divorciarse, librarse de la patria potestad paterna y marital, abrir una cuenta en un banco, viajar sin consentimiento, conocer y utilizar los métodos anticonceptivos, etc.

El castigo al atrevimiento de quienes se habían hecho visibles fue devolverlas a la oscuridad del túnel.

Este artículo ha sido publicado originalmente en Todoslosnombres.org

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Fotografía destacada: María Silva Cruz “Libertaria”

Fuente: http://www.lamarea.com/2017/03/08/carilanteras-mujeres-franquismo-pueblo-andaluz/

 

Publicado por ARMH
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Memoria Histórica | |
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La ARMH lleva a Hernando ante la Fiscalía por su burla a las víctimas del franquismo

El diputado del PP señaló que “estar todos los días con los muertos para arriba y para abajo” es el “entretenimiento de algunos”, en referencia a las víctimas del franquismo. Es la segunda vez que la ARMH eleva una queja por declaraciones del portavoz de los conservadores en el Congreso.  

publico.es / 07-03-2017

La Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH) ha presentado un escrito ante la Fiscalía General del Estado para solicitarle si las declaraciones del diputado popular Rafael Hernando en las que señala que “estar todos los días con los muertos para arriba y para abajo” es el “entretenimiento de algunos”, en referencia a las víctimas del franquismo, han sido constitutivas de un delito penado por el artículo 510 del Código Penal.

Concretamente, el diputado y portavoz del Grupo Popular en el Congreso de los Diputados declaró el pasado 28 de febrero lo siguiente: “La verdad es que no me lo he planteado. A mí me gusta que los muertos descansen en paz y esto de estar todo los días con los muertos para arriba y para abajo supongo que será el entretenimiento de algunos”.

“¿Qué habría ocurrido si un representante político hubiera dicho lo mismo refiriéndose a las víctimas del terrorismo?”, se pregunta Emilio Silva

No obstante, no es la primera vez que la ARMH lleva ante la Fiscalía declaraciones de Rafael Hernando. En el año 2015, la organización que preside Emilio Silva ya elevó ante el Ministerio Público al portavoz conservador por asegurar que las víctimas de la dictadura sólo se acuerdan de su abuelo cuando hay subvenciones.

En opinión de la asociación memorialista, las nuevas declaraciones de Rafael Hernando son “extremadamente despectivas contra las víctimas de la dictadura franquista” y vulneran el artículo 510 del Código Penal que castiga los delitos de odio.

El presidente de la ARMH, Emilio Silva, que ha presentado en el registro de la Fiscalía el escrito esta misma mañana, se pregunta: “¿Qué habría ocurrido si un representante político hubiera dicho, refiriéndose a las víctimas del terrorismo, que se entretienen estando todo el día con sus muertos para arriba y para abajo porque se negaran a que el Estado les obligara a pagar la tumba de sus asesinos o porque buscaran el cadáver de un ser querido al que sus asesinos hicieron desaparecer?”.

Asimismo, Silva argumenta que llamar “entretenimiento al sufrimiento de las víctimas de la dictadura es una demostración de poco cultura democrática además de un síntoma de poco humanidad, al despreciar e intentar humillar a personas que quieren morirse tranquilas sin la angustia de tener a un ser querido desaparecido en una cuneta”.

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Fotografía destacada: El portavoz del PP en el Congreso, Rafael Hernando, durante la rueda de prensa ofrecida tras la reunión que el grupo parlamentario popular ha celebrado en el Congreso. EFE/Juan Carlos Hidalgo

Fuente:http://www.publico.es/politica/armh-lleva-hernando-fiscalia-burla.html

 

Publicado por ARMH
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